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La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:38 pm

40
El hecho de no tener un vendaje que me picara y se empapara de sudor fue el único detalle agradable de
los dos días siguientes. Sin Noah, y sobre todo sin Jamie, en el colegio mostraba menos paciencia, y se
me notaba. Contesté de malos modos a mi profesora de historia, que me encantaba, y estuve a punto de
darle a Anna un puñetazo en la cara cuando pasó a mi lado y me dio un golpe en el hombro con el bolso.
Por su culpa habían expulsado a mi único amigo. Era lo menos que podría hacer.
Me contuve. Por poco. Pero me llevé a casa el mal humor. Lo único que quería era estar sola.
Cuando entré en casa, saqué inmediatamente mi cuaderno y me fui a la salita a dibujar. Para hacer
bocetos siempre era mejor el suelo, y la moqueta de mi habitación no era lo más adecuado.
Como una hora después, Daniel asomó la cabeza por la puerta.
–Hola.
Levanté la vista del cuaderno y sonreí sin ganas.
–¿Has pensado si vas a querer ir a la fiesta de Sophie mañana por la noche?
Seguí garabateando el papel. Los autorretratos son difíciles de hacer sin un espejo.
–¿Es temática?
–No –contestó Daniel.
–Ah.
–¿Eso quiere decir que vienes?
–No –respondí–. Solo quería saberlo.
–Sabes que papá y mamá van a salir esta noche, ¿no? –preguntó Daniel.
–Sí.
–Y que Joseph va a venir conmigo para ayudarme a preparar todo para mañana.
–Sí –contesté sin levantar la vista.
–Entonces, ¿qué vas a hacer? –preguntó Daniel.
–Me voy a quedar aquí sentada. Y voy a dibujar.
Daniel alzó una ceja.
–¿Estás segura de que vas a estar bien?
Suspiré.
–Es que prefiero regodearme a placer en mi autocompasión, Daniel. Estaré bien.
–Si es por tus notas, puedo hablar con mamá. Amortiguar el golpe.
–¿Qué? –No había hecho demasiado caso a lo que me había estado diciendo, pero desde luego en ese
momento le presté toda mi atención.
–¿No has visto tus notas?
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
–¿Ya han salido?
Daniel asintió.
–No sabía que no lo sabías.
Me levanté del suelo de un salto, sin el cuaderno, y salí disparada hacia mi habitación. Me senté en la
silla de mi escritorio impaciente y giré para ver la pantalla. La ansiedad corría por mis venas. Llevaba
unos días sintiéndome muy segura, pero en ese momento…
A medida que mis ojos iban leyendo la pantalla, comencé a relajarme.
Inglés avanzado: SB
Biología: N+
Historia: N
Plástica: SB
Español: S
Álgebra II: N
Parpadeé incrédula. Luego volví a leer la pantalla. Letra S, situada entre SB y N. S de suspenso. S de
seguro. Suspenso seguro. Mi primer suspenso.
Se me cortó la respiración y me incliné hasta apoyar la cabeza entre las rodillas. Debería haberlo
sabido. Dios mío, qué boba. Pero en mi defensa había que decir que jamás había suspendido nada en mi
vida, y que esas cosas parece que nunca van a pasar hasta que pasan. ¿Cómo se lo iba a explicar a mis
padres?
Aunque me daba mucha vergüenza, tenía la esperanza de que Daniel aún estuviera en casa. Fui a la
cocina a toda prisa, con la cara al rojo vivo. Me había dejado una nota en la nevera:
 Fui a preparar las cosas. Llámame si quieres y volveré a recogerte.
Solté una palabrota para mis adentros y me apoyé sobre la superficie de acero, dejando huellas por
todas partes. Y entonce me di cuenta.
Jamie.
Había grabado mi examen oral. Existía la prueba de que lo había bordado. Saqué el móvil del
bolsillo y presioné la foto que el propio Jamie había instalado en mi teléfono. Una cabeza de carnero.
Vaya bicho más raro. Alcé la cabeza para mirar al techo y recé para que contestara.
Salió directamente el buzón de voz.
«Arresto domiciliario significa sin teléfono y ordenador –había dicho Jamie–. Pero si consigo
encontrar un búho, enviaré a escondidas un mensaje al mundo exterior, como Harry Potter, ¿de acuerdo?»
Se me llenaron los ojos de lágrimas y tiré el móvil contra la pared, con lo cual quedó una marca en la
pintura y el teléfono se desarmó. Pero no importaba un bledo. Había un suspenso en mis notas. Un
suspenso.
Escondí la cabeza entre las manos y me las pasé por la cara. Mi mente era un hervidero de
pensamientos funestos. Necesitaba contárselo a alguien para decidir qué debía hacer. Necesitaba un
amigo; necesitaba a mi mejor amiga; pero se había ido. Y Jamie también se había ido. Pero tenía a Noah.
Me acerqué a mi maltrecho teléfono y recogí las piezas. Intenté volver a montarlo. No hubo suerte. Saqué
el teléfono fijo de su base y apreté el botón de llamada, pero entonces me di cuenta de que no me sabía su
número de memoria. Después de todo, solo hacía unas semanas que lo conocía.
Las lágrimas se secaron sobre mi rostro y me dejaron la piel tirante. No terminé mi dibujo. No hice
nada. Estaba demasiado disgustada, furiosa conmigo misma por haber sido tan idiota, pero estaba aún
más enfadada con Morales. Y cuanto más lo pensaba, más me enfadaba.
Ella tenía la culpa de todo. Yo no le había hecho nada cuando entré en Croyden, y sin embargo ella
había hecho lo imposible para complicarme la vida. Quizá podría averiguar la dirección de Jamie y
recoger el MP3, pero ¿serviría de algo? ¿Sabría español el doctor Kahn? Y aunque yo sabía que había
clavado la respuesta, también sabía que Morales mentiría.

Miré por la ventana de la cocina al cielo oscuro. Ya me ocuparía al día siguiente.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:39 pm

41
El día siguiente no empezó con normalidad. Me desperté muerta de hambre a las cuatro de la mañana y
me fui a la cocina a hacerme unas tostadas. Saqué de la nevera una botella de litro y medio de leche y me
serví un vaso mientras se tostaba el pan. Cuando las rebanadas saltaron de la tostadora, me las comí
despacio mientras daba vueltas en la cabeza a lo ocurrido la noche anterior. No me di cuenta de la
presencia de Joseph hasta que comenzó a agitar la mano delante de mi cara.
–¡Tierra llamando a Mara!
Di un respingo y le aparté la mano de un cachete.
–Déjame en paz.
Oí a una segunda persona trasteando por la cocina y giré la cabeza. Daniel sacó una barrita de
cereales de la despensa y le dio un mordisco.
–Vaya careto que tienes. ¿Te has levantado con el pie izquierdo? –me preguntó con la boca llena.
Me incliné sobre la mesa y apoyé la cabeza, que me estaba martilleando, en las manos. Era el dolor
más intenso que había tenido desde hacía semanas.
–¿Viene Noah a recogerte? Su periodo de expulsión terminaba hoy, ¿no?
–No sé. Supongo.
Daniel miró el reloj.
–Pues ya llega tarde. Lo cual quiere decir que te llevo yo. Lo cual quiere decir que tienes que
vestirte. Ya.
Abrí la boca para informar a Daniel de que aún teníamos bastante tiempo por delante hasta la hora de
ir al colegio y para preguntarle qué hacía levantado tan temprano, pero vi por casualidad el reloj del
microondas. Las siete y media. Llevaba horas sentada en la cocina. Horas… masticando. Me tragué el
pan frío y el pánico por haber perdido tanto tiempo.
Daniel me miró con el rabillo del ojo.
–Venga –dijo con suavidad–; no puedo llegar tarde.
Cuando llegamos, no vi el coche de Noah en el aparcamiento del colegio. Quizá había decidido tomarse
otro día libre. Deambulé por el colegio, apenas consciente de lo que hacía. No vi a Noah en clase de
inglés, ni tampoco por los pasillos en los cambios de clase. Se suponía que tenía que estar allí. Quería
averiguar dónde vivía Jamie, y aunque se odiaban, no tenía la suficiente confianza con nadie más para
preguntárselo.
Entre clase y clase, fui al edificio de administración para pedir una cita con el doctor Kahn, y cuando
llegó la hora aciaga, entré en su despacho armada con razones de peso. Iba a pelear por la nota que
merecía. Le contaría lo del MP3. Mantendría la calma. No me echaría a llorar.
El despacho del director se parecía más al estudio de un caballero distinguido del siglo XIX; desde
las paredes recubiertas con madera oscura hasta el montón de libros con tapas de piel y el busto de Palas
colgado encima del marco de la puerta. Lo digo de broma. Lo de los libros.
El doctor Kahn estaba sentado detrás de su escritorio de caoba con su rostro extraordinariamente
dulce iluminado por la luz verdosa de la lámpara de mesa. No podía tener menos aspecto de doctor, con
sus pantalones chinos y un polo blanco en el que destacaba el escudo de Croyden.
–Señorita Dyer –dijo mientras señalaba una de las sillas situadas delante de su escritorio–, ¿en qué
puedo ayudarla?
Lo miré a los ojos.
–Creo que mi nota de español debería modificarse – dije. Con voz tranquila. Con confianza.
–Ya.
–Puedo demostrar que merecía sobresaliente en el examen –dije, y era cierto. Existía una grabación.
Solo que no la tenía en mi poder.
–Eso no va a ser necesario –dijo el doctor Kahn mientras se apoyaba en el alto respaldo de su silla
de cuero.
Parpadeé.
–Ah –dije, algo desconcertada–. Estupendo. ¿Y cuándo me la van a cambiar?
–Me temo que no puedo hacer nada, Mara.
Parpadeé de nuevo, pero cuando abrí los ojos solo vi oscuridad.
–¿Mara?
La voz del doctor Kahn sonaba muy lejana. Volví a parpadear. El doctor Kahn se había tomado la
libertad de poner sus pies enfundados en zapatos bicolor encima de la mesa. Demasiado informal. Me
dieron ganas de hacérselos bajar de un manotazo y de quitarle la silla de paso.
–¿Por qué no? –pregunté entre dientes. Tenía que conservar la calma. Si me ponía a gritar, me
quedaría con el suspenso.
Pero me vi tentada a hacerlo.
El doctor Kahn alcanzó un papel de encima de su escritorio y lo examinó con atención.
–Los profesores tienen que remitir a la dirección un informe por escrito cada vez que suspenden a
algún alumno –explicó–. La señorita Morales dice que copió usted en el examen.
Se me dilataron las fosas nasales y comencé a ver puntitos rojos.
–Miente –dije con voz calmada–. ¿Cómo voy a copiar en un examen oral? Es ridículo.
–Según su cuaderno de clase, las primeras notas fueron muy bajas.
No podía creer lo que estaba oyendo.
–O sea, ¿que se me está sancionando por haber mejorado?
–No se trata solo de haber mejorado, Mara. Su mejoría fue absolutamente prodigiosa, ¿no cree?
Las palabras del doctor Kahn avivaron mi furia.
–Tuve un profesor particular –contesté con los dientes apretados, mientras trataba de deshacerme de
los puntitos rojos a base de parpadear.
–Dice la profesora que la vio echar miradas furtivas por debajo del brazo durante su examen. Dice
que la vio escribir algo en el brazo.
–¡Está mintiendo! –grité, y al momento fui consciente de mi error–. Está mintiendo –dije en tono más
bajo y con voz temblorosa–. Cuando hice el examen tenía el brazo vendado. Había sufrido un accidente.
–También comenta que la había visto mirar en distintas direcciones cuando le preguntaba algo en
clase.
–O sea, que, básicamente, ¿puede decir que copié sin aportar ninguna prueba?
–No me gusta ese tono, señorita Dyer.
–Entonces estamos igual –repliqué sin poder reprimirme.
El doctor Kahn alzó las cejas flemático. Su voz era exasperantemente templada cuando habló.
–Leona Morales lleva más de veinte años trabajando en este centro. Es exigente, pero justa; las
quejas por parte de sus alumnos pueden contarse con los dedos de una mano.
Interrumpí.
–Porque tendrán miedo de decir…
–Usted, por el contrario –prosiguió el doctor Kahn–, no lleva aquí más que unas semanas, y ya ha
llegado tarde a clase en múltiples ocasiones, ha contestado mal a la profesora de historia esta misma
mañana –sí, estoy informadoy ha conseguido que la señorita Morales la haya tenido que expulsar de clase
tras causar una seria perturbación. ¿A quién creería usted?
Literalmente, lo vi todo rojo. Intenté con tanto empeño no gritar que mi voz, cuando conseguí hablar,
salió como un susurro.
–Pero… escúcheme. Hay una grabación de mi examen. Haré que alguien se lo traduzca. Podemos
escucharlo. La señorita Morales puede…
El doctor Kahn ni siquiera descruzó las piernas antes de interrumpirme.
–Vamos a hacer una cosa. Llamaré a la señorita Morales y volveremos a revisarlo todo. Después le
comunicaré mi decisión final.
Mi mente se vio invadida de pensamientos funestos que giraban sin cesar y el tiempo transcurrió tan
lento como si se arrastrase. Me levanté de la silla y al hacerlo la tiré al suelo, pero me temblaban
demasiado las manos como para poder recogerla. Todo… todo aquello rebasaba los límites de la
injusticia. Y a mí me estaba desquiciando. Abrí con tanta furia la puerta del despacho que la oí chocar
con estrépito contra el tope antes de rebotar. Me dio exactamente igual. Sentía los pies como si fuesen de
acero al dirigirme a clase de español. Desearía haber podido triturar la hierba y convertirla en polvillo.
Morales se iba a salir con la suya. Ojalá se ahogase con esa lengua embustera que tenía. Hasta podía
visualizar la escena con claridad meridiana. Daba tumbos por la clase vacía con los ojos fuera de sus
órbitas, se metía en la boca los dedos huesudos mientras intentaba averiguar qué le estaba pasando. Se
ponía azul y emitía un extraño sonido ronco. Es difícil mentir cuando no puedes ni hablar.
Quería enfrentarme a ella. Quería escupirle en un ojo. Pero mientras subía las escaleras a toda prisa
para ir a su clase, supe que no lo iba a hacer. De todos modos, le iba a soltar cuatro frescas. Doblé la
esquina y recorrí los últimos metros que me separaban de la puerta mientras pensaba en varios epítetos
que iba a lanzarle. Hoy en clase de español íbamos a practicar la letra Z.
Cuando derrapé para frenar delante de la puerta del aula, dentro no había nadie más que Jude. Estaba
tendido en el suelo, cubierto de un polvillo blanco. Tenía encima una enorme viga de madera, y vi el
lugar donde las astillas habían traspasado la piel. Su torso estaba ensangrentado, y le resbalaban gotas de
sangre por una de las comisuras de la boca. Le hacían parecerse un poco al Joker de Batman.
Parpadeé.
Ya no era el cuerpo de Jude. Era el del gañán gilipollas que había maltratado a Mabel, quien estaba
tumbado en el suelo, con una parte del cráneo transformada en una masa rosada y una pierna flexionada
formando un ángulo absurdo. Como una bailarina palurda. El linóleo se había convertido en tierra y las
moscas taponaban sus heridas.
Volví a parpadear. Había desaparecido. En su lugar estaba Morales. Estaba tendida en el suelo, con
la cara más violeta que azul. Tenía su lógica según lo que había aprendido sobre los colores primarios en
la clase de plástica de segundo. La mezcla de rojo y azul da violeta, y Morales siempre tenía la cara
colorada. Pero juro por Dios que parecía la persona que se transforma en un arándano gigante en Charlie
 y la fábrica de chocolate. Ladeé la cabeza y parpadeé de nuevo sin apartar la vista del cuerpo con ojos
saltones que se encontraba tendido sobre el suelo de linóleo, segura de que si dejaba de mirarlo
desaparecería como los otros dos. Así que aparté la vista.

Pero cuando volví a mirar, seguía allí.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:40 pm

42
Los cinco segundos siguientes se hicieron tan largos como cinco horas. Sonó el segundo timbre, y una
chica rubia llamada Vera, que traía detrás a una de las orientadoras, me apartó a un lado. Vera estaba
llorando. Mmm.
–¡Cuando llegué vi que se estaba ahogando, pero no supe qué hacer! –Al hablar, a Vera le salió por la
nariz una pompa de mocos que le fue resbalando por la cara hasta más debajo de los labios. Qué asco.
–¡Apartaos todos! –gritó la señora Connolly, la orientadora. La puerta estaba atestada de alumnos
medio histéricos.
Oí una sirena a lo lejos y enseguida aparecieron los sanitarios y la Policía, que apartaron a los
alumnos y establecieron un pequeño perímetro de seguridad en torno a la puerta. La gente lloraba y
empujaba y en general me estaban sacando de quicio, así que me alejé de la aglomeración y baje las
escaleras de dos en dos a paso ligero hasta que llegué a la planta baja. No había comido. Estaba mareada
y muerta de hambre, y además, por Dios bendito, aquello no podía estar sucediendo. ¿No me había
tomado la pastilla por la mañana? No me acordaba.
Me alejé del pasadizo cubierto y me dirigí, dando tumbos, a la explanada de hierba. El sol me
cegaba, y sentí deseos de darle un puñetazo en la nariz. Me entró una risa nerviosa al pensarlo. Después,
la risa nerviosa se convirtió en una carcajada. Al poco rato me estaba riendo de tal manera que no pude
contener las lágrimas. Noté el cuello húmedo, me quedé sin aliento y me dejé caer al pie de un árbol en el
otro extremo del recinto, mientras seguía riéndome como una loca y revolcándome sobre la hierba,
sujetándome los costados porque me dolían de la risa, maldita sea, pero es que aquello tenía su gracia.
De repente y sin saber de dónde, una mano se posó en mi hombro y tiró de mí hasta que me quedé
sentada. Alcé la vista.
–Mara Dyer, ¿verdad? –dijo el detective Gadsen. Habló con voz calmada y denotaba curiosidad,
pero no tenía una mirada amable.
Un movimiento borroso tras él captó mi atención. Noah apareció dentro de mi campo de visión;
cuando vio con quién estaba hablando, se detuvo. Bajé la vista.
–¿Cómo está el perro? –preguntó el detective.
Hice lo que pude para no mirarlo en estado de shock. Incliné la cabeza hacia un lado y el pelo me
tapó la cara como si fuese una cortina. Para esconderme mejor, Caperucita.
–¿Qué perro?
–Tiene gracia –dijo–. ¿Te acuerdas del perro de la persona a la que denunciaste al departamento de
maltrato animal hace unas semanas? Después de que hablase contigo, desapareció sin dejar rastro.
–Sí, tiene gracia –dije, aunque no la tenía. No tenía ninguna gracia.
–¿La señorita Morales te daba clase? –preguntó sin vacilar.
¿Daba? Entonces es que había muerto. Bueno, al menos aquello sí era real. Imposible, pero real.
Asentí con la cabeza.
–Debe de ser muy duro para ti.
Casi me dio la risa. No tenía ni idea. O quizá… ¿quizá sí la tenía?
Había que reconocer que la paranoia tenía su gracia. ¿Qué podía saber aquel detective? ¿Qué me
imaginé a Morales muerta y había muerto? ¿Qué quería que el dueño del perro recibiera su merecido por
su comportamiento y lo había recibido? Hilarante. Imaginarse algo no lo convierte en una certeza. Desear
algo no lo convierte en realidad.
–Sí, es muy duro –dije con otro gesto de asentimiento que consiguió que el pelo me tapase aún más la
cara para esconder mi sonrisa de loca.
–Siento mucho la pérdida –dijo. Me temblaron los hombros debido al esfuerzo por contener la risa–.
¿Sabes si Morales era alérgica a algo?
Negué con la cabeza.
–¿Te fijaste alguna vez si llevaba con ella EpiPen o algún fármaco antihistamínico?
Negué con la cabeza y me puse en pie, algo tambaleante. Después de todo, era hija de abogado, e
incluso con mi leve capacidad de percepción de la realidad, me di cuenta de que la conversación había
terminado.
–Tengo que irme –dije.
–Por supuesto. Que te mejores. Y siento mucho lo de tu profesora.
Me alejé. Del detective y de Noah.
Pero Noah me alcanzó.
–¿Qué ha pasado? –Parecía anormalmente preocupado.
–No se te vio el pelo esta mañana –le dije sin mirarlo.
–Mara…
–No. No… –Mantuve la vista al frente y me concentré en el camino de vuelta a clase–. No pasa nada,
Noah. No estoy loca. Es que… me tengo que ir. Voy a llegar tarde a bio.
–Se han acabado las clases –dijo pausadamente.
Me paré en seco.
–¿Qué?
–Son casi las cuatro –dijo con tranquilidad–. Y suspendieron la última hora. Te he estado buscando
por todas partes.
Dos horas. Llevaba ausente casi dos horas. Tuve la sensación de estar hundiéndome, como si alguien
hubiese apartado la tierra de debajo de mis pies.
–¡Eh, cuidado! –dijo Noah a la vez que me ponía la mano en la espalda para ayudarme a recuperar el
equilibrio. Aparté aquellos pensamientos de mi cabeza.
–Tengo que irme –dije, mareada. Pero entonces otra mano me dio un golpecito en el hombro, y
estuvieron a punto de doblárseme las rodillas.
–Hola, chicos –dijo Daniel con voz seria–. Qué locura de día.
Tragué la bilis que me subía por la garganta.
–No tienes muy buen aspecto, Mara –dijo Daniel. Utilizó un tono más desenfadado, pero seguía
teniendo un punto de ansiedad.
Me aparté un mechón de pelo que se me había quedado en la frente.
–Estoy bien. Solo un poco mareada.
–Justo a tiempo para tu cumpleaños –dijo Daniel con una sonrisa algo forzada–. Vaya chasco.
–¿Tu cumpleaños? –Los ojos de Noah se apartaron de mí para mirar a Daniel.
Lancé a Daniel una mirada cargada de veneno puro. No me hizo caso.
–Mara cumple diecisiete mañana. El 15 de marzo cumple este diablillo. Pero lo lleva medio en
secreto –explicó Daniel mientras se quitaba las gafas de sol para limpiar algo que se le había pegado a
uno de los cristales–. Siempre se pone tristona, así que es mi deber de hermano mayor distraerla de su
disgusto cumpleañero.
–Ya me ocupo yo de eso –respondió Noah inmediatamente–. Quedas relevado del servicio.
Daniel miró a Noah con una amplia sonrisa.
–Gracias, tío, eres un buen colega.
Daniel y Noah hicieron entrechocar sus puños. No podía creer lo que me estaba haciendo mi
hermano. Ahora Noah se iba a sentir obligado a hacer algo especial. Me dieron ganas de darle un
puñetazo en la cara a cada uno, y de vomitar.
–Bueno –dijo Daniel mientras me rodeaba con un brazo–, creo que lo mejor será que lleve yo a Mara
a casa. ¿A no ser que prefieras vomitar en el coche de Noah? –preguntó Daniel. Negué con la cabeza.
–Te recojo mañana a las once –me dijo Noah, sosteniéndome la mirada mientras Daniel me ayudaba a

caminar–. Necesito decirte varias cosas.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:40 pm

43
Cuando Daniel y yo llegamos a casa, las carpetas de fuelle de mi padre estaban atípicamente
desperdigadas por toda la superficie de la mesa del comedor. Oímos discutir a nuestros padres antes de
que nos diese tiempo a cerrar la puerta. Hice señas a Daniel para que la cerrara sin hacer ruido.
–Creo que deberías pedir que se celebre una vista.
–Las alegaciones iniciales son el lunes, Indi. El lunes. Y el martes hay una audiencia probatoria
urgente. La juez no va a permitir que me retire del caso. Es imposible.
¿Qué estaba pasando?
–Pues llama a Michael Lassiter. Pídele que te despida. Dile que le conseguirás un especialista. Quizá
en ese caso la juez conceda un aplazamiento. A él le vendría bien, ¿no?
–Lo dudo. Lo que quiere es quitarse todo esto de encima cuanto antes. –Oí suspirar a mi padre–. ¿En
serio crees que Mara está tan mal?
Daniel y yo intercambiamos una mirada.
Mi madre respondió sin vacilar:
–Sí.
–Desde la quemadura no le ha vuelto a pasar nada – dijo papá.
–Que sepamos.
–¿Crees que le está pasando algo?
–¿La has visto últimamente, Marcus? Apenas duerme. Creo que está peor de lo que deja traslucir. Y
que tú estés implicado en un juicio por asesinato no la está ayudando.
–¿Tan mal como para que merezca la pena que me inhabiliten?
Mi madre hizo una pausa.
–Si eso ocurre, podemos volver a Rhode Island –dijo en voz baja.
Esperaba que mi padre se echase a reír. O que soltara un bufido furioso. O que dijese cualquier cosa
excepto lo que dijo.
–Muy bien –respondió mi padre inmediatamente–. Llamaré a Michael Lassiter para decirle que me
retiro del caso.
El sentimiento de culpabilidad me revolvió el estómago. Hice un movimiento para dirigirme a la
cocina, pero Daniel me retuvo y me indicó que no lo hiciera con un movimiento de cabeza. Lo miré con
los ojos tan entrecerrados como dos ranuras.
Confía en mí, me indicó, moviendo los labios. Los dos permanecimos completamente inmóviles, y
volvimos a oír la voz de mi padre.
–Hola, ¿Michael? Sí, soy Marcus, ¿qué tal? Pues la verdad, no demasiado bien. –Y a continuación
procedió a comunicarle la noticia.
Oí las palabras «inestable», «traumática», y «atención psiquiátrica». Mi mirada se clavó en la cabeza
de Daniel.
Tras unos minutos, mi padre colgó el teléfono.
–¿Qué? –Era la voz de mi madre.
–Lo va a pensar. Es un buen tipo –dijo mi padre con voz apagada mientras mi madre abría los
armarios con estrépito.
Daniel me hizo señas para que me acercara.
–Escucha –susurró–, vamos a entrar ahí, y tú vas a comportarte como si hubiese sido el día más feliz
de tu vida. No digas nada de lo de Morales, ¿de acuerdo? Ya me ocupo yo.
Ni siquiera tuve oportunidad de responder antes de que Daniel cerrara la puerta con un tremendo
golpe. Probablemente lo oyeron en el condado de Broward.
Mamá asomó la cabeza por la puerta de la cocina.
–¡Hola, chicos! –saludó con un entusiasmo exagerado.
–Hola, mamá –También con sonrisa fingida. Me sentía mareada y abatida y hecha polvo por el
sentimiento de culpa, y lo estaba pasando fatal al tener que asumir que mi vida era así. Entramos en la
cocina y allí encontramos a mi padre sentado a la mesa. Tenía ojeras, y parecía más delgado de lo
habitual.
–Vaya, pero si son mis niños perdidos –dijo con una sonrisa.
Me limpié el sudor de la frente y me acerqué para darle un beso en la mejilla.
–¿Cómo ha ido el día, pequeña?
Daniel me lanzó una mirada elocuente por encima del hombro.
–¡Genial! –respondí sin demasiado entusiasmo.
–Mara ha estado ayudándome a preparar la fiesta sorpresa de Sophie –dijo Daniel mientras abría la
nevera.
Ah, ¿sí?
–Ah, ¿sí? –dijo mi madre–. ¿Y cuándo es?
Daniel alcanzó una manzana.
–Esta noche –dijo, al tiempo que le daba un mordisco. Nos vamos dentro de un par de horas.
¿Vosotros tenéis algún plan?
Mi madre negó con la cabeza.
–¿Dónde está Joseph? –pregunté.
–En casa de un amigo –contestó mi madre.
Abrí la boca para sugerirles que salieran, pero Daniel fue más rápido que yo y lo propuso él.
Mi madre miró a papá.
–Tu padre anda bastante liado, me parece.
Él le devolvió la mirada. Al hacerlo, expresó mil cosas sin palabras.
–Creo que me puedo tomar la tarde libre.
–Genial –dijo Daniel–. Te lo mereces. Mara y yo vamos a planear un par de cosas, y luego voy a
echarme una siestecita antes de la fiesta.
Dios mío, qué ganas de darle un beso a Daniel…
–Yo también –dije, y lo seguí. Le di un beso rápido a mi madre en la mejilla y me volví
inmediatamente, antes de que se fijase en el fino barniz de sudor que me cubría la piel. Comencé a andar
hacia mi cuarto.
–Entonces, ya tenéis planes, ¿no? –preguntó mamá a nuestras espaldas.
–¡Sí! –respondió Daniel. Yo asentí con la cabeza e hice un gesto con la mano antes de doblar la
esquina del pasillo. Allí nos detuvimos.
–Daniel…
Alzó las manos.
–De nada. Tú solo… relájate, ¿vale? Tienes una cara que parece que estás a punto de vomitar.
–¿Crees que se lo han tragado?
–Sí. Lo hiciste bárbaro.
–Pero ¿y lo del caso de papá? No puede dejarlo, no por mi culpa… –Tragué saliva con dificultad e
intenté mantener el equilibrio.
–Ya me ocuparé de insistir sobre lo bien que vas a estar mañana antes de que llegue Noah. Y lo
mucho que me has ayudado a preparar la fiesta.
–Eres un cielo. En serio.
–Yo también te quiero, hermanita. Ve a acostarte un rato.
Daniel y yo nos separamos y nos fuimos a nuestras respectivas habitaciones. En el exterior ya había
oscurecido, y se me erizó el vello de la nuca cuando pasé por delante de las fotos de familia. Giré la
cabeza hacia el otro lado, hacia las puertas acristaladas que daban al jardín trasero. Con la luz del
vestíbulo encendida, la oscuridad exterior parecía opaca, y, curiosamente, cada vez que me acercaba al
cristal, me asaltaba la sensación de que había alguien o algo justo ahí fuera, algo escurridizo que se
arrastraba, algo… No. Nada. No había nada. Entré a mi habitación y me dirigí directamente al escritorio
y al frasco de Zyprexa que había encima. Después de una semana, mi madre se fiaba de mí lo suficiente
como para dejarme tener el frasco entero en mi habitación. No recordaba si había tomado una por la
mañana. Probablemente no. Por eso pasó todo lo de Morales; su muerte no había sido más que una
coincidencia. Tenía un nudo en la garganta. Una coincidencia. Dejé caer una pastilla en mi mano
temblorosa, me la puse en la boca y me la tragué sin agua. Pasó lenta y dolorosamente, y me dejó un
regusto amargo.
Di un par de patadas al aire para quitarme los zapatos, me metí en la cama y sumergí la cara en las
sábanas frescas de algodón. Ya pasaba un buen rato de la medianoche cuando, por segunda vez en mi
vida, me despertó el ruido de alguien golpeando la ventana de mi cuarto.
La sensación de déjà vu me envolvió como una manta húmeda, que me picaba y me hacía sentir
incómoda. ¿Cuántas veces iba a tener que volver a revivirlo? Me levanté nerviosa y a ciegas y me
acerqué despacio a la ventana. Se me subió el corazón a la garganta cuando abrí las contraventanas,
preparada para ver el rostro de Jude.

Pero lo que vi fue el puño de Noah levantado para volver a llamar.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:41 pm

44
Llevaba una gorra de béisbol raída con la visera echada hacia abajo, y apenas pude verle la cara; solo
lo suficiente para darme cuenta de que estaba agotado. Y furioso. Un chorro de aire cálido entró por la
ventana se esparció en el interior.
–¿Dónde está Joseph? –preguntó inmediatamente con una nota de pánico en su voz.
Me froté la frente dolorida.
–En casa de un amigo, iba…
–No está allí –dijo Noah–. Vístete. Tenemos que irnos. Ahora mismo.
Intenté poner algo de orden en el torrente de mis pensamientos. Aún no me había dominado el pánico.
–Deberíamos decirles a mis padres que no está…
–Mara. Escúchame, porque solo te voy a decir esto una vez.
Se me secó la boca y me pasé la lengua por los labios mientras esperaba a que terminase de hablar.
–Vamos a encontrar a Joseph. No tenemos mucho tiempo. Pero necesito que confíes en mí.
Notaba el corazón pesado y la mente nublada por la confusión y el sueño. No fui capaz de formular la
pregunta que quería hacer. Quizá porque aquello no era real. Quizá porque estaba soñando.
–Date prisa –dijo Noah, y lo obedecí.
Me puse unos vaqueros a toda prisa y una camiseta, y al ir a buscar los zapatos me di un golpe en un
dedo del pie. El dolor comenzó a palpitar y me tragué el torrente de palabrotas que estuve a punto gritar.
Eché una mirada a Noah, pero tenía la cabeza girada en dirección contraria, hacia la farola de la calle. Su
mandíbula se tensó al morderse las paredes laterales de la boca. Había algo peligroso detrás de esa
expresión. Explosivo.
Cuando estuve lista, apoyé las manos en el alféizar y me impulsé para saltar al otro lado, hacia el
césped húmedo bajo la ventana. Me tambaleé, a punto de perder el equilibrio. Noah me ayudó a
mantenerme en pie medio segundo y luego echó a andar deprisa. Troté para darle alcance. Me costó
trabajo, como si el aire húmedo y pesado me estuviera empujando hacia atrás.
Noah había aparcado en el camino de entrada. Era el único coche que había. No estaba el de Daniel,
no estaba el de mi padre, y el de mi madre tampoco estaba allí. Debían de haber salido por separado.
Noah abrió la puerta del conductor y encendió el motor de inmediato. Apenas me había sentado
cuando pisó el acelerador. La fuerza con la que arrancó me empujó contra el respaldo del asiento.
–El cinturón –me indicó.
Lo miré enfadada. Cuando nos incorporamos a la I-75, Noah aún no había encendido un cigarrillo, y
seguía en silencio. El estómago se me heló. Todavía lo notaba revuelto. Pero logré hablar.
–¿Qué está pasando?
Respiró hondo, y luego se pasó la mano por el mentón sin afeitar. Entonces vi que se le debía de
haber curado el labio durante los últimos días. Desde ese ángulo no había posibilidad de verle los ojos.
Cuando Noah habló, lo hizo con cautela. Con un tono de voz controlado.
–Joseph me mandó un mensaje de texto. Su amigo canceló el plan y necesitaba que alguien le trajera
del colegio. Cuando llegué, no estaba allí.
–Y entonces, ¿dónde está?
–Creo que se lo han llevado.
No.
La última vez que había visto a Joseph había sido durante el desayuno. Había agitado la mano delante
de mi cara y yo le había dicho…, le había dicho…
«Déjame en paz.» Oh, Dios.
El pánico comenzó a correr por mis venas y me apelmazó la sangre.
–¿Por qué? –pregunté en un susurro. Aquello no estaba ocurriendo. No estaba ocurriendo.
–No lo sé.
Mi garganta estaba llena de alfileres.
–¿Quién se lo ha llevado?
–No lo sé.
Apreté las manos contra las cuencas de los ojos. Deseé poder llegar hasta el cerebro. Había dos
posibilidades, a saber: una, que aquello no fuese real. Que fuese una pesadilla. Eso parecía lo más
probable. Dos, que no fuese una pesadilla. Que de verdad Joseph hubiera desaparecido. Que lo último
que le había dicho, «déjame en paz», se hubiese hecho realidad.
–¿Cómo sabes dónde está? –le pregunté a Noah, porque en la cabeza solo tenía preguntas y, de todas
ellas, aquella era la única que fui capaz de articular.
–No lo sé. Estoy yendo al lugar donde creo que está. Puede que esté allí, o puede que no. De
momento nos tiene que valer, ¿de acuerdo?
–Deberíamos llamar a la Policía –dije como si tuviese la boca entumecida mientras buscaba el móvil
en el bolsillo trasero.
No estaba allí.
No estaba allí porque el día anterior lo había estrellado contra la pared. Precisamente el día anterior.
Cerré los ojos y todo comenzó a darme vueltas al tiempo que se me iba la cabeza.
La voz de Noah detuvo mi caída libre.
–¿Qué pensarías si alguien te dijera que cree saber dónde se encuentra un niño desaparecido?
Pensaría que esa persona oculta algo.
–Me harían preguntas que no iba a poder contestar. – Por primera vez fui consciente del tono áspero
de su voz, un tono áspero que me dio miedo–. No puede hacerlo la Policía. Ni tus padres. Tenemos que
hacerlo nosotros.
Me incliné hacia delante y metí la cabeza entre las rodillas. Aquello ya no parecía una pesadilla. Ni
un sueño. Parecía real.
La mano de Noah me acarició la parte posterior del cuello.
–Si no lo encontramos, entonces sí llamaremos a la Policía –dijo con voz suave.
Mi mente era como un páramo desierto. No era capaz de hablar. No era capaz de pensar. Me limité a
asentir con la cabeza, y luego alcé la vista para consultar la hora en el reloj del salpicadero. La una de la
madrugada. Nos cruzamos con varios coches en la autopista, pero cuando Noah tomó una salida después
de una hora de trayecto, los sonidos de Miami se desvanecieron. Las pocas farolas que encontrábamos
bañaban el coche en una extraña luz amarillenta. Continuamos nuestro viaje en silencio, y cada vez se
iban viendo menos farolas. Luego desaparecieron del todo, y ante nosotros no quedó más que una autovía
mal iluminada por los faros del coche. La oscuridad, que amenazaba con engullirnos, se cernía ante
nosotros como un túnel. Eché una mirada a Noah, con los dientes apretados para no llorar. Y para no
gritar. Tenía una expresión sombría.
Cuando por fin aparcamos, lo único que vi fue una extensión de hierbas altas que se mecían por la
brisa cálida. No había edificios, no había nada más.
–¿Dónde estamos? –pregunté en voz baja, casi ahogada por el sonido de los grillos y las cigarras.
–En Everglades City –respondió Noah.
–No se parece demasiado a una ciudad.
–Linda con el parque natural de los Everglades. –Noah se volvió hacia mí–. No te vas a quedar aquí
ni aunque yo te lo pida.
Era una afirmación, no una pregunta, pero de todos modos respondí:
–No.
–Ni siquiera pese a que lo que vamos a hacer sea arriesgado de cojones.
–Ni siquiera.
–Ni siquiera pese a que quizá ninguno de los dos…
Los labios de Noah no concluyeron la frase, pero sus ojos sí. Pese a que ninguno de los dos consiga
llegar, me dijeron. Era una pesadilla. Se me subió la bilis a la garganta.
–Y si yo… no… –dijo Noah–. Haz lo que tengas que hacer para despertar a Joseph. Toma –dijo
mientras metía la mano en el bolsillo–. Toma la llave. Escribe tu dirección en el GPS. Y conduce sin
parar, ¿me oyes? Después llama a la Policía.
Agarré el llavero de Noah y lo guardé en el bolsillo trasero. Intenté que no me temblara la voz.
–Me estás asustando.
–Lo sé. –Noah hizo un movimiento para salir del coche y yo hice lo mismo. Me detuvo.
El olor a vegetación pútrida invadió mis fosas nasales. Noah puso rumbo al mar de maleza que se
extendía ante nosotros y sacó su linterna. Entonces me di cuenta de que seguía teniendo las marcas de los
golpes; habían comenzado a curarse, pero el moretón de la mejilla hacía que un lado de su cara pareciese
hundido. Sentí un escalofrío.
Estaba muerta de miedo. Por el pantano. Por la posibilidad de que Joseph de verdad estuviera en él.
Por la eventualidad de que no lo encontrásemos. De que hubiera desaparecido, se hubiera ido, me
hubiera dejado en paz, como yo quería, y nunca más volviera a verlo.
Noah pareció adivinar mi desesperación, y me tomó la cara entre las manos.
–No creo que vaya a pasar nada. Y no tenemos que ir demasiado lejos, quizá solo haya que recorrer
medio kilómetro. Pero recuerda: llaves, GPS. Ve a la autopista y sigue hasta la salida hacia tu casa. –
Noah bajó las manos y se internó en la espesura. Yo lo seguí.
Quizá Noah sabía algo más de lo que me había contado o quizá no. Quizá era una pesadilla o quizá
no. Pero en cualquier caso, me encontraba en alguna dimensión. Y si Joseph estaba allí, lo rescataría. El
agua me empapó las zapatillas inmediatamente. Noah no habló mientras avanzábamos sobre el barro con
dificultad. Algo que había dicho me desconcertó por un momento, pero se fundió con la nada antes de que
pudiese captar su significado. Y además tenía que concentrar mi atención en el suelo que pisaba.
Hordas de ranas que croaban sin cesar formaban un clamor sordo a nuestro alrededor. Cuando los
mosquitos no me devoraban viva, los juncos me rozaban la piel. Me picaba todo el cuerpo, mis
terminaciones nerviosas ardían, me zumbaban los oídos. Todo ello me torturaba y desviaba mi atención
de tal manera que estuve a punto de adelantar a Noah.

Y de meterme en el agua antes que él.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:44 pm

45
Las raíces enmarañadas de los manglares crecían invisibles bajo el líquido negro, y al otro lado se abría
una extensión de hierba que no podíamos abarcar con la vista. Del cielo no colgaba más que una fina
rodaja de luna, pero jamás en mi vida había visto tantas estrellas. Vislumbré a duras penas la silueta
difuminada de un edificio cercano en la oscuridad. Noah se detuvo frente a la masa de agua.
–Tenemos que llegar al otro lado –dijo Noah.
No hacía falta ser un lince para darse cuenta de lo que aquello significaba. Caimanes. Y serpientes.
Pero lo cierto es que podían haber estado acechándonos en el trecho que distaba entre el coche de Noah y
el lugar donde nos encontrábamos. Así que ¿por qué no cruzar el río? No había ningún problema.
Noah iluminó con su linterna la superficie del agua. El haz de luz se reflejó sobre ella; no se veía
nada de lo que podía haber debajo. El río tendría una anchura de unos diez metros escasos, y no sabría
decir cuánto se extendía en cada dirección. La hierba se convertía en tallos y los tallos en raíces,
dificultando mi visión.
Noah se volvió hacia mí.
–¿Sabes nadar? –Asentí con la cabeza–. Muy bien. Sígueme, pero no hasta que yo haya terminado de
cruzar. Y no chapotees.
Salvó el desnivel de la orilla y oí el ruido del agua cuando se metió. Noah llevaba la linterna en la
mano derecha y caminó un buen trecho antes de tener que echarse a nadar. Pero es que él medía
tranquilamente un metro ochenta. Yo no haría pie hasta tan lejos. Mi estómago se encogió de miedo por
los dos, y se me cerró la garganta por la ansiedad.
Cuando oí que Noah salía del agua, mis rodillas estuvieron a punto de doblarse de alivio. Alzó la
linterna, que iluminó su cara con un resplandor extraño. Hizo una señal con la cabeza, y descendí.
Resbalé y me deslicé por la orilla del río. Mis pies se hundieron en el agua llena de maleza hasta que
pisaron fango. Estaba sorprendentemente fresca, a pesar de la temperatura del aire. El agua me llegaba
por las rodillas. Di un paso. Por los muslos. Otro paso. Por las costillas. La superficie rozaba los aros de
mi sujetador. Vadeé el río con precaución, pues mis pies se enredaban en la maleza del fondo. Noah
iluminaba la superficie que había justo delante de mí, con cuidado de evitar mis ojos. Bajo el haz de luz
todo se veía turbio y marrón, pero me tragué la repulsión que me causaba y continué avanzando y
esperando a que mis pies dejasen de tocar fondo.
–No te muevas –dijo Noah.
Me quedé helada.
Su linterna iluminó la superficie del agua a mi alrededor. Los caimanes aparecieron de la nada.
Sentí los latidos de mi corazón en los oídos al descubrir varios puntos de luz incorpóreos que
flotaban en la oscuridad a un lado y a otro. Un par de ojos. Tres. Siete. Perdí la cuenta.
Estaba paralizada; no podía avanzar, pero tampoco retroceder. Miré a Noah. Estaba a menos de cinco
metros de distancia, pero el agua que nos separaba bien podía haber sido un océano.
–Voy a volver a entrar –dijo–. Para distraerlos.
–¡No! –susurré. Sin saber por qué, sentía la necesidad de hablar en voz baja.
–Es preciso. Hay demasiados, y no tenemos tiempo.
Sabía que no debía hacerlo, pero aparté la vista de la silueta de Noah y miré a mi alrededor. Estaban
por todas partes.
–Tienes que encontrar a Joseph –dije desesperada.
Noah dio un paso hacia la orilla del río.
–No.
Se deslizó por la orilla. El haz de luz rebotó sobre la superficie y otra vez oí el ruido del agua al
entrar Noah. Cuando sujetó la linterna con firmeza, varios pares de ojos desaparecieron. Luego volvieron
a aparecer. Mucho, mucho más cerca.
–¡Noah, sal!
–¡Mara, muévete! –Noah chapoteó en el agua, manteniéndose cerca de la orilla pero alejándose de
mí.
Vi a los caimanes nadar hacia él, pero algunos pares de ojos siguieron fijos en mí. Estaba
empeorando las cosas, el muy idiota. Pronto nos veríamos los dos atrapados, y mi hermano se quedaría
solo.
Sentí que uno de ellos se acercaba incluso antes de verlo. Un hocico enorme y prehistórico emergió
ante mí a poco más de un metro de distancia. Podía distinguir perfectamente la silueta de su cabeza
rugosa. Estaba atrapada y muerta de miedo, pero también había algo más.
Mi hermano había sido secuestrado, y estaba solo y más asustado que yo. No tenía a nadie que
pudiese ayudarlo, a nadie más que a nosotros. Y parecía que quizá no lo lograríamos. Noah era el único
que sabía dónde buscarlo, y si seguía así iba a conseguir que lo mataran.
Algo salvaje se revolvió en mi interior mientras aquellos ojos me miraban fijamente. Ojos grandes y
negros, como de muñeca. Los odiaba. Deseé poder matarlos.
No tuve tiempo de preguntarme cómo demonios había tenido esa idea, porque algo cambió. Un
retumbar sordo y apenas perceptible agitó el agua y oí un chapoteo a mi izquierda. Me giré, aturdida por
el impulso repentino, pero allí no había nada. Mi mirada volvió a posarse rápidamente en el lugar donde
había visto al animal que más se había acercado. Había desaparecido. Seguí con la vista el círculo
luminoso mientras Noah inspeccionaba la superficie con la linterna. Había menos pares de ojos; podía
contarlos. Cinco pares. Cuatro. Uno. Todos desaparecieron silenciosamente en la oscuridad.
–¡Sal! –grité a Noah, y alcé los pies para recorrer a nado el resto del trayecto. Oí a Noah impulsarse
para salir del agua. Tropecé en la oscuridad y en un momento dado me enredé en la maleza, pero no me
detuve. Ya en la orilla, mis manos resbalaban sobre las raíces enmarañadas y no era capaz de asirme a
ellas. Noah se inclinó y alcancé su mano. Tiró para sacarme del agua mientras mis piernas resbalaban
sobre la tierra. Una vez fuera, solté su mano y caí de rodillas, tosiendo.
–Eres –balbucí– un idiota.
No podía ver la expresión de Noah en la oscuridad, pero le oí tomar aire.
–Imposible –dijo en un susurro.
Me puse de pie.
–¿Qué? –pregunté cuando recuperé el ritmo normal de mi respiración.
No me hizo caso.
–Tenemos que irnos.
Tenía la ropa pegada al cuerpo y se le quedó el pelo de punta cuando se pasó la mano por la cabeza.
Su gorra de béisbol había desaparecido. Noah comenzó a andar y lo seguí chapoteando entre los juncos.
Cuando llegamos a una extensión larga de hierba, echó a correr. Yo hice lo mismo. Se me hundían los
pies en el barro y jadeaba con el esfuerzo. Sentí un dolor punzante bajo las costillas y respiré
entrecortadamente. Estuve a punto de caerme cuando Noah se detuvo delante de una pequeña caseta de
hormigón. Los ojos de Noah escudriñaron en la oscuridad. Distinguí la silueta de un edificio grande en la
distancia y una cabaña a algo menos de quince metros.
Noah me miró con expresión insegura.
–¿Dónde miramos primero?
Mi corazón se recuperó al pensar que Joseph podía estar tan cerca.
–Aquí –dije, al tiempo que señalaba la caseta. Me adelanté a Noah e intenté hacer girar el pomo de la
puerta, pero estaba cerrada con llave.
Sentí la mano de Noah en mi hombro y seguí la dirección de sus ojos hasta que vi una ventanita
pequeña bajo el alero. Era diminuta; imposible que él cupiese. Quizá ni yo cupiese. Las paredes eran
lisas; no había ningún saliente donde apoyar el pie para impulsarme hacia arriba.
–Súbeme –le dije sin vacilar.
Noah entrelazó sus dedos. Echó un vistazo hacia atrás justo antes de que apoyase el pie en sus manos.
Intenté mantener el equilibrio encima de sus hombros hasta poder erguirme del todo. En cuanto lo logré,
me aferré al alféizar para mantener la estabilidad. Estaba mugriento, pero había un punto de luz en el
interior. Había herramientas apoyadas en las paredes, un pequeño generador, unas mantas sobre el suelo,
y más allá… Joseph. Estaba tendido en el suelo en un rincón. Inconsciente.
Tuve que contener el aluvión de emociones; alivio mezclado con terror.
–Está ahí dentro –susurré a Noah mientras empujaba el cristal de la ventana. Pero ¿estaría bien? La
ventana no cedía, y musité una oración a cualquier dios que estuviese escuchando para que se abriera,
por favor, que se abriera.
Se abrió. Metí los brazos y serpenteé para hacer pasar el resto del cuerpo. Caí de cabeza y aterricé
sobre un hombro. Una burbuja de dolor ardiente me estalló en un costado y apreté los dientes para no
gritar.
Abrí los ojos. Joseph no se había movido.
Enloquecí de pánico. Me levanté con una mueca de dolor, pero no pensé en mi hombro cuando corrí
hacia mi hermano pequeño. Parecía dormido, acurrucado entre un montón de mantas. Me acerqué
despacio, aterrorizada al pensar que al tocarlo pudiera estar frío.
No lo estaba.
Respiraba, y con normalidad. Con un inmenso alivio, lo sacudí. Su cabeza cayó hacia un lado.
–Joseph –dije–, ¡Joseph, despierta!
Retiré la fina manta que lo cubría y vi que le habían atado de pies y manos por delante. Empezó a
darme vueltas la cabeza, pero forcé mis ojos para que se concentraran. Recorrí la estancia con la vista y
busqué algo con que cortar las cuerdas de plástico que rodeaban las muñecas y los tobillos de Joseph. No
encontré nada.
–Noah –llamé–. Dime que has traído una navaja.
No respondió, pero oí el repiqueteo del metal al golpear la hoja abierta de la ventana. Y al rebotar y
volver a caer fuera, oí a Noah soltar una sarta de palabrotas antes de que la navaja volviese a chocar
contra el cristal. Esta vez, cayó dentro de la cabaña y aterrizó en el suelo. La abrí y comencé a deslizar la
hoja por las cuerdas.
Cuando conseguí cortar las ataduras de las muñecas de Joseph tenía los dedos casi en carne viva, y
cuando terminé de hacer lo propio con las de los pies se me habían quedado entumecidos. Por fin tuve
oportunidad de examinarlo con calma. Aún llevaba el uniforme del colegio: pantalones chinos y un polo
de rayas. Estaban limpios. No parecía estar herido.
–¡Mara! –Oí la voz de Noah llamándome desde el otro lado de la pared–. Mara, date prisa.
Intenté levantar a Joseph, pero el dolor me atravesó el hombro como un cuchillo. Mi garganta dejó
escapar un sollozo ahogado.
–¿Qué ha pasado? –La voz de Noah sonaba frenética.
–Me he hecho daño en el hombro al caer. Joseph no se despierta y no puedo levantarlo para sacarlo
por la ventana.
–¿Y la puerta? ¿No puedes abrirla desde dentro?
Yo era idiota. Me lancé a toda prisa hacia la parte delantera de la estancia de hormigón. Hice girar el
cerrojo y abrí la puerta. Noah estaba al otro lado y me dio un susto de muerte.
–Supongo que eso es un «sí» –dijo Noah.
Mi corazón latió frenético cuando Noah se acercó a Joseph y lo levantó del suelo agarrándolo por las
axilas. Mi hermano estaba totalmente exánime.
–¿Qué le pasa?
–Está inconsciente, pero no tiene señales de moretones ni nada. Parece que está bien.
–¿Cómo vamos a…?
Noah sacó su linterna del bolsillo de atrás y me la pasó. Luego se echó a Joseph sobre los hombros y
lo sujetó con una mano detrás de la rodilla y la otra en la muñeca. Caminó hasta la puerta como si tal cosa
y la abrió.
–Menos mal que está delgado el cabroncete.
Se me escapó una risita nerviosa al salir, justo antes de que el haz de luz de los faros de un vehículo
nos iluminara a los tres.
Noah y yo nos miramos.

–¡Corre!
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:45 pm

46
Salimos a la velocidad del rayo mientras nuestros pies aplastaban con fuerza la porquería que pisaban.
La hierba azotaba mis brazos, y el aire penetraba con ímpetu en mis fosas nasales. Llegamos al río y
encendí la linterna para iluminar la superficie del agua. Estaba despejada, pero aquello no quería decir
gran cosa.
–Cruzo yo primero –dije con la vista puesta en el agua. Casi como si estuviese desafiando a los
caimanes.
Me sumergí en el río. Noah bajó a Joseph de sus hombros y me siguió mientras procuraba mantener la
cabeza de mi hermano fuera del agua. Cuando comenzó a nadar, sujetó el cuerpo de Joseph bajo el brazo.
Más o menos hacia la mitad del recorrido noté que algo me rozaba la pierna. Algo muy grande.
Contuve un chillido y seguí nadando. Nada nos siguió.
Noah alzó a mi hermano para que yo lo sostuviera y lo sujeté como pude, mientras mi hombro aullaba
de dolor. Noah subió a la orilla gateando por el barro, se echó a Joseph a los hombros y seguimos
corriendo.
Cuando llegamos al coche de Noah, lo primero que hizo fue dejar a Joseph en el asiento de atrás, y
luego se sentó en el suyo. Yo prácticamente me derrumbé sobre mi asiento, y de pronto me puse a temblar
a causa de la ropa empapada adherida a mi piel. Noah encendió la calefacción a toda potencia, pisó el
acelerador a fondo y condujo como un lunático hasta que llegamos sanos y salvos a la I-75.
El cielo aún estaba oscuro. Las vibraciones regulares del asfalto bajo las ruedas amenazaron con
adormecerme, a pesar del dolor insoportable del hombro. No era capaz de llevarlo en una postura
adecuada; daba igual cómo tratara de acomodarme en el asiento. Cuando Noah me pasó el brazo por
encima y comenzó a acariciarme el cuello, solté un grito. Noah abrió los ojos como platos, alarmado.
–Mi hombro –gemí. Miré el asiento de atrás. Joseph seguía sin moverse.
Noah sujetó el volante con las rodillas para palparme la clavícula con las manos, y a continuación el
hombro. Los examinó con los dedos cubiertos de mugre, y me mordí la lengua para no gritar.
–Está dislocado –dijo con voz suave.
–¿Cómo lo sabes?
–Está mal colocado, ¿no lo notas?
Me habría encogido de hombros; pero sí.
–Vas a tener que ir al hospital –dijo Noah.
Cerré los ojos. De la oscuridad surgieron personas sin rostro que se agolpaban en torno a mi cama y
me obligaban a tumbarme. Agujas y tubos tiraban de mi piel. Negué con la cabeza categóricamente.
–No. Nada de hospitales.
–Tienen que encajártelo en el hueco de la articulación. –Noah me palpó los músculos con los dedos y
sofoqué un sollozo en la garganta; retiró la mano–. No quería hacerte daño.
–Lo sé –dije entre lágrimas–. No es por eso. Es que odio los hospitales.
Me eché a temblar al recordar el olor. Las agujas. Y luego se me escapó una risita nerviosa porque
había estado a punto de ser devorada por reptiles gigantes, pero, por la razón que fuese, las agujas me
daban más miedo.
Noah se pasó la mano por el mentón.
–Puedo colocártelo yo –dijo con voz apagada.
Me giré en el asiento y reprimí el dolor que me produjo el movimiento.
–¿De verdad? ¿En serio, Noah?
Su rostro adquirió una expresión sombría, pero asintió con la cabeza.
–Eso sería…. Por favor, hazlo.
–Te va a doler. Es que no tienes ni idea de lo muchísimo que te va a doler.
–No me importa –dije sin aliento–. Me va a doler lo mismo que si me lo hicieran en el hospital.
–No necesariamente. Podrían darte algo –dijo Noah–. Para el dolor.
–No puedo ir al hospital. No puedo. Por favor, hazlo, Noah. Por favor.
Noah echó un vistazo rápido al reloj del salpicadero y luego miró por el retrovisor. Suspiró y tomó la
siguiente salida de la autopista. Cuando detuvo el coche en un aparcamiento oscuro y vacío, examiné el
asiento de atrás. Joseph seguía inconsciente.
–Vamos –dijo Noah mientras salía del coche. Yo hice lo mismo, y lo cerró. Recorrimos un corto
trayecto hasta que Noah se detuvo bajo un pequeño grupo de árboles situado detrás del centro comercial.
Cerró los ojos y me fijé en que había cerrado los puños. Los músculos de sus antebrazos estaban
tensos. Me dirigió una mirada sombría.
–Ven aquí –dijo.
Me acerqué a él.
–Más cerca.
Di otro paso, pero mentiría si dijera que no estaba asustada. Mi corazón latía con fuerza.
Noah suspiró y recorrió la distancia que aún había entre nosotros, y después pegó su pecho a mi
espalda. Noté todo su cuerpo apretado firmemente contra el mío y me estremecí. Si fue por estar fuera del
coche con la ropa mojada o por sentir el contacto de su cuerpo contra mi espalda, no sabría decirlo.
Me rodeó el torso con un brazo, paralelo a mi clavícula, y deslizó el otro por debajo de mi brazo, de
modo que sus manos casi se tocaban.
–Quédate muy quieta –susurró. Yo asentí en silencio.
–Venga, vamos. Uno –me habló al oído con voz suave, haciéndome cosquillas. Sentía los latidos de
mi corazón contra su antebrazo.
–Dos.
–¡Espera! –dije, presa del pánico–. ¿Y si grito?
–No lo hagas.
Y entonces todo el lado izquierdo de mi cuerpo se inflamó de dolor. Chispas incandescentes
estallaron detrás de mis ojos y sentí que mis rodillas no me sostenían, pero no llegué a notar el contacto
con el suelo. No vi nada más que oscuridad, negra e impenetrable, mientras me dejaba ir.
Recobré el conocimiento cuando noté que el coche describía un giro amplio sobre el asfalto. Alcé la
vista justo en el momento en que pasábamos bajo el cartel que anunciaba nuestra salida.
–¿Qué pasó? –balbucí. Se me había secado el pelo con la calefacción y se me había quedado tieso,
cubierto de porquería. Noté que crujía por la parte de atrás.
–Te coloqué el hombro en su sitio –dijo Noah sin quitarle ojo a la carretera que iba clareando ante
nosotros–. Te desmayaste.
Me froté los ojos. El dolor agudo del hombro se había suavizado para convertirse en una molestia
amortiguada y punzante. Miré el reloj. Casi las seis de la mañana. Si aquello era real, mis padres se
despertarían enseguida.
El que ya se había despertado era Joseph.
–¡Joseph! –exclamé.
Me sonrió.
–Hola, Mara.
–¿Estás bien?
–Sí. Solo un poco cansado. ¿Qué ha pasado?
–Creo que te caíste en la zanja donde te encontramos, al lado del campo de fútbol –respondió Noah.
Dirigí a Noah una mirada furtiva. Sus ojos se cruzaron con los míos e hizo un gesto casi
imperceptible con la cabeza. ¿Cómo era capaz de creer que Joseph se iba a tragar aquello?
–Es curioso, ni siquiera recuerdo haber ido allí. De todos modos, ¿cómo me encontrasteis?
Noah se frotó la frente con la mano sucia.
–Tuve un pálpito –dijo mientras evitaba mirarme.
Joseph me miraba a mí aunque estaba hablando con Noah.
–Ni tampoco recuerdo haberte enviado un sms para que vinieras a buscarme. He debido de darme un
buen golpe en la cabeza.
Esa debía de ser la mentira que acompañaba a la de la zanja y el campo de fútbol. Y por la expresión
de Joseph, no se había creído ni una ni otra. Y sin embargo parecía que le estaba siguiendo el juego.
Así que yo hice lo propio.
–¿Te duele? –le pregunté a mi hermano.
–Un poco. Y tengo el estómago medio revuelto. ¿Qué le digo a mamá?
Noah siguió con la vista al frente a la espera de que fuese yo quien tomase la decisión. Y era obvio lo
que Joseph quería saber. Si debía dejarnos en evidencia a Noah y a mí, o si debía confiar en nosotros.
Porque yo sabía que si Joseph le contaba a nuestros padres la mentira que Noah le había contado a él, mi
madre se iba a poner histérica. Del todo.
Y empezaría a hacer preguntas. Preguntas que Noah había dicho que no podía contestar.
Miré a mi hermano pequeño por encima de mi asiento. Estaba sucio, pero en buen estado. Suspicaz,
pero no preocupado. Ni asustado. Pero si le contábamos lo que había sucedido en realidad –que alguien,
un desconocido, lo había secuestrado y lo había atado y encerrado en una caseta de hormigón en medio
del pantano–, ¿qué efecto le causaría? ¿Cómo se iba a quedar? Me volvió a la cabeza el recuerdo de su
rostro lívido y desconsolado, de su cuerpo abatido, pequeño y tenso, en la silla de la sala de espera. Y
esto sería aún peor. Se me ocurrían pocas cosas más traumáticas que ser secuestrado, y sabía por
experiencia propia lo duro que es recobrarse de algo así. Si es que era posible.
Pero si no se lo contaba a Joseph, tampoco podía contárselo a mi madre. No después de lo del brazo.
Ni de las pastillas. Jamás me creería.
Así que me decidí. Miré a Joseph por el espejo retrovisor.
–No creo que debamos decir nada. Mamá se iba a poner como una loca, o sea… como una auténtica
loca. Y quizá se asustaría tanto que no te dejaría volver a jugar al fútbol, ¿te das cuenta? –El sentimiento
de culpabilidad por mentir me estaba torturando por dentro, pero la verdad podía hacer que Joseph se
viniese abajo, y no quería ser yo precisamente quien lo provocase–. Y papá probablemente demandaría
al colegio o algo así. Quizá lo mejor sea que uses la ducha de la piscina, te metas en la cama, y yo le
cuente a mamá que anoche no te encontrabas muy bien y me pediste que fuese a recogerte, ¿te parece?
Joseph asintió desde el asiento trasero.
–Vale –dijo tan tranquilo. Ni siquiera cuestionó nada. Hasta ese punto confiaba en mí. Se me hizo un
nudo en la garganta.
Noah enfiló nuestra calle.
–Esta es vuestra parada –le anunció a Joseph. Mi hermano salió del coche en cuanto Noah lo aparcó.
Yo hice lo mismo antes de que Noah tuviese tiempo de abrir la puerta.
Joseph se acercó a la ventanilla del conductor y metió la mano para estrechar la de Noah.
–Gracias –dijo mi hermano, y le despidió con una sonrisa que formó hoyuelos en sus mejillas antes
de dirigirse a nuestra casa.
Me incliné sobre la ventanilla abierta del otro lado y le pregunté:
–¿Hablamos luego?
Noah hizo una pausa sin dejar de mirar al frente.
–Sí.
Pero no hubo ocasión.
Me reuní con Joseph en el jardín de atrás. Los tres coches estaban aparcados en la entrada. Joseph se
duchó fuera, y luego entramos en casa por la ventana de mi habitación para no despertar a nadie. Mi
hermano estaba muy sonriente y se dirigió a su cuarto de puntillas y dando zancadas exageradas como si
se tratase de un juego. Cerró la puerta de su habitación y, previsiblemente, se acostó.
No tenía ni idea de lo que podía pensar, de lo que le parecía todo aquello, ni de por qué había
aceptado mi decisión con tanta facilidad y sin hacer preguntas. Pero estaba rota de agotamiento y no me
podía poner a darle vueltas. Me despegué la ropa del cuerpo y abrí la ducha, pero me di cuenta de que
era incapaz de tenerme en pie. Me senté bajo el chorro de agua, tiritando a pesar del calor. Fijé la
mirada, vacía y sin expresión, en un azulejo. No me encontraba mal. No estaba cansada.
Estaba ausente.
Cuando el agua empezó a salir fría, me levanté, cerré el grifo y salí de la bañera, me puse una
camiseta verde y un pantalón de pijama a cuadros y fui a la sala de estar, con la esperanza de que la
televisión neutralizase el zumbido sordo de las ideas sin sentido que bullían en mi mente. Me hundí en el
sofá de cuero y encendí la tele. Miré la guía, pero había poca cosa aparte de anuncios de teletienda, con
el murmullo de las noticias como ruido de fondo.
–Fuentes locales han informado de la muerte masiva de peces en Everglades City.
Agucé el oído cuando mencionaron Everglades City. Cerré la guía, con los ojos y oídos pendientes de
la presentadora con cara de plástico.
–Los biólogos que acudieron al lugar de los hechos dicen que la hipótesis más probable es que haya
sido debido a una disminución del nivel de oxígeno en el agua. Se cree que la causa puede estar en el
alarmante número de cadáveres de caimanes.
El vídeo mostró a continuación a una mujer rubia y pecosa, vestida con unos pantalones cortos de
color caqui que sujetaba un micrófono a la altura de la boca, cubierta con un pañuelo. Se encontraba ante
una extensión de agua turbia que me resultó espeluznantemente familiar; la cámara mostró los vientres
blancos de los caimanes muertos que flotaban en ella, rodeados de cientos de peces.
–La abundancia de materia en descomposición en el agua absorbe una gran cantidad de oxígeno,
matando los peces de la zona en cuestión de horas. Por supuesto, en este caso, lo que haya causado la
muerte de los caimanes pudo ser lo mismo que acabase con la vida de los peces. Por así decirlo, algo
parecido al dilema del huevo y la gallina.
La presentadora-maniquí volvió a hablar:
–La posibilidad de que la causa sea un vertido ilegal de material peligroso también está siendo
investigada. Se espera que los especialistas en reptiles y anfibios de Metro Zoo realicen necropsias a los
animales muertos en los próximos días, entonces les informaremos de los resultados. Mientras tanto, es
conveniente que los turistas se mantengan alejados de la zona –dijo al tiempo que se tapaba la nariz.
–No es ninguna broma, Marge. ¡Debe de apestar! Y ahora vamos con Bob y la información
meteorológica.
Me temblaba el brazo cuando alcé el mando a distancia para apagar el televisor. Me incorporé y me
tambaleé como si mis pies no fuesen los míos, y me acerqué al fregadero de la cocina para beber agua.
Saqué un vaso de una alacena y me quedé junto a la encimera sin que mi cabeza dejara de dar vueltas.
El lugar que salía en las noticias no parecía exactamente aquel donde habíamos estado.
Pero yo había estado allí en plena noche; seguramente a la luz del día parecía distinto.
O quizá se tratase de otro completamente distinto. Y aunque no fuera el mismo, quizá alguien había
envenenado el agua.
Y quizá yo nunca había estado allí.
Llené de agua el vaso y me lo llevé a los labios. Por casualidad, vi mi imagen reflejada en el oscuro
cristal de la ventana de la cocina.
Parecía el fantasma de otra persona.
Algo me estaba pasando.

Vacié el contenido del vaso sobre el cristal oscuro y vi cómo mi reflejo se difuminaba y desaparecía.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:45 pm

47
ANTES
A la mañana siguiente me desperté en una de las camas esqueléticas del Hospital Estatal para Enfermos
Mentales de Tamerlane. El colchón estaba sucio y hecho jirones. El somier crujió cuando me moví y me
miré. Estaba vestida de negro. Alguien detrás de mí me estaba besando el cuello. Me giré con
brusquedad.
Era Jude. Estaba sonriendo y deslizó su brazo por debajo de mi cintura para atraerme hacia él.
–Venga, Jude. Aquí no. –Me liberé de su brazo y me levanté; tropecé con los escombros y la suciedad
acumulada en el suelo a lo largo de los años. Me siguió y me atrapó, poniéndome contra la pared.
–Chisssst, relájate –dijo mientras llevaba la mano a mi mejilla y buscaba mi boca. Aparté la cara.
Noté su aliento caliente sobre el cuello.
–Ahora mismo no me apetece –dije en tono áspero. ¿Dónde estaba Rachel? ¿Y Claire?
–Nunca quieres –murmuró con la boca pegada a mi piel.
–Quizá porque lo haces fatal. –Se me contrajo el estómago en cuanto pronuncié aquellas palabras.
Jude se quedó inmóvil. Me arriesgué a echar un breve vistazo a su rostro; tenía la mirada vacía. Sin
expresión. Luego sonrió, pero no había afecto en su sonrisa.
–Quizá porque me provocas –dijo, y su sonrisa se desvaneció. Tenía que salir de allí. En ese mismo
instante.
Intenté escabullirme entre su cuerpo y la pared dándole un empujón en el pecho.
El me empujó a su vez. Me hizo daño.
¿Cómo podía estar pasando aquello? En los dos últimos meses había averiguado que Jude tenía sus
momentos de gallito –malcriado, repugnante, que se creía con derecho a todo–, típica bazofia de macho
Alfa. ¿Pero aquello? Era un nivel de asquerosidad desconocido para mí. Era…
Jude me aplastó contra la pared polvorienta y resquebrajada con todo el peso de su cuerpo y cortó el
hilo de mis pensamientos. Noté cómo se me erizaban todos y cada uno de los pelos de la nuca y estudié
mis posibilidades, cada vez más remotas.
Podía chillar. Quizá Rachel y Claire se encontraban lo suficientemente cerca como para oírme, pero
quizá no. Y si no estaban, bueno. Las cosas se pondrían aún más feas.
Podía darle un bofetón. Probablemente sería una estupidez, porque había visto a Jude levantar pesas
que doblaban el peso de mi cuerpo.
Podía no hacer nada. Rachel terminaría por venir a buscarme antes o después.
La opción número tres parecía la más prometedora. Me quedé inmóvil, como sin vida. A Jude no le
importó para nada. Me aplastó con más fuerza, y comencé a luchar contra la histeria que amenazaba con
surgir de mi garganta. Aquello iba mal, mal, mal, mal, mal, mal. Jude apretó su boca contra la mía, y el
ímpetu me aplastó aún más contra la pared y provocó que se desprendieran pequeñas nubes de polvo que
ascendieron en el aire a mi alrededor. Sentí náuseas.
–No –susurré. Mi voz sonaba distante.
Jude no respondió. Sus manos me sobaron, torpes y ásperas, por debajo del abrigo, de la chaqueta, de
la camisa. El contacto de su piel fría contra mi vientre hizo que se me escapara un grito ahogado. Jude se
rio de mí.
Y al hacerlo encendió una chispa de furia fría y violenta. Quise matarlo. Deseé poder hacerlo. Aparté
una de sus manos de mi cuerpo con una fuerza que yo misma desconocía. Volvió a ponerla, y sin pensar
lo que hacía tomé impulso y le di una bofetada.
Ni siquiera me dio tiempo a sentir el escozor en la mano antes de sentirlo en la cara. En mi cara. El
golpe de Jude fue tan rápido y tan brutal que tardé lo que me parecieron minutos u horas en darme cuenta
de que me había devuelto el bofetón. Tuve la impresión de que el ojo se había salido de su órbita. El
dolor me hirió desde dentro y enardeció todo mi ser.
Temblorosa y llorando –¿estaba llorando?– comencé a deslizarme hacia el suelo. Jude tiró de mí
hacia arriba, me inmovilizó, y me aprisionó contra la pared. Temblaba de tal manera que mis manos, mis
brazos, mis piernas comenzaron a ceder poco a poco. Jude me pasó la lengua por la mejilla y me dieron
escalofríos.
Entonces se oyó la voz de Claire, rasgando el aire cargado y silencioso.
–¿Mara?
Jude se apartó solo un poco, muy poco, pero mis pies no se movieron. Tenía las mejillas húmedas y
escocidas a causa de mis lágrimas y de su saliva, que no me podía limpiar. Respiraba entrecortadamente
y sollozaba en silencio. Y estaba furiosa con él por haber ocultado tan bien sus intenciones, por haberme
engañado, atrapado, aplastado. Sentí que algo tiraba con fuerza de los límites de mi mente y amenazaba
con tirarme al suelo.
Unos pasos que resonaron a solo unos metros de nosotros me hicieron volver en mí. Claire volvió a
llamarme desde el otro lado de la puerta; no la veía, pero me aferré a su voz, intenté librarme de la
irritante impotencia y la indefensión que me atenazaban la garganta y me paralizaban los pies.
La luz de su linterna revoloteó por la habitación y finalmente fue a posarse sobre Jude, justo cuando
este salió del otro lado de la pared levantando pequeñas nubes de polvo con su movimiento.
–Hola –dijo.
–Hola –respondió Jude con voz calmada, incluso con una sonrisa. Esta era increíblemente más
aterradora que su furia–. ¿Dónde está Rachel?
–Está buscando la sala de la pizarra para añadir nuestros nombres a la lista –dijo en voz baja–. Quiso
que volviera para comprobar que no os habíais perdido.
–Estamos bien –contestó Jude, y su cara se iluminó con una sonrisa radiante y esos hoyuelos tan
típicamente americanos. Le guiñó un ojo.
La rabia destemplada que me invadía solo acertó a manifestarse mediante un susurro triste y lánguido.
–No te vayas.
Jude me dirigió una mirada dura; sus ojos destilaban furia en estado puro. No me dio oportunidad de
hablar antes de volverse hacia Claire. Sonrió e hizo un gesto burlón con los ojos.
–Ya sabes cómo es Mara –dijo–. Está un poco asustada. Voy a intentar distraerla para que deje de
pensar en ello.
–Ah –dijo Claire, y dejó escapar una risita–. Que os divirtáis, chicos.
Oí cómo se alejaban sus pasos.
–Por favor –dije, esta vez un poco más alto.
Los pasos se detuvieron por un instante –un instante de aliento y esperanza– antes de continuar su
camino. Luego se desvanecieron.
Jude había vuelto. Su mano carnosa me empujó el pecho y volvió a aprisionarme contra la pared.
–Cállate –dijo mientras me bajaba la cremallera del abrigo de un solo y violento tirón. Hizo lo mismo
con la cremallera de la chaqueta. Ambas prendas quedaron colgadas de mis hombros como muertas.
–No te muevas –me advirtió.
Me quedé helada, completa y estúpidamente paralizada. Me castañetearon los dientes y todo mi
cuerpo tembló de rabia aprisionado contra la pared cuando Jude buscó a tientas el botón de mis vaqueros
y me lo desabrochó. Yo tenía un único pensamiento, solo uno, que se arrastró por mi cerebro como un
insecto y agitó las alas hasta que no oí nada más, no pensé nada más, hasta que no me importó nada más.
Merecía morir.
Cuando Jude me bajó la cremallera, ocurrieron tres cosas simultáneamente.
La voz de Rachel me llamó.
Docenas de puertas de hierro se cerraron de golpe con un ruido metálico ensordecedor.

Todo se volvió negro.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:46 pm

48
Me desperté sobresaltada con el sonido de la voz de mi madre.
–¡Feliz cumpleaños! –Se acercó a mi cama y me sonrió–. ¡Chicos, está despierta! Pasad.
Miré medio aturdida cómo el resto de la familia entraba desfilando en mi cuarto y me traía una pila
de tortitas con una vela en el medio.
–¡Cumpleaños feliz! –cantaron.
–¡Y que cuuuuumplas muuuchos máááás…! –añadió Joseph agitando las manos.
Me llevé las manos a la cara y me pellizqué las mejillas. Ni siquiera recordaba cómo me había
quedado dormida la noche anterior, pero allí estaba, en mi cama. Recién despertada de mi sueño-
recuerdo-pesadilla del hospital psiquiátrico.
¿Y los Everglades?
¿Qué había pasado la noche anterior? ¿Qué había pasado esa noche? ¿Qué me había pasado a mí?
¿Qué había pasado? ¿Qué había pasado?
Mi padre me acercó el plato. Una diminuta gotita de cera resbaló por un lado de la vela y se demoró
en su caída, temblando como una lágrima solitaria, antes de llegar a la tortita de arriba. No quería que
cayera. Sostuve el plato y soplé la vela.
–Son las nueve y media –dijo mi madre–. Tienes tiempo suficiente para desayunar y darte una ducha
antes de que pase Noah a recogerte.
Me apartó un mechón de la frente. Dirigí la mirada a Daniel. Me guiñó un ojo. Luego miré a mi padre,
que no parecía demasiado entusiasmado con el plan. Joseph sonrió y movió las cejas. No tenía aspecto
de estar cansado. Ni asustado.
Y no me dolía el hombro.
¿Había sido un sueño?
Quería preguntárselo a Joseph, pero no veía manera de estar a solas. Si aquello había ocurrido de
verdad, si lo habían secuestrado, no podía dejar que mi madre se enterase; no hasta haber hablado con
Noah. Y si no había sucedido, no podía dejar que mi madre se enterase. Porque entonces seguro que me
ingresaba.
Y llegados a ese punto, yo ya no tendría ningún argumento para negarme.
Seguí debatiéndome entre el sueño y el recuerdo mientras recibía los besos de toda la familia y mi
regalo de cumpleaños: una cámara digital. Les di las gracias. Después salieron de la habitación. Saqué
una pierna de la cama, luego la otra, y apoyé los pies en el suelo. Luego hice avanzar un pie, después el
otro, hasta que llegué al cuarto de baño. La lluvia azotaba el cristal de la pequeña ventana y me quedé
mirando la mampara de la ducha, indecisa entre el tocador y el inodoro. No fui capaz de mirarme al
espejo.
Recordé aquella noche. En apariencia, solo el rato que permanecí inconsciente, y solo retazos; pero
estaban comenzando a convertirse en algo muy grande y aterrador. Algo desagradable. Rebusqué en el
resto de la evocación; aparecía Jude, aquel cobarde gilipollas y lo que había intentado hacer, y luego…
luego… nada. Oscuridad. El recuerdo se me escapó, huyó hacia la inescrutable inmensidad de mi lóbulo
frontal. Me provocó, me crispó; y yo estaba furiosa con él y con el mundo, cuando Noah llamó a la puerta
para recogerme.
–¿Lista? –preguntó. Tenía un paraguas en la mano, pero el viento le impedía sujetarlo con firmeza.
Observé su cara. El moretón había desaparecido, y solo se veían unos mínimos restos de contusiones
encima del ojo.
No podían haberse curado casi del todo en una sola noche.
Lo cual quería decir que lo de la noche anterior había sido una pesadilla. Todo. Lo del psiquiátrico.
Lo de los Everglades. No podía ser otra cosa.
Entonces me di cuenta de que Noah seguía allí de pie esperando mi respuesta. Asentí, y nos pusimos
en marcha.
–Bueno –dijo una vez sentados en el coche; se echó el pelo mojado hacia atrás–. ¿Y adónde vamos? –
Su tono de voz sonaba desenfadado.
Ahí estaba la confirmación. Dirigí mi mirada más allá de donde se encontraba Noah, y la fijé en una
bolsa de plástico que se había quedado enganchada en el seto del vecino de enfrente y a la cual la lluvia
estaba golpeando sin piedad.
–¿Qué pasa?
Me estaba comportando como una loca. Y no quería comportarme como una loca. Reprimí las ganas
de preguntarle por el episodio de los Everglades porque no era real.
–Un mal sueño –respondí, y una de mis comisuras se curvó, esbozando algo parecido a una sonrisa.
Noah me miró a través de sus pestañas, en las que se habían engarzado unas gotas de lluvia.
–¿Sobre qué? –Sus ojos azules mantuvieron mi mirada.
Sobre qué, vaya pregunta. ¿Sobre Joseph? ¿Sobre Jude? No sabía lo que era real, lo que era una
pesadilla, lo que era un recuerdo…
Así que le dije la verdad.
–No me acuerdo.
Fijó la vista al frente, en la carretera.
–¿Y te gustaría acordarte? –preguntó con calma.
La pregunta me pilló desprevenida. ¿Me gustaría acordarme?
¿Es que había elección?
El ruido de las puertas retumbó en mis oídos. Oí el sonido de la cremallera cuando Jude me la bajó.
Luego la voz de Rachel y el eco que produjo en el vestíbulo y en mi cabeza. Después desapareció. Y ya
no volví a oírla.
Pero quizá… quizá sí había una posibilidad. Quizá Rachel había venido a buscarme y aún no había
recordado ese fragmento. Me había llamado, y quizá había vuelto antes de que el edificio la aplastara…
Antes de que el edificio la aplastara. Antes de que aplastara a Jude, que me estaba aplastando a mí.
Se me secó la boca. Algún recuerdo fantasma perturbó mi cerebro al anunciar su presencia. Era
importante, pero no sabía por qué.
–¿Mara?
La voz de Noah me hizo regresar al presente. Nos habíamos detenido en un semáforo en rojo, y
ráfagas de lluvia azotaban el parabrisas. Las palmeras de la mediana se mecían, se inclinaban y
amenazaban con quebrarse. Pero no se iban a quebrar. Eran lo suficientemente fuertes como para soportar
aquello.
Y yo también.
Me giré hacia Noah y lo miré a los ojos.
–Creo que es peor no saberlo –respondí–. Prefiero recordar.
Y cuando pronuncié aquellas palabras, de repente lo vi todo con claridad meridiana. Todo lo que me
había ocurrido –las alucinaciones, la paranoia, las pesadillas– no era más que la necesidad que yo tenía
de saber, de entender qué pasó aquella noche. Qué le había pasado a Rachel. Qué me había pasado a mí.
Recordé haberlo comentado con la doctora Maillard hacía solo semana y media, y que ella había
sonreído y había dicho que era algo que yo no podía forzar.
Pero quizá, solo quizá, sí podía.
Quizá podía elegir si quería.
Y elegí.
–Necesito recordar –le dije a Noah con una intensidad que nos sorprendió a los dos; y a
continuación–: ¿Puedes ayudarme?
Giró la cabeza hacia otro lado.
–¿Cómo?
Ahora que sabía lo que iba mal, podía remediarlo.
–Un hipnotista.
–Un hipnotista –repitió Noah despacio.
–Sí.
Mi madre no creía en la hipnosis. Creía en la terapia y en medicaciones que podían prolongarse
durante semanas, meses, años. Yo no quería pasar por ahí. Mi vida se estaba desintegrando, mi universo
se estaba desintegrando, y yo necesitaba saber lo que me ocurría ya. No al día siguiente. Ni el jueves, en
mi próxima cita. Ya. Ese mismo día.
Noah no dijo nada, pero buscó el móvil en el bolsillo mientras seguía sosteniendo el volante con la
otra mano. Marcó un número y oí el tono de llamada.
–Hola, Albert. ¿Podría conseguirme cita con un hipnotista para esta tarde?
No hice ningún comentario sobre Albert. Estaba demasiado excitada. Demasiado ansiosa.
–Ya sé que hoy es sábado –dijo Noah–. Dígame lo que haya averiguado. Gracias.
Cortó la llamada.
–Me va a mandar un mensaje de texto. Mientras tanto, ¿hay algo especial que te apetezca hacer hoy?
Negué con la cabeza.
–Bueno –dijo Noah–, yo tengo hambre. ¿Qué tal si comemos?
–Como quieras –respondí, y Noah me sonrió, pero era una sonrisa triste.
Cuando llegamos a la Calle Ocho, supe adónde íbamos. Dejó el coche en el aparcamiento del
restaurante cubano y corrimos hacia el local, que volvía a estar alucinantemente lleno, a pesar de la épica
tromba de agua.
Mientras esperábamos junto a la barra a que nos dieran mesa, me sentí lo suficientemente bien como
para sonreír al recordar la otra vez que habíamos estado allí. Oí el silbido y el chisporroteo de la cebolla
al echarla en el aceite caliente, y se me empezó a hacer la boca agua mientras miraba distraída el tablón
de noticias que había al lado de la barra. Anuncios de inmobiliarias, de cursillos…
Me acerqué más al tablón.
«Por favor, acudan a Botánica Seis para el seminario “Libera los secretos de tu mente y de tu
pasado”, con Abel Lukumi, ordenado sumo sacerdote. Comienzo de las sesiones: 15 de marzo. 30 dólares
por persona. No se requiere reserva.»
Justo entonces llegó el camarero.
–Por aquí, por favor.
–Un segundo –dije, todavía con la vista puesta en el anuncio. Noah siguió la dirección de mis ojos y
leyó el texto.
–¿Quieres ir? –preguntó.
Liberar secretos. Medité sobre la frase mientras me mordía el labio inferior y seguía con la mirada
puesta en la hoja. ¿Por qué no?
–¿Sabes una cosa? Que sí quiero ir.
–A pesar de que sabes que va a ser una bobada new age, rollo espiritual.
Asentí.
–A pesar de que no crees en esas movidas.
Asentí.
Noah consultó su móvil.
–Aún no hay noticias de Albert. Y el seminario empieza dentro de… –miró el anuncio, luego el reloj–
diez minutos.
–Entonces, ¿podemos ir? –pregunté, esta vez con una sonrisa que de verdad sentía.
–Podemos ir –dijo Noah.
Avisó al camarero de que no íbamos a sentarnos y se volvió hacia la barra para pedir algo para
llevar.
–¿Te apetece algo de ahí? –me preguntó. Sentí su mirada sobre mí mientras echaba un vistazo al
contenido del expositor de cristal.
–¿Compartimos algo?
Una sonrisa serena transformó la expresión de Noah.
–Por supuesto. 
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:47 pm

49
En la calle donde se encontraba Botánica Seis estaba prohibido aparcar, así que tuvimos que dejar el
coche a tres manzanas. La lluvia torrencial había amainado para dar paso a una densa niebla; Noah me
cubría con su paraguas. Lo moví para que quedase justo en medio de los dos y nos acurrucamos debajo.
La consabida emoción de su proximidad me puso las pulsaciones al galope. Llevábamos días sin estar tan
cerca uno del otro. El incidente del hombro de la noche anterior no contaba, porque no había ocurrido. El
hombro no me dolía.
Sentí calor al lado de Noah, pero de todos modos me estremecí. Las nubes plomizas habían
transformado en cierto modo el ambiente de la Pequeña Habana. Domino Park estaba desierto, pero unos
cuantos hombres se apiñaban bajo la lluvia junto a la entrada, bajo los aleros de las pequeñas tiendas.
Nos siguieron con la vista al pasar. De la puerta de una tienda de puros cercana salían volutas de humo
que se mezclaban con la lluvia y el incienso proveniente del taller de servicio técnico informático que
teníamos enfrente. El letrero de neón zumbaba y resonaba en mis oídos.
–Aquí es –dijo Noah–. Calle Ocho, 1821.
Miré el letrero.
–Pero ahí dice que es un taller de servicio técnico informático.
–Sí, eso dice.
Echamos un vistazo al interior del local con las frentes apoyadas en el escaparate empañado.
Componentes electrónicos y ordenadores desmontados se mezclaban con grandes urnas de terracota y
figuras de porcelana. Miré a Noah. Se encogió de hombros. Entré.
Resonó el ruido metálico de una campana al cruzar el estrecho umbral. Dos chicos muy jóvenes se
asomaron tras un mostrador de cristal. No había adultos a la vista.
Mis ojos recorrieron el interior de la tienda, las estanterías llenas de cajas de plástico. Dentro de las
cajas, sin criterio aparente, se amontonaban cáscaras de coco, recipientes para miel en forma de oso,
distintas especies de conchas, herraduras oxidadas, huevos de avestruz, algodón absorbente, cascabeles
diminutos, chanclas de plástico blanco, abalorios y velas. Montones de velas de todos los tamaños,
formas y colores; velas con una imagen de Jesús, y velas decoradas con imágenes de mujeres desnudas.
Había incluso velas en forma de copas de helado de varias docenas de sabores distintos. Y… esposas.
¿Qué clase de local era aquel?
–¿En qué puedo ayudaros?
Noah y yo nos volvimos. Una mujer de pelo negro, que caminaba con muletas, apareció en el umbral
que separaba el local principal de una especie de trastienda.
Noah alzó las cejas.
–Hemos venido por lo del seminario –dijo–. ¿Estamos en el sitio correcto?
–Sí[2], sí, pasad –dijo al tiempo que nos hacía un gesto para que nos acercásemos.
La seguimos y pasamos a otra estancia estrecha donde había unas sillas de jardín de plástico
colocadas sobre el suelo de baldosas blancas. Nos dio dos folletos y Noah le entregó el dinero. Luego
desapareció.
–Gracias –le dije cuando nos sentamos en la trastienda–. Seguro que tu plan para el sábado no era
este.
–Si quieres que te diga la verdad, tenía la esperanza de que sugirieses la playa –dijo, y se sacudió el
agua del pelo, pero una actuación en vivo bien puede ocupar un digno segundo puesto.
Sonreí. Estaba empezando a sentirme mejor, más normal. Más cuerda. Mis ojos recorrieron la
estancia blanca. De color blanco hospital, los tubos fluorescentes la hacían aún más luminosa. Creaba un
curioso contraste con los muebles; muebles pasados de moda, la verdad. Un sillón marrón y amarillo, un
armario verde guisante, más estanterías con velas. Curioso.
Alguien tosió a mi izquierda; me volví, y un hombre pálido y delgado vestido con una túnica blanca y
chancletas blancas que lucía un sombrero triangular también blanco se sentó en la fila de delante. Noah y
yo intercambiamos una mirada. El resto de los asistentes llevaba un atuendo más normal; una mujer
corpulenta, con pelo rubio corto y rizado, vestida con pantalones cortos, se abanicaba con un folleto. Dos
hombres de mediana edad idénticos y con bigote estaban sentados cuchicheando uno junto al otro al fondo
de la sala. Llevaban vaqueros.
Justo en aquel momento, el orador se acercó al estrado y se presentó. Me sorprendió verlo vestido
con un traje impecablemente planchado, dado que era un sacerdote. Qué tipo de sacerdote, aún no lo
sabía.
El señor Lukumi ordenó sus papeles antes de dirigirnos una amplia sonrisa y observar con atención
los pocos asientos que estaban ocupados. Luego nuestras miradas se cruzaron. Abrió los ojos
sorprendido.
Me volví, preguntándome si se habría fijado en alguien sentado detrás de mí, pero allí no había nadie.
El señor Lukumi carraspeó para aclararse la garganta, pero cuando habló le tembló la voz.
Era una paranoia mía. Paranoia, paranoia, paranoia. Me concentré en la charla y en Noah, que estaba
prestando un interés exagerado a lo que escuchaba. No estoy muy segura de lo que yo esperaba oír, pero
desde luego no una disertación del señor Lukumi sobre las propiedades místicas de los collares de
cuentas y las velas.
Me estaba partiendo de risa al ver a Noah fingir que escuchaba con total atención; asentía con la
cabeza y murmuraba algo en los momentos menos oportunos. Nos pasamos el uno al otro el bocadillo que
habíamos comprado en el restaurante cubano y hubo un momento en que tuve que hacer tal esfuerzo para
no estallar en carcajadas que casi me ahogo en el intento. Por lo menos, y a falta de otra cosa, estaba
disfrutando del rato de diversión que tanto merecía y necesitaba después de la semana infernal que había
pasado.
Cuando terminó la charla, Noah se acercó al señor Lukumi para hablar con él mientras los demás
asistentes iban saliendo. Yo me dediqué a curiosear por ahí.
Solo había una pequeña ventana en la sala, parcialmente tapada por una estantería. El exceso de
lluvia salía a borbotones de una alcantarilla y emitía un sonido como el gorgoteo sordo de una fuente
decorativa al otro lado de la barrera de cristal. Inspeccioné las etiquetas de las docenas de frasquitos y
tarros de hierbas que tenía delante: «baño místico», «recuperación de la vida amorosa», «suerte»,
«confusión».
Confusión. Extendí el brazo para examinar el frasco y justo en aquel momento algo hizo un ruido
estridente a mis espaldas. Me giré con brusquedad, y al hacerlo tiré un vaso con una vela de la estantería.
Cayó a cámara lenta y se estrelló contra las baldosas; el cristal se deshizo en miles de esquirlas como
diminutos diamantes. Noah y el señor Lukumi se volvieron para mirarme justo cuando se volcaba una
tacita de plata llena de cascabeles.
La mirada del señor Lukumi se dirigió como un rayo a la tacita, y luego a mí.
–Sal de aquí –dijo mientras se acercaba.
Su tono de voz me dejó petrificada.
–Lo siento, no pretendía…
El señor Lukumi se agachó para examinar el cristal roto, luego alzó la vista y me miró.
–Vete –dijo, pero su voz no trasmitía enfado. Más bien apremio.
–Un momento –terció Noah, molesto–. No hay ninguna necesidad de ponerse tan borde. Pagaré los
daños.
El señor Lukumi se puso en pie y extendió la mano hacia mi brazo. Pero en el último segundo, no lo
tocó. Su alta figura se cernió sobre la mía. Intimidante.
–Aquí no tenemos nada para ti –dijo despacio–. Márchate, por favor.
Noah apareció a mi lado.
–Atrás –le dijo al señor Lukumi con voz grave. Peligroso. El sacerdote así lo hizo de inmediato, pero
sus ojos continuaron clavados en los míos.
Yo me había quedado totalmente desconcertada, y sin palabras. Nos hallábamos a pocos pasos de la
puerta. Se oyó a uno de los muchachos reír en la tienda. Intenté poner todo en orden, averiguar qué había
hecho que resultaba tan ofensivo e insultante y mientras lo hacía observé con atención al señor Lukumi.
Nuestras miradas se cruzaron, y vi algo brillar en sus ojos. Algo que no me esperaba.
Percepción.
–Usted sabe algo –le dije en voz baja, sin estar segura de cómo me había percatado. Con el rabillo
del ojo, vi la cara de sorpresa de Noah mientras sostenía la mirada del señor Lukumi–. Usted sabe lo que
me está pasando. –Y lo decía de corazón.
Pero yo estaba loca. Medicada. En terapia. Y creía que lo que me había llevado a meterme en aquel
cuchitril con un chamán dentro tenía más sentido que la idea imposible de que algo funcionaba muy, muy
mal dentro de mí. Peor que loca. El señor Lukumi bajó la vista y mi convicción comenzó a desvanecerse.
Se comportaba como si supiese algo. Pero ¿qué era lo que sabía? ¿Cómo lo sabía? Y entonces me di
cuenta de que no me importaba. Supiese lo que supiese, yo estaba desesperada por saberlo.
–Por favor –le dije–. Estoy…–Y me acordé del frasquito que apretaba en mi puño sudoroso–. Estoy
confusa. Necesito ayuda.
El señor Lukumi dirigió su vista hacia mi puño.
–Eso no te va a ayudar –dijo; pero su tono de voz era ahora más suave.
Noah seguía con expresión de recelo, pero habló con voz pausada.
–Le pagaremos –dijo mientras rebuscaba en su bolsillo. No tenía ni idea de qué estaba pasando, pero
lo aceptaba; me aceptaba. El temerario Noah se apuntaba a todo. Y yo lo quería.
Lo quería.
Sin dejarme tiempo para recrearme en aquella sensación, el señor Lukumi hizo un gesto negativo con
la cabeza e hizo ademán de acompañarnos a la puerta, pero entonces Noah sacó del bolsillo un grueso
fajo de billetes. Con los ojos como platos, observé cómo los contaba.
–Cinco mil si nos ayuda –dijo, y puso los billetes en la mano del señor Lukumi con decisión.
No fui la única que se quedó impresionada a la vista del dinero. El sacerdote vaciló por un momento
antes de cerrar el puño sobre los billetes. Sus ojos examinaron a Noah.
–Tú sí que necesitas ayuda –le dijo, e hizo un gesto con la cabeza antes de cerrar la puerta. Luego me
miró a los ojos–. Esperadme aquí.
El señor Lukumi se dirigió a una puerta trasera en la que ni siquiera me había fijado. ¿Hasta dónde
llegaba aquel sitio?
Finalmente desapareció, y a mis oídos llegó un rumor de graznidos y cacareos.
–¿Gallinas? –pregunté–. ¿Qué están…?
Un chillido que no procedía de una garganta humana cortó en seco mi pregunta.
–¿No será que…? –Cerré los puños. No. No podía ser.
Noah ladeó la cabeza.
–¿Por qué te alteras así?
–¿Me estás tomando el pelo?
–La medianoche[3] que acabamos de comer tenía fiambre de cerdo.
Pero era distinto.
–No tuve que oírlo –dije en voz alta.
–A nadie le gustan los hipócritas, Mara –dijo con una mueca de tristeza que quería ser una sonrisa–.
Y además, eres tú la que dirige el cotarro. Yo solo lo financio.
Intenté no pensar en lo que pasaba o dejaba de pasar en la habitación de atrás al mismo tiempo que el
bocadillo se me agriaba en el estómago.
–Hablando de financiación –dije mientras tragaba saliva con aprensión antes de continuar–, ¿tú qué
demonios haces con cinco mil dólares en el bolsillo?
–Ocho mil, en realidad. Tenía un planazo para hoy. El alcohol, las drogas y el desenfreno no son
baratos, pero supongo que tendré que conformarme con el sacrificio de un animal. Feliz cumpleaños.
–Gracias –contesté en tono socarrón. Comenzaba a sentirme más normal. Incluso relajada–. A ver, en
serio, ¿para qué tanto dinero?
Los ojos de Noah seguían pendientes de la puerta trasera.
–Pensaba parar en el barrio de los artistas e ir a ver a un pintor que conozco. Iba a comprarle una
cosa.
–¿Con todo ese dinero? ¿En efectivo?
–Tiene vicios que se pagan en efectivo, ¿sabes?
–¿Y tú le facilitas el acceso?
Noah encogió un hombro.
–Tiene un talento alucinante –dijo; le lancé una mirada de reproche–. ¿Qué? –preguntó Noah–. Nadie
es perfecto.
Ya que el dinero de Noah había pasado a financiar el sacrificio animal en lugar del consumo de
cocaína de un ser humano, dejé el tema. Mis ojos recorrieron la sala.
–¿Y qué pasa con todas estas cosas? –pregunté–. ¿Las herraduras oxidadas? ¿La miel?
–Es para hacer ofrendas de santería –explicó Noah–. Aquí es una religión muy popular. El señor
Lukumi es uno de sus sumos sacerdotes.
Justo en aquel momento se abrió la puerta trasera y apareció el sumo sacerdote en persona con un
pequeño vaso en las manos. Y un gallo pintado en él. Terrible.
Señaló el horroroso sillón marrón y amarillo que había en un rincón de la sala.
–Siéntate –me dijo mientras me acompañaba. Su voz carecía de emoción. Obedecí.
Me entregó el vaso. Estaba tibio.
–Bébete esto –dijo.
Mi extraño día –mi extraña vida– se volvía cada vez más estrambótico.
–¿Qué tiene? –pregunté con la mirada puesta en el brebaje. Parecía zumo de tomate. Preferí pensar
que era zumo de tomate.
–Estás confundida, ¿sí? Necesitas recordar, ¿sí? Bébetelo. Te ayudará –dijo el señor Lukumi.
Miré a Noah y parpadeé, y él levantó las manos como desentendiéndose.
–A mí no me mires –dijo, y luego se volvió hacia el señor Lukumi–. Pero si después le pasa algo –
dijo muy serio– acabaré con usted.
El señor Lukumi no se inmutó ante la amenaza.
–Dormirá. Recordará. Eso es todo. Ahora bebe.
Alcancé el vaso que me ofrecía y mis fosas nasales se dilataron cuando me lo llevé a la boca. El olor
a óxido y a sal me revolvió el estómago y vacilé.
Probablemente todo aquello no fuera más que una farsa. La sangre, Botánica. El señor Lukumi nos
estaba engañando para sacarnos dinero. El hipnotista probablemente haría lo propio. No me serviría de
nada.
Pero tampoco las pastillas. Y la alternativa era esperar. Esperar y hablar con la doctora Maillard
mientras mis pesadillas eran cada vez peores, mis alucinaciones cada vez más difíciles de ocultar, hasta
que al final terminaran por sacarme del colegio y tirar por la borda mis esperanzas de graduarme a la
edad que me correspondía, de ir a una buena universidad y de vivir una vida normal.
Qué demonios. Incliné el vaso y me estremecí cuando mis labios tocaron el líquido tibio. Mis papilas
gustativas se rebelaron ante su sabor amargo y su metálico regusto herrumbroso. Cerré los ojos y apreté
los labios. Fue lo único que pude hacer para no escupirlo. Tras unos cuantos sorbos dificultosos, aparté
el vaso de mis labios, pero el señor Lukumi hizo un gesto con la cabeza.
–Todo –indicó.
Miré a Noah. Se encogió de hombros.
Volví a concentrarme en el vaso. La que elegía era yo. Y aquello era lo que quería. Tenía que
terminarlo.
Cerré los ojos, eché la cabeza hacia atrás y me llevé el vaso a la boca. Tropezó contra mis dientes y
tragué el líquido tibio y ligero. Me lo tragué de golpe cuando mi garganta protestó y me pidió a gritos que
parase. Me resbaló hacia la barbilla como baba a ambos lados de la boca, y enseguida vacié el vaso.
Volví a sentarme erguida con el vaso entre las manos. Lo había logrado. Sonreí triunfante.
–Pareces el Joker –dijo Noah.

Fue lo último que oí antes de perder el conocimiento.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:48 pm

50
Cuando me desperté, me encontré una pared de libros de frente. Tenía los ojos hinchados y
congestionados de sueño y me los froté con los puños como una niña pequeña. La luz de una lámpara,
situada en un hueco de la pared, atravesaba la habitación y llegaba hasta mis piernas, a los pies de la
cama.
La cama de Noah.
En la habitación de Noah.
Desnuda.
Mierda.
Me envolví en la sábana y la apreté más fuerte contra mi pecho. Centelleó un relámpago que iluminó
la turbulenta superficie de la bahía al otro lado de la ventana.
–¿Noah? –pregunté con voz temblorosa y ronca, medio adormilada.
Mi último recuerdo era el sabor de aquel brebaje apestoso que me había hecho beber el señor
Lukumi. La sensación cálida cuando me resbaló hacia la barbilla. El olor. Y luego recordé el frío,
recordé haber sentido mucho frío. Pero nada más. Nada más. Había dormido sin soñar.
–Ya estás despierta –dijo Noah cuando se acercó y pude verlo. Con la silueta recortada contra la luz
de la lámpara de su escritorio, los pantalones de pijama caídos sobre las caderas y la camiseta ciñendo
su esbelto contorno. La luz hacía destacar su elegante perfil; anguloso y perfecto, como tallado en cristal.
Se acercó para sentarse en el borde de la cama, casi a un palmo de mis pies.
–¿Qué hora es? –pregunté. Tenía la voz pastosa de sueño.
–Alrededor de las diez.
Parpadeé.
–Cuando terminó el seminario eran casi las dos, ¿no? –Noah hizo un gesto afirmativo–. ¿Qué pasó?
Noah me dirigió una mirada cargada de intención.
–¿No te acuerdas?
Negué con la cabeza. Noah no dijo nada y miró a otro lado. Su expresión era serena, pero vi cómo
tensaba los músculos de las mandíbulas. ¿Qué cosa tan grave había ocurrido que no podía…? Oh, no. Mi
vista se posó en las sábanas en las que me había envuelto.
–¿Es que tú y yo…?
Por un momento, el rostro de Noah fue pura malicia.
–No. Te arrancaste la ropa y te pusiste a correr por toda la casa gritando: «¡Quema! ¡Quitadnos esto
de encima!».
Me puse como un tomate.
–Es broma –dijo Noah con una sonrisa pícara.
Estaba demasiado lejos como para darle una colleja.
–Pero sí te tiraste a la piscina vestida.
Fabuloso.
–La verdad es que me alegré de que no te diera por meterte en el mar con este temporal.
–¿Qué le pasó? –pregunté. Noah parecía divertido–. A mi ropa, quiero decir.
–Se está lavando.
–¿Cómo…? –El color de mis mejillas subió de tono. ¿Me la había quitado delante de él?
¿Me la había quitado él?
–Nada que no haya visto ya.
Escondí la cara entre las manos. Cielo santo.
Una risita suave escapó de los labios de Noah.
–Tranquila, la verdad es que fuiste muy pudorosa, considerando tu grado de intoxicación. Te
desnudaste en el baño, te envolviste en una toalla, te metiste entre las sábanas y te quedaste dormida.
Noah se movió y debajo de su cuerpo se oyó un crujido extrañísimo. Miré la cama, lo que se dice
mirarla, por primera vez.
–¿Qué… –pregunté lentamente al ver las galletitas en forma de animales desparramadas por toda la
cama–… coño…?
–Te empeñaste en que eran tus mascotas –dijo Noah sin molestarse en reprimir una exquisita
carcajada–. Ni me dejaste tocarlas.
Jesús bendito.
Noah subió la fina colcha con cuidado para no descolocar la sábana y la dobló de manera que
ninguna de mis mascotas se pudiese caer al suelo. Se acercó a su armario y sacó una de sus camisas de
cuadros y un par de calzoncillos bóxer y me los dio con toda naturalidad. Sujeté la sábana con la que me
tapaba con una mano y alcancé la ropa con la otra mientras Noah se apartaba hacia el hueco donde estaba
la lámpara. Me puse la camisa por la cabeza sin desabrocharla y metí las piernas en los calzoncillos,
pero en todo momento fui profunda y vivamente consciente de su presencia.
De hecho, era profunda y vivamente consciente de todo. Los puntos en que la camisa de Noah se
hinchaban y se curvaban sobre mi cuerpo. Las frescas sábanas de algodón que cubrían mis piernas y que
tenían un tacto de seda. El olor a papel viejo y cuero mezclado con el aroma de la fragancia de Noah.
Veía, sentía, olía todo lo que había en su habitación. Me sentía viva. Increíble. Por primera vez en un
millón de años.
–Espera –dije cuando Noah sacó un libro de una de las estanterías y se dirigió a la puerta–. ¿Adónde
vas?
–¿A leer?
Pero no quiero que te vayas.
–Pero tengo que irme a casa –dije mirándolo a los ojos. Mis padres me van a matar.
–Está todo bajo control. Estás en casa de Sophie.
Adoraba a Sophie.
–Entonces… ¿me quedo a dormir aquí?
–Daniel te está cubriendo.
Adoraba a Daniel.
–¿Dónde está Katie? –pregunté aparentando naturalidad.
–En casa de Eliza.
Adoraba a Eliza.
–¿Y tus padres? –pregunté.
–En no sé qué evento benéfico.
Adoraba los eventos benéficos.
–¿Y por qué te vas a leer precisamente hoy que estoy yo aquí?
Mi voz sonó a reto y provocación y yo misma me sorprendí al oírla. No pensé, no pensaba… en lo
que había pasado la noche anterior, ni ese día, ni en lo que pasaría al día siguiente. Ni siquiera estaba
registrado en mi memoria. Lo único que sabía era que estaba allí, en la cama de Noah, vestida con su
ropa, y que él estaba demasiado lejos.
Vi que se ponía tenso. Y sentí cómo sus ojos lamían cada centímetro de mi piel cuando me miró.
–Es mi cumpleaños.
–Lo sé. –Su voz sonaba grave y ronca y quise tragármela.
–Ven aquí.
Noah dio un discreto paso hacia la cama.
–Más cerca.
Otro paso. Ya estaba allí. Mi cabeza estaba a la altura de su cintura, llevaba puesta su ropa y estaba
envuelta en sus sábanas. Alcé la vista y lo miré.
–Más cerca.
Pasó su mano por mis rizos todavía húmedos, y su dedo pulgar dibujó un semicírculo desde mi frente
hasta el pómulo pasando por mi sien. Clavó sus ojos en mí. Con una mirada seria.
–Mara, tengo que…
–Cállate –susurré mientras le daba la mano y tiraba de ella; cayó en la cama medio de rodillas, medio
tumbado.
No me importaba lo que iba a decir. Lo único que quería era sentirle cerca. Giré el brazo para que se
acurrucara a mi espalda, y él se tendió y nos quedamos así, tan juntos como un par de comillas en aquella
habitación llena de palabras. Entrelazó sus dedos con los míos y sentí su aliento en la nuca.
Permanecimos en silencio un rato hasta que él habló.
–Hueles bien –susurró junto a mi cuello; noté su calor. Instintivamente, me arqueé buscando su
contacto y él sonrió.
–Ah, ¿sí?
–Mmm. De maravilla. A beicon.
Me eché a reír al tiempo que me daba la vuelta para mirarlo y levantaba la mano para darle un
cachete. Me agarró la muñeca y me atraganté con la risa. Puse una sonrisa pícara y levanté la otra mano.
Él alargó el brazo y me agarró la otra muñeca, y después me sujetó las manos por encima de la cabeza
mientras se sentaba a horcajadas sobre mí. El espacio que quedó entre los dos me hizo hervir la sangre.
Se inclinó ligeramente hacia adelante, aún sin tocarme y oliendo a deseo, y creí que me moría. Dijo
en voz baja:
–¿Qué harías si te besara ahora mismo?
Me quedé mirando aquella cara preciosa y aquella boca preciosa y nada me apeteció más que
saborearla.
–Te devolvería el beso.
Noah separó mis piernas con las rodillas y mis labios con la lengua y me sumergí en su boca y ooh.
Como se lee a las puertas del infierno: «Abandonad toda esperanza, vosotros que entráis aquí». Sentí
como si su boca insistente me abriese como una flor y dejase mi interior al descubierto. Cuando Noah se
apartó gemí por su alejamiento, pero deslizó su brazo por debajo de mi espalda y me ayudó a
incorporarme, y nos quedamos sentados, e inclinó la cabeza y nuestras bocas se encontraron una y otra
vez, y después lo empujé para que se tumbara y descendí lentamente sobre él.
Me sentí en la gloria durante lo que me pareció una eternidad. Sonreí con mis labios pegados a los de
Noah, le acaricié el pelo y en un momento dado me eché hacia atrás para ver la expresión de sus ojos,
pero los tenía cerrados, con las pestañas rozándole los pómulos. Me incorporé un poco para poder verlo
mejor; tenía los labios azules.
–Noah.
Mi voz sonó áspera en medio de aquel silencio.
Pero no era Noah. Era Jude. Y Claire. Y Rachel, y estaban muertos, y los vi a todos, una hilera de
cadáveres debajo de mi cuerpo; palidez y sangre sobre el polvo del hospital psiquiátrico. El recuerdo
seccionó mi mente como una guadaña y dejó tras de sí una nitidez lúcida y despiadada.
Doce puertas de hierro se cerraron de golpe.
Las había cerrado yo.
Y antes de la oscuridad, terror. Pero no el mío.
El de Jude.
En un momento dado, me estaba apretando tan fuerte contra la pared que creí que me iba a fundir con
ella. Al minuto siguiente, era él el que estaba atrapado, dentro de la sala de los pacientes, conmigo. Pero
yo ya no era la víctima.
Él sí.
Me reí de él, presa de una furia enloquecida que había hecho temblar los cimientos del psiquiátrico y
lo había derrumbado. Con Jude, Rachel y Claire dentro.
Yo los había matado, y no solo a ellos. También al maltratador de Mabel y a Morales.
El hecho de ser consciente de ello me devolvió de golpe a la habitación de Noah, que seguía inmóvil
bajo mi cuerpo. Grité su nombre y no obtuve respuesta y me entró pánico de verdad. Lo sacudí, lo
pellizqué, intenté forzarle a que me abrazara, pero sus brazos no ofrecieron cobijo. Me sujeté a la
cabecera de la cama con una mano y con la otra busqué su teléfono a tientas, furiosa y aterrorizada. Lo
encontré y empecé a marcar el teléfono de emergencias al tiempo que le daba un bofetón con el revés de
la otra mano golpeando piel y hueso con furia.
Despertó con un brusco respingo. La mano me dolía de miedo.
–Increíble. –Noah respiró y se llevó la mano a la cara. El delicioso sabor que había paladeado ya se
estaba diluyendo.
Abrí la boca para hablar, pero no tenía aire.
Noah parecía distante y confuso.
–Ha sido el mejor sueño que he tenido en mi vida. En toda mi vida.
–No respirabas –dije. Apenas era capaz de articular las palabras.
–Me duele la cara –Noah dirigió la vista a un punto impreciso más allá de donde yo me encontraba.
Tenía la mirada perdida, las pupilas dilatadas. Por la oscuridad o por alguna otra razón, no lo sabía.
Le toqué la cara con manos temblorosas y con cuidado de no apoyar el peso de mi cuerpo contra él.
–Te estabas muriendo. –Mi voz se quebró al pronunciar aquellas palabras.
–Eso es ridículo –dijo Noah mientras esbozaba una sonrisa divertida.
–Tenías los labios azules.
Como seguramente los habría tenido Rachel después de asfixiarse. Después de que yo la hubiera
matado.
Noah hizo un gesto de extrañeza.
–¿Cómo lo sabes?
–Lo vi.
No lo miraba, no era capaz. Me aparté y él se sentó en la cama y encendió la luz, iluminando la
habitación. Los ojos de Noah eran oscuros, pero ahora parecían claros. Me miró sin titubear.
–Me dormí, Mara. Tú estabas dormida a mi lado. Tiraste de mí para que viniese a la cama y me
tumbé contra tu espalda y… Dios mío, qué sueño más bueno tuve. –Noah se apoyó en la cabecera y cerró
los ojos.
Me empezó a dar vueltas la cabeza.
–Nos besamos. ¿No te acuerdas?
Noah puso una sonrisita pícara.
–Parece que tú también has tenido un sueño agradable.
Lo que decía… no tenía sentido.
–Me dijiste que olía… a beicon.
–Vaya –comentó tranquilamente–. Eso sí que es raro.
Me miré las manos, lánguidas sobre mis rodillas.
–Me preguntaste si podías besarme, y me besaste. Y después…
No encontraba palabras para expresarlo, para describir los rostros de los muertos que vi en mi
interior. Quería borrarlos, pero no se iban. Eran reales. Todo era real. Lo que quiera que hubiera hecho
el sacerdote aquel había funcionado. Y ahora que lo sabía, ahora que lo había recordado, todo lo que
quería era olvidarlo.
–Te pegué. –Y aquello era solo el principio.
Noah se frotó la mejilla.
–Tranquila –dijo, y volvió a tumbarme a su lado, a acurrucarme contra él, con la cabeza en su hombro
y la cara sobre su pecho. Sentí los latidos de su corazón.
–¿Recordaste algo? –susurró Noah entre mi pelo–. ¿Funcionó?
No contesté.
–Tranquila –dijo Noah muy suavemente mientras sus dedos acariciaban mis costillas–. Solo fue un
sueño.
Pero el beso no lo había soñado. Noah se estaba muriendo. Lo ocurrido en el hospital psiquiátrico no
había sido un accidente. Yo los había matado.
Todo era real. Yo era la causa de todo.
No entendía por qué Noah no se acordaba de lo que había ocurrido hacía solo unos segundos, pero
finalmente entendí lo que me había ocurrido a mí hacía varios meses. Jude me había aprisionado, me
había aplastado contra la pared. Yo quería que recibiera su merecido, que sintiera el terror que estaba
sintiendo yo al verme atrapada, al verme aplastada. Y se lo hice sentir.
Y dejé abandonadas a su suerte a Rachel y a Claire.
Rachel, que se había pasado horas sentada conmigo en el neumático gigante del patio del colegio, las
dos con los muslos cubiertos de arena, mientras yo le hablaba de un chico que me hacía tilín cuando
estábamos en quinto de primaria y que no me hacía ni caso. Rachel, que se sentaba a posar para mis
retratos, con quien reía, lloraba y lo compartía todo, cuyo cuerpo terminó convertido en una masa de
carne. Por mi culpa.
Y no porque yo hubiera decidido participar en el plan de Tamerlane, a pesar de saber que podía ser
peligroso. No porque no hubiese sentido algún vago atisbo de premonición. Era culpa mía porque había
sido, literalmente, culpa mía; porque yo había derribado el edificio con Rachel y Claire dentro como si
no fuera más que un paquete de pañuelos de papel que llevara en el bolsillo.
Volví a pensar en las ideas delirantes que me había inventado después de asesinar al dueño de Mabel
y a la señorita Morales. Yo no era una loca.
Era letal.
La mano de Noah jugueteaba con mi pelo y me sentí tan bien, tan dolorosamente bien, que hice lo
único que podía hacer para no echarme a llorar.
–Creo que debería irme –logré decir en un susurro; aunque en realidad no quería irme a ningún sitio.
No quería estar en ningún otro sitio.
–¿Mara?
Noah se incorporó y se apoyó sobre el codo. Sus dedos recorrieron el contorno de mi pómulo e
hicieron que mi piel reaccionara. Mi corazón no latió más deprisa. No latió en absoluto. Ya no tenía
corazón.
Noah escrutó mi rostro durante un momento.
–Si quieres puedo llevarte a casa, pero tus padres van a empezar a hacerte preguntas –dijo despacio.
Yo no dije nada. No podía. Tenía la garganta llena de cristales rotos.
–¿Por qué no te quedas? –preguntó–. Puedo dormir en otra habitación. Di la palabra mágica.
No me salían las palabras.
Noah se sentó a mi lado y el colchón se hundió un poco bajo su peso. Sentí su calor cuando se
inclinó, me retiró el pelo de la cara y me rozó la sien con los labios. Cerré los ojos y lo atesoré en mi
memoria. Se marchó.
La lluvia azotó las ventanas cuando me metí entre las sábanas y me tapé con la colcha hasta la
barbilla. Pero no hallaría cobijo ni en la cama ni en los brazos de Noah para protegerme de los aullidos

de mis pecados.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:49 pm

51
Estar sentada en el coche junto a Noah la mañana siguiente de camino a casa fue la peor de las torturas.
Daba dolor de corazón mirarlo, mirar su pelo que brillaba al sol y sus ojos preocupados. No podía
hablar con él. No sabía qué decir.
Cuando llegamos al camino de entrada a casa, le dije que no me encontraba bien (verdad) y que lo
llamaría más tarde (mentira). Luego me metí en mi cuarto y cerré la puerta.
Aquella tarde mi madre me encontró metida en la cama con las contraventanas cerradas. Sin embargo, el
sol lograba colarse entre las rendijas y proyectaba barrotes sobre las paredes, sobre el techo, sobre mi
cara.
–¿Te encuentras mal, Mara?
–Sí.
–¿Qué te pasa?
–De todo.
Cerró la puerta y me di la vuelta en el revoltijo de sábanas. Tenía razón: algo me estaba pasando,
pero no sabía qué. ¿Qué podía hacer? Toda la familia se había ido a vivir a otra ciudad por mí, se había
ido a vivir a otra ciudad para ayudarme a salir de mi vida entre los muertos, pero los cadáveres me
seguían adondequiera que iba. ¿Y si la próxima vez eran Daniel o Joseph en vez de Rachel y Claire?
Una lágrima fría resbaló por mi mejilla acalorada. Me hizo cosquillas junto a la nariz, pero no me la
sequé. Ni la siguiente. Y al poco tiempo, estaba hecha un mar de lágrimas, todas las que no había
derramado en el funeral de Rachel.
Al día siguiente no me levanté para ir al colegio. Ni al siguiente. Y ya no tenía pesadillas. Lo cual no
estaba bien, porque me las merecía. Respiraba, inhalaba y exhalaba aire, cuando Rachel jamás volvería a
respirar. Si yo no existiese, ella seguiría existiendo.
La inconsciencia del sueño era maravillosa. Mi madre me traía comida, pero el resto del tiempo me
dejaba tranquila. Entreoí una conversación de mis padres, pero ni siquiera sentí el suficiente interés
como para sorprenderme de lo que decían.
–Dijo Daniel que se encontraba mejor –decía mi padre. Tenía que haberme retirado del caso. Ni
siquiera come.
–Creo… Creo que se va a poner bien. He hablado con la doctora Maillard. Solo necesita un poco de
tiempo –contestó mi madre.
–No lo entiendo. Le estaba yendo muy bien.
–Su cumpleaños ha tenido que resultarle muy duro – dijo mi madre–. Ella ha cumplido un año más,
Rachel no. Para ella es absolutamente lógico pasarlo mal. Si no hay ningún cambio después de su cita del
jueves, entonces nos preocuparemos.
–Está tan distinta… –dijo mi padre–. ¿Qué va a ser de nuestra pequeña?
Cuando aquella noche entré en el cuarto de baño, encendí la luz y miré al espejo para ver si la
encontraba. Me devolvió la mirada una persona no-llamada Mara que tenía su aspecto. Me pregunté
cómo podría matarla.
Y me volví a la cama de cabeza con temblor de piernas y castañeteo de dientes porque estaba
asustada, muy asustada, y no tenía agallas.
Cuando Noah se presentó en mi habitación al caer la tarde, mi cuerpo lo supo antes de que mis ojos lo
confirmasen. Traía un libro en la mano, El conejo de terciopelo, uno de mis favoritos. Pero no quería que
estuviese allí. O mejor dicho, era yo la que no quería estar allí. Pero tampoco iba a moverme, así que me
quedé tumbada en la cama, de cara a la pared, mientras se disponía a leer.
–«En las largas tardes de junio, entre los helechos que refulgían como plata escarchada, los pies
pisaban con suavidad el mullido suelo. Las mariposas blancas revoloteaban a su alrededor. Lo estrechó
entre sus brazos, con perlas de rocío en el pelo y alrededor del cuello» –leyó Noah–. «“¿Qué es ser
Real?”, preguntó el niño. “Es una cosa que te ocurre cuando una chica te quiere durante mucho, mucho
tiempo. No solo para jugar, sino que te quiere de verdad”. “¿Y duele?”, preguntó el niño. “A veces. Pero
cuando eres Real no te importa que te hagan daño”. Se acostó con él, mientras el fuego ardía en la
chimenea. Despertó el amor.»
Mmm.
–«Se mecieron suavemente» –prosiguió–. «Gran crujido. Sábanas que los envolvían como túneles,
paquetes que se abrían. Su cara enrojeció…»
Como la mía.
–«Medio dormida, se acercó más a la almohada y le susurró al oído, húmeda…»
–Eso no es El conejo de terciopelo –dije con la voz ronca por no haber hablado en todo el día.
–Vaya, has vuelto, bienvenida.
No cabía decir otra cosa más que la verdad.
–Qué cosa más espantosa.
Noah respondió profanando la rima del Doctor Seuss. Convirtió Un pez, dos peces, pez rojo, pez
 azul en un poema didáctico sobre la felación.
Por suerte, Joseph entró en mi cuarto justo cuando Noah estaba recitando su siguiente título: Las
 aventuras de Jorge el curioso.
–¿Puedo quedarme con vosotros? –preguntó mi hermano.
–Claro –respondió Noah.
Sucias imágenes del hombre del sombrero amarillo y su mono empañaron mi mente.
–No –dije con la cara hundida en la almohada.
–No le hagas caso, Joseph.
–No –dije en tono más alto, todavía de cara a la pared.
–Ven a sentarte a mi lado –le dijo Noah.
Me senté en la cama y lancé a Noah una mirada asesina.
–¿Por qué no? –preguntó.
–Porque no. Es asqueroso.
Se volvió hacia Joseph y le guiñó un ojo.
–Otra vez será.
Joseph salió de la habitación, pero iba sonriendo.
–Bueno –dijo Noah, prudente.
Estaba sentada en la cama con las piernas cruzadas y medio enredada en las sábanas.
–Bueno –repetí a modo de respuesta.
–¿Y a ti no te apetece conocer las nuevas aventuras de Jorge el curioso?
Negué con la cabeza.
–¿Estás segura?, el mono ha sido muy gamberro.
–Paso.
Entonces Noah me miró de una manera que me partió el corazón.
–¿Qué ocurrió, Mara? –preguntó en voz baja y suave.
Quizá porque ya era de noche, o quizá porque estaba cansada, o porque había vuelto a hablar. O
porque era la primera vez que me preguntaba, o porque Noah estaba tan increíble y arrebatadoramente
guapo sentado en el suelo junto a mi cama, rodeado por el halo de luz de mi lámpara, se lo conté.
Le conté todo, desde el principio. Sin dejar nada en el tintero. Noah permaneció inmóvil y sin apartar
los ojos de mí.
–Por Dios bendito –dijo cuando terminé.
No me creía. Desvié la mirada.
–Y yo que creía que estaba loco… –dijo Noah como para sí mismo.
Volví a clavar mis ojos en los suyos.
–¿Cómo? ¿Qué has dicho?
Noah se quedó con la vista fija en la pared.
–Te vi… bueno, vi tus manos, y oí tu voz. Creí que me estaba volviendo loco. Y luego apareciste.
Increíble.
–Noah –dije. Tenía una expresión ausente. Extendí los brazos, le agarré la cara y lo obligué a
mirarme–. ¿De qué estás hablando?
–Precisamente tus manos –dijo mientras las tomaba entre las suyas, las volteaba y me flexionaba los
dedos al tiempo que las examinaba–. Empujabas algo, pero estaba oscuro. Te dolía la cabeza. Podía
incluso verte las uñas; estaban negras. Te zumbaban los oídos, pero yo oía tu voz.
Hiló las frases de una manera que no parecía tener sentido.
–No entiendo.
–Antes de que vinieras a vivir aquí, Mara. Oí tu voz antes de que vinieras.
La imagen del rostro de Noah aquel primer día de colegio se materializó con una viveza
inimaginable. Me había mirado como si me conociese porque… porque de alguna manera ya me conocía.
Cualquier palabra que hubiera podido decir se esfumó de mi boca, de mi mente. No encontraba sentido a
lo que estaba escuchando.
–No fuiste la primera persona a la que vi. U oí. Hubo otras dos antes que tú, pero no llegué a
conocerlas.
–Otras –susurré.
–Otras personas a las que vi. En mi mente. –Sus palabras cayeron como una piedra en el aire que nos
rodeaba. La primera vez iba conduciendo; era de noche –comenzó a contar sin hacer pausa alguna–. Me
vi a mí mismo dar un golpe a otro coche, pero era una carretera completamente distinta, y el coche no era
el mío. Pero fui directamente a por ella. Era de nuestra edad, creo. Se le clavó la barra de dirección.
Tardó horas en morir –prosiguió Noah sin emoción en su voz–. Vi todo lo que experimentó, oí todo lo
que oyó ella y sentí todo lo que sintió; pero no sé cómo seguí en la misma carretera. Creí que era una
alucinación, ¿sabes? Como ocurre a veces cuando vas conduciendo de noche y de pronto tienes la
impresión de que te sales de la calzada o de que te vas contra otro coche. Pero era real –dijo Noah, y su
voz parecía atormentada.
–La segunda persona estaba muy enferma. Era un chico, también de nuestra edad. Una noche soñé que
le preparaba la comida y se la daba, pero las manos no eran las mías. Tenía algún tipo de infección y le
dolía mucho el cuello. Sufría muchísimo. Lloraba. –El rostro de Noah estaba ahora pálido y demacrado.
Inclinó la cabeza, la apoyó en la mano y se pasó los dedos por el pelo, que se le quedó de punta. Luego
levantó la vista y me miró–. Y después, en diciembre, te oí a ti.
Mi cara perdió el color.
–Reconocí tu voz el primer día de clase. Sentí vértigo, porque me parecía imposible. Creí que me
estaba volviendo loco, imaginándome gente enferma y agonizante y sintiendo sus sensaciones, sintiendo
un eco de lo que ellos debían de sentir. Y entonces apareciste tú y me llamaste gilipollas –dijo Noah con
una leve sonrisa–. Le pregunté a Daniel por ti, y me contó, a grandes rasgos, lo que había ocurrido antes
de vuestro traslado. Me imagino que eso es lo que vi. O soñé. Pero pensé que si… No sé… Pensé que si
te conocía podría llegar a entender lo que me estaba pasando. Eso fue antes de lo de Joseph, obviamente.
Notaba la boca como si la tuviera llena de arena.
–¿Lo de Joseph? –Pero aquello no había sido real.
–Hace un par de semanas, en el restaurante, tuve una… una visión, supongo –dijo, como algo
avergonzado–, de un documento, una escritura de los archivos del condado de Collier. –Noah movió la
cabeza despacio–. Alguien, un hombre que llevaba un Rolex, estaba abriendo carpetas, haciendo
fotocopias, y se detuvo en aquel documento. Lo vi como si fuese yo el que lo estaba consultando –dijo
mientras inhalaba una gran bocanada de aire–. Tenía una dirección, una localización. Y cuando lo vi, me
entró un dolor de cabeza espantoso, lo cual es normal. No podía soportar los sonidos. Así que no volví
contigo hasta que acabó.
Noah se pasó los dedos por el pelo.
–Un par de días más tarde, cuando llegué a casa después de clase, me desmayé. Durante horas estuve
inconsciente. Cuando desperté, me sentí genial. Y vi a Joseph dormido sobre cemento justo antes de que
alguien cerrara una puerta. Y quienquiera que fuese llevaba el mismo reloj.
Yo seguía sentada sin moverme, con las piernas cruzadas, y se me estaban empezando a dormir los
pies debido al peso de mi cuerpo mientras Noah seguía hablando.
–No sabía si era real o si lo había soñado, pero después de lo que te había ocurrido a ti, pensé que
podía estar pasando de verdad. En tiempo real. Si echaba la vista atrás, con los otros siempre había
percibido alguna señal de dónde estaban: en qué hospital, o en qué carretera. Pero jamás me había dado
cuenta de que era real.
Noah fijó la vista en el suelo. Luego cerró los ojos. Su voz trasmitía agotamiento.
–Y por eso cuando fui a buscar a Joseph te llevé conmigo… por si me volvía a desmayar o algo peor.
–Su mandíbula se tensó–. Y cuando resultó que sí estaba allí, ¿cómo podía explicártelo? Creí que estaba
loco.
Hizo una pausa.
–Creí que lo había secuestrado yo.
En mi interior resonó el eco de las palabras de Noah aquella noche: «Haz lo que tengas que hacer
para despertar a Joseph». Lo había dicho incluso antes de verlo.
–Mierda.
–Quería haberte dicho la verdad, sobre mí, sobre todo esto, incluso antes de que lo secuestraran. Pero
cuando desapareció, no supe qué decir. Honestamente, creí que yo tenía parte de responsabilidad Que
quizá era yo el que había causado el daño de la gente que había visto, y que reprimía los recuerdos… o
algo así. Pero ¿de quién era el coche cuyos faros vimos en los Everglades? ¿Y por qué se dirigían
precisamente a la caseta?
Sacudí la cabeza. No lo sabía. No tenía sentido. Yo había creído que estaba loca, pero me había dado
cuenta de que no lo estaba. Había creído que el secuestro de Joseph no había sido real, pero resulta que
sí.
–No lo secuestré yo –dijo Noah. Con voz clara. Firme. Pero su intensa mirada seguía fija en la pared,
no en mí.
Le creí, pero pregunté:
–Entonces ¿quién?
Por primera vez desde que comenzó a hablar, Noah se volvió hacia mí.
–Lo averiguaremos –dijo.
Traté de hacer encajar todas las piezas de su narración de modo que cobraran sentido.
–Entonces Joseph no te envió un mensaje de texto – dije. Mi corazón comenzó a latir más deprisa.
Noah negó con la cabeza, pero me dirigió un leve atisbo de sonrisa.
–¿Qué? –pregunté.
–Lo estoy oyendo –dijo Noah.
Me quedé mirándolo pasmada.
–A ti –dijo en voz baja–. Los latidos de tu corazón. Tu pulso. Tu respiración. Toda tú.
Mi pulso se disparó, y la sonrisa de Noah se hizo más amplia.
–Tienes tu propio sonido. Todo el mundo: los animales y las personas. Y yo soy capaz de oírlo.
Cuando algo o alguien está herido, o agotado, o lo que sea… yo me doy cuenta. Y creo… Joder… –Noah
agachó la cabeza y se recogió el pelo con las manos–. Bueno, ya sé que esto te va a parecer una locura.
Creo que quizá puedo curarlos – añadió sin levantar la vista.
Cuando lo hizo, su mirada se dirigió a mi brazo. A mi hombro.
Imposible.
–Cuando me preguntaste por qué fumaba, te dije que nunca había estado enfermo. Es verdad; y cuando
me peleo, me resiento un rato, y luego… nada. No me duele. Se me pasa.
Lo miré incrédula.
–¿Me estás diciendo que puedes…?
–¿Cómo tienes el hombro, Mara?
Me quedé sin palabras.
–Te debería doler mucho, a pesar de tenerlo otra vez en su sitio. ¿Y el brazo? –preguntó Noah al
mismo tiempo que me agarraba la mano y me estiraba el brazo. Lo recorrió con el dedo desde la zona
interna del codo hasta la muñeca–. Todavía tendrías ampollas, probablemente aún estaría empezando a
cicatrizar –dijo mientras examinaba mi piel intacta. Luego me miró a los ojos.
–¿Quién te dijo lo del brazo? –le pregunté. Mi voz sonaba distante.
–Nadie. No hizo falta. Mabel se estaba muriendo cuando la trajiste. Se encontraba en tal estado que
mi madre creyó que no pasaría de aquella noche. Me quedé con ella en el hospital y… no sé, me la puse
en los brazos. Y oí cómo se curaba.
–No tiene sentido –dije sin dejar de mirarlo.
–Lo sé.
–Lo que me estás contando es que, de una manera u otra, has visto a unas cuantas personas que
estaban a punto de morir. Que sentiste un eco de lo que ellos sentían. Y que cuando mi corazón, o el de
quien sea, se acelera, también lo oyes.
–Lo sé.
–Y que, de alguna manera, eres capaz de oír lo que la gente tiene estropeado, o lo que les funciona
mal, y lo arreglas.
–Lo sé.
–Mientras que lo único que yo soy capaz de hacer es…
Asesinar. Casi ni podía pensar en ello.
–Y también tuviste visiones, ¿no? ¿Viste cosas? –Los ojos de Noah escrutaron los míos.
Hice un gesto negativo.
–Alucinaciones. Nada era real excepto las pesadillas. Los recuerdos.
Noah hizo una breve pausa.
Volví a pensar en todas las alucinaciones sufridas. Las paredes de la clase. Jude y Claire en el
espejo. Los pendientes en el fondo de la bañera. Nada de ello había sucedido de verdad. Y las cosas que
creí que no habían pasado –la explicación de la muerte del dueño de Mabel, o de la muerte de Morales–
sí sucedieron.
Padecía un trastorno de estrés postraumático. Eso era una realidad. Pero lo que había ocurrido –lo
que había hecho, lo que podía hacer– también lo era.
–Lo sé, sencillamente –dije, y ahí lo dejé.
Nos miramos el uno al otro, sin reír, sin sonreírnos. Simplemente nos miramos; Noah serio, yo
incrédula, hasta que me asaltó una idea tan urgente y tan imperiosa que me dieron ganas de expresarla a
gritos.
–Cúrame –le ordené–. Esto, lo que he hecho… hay algo en mí que no funciona, Noah. Cúrame.
La expresión que vi en Noah mientras me apartaba el pelo de la cara y me miraba el escote, me partió
el corazón.
–No puedo.
–¿Por qué no? –Mi voz amenazó con quebrarse.
Noah tomó mi cara entre sus manos.
–Porque –explicó– no tienes ningún daño físico.
Me senté, completamente inmóvil, respirando lentamente por la nariz. El más mínimo sonido me
habría descompuesto. Cerré los ojos para evitar el llanto, pero las lágrimas afloraron de todos modos.
–Y no hay más –dije con la garganta atenazada.
–Y no hay más.
–¿Para los dos?
–Eso parece –dijo Noah. Una lágrima cayó sobre su pulgar, pero no movió las manos.
–¿Qué posibilidades hay de…?
–Pocas –me interrumpió Noah.
Sonreí tras sus dedos. Eran dolorosamente reales. Fui plenamente consciente de cómo se sentía, de
cómo nos sentíamos los dos, perdidos y confusos, y sin haber conseguido sacar nada en claro de lo que
estaba pasando ni de por qué.
Pero no estábamos solos.
Noah se acercó aún más y me besó en la frente. Su expresión era de calma. No, más que eso. Era de
paz.
–Debes de estar muerta de hambre. Deja que te traiga algo de la cocina.
Asentí, y Noah se puso en pie. Cuando abrió la puerta de mi cuarto, hablé.
–Noah.
Se giró.
–Cuando me oíste antes… antes de que nos trasladáramos aquí. ¿Qué dije?
El rostro de Noah adquirió una expresión sombría.

–«Sacalos.»
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:49 pm

52
Bueno, tengo que decir que me gusta bastante esta disposición para dormir.
Tuve la sensación de que jamás me cansaría de oír la voz de Noah en la profunda oscuridad de mi
habitación. Sentir su peso sobre mi cama era algo nuevo y emocionante. Se recostó sobre dos de mis
almohadas y me acurrucó a su lado, compartiendo la misma manta. Apoyé la cabeza en su hombro y la
cara sobre su pecho. Su corazón latía a un ritmo regular. El mío iba como una moto. Creo que yo sabía
que no era seguro para él. Estar conmigo. Pero no tuve corazón para apartarme.
–¿Y cómo lo has organizado? –Aún no había salido de mi cuarto ni había vuelto a ver a mi madre
desde que había entrado a verme a primera hora de la tarde, antes de la confesión de Noah. Antes de mi
confesión. Me pregunté cómo íbamos a llevar todo aquello.
–Bueno, técnicamente, ahora mismo estoy durmiendo en la habitación de Daniel.
–¿Ahora mismo?
–En este mismo instante –dijo Noah mientras me rodeaba la espalda con el brazo; su mano
descansaba justo sobre el borde de mi camiseta–. Tu madre no quiso que me fuese a casa tan tarde con el
coche.
–¿Y mañana?
–Buena pregunta.
Me incorporé para verle mejor la cara. Su expresión era seria y pensativa, su mirada estaba clavada
en el techo.
–¿Buena pregunta sobre si estarás aquí mañana?
Traté de no dejar traslucir ninguna emoción en mi voz. A esas alturas ya sabía que Noah no se andaba
con tonterías. Y que si pensaba marcharse se marcharía y lo diría. Pero esperaba que no fuese esa la
respuesta.
Esbozó una leve sonrisa.
–Sobre lo que nos pueda pasar mañana. Ahora que sabemos que no estamos locos.
Era la pregunta definitiva, la que llevaba torturándome desde la semana anterior, desde que había
recordado el accidente. ¿Qué pasaría después? ¿Debía hacer algo con lo que ahora sabía? ¿Intentar pasar
de ello? ¿Intentar que no siguiese ocurriendo? ¿Tenía siquiera posibilidad de elección? Era demasiado.
Mi corazón se aceleró de nuevo.
–¿En qué piensas? –Noah cambió de postura en su lado de la cama, me apretó más fuerte contra su
cuerpo y nos quedamos perfectamente acoplados.
–¿Qué? –susurré mientras mis pensamientos se desvanecían.
Noah se acercó aún más e inclinó la cabeza como si me fuese a decir algo al oído. Pero en lugar de
hacerlo, su nariz me rozó la mandíbula hasta que sus labios encontraron el hueco de debajo de la oreja.
–Tu corazón se ha acelerado –dijo mientras recorría con los labios el contorno de mi cuello hasta la
clavícula.
–No me acuerdo –dije, pues ahora estaba concentrada únicamente en el roce de la mano de Noah a
través de la fina tela de mis pantalones. Deslizó la mano hacia la parte posterior de la rodilla. Hacia el
muslo. Se incorporó para mirarme con una sonrisa pícara en los labios.
–Mara, si estás cansada, lo oigo. Si te duele algo, lo percibo. Y si me mientes, lo sabré.
Cerré los ojos y comencé a ser plenamente consciente del alcance del don de Noah. Conocería cada
una de mis reacciones, cada reacción que experimentase hacia él. Y no solo las mías: las de todo el
mundo.
–Me encanta no tener que ocultártelo –dijo Noah mientras jugueteaba con el dedo por el cuello de mi
camiseta. Tiró de la tela hacia un lado y me besó la piel descubierta del hombro.
Lo aparté un poco para poder verle la cara.
–¿Y cómo lo soportas? –Me pareció que se quedaba algo perplejo–. Lo de oír y sentir constantemente
las reacciones físicas de todo el mundo. ¿No te vuelves loco?
Y si él no se volvía loco, yo desde luego sí me iba a volver loca al saber que mientras estuviera
cerca de él no podría tener secretos.
Noah frunció el ceño.
–La mayoría se convierten en mero ruido de fondo. Hasta que me centro en una persona en particular.
–Su dedo me rozó la rodilla y fue ascendiendo por la pierna hasta la cadera, y como respuesta mi pulso
se aceleró.
–Para –dije, y le aparté la mano. Me miró con una amplia sonrisa–. ¿Decías…?
–Lo oigo todo (a todos), pero no lo siento todo. Solo a las cuatro personas que te dije, y solo cuando
están (estáis) heridos físicamente. Tú fuiste la primera a la que a conocí, y luego a Joseph. Te vi, vi el
lugar donde estabas, y sentí un eco, creo, de lo que ambos estabais sintiendo.
–Pero hay un montón de gente por ahí con lesiones físicas. –Lo miré fijamente–. ¿Por qué nosotros?
–No lo sé.
–¿Qué vamos a hacer?
Una sonrisa asomó a una de las comisuras de sus labios mientras acariciaba los míos con el pulgar.
–Se me ocurren unas cuantas cosas…
Sonreí.
–Eso no me va a ayudar –dije. Y según lo dije, me invadió una oleada de déjà vu. Me vi aferrando un
frasquito de cristal en la Pequeña Habana.
«Estoy confusa», le había dicho al señor Lukumi. «Necesito ayuda.» «Eso no te va a ayudar, contestó
él con la vista puesta en mi puño.»
Pero luego me había ayudado a recordar.
Quizá también podría ayudarme ahora.
En cuestión de segundos, ya me había levantado.
–Tenemos que volver a Botánica Seis –dije mientras salía disparada hacia la cómoda.
Noah me miró de soslayo.
–Ya es más de medianoche. Ahora no habrá nadie. – Sus ojos escudriñaron los míos–. Y además,
¿estás segura de que quieres volver? Aquel sacerdote no fue especialmente amable.
Recordé el rostro del señor Lukumi, cómo parecía conocerme, y me puse medio histérica.
–Noah –le dije mientras me volvía hacia él–. Ese hombre, el sacerdote, sabe lo que me pasa. Lo sabe.
Por eso lo que hizo funcionó.
Noah levantó una ceja.
–Pero dijiste que no había funcionado.
–Me equivoqué. –Mi voz sonó extraña, y el silencio de la habitación engulló mis palabras–. Tenemos
que volver.
Se me había puesto carne de gallina.
Noah se acercó a mí, me atrajo hacia él y me acarició el pelo hasta que mi respiración recobró su
ritmo normal, sin dejar de mirarme a los ojos mientras me calmaba. Yo tenía los brazos colgando a los
largo del cuerpo, inertes.
–¿No sería posible que hubieses terminado recordando aquella noche de todas formas, Mara? –
preguntó con delicadeza.
Entorné los ojos.
–Si tienes una idea mejor, proponla.
Noah me dio la mano y entrelazamos los dedos.
–Vale –dijo mientras volvíamos a la cama–. Tú ganas.

Pero sentí que, de algún modo, había perdido.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:50 pm

53
A la mañana siguiente, me desperté junto a Noah.
Con el brazo alrededor de su cintura, noté el movimiento de sus costillas al respirar bajo la fina tela de
su camiseta. Era la primera vez que lo veía así; la primera vez que podía contemplarlo a placer. El
volumen de sus bíceps bajo las mangas. El poco vello que asomaba por el borde de la camiseta. El
cordón que siempre llevaba al cuello se había deslizado hacia afuera durante la noche. Lo observé con
atención por primera vez; el colgante era una simple placa fina de plata. La mitad tenía forma de pluma y
la otra mitad de daga. Era hermoso e interesante, exactamente igual que él.
Mis ojos siguieron recorriendo la belleza celestial que yacía en mi cama. Tenía una de las manos
cerrada junto a la cara. Un tenue rayo de luz iluminaba los mechones alborotados de su pelo oscuro y les
confería un tono dorado. Respiré hondo para empaparme de su presencia; el olor de su piel se mezcló
con el del champú.
Deseé besarlo.
Deseé besar la pequeña constelación de pecas que tenía en el cuello, medio escondidas junto al
arranque del pelo. Sentir en mis labios el roce de su mentón sin afeitar, la suavidad de sus párpados
como pétalos de flor bajo mis dedos. Entonces Noah dejó escapar un largo suspiro.
Estaba embriagada de felicidad, y era él quien me había intoxicado. Sentí una punzada de lástima por
Anna y por las chicas que pudo haber antes que yo y por lo que habían perdido. Y ello trajo como
consecuencia la idea de lo mucho que sufriría si yo también lo perdía. Su presencia suavizaba los
extremos de mi locura, y era casi suficiente para hacerme olvidar lo que había hecho. Casi.
Deslicé la mano sobre la de Noah y se la apreté con suavidad.
–Buenos días –susurré.
Se revolvió.
–Mmm –murmuró, y esbozo una media sonrisa con los ojos cerrados–. Sí, es un buen día.
–Tenemos que irnos antes de que mi madre te encuentre aquí –dije, aunque no me apetecía nada.
Noah se dio la vuelta y se apoyó sobre los antebrazos, por encima de mí y sin tocarme durante un
segundo, dos, tres. Mi corazón se aceleró. Noah sonrió, y a continuación salió de mi cama y de mi cuarto
sin hacer ruido. Volvimos a encontrarnos en la cocina, una vez vestida y peinada y con un aspecto
presentable. Él estaba en medio de Daniel y Joseph, y me sonrió ante una taza de café.
–¡Mara! –Mi madre abrió los ojos como platos al verme levantada y vestida en la cocina–. ¿Te
preparo algo?
Disimuladamente, Noah me hizo un gesto para que aceptara.
–Eeeh, vale, ¿qué tal si me preparas… –dije, y pasé la vista por la encimera–, … una tostada?
Mi madre sonrió, alcanzó una del plato y la metió en el tostador. Me senté a la mesa frente a los tres
chicos. Nadie pareció darle importancia al hecho de que me había pasado los últimos días encerrada en
mi habitación por decisión propia, y aparentaron normalidad absoluta.
–Entonces, ¿hoy vas a ir al colegio? –preguntó mi madre.
Noah asintió.
–Pensaba llevar yo a Mara –le dijo a Daniel– si no hay inconveniente.
Fruncí el ceño, pero Noah me lanzó una mirada significativa. Me agarró la mano por debajo de la
mesa. Yo me quedé callada.
Daniel se levantó de la mesa, sonrió y llevó su taza al fregadero.
–Por mí, genial, así no llego tarde.
Hice un gesto de fastidio con los ojos. Mi madre me pasó el plato con la tostada, y me la comí en
silencio junto a ella, Joseph y Noah, que hablaban de ir al zoo el próximo fin de semana. Se palpaba el
buen humor con el que se habían levantado los tres aquella mañana, me di cuenta de lo mucho que los
quería y noté en el pecho una punzada de culpabilidad. Que los quería era obvio. La culpabilidad era por
lo que les había hecho pasar. Y por lo que aún podía hacerles pasar si no solucionaba mi problema. Pero
aparté ese pensamiento de mi mente, le di un beso a mi madre en la mejilla y me dirigí a la puerta de la
calle.
–¿Estás lista? –preguntó Noah.
Asentí, aunque lo cierto era que no me sentía así.
–¿Adónde vamos en realidad? –pregunté a Noah, consciente de que no podía ser al colegio. No era un
lugar seguro para mí, porque no me sentía segura con nadie a mi alrededor.
–Calle Ocho, 1821 –respondió Noah–. Querías volver a Botánica, ¿no?
–Daniel se va a dar cuenta de que no hemos ido a clase.
Noah se encogió de hombros.
–Le explicaré que necesitabas tomarte un día libre. No dirá nada.
Deseé que tuviera razón.
En cierto modo y sin saber por qué, la Pequeña Habana se había convertido en uno de los lugares que
frecuentábamos, pero esa mañana todo parecía distinto. Montones de gente recorrían sus calles y hacían
ondear banderas al ritmo de la música procedente de un lugar no identificado. La Calle Ocho estaba
cerrada al tráfico, así que tuvimos que dejar el coche.
–¿Qué es esto?
Noah se había puesto las gafas de sol y observó a la multitud, vestida con ropa multicolor.
–Una fiesta –respondió, y lo fulminé con la mirada–. Vamos, hay que intentar abrirse paso.
Y lo intentamos, pero tardamos muchísimo. El sol caía con fuerza mientras avanzábamos a duras
penas entre el gentío. Las madres llevaban a sus hijos de la mano, que tenían las caras pintadas, los
hombres hablaban a gritos para hacerse oír por encima de la música. Las aceras estaban llenas de
terrazas para que los clientes pudiesen ver el desarrollo de la fiesta mientras comían. Un grupo de chicos
estaba apoyado sobre el escaparate de la tienda de puros, fumando y riendo, y la zona de las mesas de
dominó estaba llena de espectadores. Busqué entre los escaparates el curioso surtido de componentes
electrónicos mezclados con las figuras de santería, pero no lo vi.
–Espera –gritó Noah por encima del volumen de la música. Estaba unos metros detrás de mí.
–¿Qué?
Retrocedí para acercarme a él y al hacerlo tropecé violentamente con una persona. Una persona que
llevaba una gorra de béisbol azul marino. Se dio la vuelta y me observó por debajo de la visera.
–Perdón –dijo, y siguió su camino.
Respiré hondo. No era más que un hombre con una gorra. Estaba demasiado sensible. Me acerqué al
lugar donde se encontraba Noah.
Noah se quitó las gafas al llegar frente al escaparate. Su rostro carecía de expresión, estaba
totalmente impasible.
–Mira el número.
Mis ojos recorrieron el rótulo expuesto sobre la puerta de cristal de la juguetería.
–1823 –dije; di unos pasos en dirección contraria hacia la puerta contigua. Apenas fui capaz de leer
el número en voz alta–. 1819.
¿Dónde estaba el 1821?
La expresión de Noah era impenetrable, pero sus ojos lo delataron. Estaba nervioso.
–Quizá esté en la otra acera –dije sin creérmelo.
Noah no respondió. Paseé la vista por el edificio y lo observé con atención. Volví a la juguetería y
aplasté la nariz contra el cristal empañado para ver lo que había dentro. En el escaparate había un grupo
de grandes animales de peluche, colocados como si estuviesen jugando, y unas marionetas que se habían
quedado petrificadas en medio de un paso de baile, congregadas alrededor de un muñeco de ventrílocuo.
Me aparté del cristal. La tienda tenía la misma entrada estrecha que Botánica, pero es que todas las
tiendas a ambos lados de la calle la tenían.
–Quizá deberíamos preguntarle a alguien –dije mientras comenzaba a desesperarme. Mi corazón latió
a toda velocidad mientras echaba un vistazo a las tiendas en busca de alguien a quien poder preguntar.
Noah seguía mirando el escaparate.

–Creo que no serviría de nada –dijo con voz hueca e inexpresiva–. Creo que estamos solos.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:51 pm

54
Mi sensación de miedo aumentó de manera exponencial al tomar la avenida de entrada al zoo, oscura y
rodeada de palmeras.
–No me parece buena idea –dije.
Lo habíamos comentado durante el trayecto desde la Pequeña Habana, después de llamar a mi madre
para decirle que al salir del colegio, que aquel día no habíamos pisado, me iba a quedar un rato en casa
de Noah para cambiar un poco de ambiente. Como no había manera de dar con el señor Lukumi, si es que
era ese su verdadero nombre, y no podíamos acudir a nadie en busca de ayuda sin comprometernos,
tuvimos que ponernos a pensar qué íbamos a hacer. Yo era, por supuesto, la prioridad principal: tenía
que averiguar qué provocaba mis reacciones si quería albergar una mínima esperanza de aprender a
controlarlas. Acordamos que aquella sería la manera más fácil y efectiva de experimentar. Pero yo seguía
asustada.
–Confía en mí. En esto tengo razón.
–«Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu» –cité la Biblia
con una leve sonrisa–. ¿Por qué no probamos antes contigo?
–Quiero saber si soy capaz de neutralizarte. Creo que es fundamental. Quizá por eso nos hemos
encontrado el uno al otro, ¿sabes?
–La verdad es que no –dije con la cara vuelta hacia la ventanilla. Tenía el pelo reducido a un montón
de rizos sudorosos que se me pegaban a la nuca. Me lo recogí en un moño para que no me molestara.
–Ahora estás en contra.
–Lo dice la persona que tiene… el don útil. –Me resultaba incómodo decir su nombre, ponerle
nombre a lo que cada uno era capaz de hacer. Inapropiado. No hacía justicia a la realidad.
–Creo que puedes hacer más cosas, Mara. De verdad lo creo.
–Puede ser –admití, aunque con reservas–. Pero ojalá tuviera tu don.
–A mí también me gustaría que lo tuvieras –hizo una pausa–. Curar es cosa de chicas.
–Eres horrible –le dije, y sacudí la cabeza; los labios de Noah se curvaron en una sonrisa maliciosa–.
No tiene gracia –añadí, con una sonrisa.
Seguía nerviosa, pero era increíble lo mucho mejor que me sentía con Noah a mi lado, y además
sabiendo lo que me ocurría. Como si pudiese enfrentarme a ello. Como si pudiésemos enfrentarnos los
dos juntos.
Noah aparcó en la misma puerta del zoo. No sé cómo consiguió tener acceso al interior después de
que el recinto ya hubiera cerrado, y no lo pregunté. Un grupo de rocas esculpidas que se alzaba sobre un
estanque artificial nos dio la bienvenida al entrar. Varios pelícanos dormían desperdigados por la
superficie, con la cabeza bajo el ala. Al otro lado había flamencos, de color rosa pálido a la luz de los
halógenos, de pie y formando grupitos. Las aves, como centinelas silenciosos, no se inmutaron ni
emitieron sonido alguno ante nuestra presencia.
Avanzamos hacia el interior del parque de la mano mientras la brisa cálida nos acariciaba el pelo y
el follaje de los árboles. Pasamos junto a las gacelas y los antílopes, que se sobresaltaron cuando nos
acercamos. Sus pezuñas golpearon el suelo y un resuello suave recorrió la manada. Aceleramos el paso.
Se oyó un crujido entre las ramas que teníamos encima de nuestras cabezas, pero no veía nada en la
oscuridad. Leí el cartel informativo: «GIBONES BLANCOS A LA DERECHA , CHIMPANCÉS A LA IZQUIERDA ».
Apenas había terminado de leerlo, un aullido estridente rasgó el aire y algo aterrizó sobre la maleza
cerca de nosotros. Se me paralizaron los pies y el corazón.
El chimpancé se detuvo casi junto al foso. Y no era uno de esos monísimos, encantadores y de color
bronceado del mundo del espectáculo; este era enorme. Se sentó al borde del precipicio, tenso y en
posición de ataque. Me miró con sus ojos de expresión humana y que nos siguieron cuando continuamos
caminando. Se me erizó el vello de la nuca.
Noah se metió por un sendero estrecho y sacó unas llaves del bolsillo al tiempo que nos acercábamos
a una pequeña estructura disimulada entre árboles y plantas altas. En la puerta se podía leer: «SOLO
PERSONAL AUTORIZADO».
–¿Qué estamos haciendo?
–Es una especie de laboratorio. Están preparando una exposición sobre insectos del mundo o algo así
–dijo Noah mientras abría la puerta.
Detestaba la idea de matar cualquier cosa, pero al menos los bichos se reproducían… bueno, como
cucarachas, y si desaparecían unos cuantos nadie se iba a dar cuenta.
–¿Cómo has conseguido entrar? –pregunté al tiempo que echaba una mirada atrás. Notaba un picor en
la piel. No podía librarme de la sensación de que nos estaban vigilando.
–Mi madre ha trabajado aquí como voluntaria. Y les dona una indecente cantidad de dinero.
Noah encendió las luces, que iluminaron la larga mesa de metal situada en el centro de la estancia, y
cerró la puerta. Las paredes estaban cubiertas de estanterías también metálicas llenas de cubetas y cajas
de plástico. Noah las recorrió y consultó las etiquetas. Yo me había quedado inmóvil junto a la puerta, y
desde allí era imposible leerlas.
Finalmente, Noah se decidió por una caja de plástico translúcido. Entorne los ojos y lo miré.
–¿Qué son?
–Sanguijuelas –respondió Noah con naturalidad. Evitó mirarme a los ojos.
Me invadió una oleada de asco.
–Ah, no. Ni de broma.
–Tienes que hacerlo.
Me estremecí.
–No, otra cosa –le rogué, y me fui a paso ligero al otro lado de la sala–. Mira, eso. –Señalé una
cubeta opaca con un nombre que fui incapaz de pronunciar–. Escorpiones no se qué y no sé qué más.
–Son venenosos –sentenció Noah mientras me observaba la cara.
–Mejor que mejor.
–Y además están en peligro de extinción.
–Vale –dije, al tiempo que empezaban a temblarme las piernas y los brazos cuando pasé ante una caja
transparente y señalé–. Araña gordísima.
Noah cruzó la sala y leyó la etiqueta, todavía con la caja de sanguijuelas en la mano y muy cerca de
mí. Demasiado cerca. Di un paso atrás.
–También venenosas –confirmó después de leerla.
–Así tendrá más aliciente.
–Podría morderte antes de que la mates.
Mi corazón estuvo a punto de salírseme por la boca.
–La oportunidad perfecta para practicar tus propiedades curativas –le dije casi sin aliento.
Noah hizo un gesto negativo.
–No voy a experimentar con tu vida. No.
–Entonces, usa otra cosa –insistí, cada vez más asustada y con más dificultades para respirar–. Las
sanguijuelas no.
Noah se frotó la frente.
–Son inofensivas, Mara.
–¡Me da igual!
Oí a los insectos repiquetear sus élitros contra las paredes de sus prisiones de plástico. Comencé a
perder la calma y sentí que me tambaleaba.
–Si no funciona, la retiraré enseguida –dijo Noah–. No te hará ningún daño.
–No. Estoy hablando en serio, Noah –dije–. No puedo. Se meten debajo de la piel y chupan la sangre.
Dios mío. Oh, Dios mío.
Apreté los brazos sobre el cuerpo para contener los temblores.
–Será muy rápido, te lo prometo. No vas a sentir nada.
Metió la mano en la cubeta.
–No –fue lo único que fui capaz de articular con voz ronca en un susurro sordo.
No podía respirar. Bajo mis párpados aparecieron puntitos multicolor que no pude hacer desaparecer
por mucho que pestañeé.
Noah sacó una sanguijuela y sentí que me iba a desplomar. Y luego…
Nada.
–Mara.
Pestañeé hasta que logré abrir los ojos.
–Está muerta. Increíble –dijo–. Lo has hecho tú.
Noah se acercó a enseñármela, pero yo retrocedí y me apreté contra la puerta. Me miró con una
expresión imposible de descifrar, luego se apartó para tirar la sanguijuela muerta. Cuando volvió para
poner la cubeta en su sitio, se detuvo.
–Dios mío –dijo.
–¿Qué? –Mi voz seguía siendo un susurro tembloroso.
–Están todos muertos.
–¿Las sanguijuelas?
Noah volvió a colocar la cubeta en su sitio con pulso inseguro. Caminó entre las hileras de insectos
mientras recorría con la vista las cubetas transparentes y abría las otras para examinar su interior.
Cuando completó la ronda, se quedó con la mirada fija en la pared.
–Todos –dijo–. Todos están muertos. 
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:52 pm

55
Un olor pútrido invadió mis fosas nasales, y en mis oídos zumbó una voz:
«Los biólogos que acudieron al lugar de los hechos dicen que la hipótesis más probable es que haya sido
debido a una disminución del nivel de oxígeno en el agua.»
En mi oscura consciencia aparecieron imágenes de caimanes hinchados flotando panza arriba.
«Se cree que la causa puede estar en el alarmante número de cadáveres de caimanes.»
Lo había hecho yo. Igual que había hecho esto.
Noah contempló la destrucción con mirada inexpresiva. No era capaz de volver la vista hacia mí. Y
no me extrañaba. Forcejeé con el pomo de la puerta y salí hacia la oscuridad exterior. Una salva de
chillidos, ladridos y gritos resonó en mis oídos. Al menos, la masacre había sido limitada.
Sentía asco de mí misma. Y cuando Noah me siguió, vi que compartía mi sentimiento.
Evitó mi mirada y permaneció en silencio. La imagen de sus puños crispados, de su repugnancia,
hirió mi corazón y me hizo llorar. Patético. Pero una vez que empecé, no pude parar, y la verdad es que
tampoco quería. Los sollozos me abrasaban la garganta, pero era un dolor conveniente. Merecido.
Noah seguía en silencio. Solo cuando me dejé caer al suelo, incapaz de mantenerme en pie por más
tiempo, reaccionó. Me agarró la mano e intentó levantarme, pero me temblaban las piernas. No podía
moverme. No podía respirar. Noah me abrazó, pero en cuanto lo hizo, quise que me soltara. Quise echar
a correr.
Forcejeé para escapar de sus brazos y golpeé su pecho con mi débiles hombros.
–Suéltame.
–No.
–Por favor –rogué con voz ahogada.
Aflojó un poco su abrazo.
–Solo si me prometes no salir corriendo.
Estaba fuera de control, y Noah lo sabía. Temía que yo causara aún más daño, tenía que asegurarse de
que no siguiera haciéndolo.
–Te lo prometo –susurré.
Me giró hasta que estuvimos frente a frente y entonces me soltó. No tuve valor para mirarlo, así que
fijé la vista en los cuadros de su camisa, y luego en el suelo.
–Vámonos.
Caminamos entre rugidos y gritos sin decirnos una sola palabra. Ahora todos los animales estaban
despiertos; los antílopes habían hecho una piña al borde de su parcela y se agitaban y pateaban el suelo
asustados. Las aves aleteaban excitadas, y un pelícano chocó directamente contra una de las rocas
esculpidas cuando nos acercábamos. Cayó al agua y emergió arrastrando su extremidad rota y caída. Yo
me quería morir.
En el mismo instante en que llegamos al coche de Noah, tiré de la manilla. Estaba cerrado con llave.
–Mara…
–Abre.
–Antes mírame.
–En este momento no soy capaz –murmuré entre dientes–. Abre la puerta.
La abrió. Me acomodé en el asiento del acompañante.
–Llévame a casa, por favor.
–Mara…
–¡Por favor!
Puso el coche en marcha y arrancamos en silencio. No levanté la vista de mis rodillas en todo el
camino, pero cuando la velocidad comenzó a aminorar, por fin fui capaz de mirar por la ventanilla. El
escenario me resultaba familiar, pero no era el apropiado. Cuando cruzamos la verja de entrada a su
casa, le dirigí una mirada glacial.
–¿Qué estamos haciendo aquí?
No contestó, y yo comprendí. Desde mi confesión, Noah me había seguido la corriente. Había dicho
que me creía, y quizá en realidad creía que algo iba mal en mi interior, que no funcionaba como debía.
Pero no lo había captado del todo. Creía que cuando lo besé y se estaba muriendo había sido un sueño.
Que Jude, Rachel y Claire habían muerto cuando un edificio viejo y ruinoso se vino abajo y los aplastó.
Que el dueño de Mabel podía haberse caído y abierto la cabeza, que la señorita Morales podía haber
muerto a consecuencia de un shock, y que todo aquello no era nada más que una suma de terribles
coincidencias.
Pero ya no podía seguir creyéndolo. No después de lo ocurrido esa noche, no después de lo que yo
acababa de hacer. Para aquello no había ninguna explicación. Había sido real. Y ahora, Noah iba a poner
fin a nuestra relación, y yo me alegraba.
Tendría que ingeniármelas para dar el siguiente paso sola.
Aparcó el coche en el garaje y abrió la puerta del acompañante. No me moví.
–Mara, sal del coche.
–¿No puedes hacerlo aquí? Quiero irme a mi casa. – Necesitaba pensar, ahora que estaba completa y
absolutamente sola con mi problema. No podía seguir viviendo así, y necesitaba idear un plan.
–Sal, por favor.
Me bajé del coche, pero me quedé vacilante junto a la puerta. Los perros habían percibido algo
extraño en mí la otra vez que yo había ido a esa casa, y tenían motivos. No quería volver a acercarme a
ellos.
–¿Y Mabel y Ruby?
–Están a buen recaudo al otro extremo de la casa.
Suspiré resignada y seguí a Noah; nos metimos por un pasillo y subimos unas escaleras muy
estrechas. Hizo ademán de darme la mano, pero me estremecí al notar su contacto como si me quemara.
Solo conseguiría que todo me resultara más difícil. Noah abrió la puerta de una patada y de pronto nos
encontramos en su habitación. Se volvió para mirarme.
Su expresión era de calma tensa.
–Lo siento –dijo.
Ya estaba. Lo había perdido, pero me sorprendí al darme cuenta de que, en lugar de angustia, o
tristeza, lo que sentía era indiferencia.
–No te preocupes.
–No sé qué decir.
Mi voz sonó fría y distante.
–No hay nada que decir.
–Mírame, Mara.
Erguí la cabeza para mirarlo a los ojos. Tenían una mirada salvaje. Si no hubiera conocido las
circunstancias, me habría dado miedo. Pero lo que más miedo daba en aquel cuarto era yo.
–Estoy infinita y profundamente arrepentido –comenzó. Su voz sonaba inexpresiva y yo sentía una
opresión en el pecho. No debería sentirse culpable. Yo no lo responsabilizaba a él. Negué con la cabeza.
–No, deja la cabeza quieta –dijo–. La cagué. Del todo.
La palabra escapó de mi garganta antes de que pudiera evitarlo.
–¿Qué?
–Jamás debí dejar que las cosas llegaran tan lejos.
Mi expresión pasó a mostrar confusión.
–Noah, tú no hiciste nada.
–¿Estás de coña? Yo te torturé. Te torturé. –Su voz transmitía rabia contenida. Tenía los músculos
tensos y contraídos; parecía como si tuviese ganas de aplastar algo. Conocía esa sensación.
–Hiciste lo que había que hacer.
Su voz estaba dominada por el desdén.
–No te creí.
Lo sabía.
–Dime una cosa, ¿tú mentiste cuando me contaste lo que podías hacer?
–No.
–Entonces, ¿decidiste no hacer nada?
Su gesto se endureció.
–Todo ocurrió demasiado rápido. El… sonido, o lo que fuese, no fue igual que el de la última vez con
Morales.
–¿Con Morales? –pregunté aturdida–. ¿Lo oíste entonces?
–Oí… algo. A ti. Un sonido que indicaba que tú no estabas bien. Pero no sabía por qué, ni qué era, ni
lo que significaba. Y con Anna y Aiden, cuando expulsaron a Jamie, también te oí, pero no sabía qué
estaba ocurriendo. No lo entendí; solo que te había amenazado, y quise cargármelo. Esta vez, esta noche,
no fue el mismo sonido, y creo que el de la noche de los caimanes tampoco.
Se me quedó la boca seca cuando Noah me confirmó lo que había hecho. Se pasó las manos por la
cara y después por el pelo.
–Estaban sucediendo demasiadas cosas a la vez; todo hacía demasiado ruido en el pantano. No sabía
si no habían hecho más que desaparecer, pero tuve… tuve la sensación de que algo había ocurrido. –Hizo
una pausa y su cara se quedó sin expresión–. Lo siento –dijo sin más.
Empecé a encontrarme mal al escuchar sus palabras; se me cerró la garganta y no podía respirar.
Tenía que salir de allí. Me dirigí a la puerta.
–No –dijo Noah mientras atravesaba la habitación.
Extendió la mano hacia mí, pero la evité. Me asió la mano de todos modos y me acompañó hasta la
cama. Accedí, consciente de que aquella sería nuestra última conversación. Y por mucho que me doliese;
aunque sabía que era necesario, me sentía incapaz de separarme de él precisamente en aquel momento.
Así que nos sentamos juntos, pero solté su mano. Noah se giró y miró hacia otro lado.
–Creí… creí que quizá solo veías lo que estaba a punto de ocurrir; que veías las cosas, un poco como
me pasa a mí. Creí que lo único que te ocurría era que te sentías culpable por la muerte de Rachel. –Justo
lo que diría mi madre–. No lo entendía y te presioné, y te presioné demasiado.
Me miró a través de aquellas pestañas y su mirada perforó la cavidad donde antes se encontraba mi
corazón. Estaba furioso consigo mismo, no conmigo. Y aquello no estaba bien así que… marcha atrás.
–No fue culpa tuya, Noah. –Quiso decir algo, pero puse los dedos sobre su preciosa y perfecta boca;
sentí dolor con el contacto–. Esta era la primera vez que lo veías. Pero no la primera vez que yo lo hacía.
Si no… –dudé antes de decirle lo que creía que debía hacer. Lo que tenía que hacer. La próxima vez que
ocurra algo así no podré soportar ver la expresión de tu cara, ¿lo entiendes?
Me miró furioso.
–La culpa la tuve yo, Mara, por lo que te obligué a hacer.
–No me obligaste a matar a todas las criaturas vivas de la sala. Eso lo hice yo solita.
–No mataste a todas las criaturas vivas.
–¿Qué?
–No mataste a todas las criaturas vivas de la sala.
–Excepto a nosotros, sí.
Noah se echó a reír, divertido.
–Pues ahí lo tienes. Podías haberme matado a mí. Yo te acosé, y podías haber puesto fin a la situación
acabando conmigo. Pero no lo hiciste –dijo, y me apartó el pelo de la cara–. Eres más fuerte de lo que
crees.
Su mano se demoró sobre mi mejilla y cerré los ojos angustiada.
–Sé que desconocemos por qué o cómo te está pasando… nos está pasando esto –matizó– pero lo
averiguaremos.
Abrí los ojos y lo miré.
–No es responsabilidad tuya.
–Sé de sobra que no es responsabilidad mía. Pero quiero ayudarte.
Respiré hondo.
–¿Y qué va a pasar mañana? Alguien se va a preguntar quién ha matado cientos de especies en peligro
de extinción.
–No te preocupes, yo…
–¿«Lo arreglaré»? ¿Lo vas a arreglar, Noah? –Al decir esas palabras, sabía que era exactamente eso
lo que él pensaba; que contra toda lógica, creía firmemente que me podía curar, igual que creía que podía
arreglar todo lo demás–. ¿Acaso ves que esté funcionando? Yo meto la pata y tú lo arreglas, ¿es eso?
Era un problema que solo podría solucionarse si invertíamos suficiente tiempo y dinero en él. En mí.
Y cuando el experimento fracasara, cuando yo fracasara, y muriera gente, Noah se culparía a sí mismo, se
odiaría por no haber sido capaz de detenerlo. Por no haber sido capaz de detenerme. Y yo no quería
hacerle eso. Así que dije lo único que podía decir.
–No quiero tu ayuda. No te quiero a mi lado.
Las palabras salieron de mi boca contra su voluntad. Y Noah las sintió como una bofetada.
–Estás mintiendo –dijo Noah en voz baja y calmada.
La mía sonó fría y distante.
–Creo que lo mejor será que no volvamos a vernos.
No tenía ni idea de dónde había sacado fuerzas para decir semejante cosa, pero lo agradecía.
–¿Por qué haces esto? –Noah me taladró con una mirada glacial.
Comencé a perder la compostura.
–¿Me lo preguntas en serio? He asesinado a cinco personas.
–Por accidente.
–Quise matarlas.
–Por Dios, Mara, ¿crees que eres la única persona en el mundo que desea que les ocurran cosas
malas a las malas personas?
–No, pero sí soy la única que consigue lo que quiere –dije–. Y Rachel, dicho sea de paso, no era una
mala persona. Yo la quería, y nunca me había hecho nada malo, y ahora está muerta y la culpa es mía.
–Quizá.
Me giré hacia él a la velocidad del rayo.
–¿Cómo? ¿Qué acabas de decir?
–Sigues sin saber si lo del psiquiátrico fue un accidente.
–¿Otra vez volvemos al principio? ¿En serio?
–Escúchame. Aunque eso no hubiese sido…
–No lo fue –dije con los dientes apretados.
–Aunque no hubiese sido un accidente –prosiguió Noah–, la próxima vez yo puedo advertirte.
–Sí, igual que me advertiste antes de matar a Morales.
–Eso no es justo y lo sabes. Entonces yo aún no sabía lo que pasaba. Ahora sí. La próxima vez que
ocurra te haré una advertencia y te detendrás.
–¿Quieres decir que me vas a hacer parar?
–No. Eso es elección tuya. Siempre será elección tuya. Pero quizá si en ese momento pierdes la
concentración podré ayudarte a volver a la realidad.
–¿Y si pasa cuando tú no estés? –pregunté.
–Estaré.
–Pero ¿y si no estás?
–Entonces será culpa mía.
–Exactamente.
De repente su rostro expresó confusión.
–Quiero un novio, no una niñera, Noah. Pero vamos a suponer que acepto el plan y que tú estás ahí
pero no puedes detenerme. Te culparás a ti mismo. ¿Quieres que también eso pese sobre mi conciencia?
Deja de ser tan egoísta.
Noah tensó las mandíbulas.
–No.
–Muy bien. Pues no lo hagas. Yo me voy.
Me puse en pie, pero sentí los dedos de Noah sobre los muslos. La presión del contacto sobre mis
vaqueros fue como la de una pluma, pero me quedé paralizada.
–Te seguiré –dijo.
Bajé la vista para mirar su pelo revuelto que enmarcaba su rostro serio; tenía los párpados
entrecerrados, como si le pesaran. Sentado en la cama, le quedaba la cabeza a la altura de mi talle. Un
escalofrío me recorrió la espalda.
–Apártate –dije sin convicción.
Una sombra de sonrisa asomó a sus labios.
–Tú primero.
Pestañeé y lo miré con atención.
–Vaya. Qué juego tan peligroso.
–Yo no estoy jugando.
Se me dilataron las fosas nasales. Noah me estaba provocando. A propósito, para ver lo que hacía.
En ese momento deseé darle una bofetada, agarrarlo del pelo y darle un buen tirón.
–No pienso dejar que lo hagas –le dije.
–No puedes detenerme. –Su voz sonaba grave. E indescriptiblemente sexy.
Pestañeé con los ojos casi cerrados.
–Una mierda no puedo –susurré–. Podría matarte.
–Entonces moriría feliz.
–No tiene gracia.
–No estoy de broma.
Abrí los ojos y los clavé en los suyos.
–Viviría más feliz sin ti –intenté mentir con la mayor convicción que me fue posible.
–Qué pena.
La boca de Noah dibujó aquella media sonrisa que adoraba y odiaba a la vez, a solo unos centímetros
de mi ombligo. Se me empezó a diluir la cabeza.
–Aquí era donde tenías que decir: «Lo único que quiero es tu felicidad. Haré lo que sea necesario
para conseguirlo, aunque ello suponga no poder estar contigo».
–Lo siento –dijo Noah–. No soy tan generoso.
Sus manos se desplazaron por las costuras del pantalón hasta mi cintura. Las yemas de sus dedos
acariciaron mi piel justo por debajo de la tela de la camisa. Intenté controlar la velocidad de mi pulso,
pero fracasé.
–Me quieres a tu lado –se limitó a decir categórico–. No me mientas. Te oigo.
–Eso no importa –dije en un suspiro.
–Sí, sí importa. Tú me quieres a tu lado tanto como te quiero yo. Y tú eres lo único que quiero.
Mi lengua luchó contra mi mente.
–Hoy –susurré.
Noah se levantó despacio y al hacerlo rozó mi cuerpo con el suyo.
–Hoy. Esta noche. Mañana. Siempre. –Sus ojos sostuvieron mi mirada; tenían una profundidad
infinita–. Estoy hecho para ti, Mara. –Y en aquel momento, aunque no sabía cómo era posible ni qué
significaba, lo creí–. Y lo sabes. Así que dime la verdad. ¿Me quieres a tu lado?
Su voz era firme, y denotaba confianza en sí mismo al hacer aquella pregunta que más bien parecía
una afirmación.
Pero su rostro… Era apenas perceptible, pero estaba ahí, en la más pequeña de las arruguitas y
frunces de su entrecejo. La duda.
¿De verdad no lo sabía? Mientras yo trataba de asimilar la imposibilidad de la idea, la confianza de
Noah comenzó a deshilacharse en un extremo de su expresión.
Lo correcto habría sido dejar la pregunta sin respuesta. Dejar que Noah creyera, por imposible que
fuese, que no lo quería a mi lado. Que no lo amaba. Entonces se acabaría todo. Noah se convertiría en lo
mejor que había estado a punto de pasarme, pero estaría a salvo.

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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:53 pm

56
Rodeé el cuello de Noah con los brazos y apoyé la cabeza sobre él.
–Sí –susurré entre su pelo mientras me abrazaba.
–Sí ¿qué? –Percibí una sonrisa en su voz.
–Sí te quiero a mi lado –respondí, también con una sonrisa.
–Entonces, ¿qué importa todo lo demás?
Las manos de Noah se posaron en mi cintura, en mi cara, con tanta familiaridad como si aquel fuera
su sitio natural. Como si se sintieran en casa. Me eché hacia atrás para mirarlo y comprobar si era eso lo
que sentía, y cuando lo hice estallé en mil pedazos.
Noah me creía. Y yo no había entendido hasta entonces, hasta ese mismo momento, cuánto necesitaba
darme cuenta.
Me estremecí con el contacto rugoso de su mentón contra mi piel. Me rozó la clavícula con los labios y
cuando giró las caderas para encajarlas entre las mías, me dejé ir. Metí los dedos entre su pelo y uní mi
boca a la suya. Al probar el sabor de su lengua, el resto del mundo desapareció.
Pero entonces el olor amargo del psiquiátrico invadió mis fosas nasales. El rostro de Jude comenzó a
aparecerse a destellos en mi interior y me aparté entre jadeos.
–¿Mara? ¿Qué pasa? –preguntó Noah.
No le contesté. No supe qué decir. Habíamos estado a punto de besarnos miles de veces, pero casi
siempre había algo que lo impedía: Noah, yo, el universo. Y la única vez que lo habíamos logrado, estaba
segura, segurísima, de que él había estado a punto de morir. Mi corazón se rebeló ante la idea, aunque
sabía que era cierta. ¿Qué me estaba pasando? ¿Y qué le pasaba a él cuando lo besaba?
–¿Qué tienes? –preguntó.
Tenía que decirle algo, pero no era el tipo de cosa que se pudiera soltar así como así.
–Es que…. No quiero que te mueras –tartamudeé.
Noah se quedó desconcertado, como era de esperar
–De acuerdo –dijo, y me echó el pelo hacia atrás–. No me moriré.
Bajé la vista, pero Noah inclinó la cabeza y me miró a los ojos.
–Escucha, Mara, no hay ningún tipo de presión. –Sus manos me acariciaron la cara–. Esto… –
continuó mientras pasaba a acariciarme el cuello–. Tú. Mis brazos. Es suficiente.
Entrelazó sus dedos con los míos y me sostuvo la mirada. Comprendí a qué se refería.
–Solo quiero saber que te tengo. –Me soltó la mano, acercó la suya a mi cara y me rozó los labios con
los dedos. Saber que soy el único que puede tocarte así –dijo–. Ver cómo me miras cuando lo hago. Y oír
tu voz cuando lo hago.
Una leve sonrisa pugnó por asomarse a sus labios. Pero yo no tenía suficiente solo con mirarlos.
Presa del descaro y la frustración, me incorporé y me senté a horcajadas encima de él, sin hacer caso
de su mirada de extrañeza. Mis dedos forcejearon furiosos y torpes con los botones de su camisa de
cuadros. Mi habilidad había desaparecido junto con mi decoro.
Noah me puso un dedo bajo la barbilla e inclinó mi cabeza.
–¿Qué estás haciendo?
–Podemos hacer otras cosas –dije entre jadeos mientras le quitaba la camisa.
No estaba completamente segura de si aquello era cierto, pero sí estaba completamente segura de que
en aquel momento era lo que menos me importaba. Estaba desesperada por sentir su piel contra la mía.
Estaba desesperada por experimentarlo. Agarré el borde de mi camiseta y comencé a tirar de ella hacia
arriba. Noah estiró los brazos y me sujetó las muñecas con delicadeza.
–¿Quieres acostarte conmigo, pero no quieres besarme?
Sí, claro. Abrí la boca para hablar, pero la cerré, porque me pareció que aquello no iba a salir bien.
Noah me hizo bajarme de encima de él.
–No –dijo, y se incorporó para ponerse la camisa con un movimiento rápido.
–¿No? –pregunté.
–No.
Lo miré con los ojos entrecerrados.
–¿Por qué no? Ya lo has hecho antes.
Noah desvió la mirada.
–Por diversión.
–Conmigo puede ser divertido –dije en voz baja.
–Lo sé.
La expresión de Noah me dejó chafada.
–No confías en mí. –Continuaba sin levantar la voz.
Noah midió sus palabras antes de hablar.
–Eres tú quien no confía en sí misma, Mara. No me voy a morir por que me beses; ya te lo he dicho.
Pero sigues creyendo que sí. Por lo tanto, no.
–Me estás tomando el pelo –proferí incrédula. Noah, Noah Shaw, estaba echando el freno.
–¿Tengo cara de estar tomándote el pelo? –Noah puso expresión de falsa seriedad.
No hice caso y me puse en pie.
–No me quieres a tu lado.
Noah echó la cabeza hacia atrás y soltó una intensa y sonora carcajada. Un vivo color rojo cubrió mis
mejillas. Me entraron ganas de darle un puñetazo en el estómago.
–No tienes ni idea de lo que significas para mí –afirmó mientras se ponía de pie–. Anoche me costó
trabajo mantener las manos a raya, a pesar de que sabía lo que habías pasado esta semana. A pesar de ser
consciente de que estabas hecha polvo cuando me lo contaste. Y me pasaré toda una eternidad en el
infierno por el sueño que tuve sobre ti el día de tu cumpleaños. Pero si pudiera volver a tenerlo, pasaría
dos eternidades. –Me tomó la mano y la hizo girar entre las suyas, sin dejar de observarla–. Mara, nunca
he sentido por nadie lo que siento por ti. Y cuando estés preparada para que te lo demuestre –prosiguió
mientras me apartaba el pelo–, entonces te besaré.
Me rozó la oreja con el pulgar y posó la mano sobre mi cuello. Me echó hacia atrás, parpadeé y cerré
los ojos. Inhalé su aroma cuando se inclinó y me besó en el hueco de debajo de la oreja. Mi pulso se
aceleró bajo sus labios.
–Y no me conformaré con otra cosa. –Noah se apartó y me incorporó con él. Me sentí desorientada,
pero no tanto como para no ver la arrogante sonrisa que mostraba.
–Te odio –farfullé.
La sonrisa de Noah se hizo más amplia.

–Lo sé.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:54 pm

57
Al día siguiente tampoco pude ir a clase; parecía obvio. ¿Quién podía saber lo que desencadenaba las
muertes? ¿Era suficiente un pensamiento aislado? ¿O tenía que visualizarlas? ¿Y los animales que
murieron, aunque no lo hubiera deseado de forma explícita? ¿Y Rachel?
Tenía que reconstruir mi mundo y averiguar cuál era mi sitio en él antes de poder moverme sin
peligro entre el resto de sus habitantes. Le dije a mi madre que quería quedarme en casa, que ir a clase el
día anterior había sido un poco excesivo y que quería esperar hasta después de la cita que tenía esa tarde
con la doctora Maillard para intentarlo. Dado mi comportamiento reciente, me lo permitió encantada.
Llegué a la hora de comer sin incidentes. Pero cuando estaba en la cocina haciéndome un bocadillo,
alguien llamó a la puerta. Me quedé paralizada. Insistieron.
Fui hasta el vestíbulo sin hacer ruido y miré por la mirilla. Delante de la puerta estaba Noah,
desgreñado y hecho una furia.
–Métete en el coche –dijo–. Tienes que ver una cosa.
–¿Cómo? ¿Qué estás…?
–Es sobre el caso de tu padre. Tenemos que llegar al juzgado antes de que termine el juicio. Te lo
explicaré, pero ven.
Mi mente se puso a funcionar a pleno rendimiento para captar toda la información, cerré la puerta con
llave y seguí a Noah sin pensármelo dos veces. En esa ocasión no se anduvo con ceremonias, así que abrí
yo misma la puerta del acompañante y me metí en el coche. En unos segundos recorrió el camino de
entrada marcha atrás, luego alcanzó un periódico del asiento trasero. Dejó caer un ejemplar del Miami
 Herald sobre mis rodillas mientras zigzagueaba entre los carriles sin hacer caso de los furiosos
bocinazos que provocaba.
Leí el titular: «FOTOS DEL ESCENARIO DEL CRIMEN FILTRADAS EN EL ÚLTIMO DÍA DEL CASO PALMER ».
Observé las fotos: unas eran del escenario del crimen y otra de Michael Lassiter, el cliente de mi padre.
Luego eché un vistazo al artículo. Hacía un análisis detallado del caso, pero estaba segura de que me
estaba perdiendo algo.
–No entiendo –dije a la vez que me fijaba en la mirada furiosa y la mandíbula crispada de Noah.
–¿Has mirado las fotos? ¿Con atención?
Mis ojos recorrieron las fotografías, aunque herían mi sensibilidad. Dos de ellas mostraban el cuerpo
descuartizado de Jordana Palmer desperdigado en pedazos entre las hierbas altas, con jirones de carne
arrancados de sus piernas, sus brazos, su torso. La tercera, tomada a cierta distancia, era de un paraje con
marcadores que señalaban la posición y situación en que fue hallado el cadáver. La pequeña caseta de
hormigón donde Noah y yo habíamos encontrado a mi hermano Joseph aparecía en la zona de la sombra
proyectada por el disparo del flash.
Me llevé la mano a la boca.
–Dios mío.
–Lo vi cuando fui a comprar tabaco a la hora de comer. Intenté llamarte, pero nadie contestó al
teléfono fijo, y tú sigues sin móvil. Así que me vine derecho desde el colegio –me explicó
apresuradamente–. Es la misma caseta, Mara. Exactamente la misma.
Recordé a Joseph, tirado en el suelo de hormigón en medio de un revoltijo de mantas, con las manos y
pies atados con cuerdas de plástico. Y cómo Noah y yo estuvimos a punto de llegar demasiado tarde para
salvarlo.
Para salvarlo de un final como el de Jordana. Se me revolvió el estómago.
–¿Qué significa esto? –pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
Noah se pasó la mano por el pelo a la vez que aceleraba, llegando a alcanzar más de ciento cincuenta
kilómetros por hora.
–No lo sé. La foto que publican de Lassiter lo muestra con un Rolex en la mano derecha. Cuando mi
mente vio los documentos del archivo del condado de Collier como te expliqué, la persona que estaba
abriendo carpetas tenía el mismo reloj –concluyó antes de tragar saliva–. Pero no estoy seguro.
–Fue él quien se llevó a Joseph –dije con la mente y la voz turbias.
La expresión de Noah era dura.
–Sin embargo, no tiene sentido. ¿Por qué iba a actuar contra el hijo de su propio abogado?
Las imágenes se agolpaban en mi mente. Joseph, esperando que le fueran a buscar al colegio el día
que lo secuestraron. Mis padres hablando con voz tensa sobre la conveniencia de dejar el caso. Mi padre
informando a Lassiter…
Esa misma noche.
–Mi padre iba a retirarse del caso –dije extrañamente distante–. Por mí. Porque me estaba poniendo
peor. Aquella tarde había hablado con Lassiter.
–Sigue sin tener sentido. Tu padre se habría retirado con toda seguridad si uno de sus hijos hubiese
sido secuestrado. El juez habría ordenado un aplazamiento, fijo.
–Entonces lo secuestró porque está enfermo –dije con un hilillo de voz. Mi mente funcionaba a toda
velocidad y procesaba sin que mi boca pudiese seguirle el ritmo. Retrocedí en el tiempo a la etapa en la
que aún no sabía nada del caso, antes de que todo ocurriese. A una tarde en que mi hermano pequeño
estaba viendo las noticias cuando Daniel vio un sobre sin remitente.
«¿De dónde ha salido esto?» «Lo trajo el cliente nuevo de papá dos minutos antes de que llegarais.»
Conocía a Joseph. Sabía dónde vivíamos.
–Lo mataré –pronuncié aquellas palabras impactantes en voz tan baja que ni siquiera estaba segura de
si las había llegado a decir. Y ni siquiera estaba segura de si había llegado a pensarlas hasta que Noah se
giró y me miró.
–No –dijo prudente–. Vamos a ir a los juzgados a ver a tu padre y a intentar que continúe el juicio. Le
contaremos lo que ha pasado. Se retirará del caso.
–Es demasiado tarde –repliqué; las palabras se solidificaron en mi boca y su peso me dificultó el
habla–. El juicio termina hoy. Una vez que sale el jurado… se acabó.
Noah negó con la cabeza.
–He llamado. El jurado aún no ha salido. Podemos conseguirlo –afirmó mientras echaba una mirada
rápida al reloj del salpicadero.
Di la vuelta al periódico y lo examiné mientras mis pensamientos se volvían cada vez más sombríos y
monstruosos, y se expandían, y devoraban cualquier alternativa.
–Quienquiera que haya filtrado esas fotos lo hizo para influir en el jurado. Lo hizo porque mi padre,
porque Lassiter, está ganando el caso. Va a ser absuelto. Va a quedar en libertad.
No podía permitir que eso ocurriera.
Pero ¿podría de verdad evitarlo?
Había deseado la muerte de Jude, y murió. Y había matado a Morales y al dueño de Mabel solo por
desearlo, por pensarlo, por imaginarme a la una atragantada y al otro con la cabeza abierta. Me dieron
náuseas al visualizarlo, pero tragué saliva con decisión y me obligué a mí misma a recordar, a intentar
comprender si podría hacerlo de nuevo en caso de que fuera necesario. El derrumbamiento del edificio,
la anafilaxia, la herida en la cabeza; esas eran las causas de las muertes.
Yo había sido el agente.
La voz de Noah me devolvió al presente.
–Hay algo muy turbio en todo esto. Lo sé, y por eso fui a buscarte. Pero no tenemos ni puñetera idea
de qué se trata. Tenemos que ir al juzgado y hablar con tu padre.
–Y después, ¿qué?
–Después declararemos sobre el secuestro de Joseph y Lassiter será acusado.
–Y volverá a salir bajo fianza, igual que ahora. ¿Y qué pruebas podemos aportar? –dije alzando la
voz. Había dicho, y pensado, mis palabras anteriores sin querer, pero un entusiasmo delirante se estaba
apoderando de mí. La adrenalina corría a raudales por mis venas–. Joseph no recuerda nada, excepto las
mentiras que le contamos. Y yo estoy tomando antipsicóticos –añadí con una voz cada vez más firme–.
Nadie nos va a creer.
Noah cambió de táctica, sin duda porque yo tenía razón. En voz baja, dijo:
–Te traje porque confiaba en ti. No quieres hacerlo.
Cuando oí a Noah afirmar con tanta convicción lo que solo yo sabía, mi mente se rebeló.
–¿Por qué no? He matado a gente por mucho menos que asesinar y descuartizar a una adolescente y
secuestrar a mi hermano pequeño. –Me invadió una incomprensible sensación de vértigo.
–Y la semana pasada… ¿eras tú la que parecía estar en paz después de todo eso?
Las palabras de Noah interrumpieron el hilo de mis pensamientos. Pero luego continué.
–Puede que sea una sociópata, pero no me arrepiento de la muerte del dueño de Mabel. Para nada.
–Yo tampoco me arrepentiría –admitió Noah. Los músculos de sus mandíbulas se tensaban
continuamente–. Y Jude también se lo merecía, acuérdate.
Me giré hacia él.
–Ah, ¿sí? Lo dices porque estuvo a punto de hacerme daño…
–Es que te hizo daño –afirmó Noah, repentinamente furioso–. El hecho de que pudiese haber sido
peor no significa que no te hiciera daño.
–No me violó, Noah. Me pegó. Me besó. Y por eso lo maté.
La mirada de Noah se hizo sombría.
–Pues bien hecho.
Sacudí la cabeza.
–¿Te parece justo? –Noah no contestó nada; sus ojos parecían fijos en algo que estuviera a más de
mil millas de distancia–. Pues los mismos sentimientos que tienes tú respecto a Jude los tengo yo respecto
a Lassiter.
–No –respondió al fin mientras tomaba la salida de la autopista para meterse por una calle atestada
de tráfico en cuyo extremo se veían los juzgados–. Hay una diferencia. En el caso de Jude, estabas sola y
aterrorizada y tu mente reaccionó sin que tú misma te dieras cuenta. Fue en defensa propia. En el caso de
Lassiter… sería una ejecución.
El aire engulló sus palabras en el mismo momento en que las dejó caer. Después añadió:
–Hay otras maneras de resolverlo, Mara.
Noah describió una curva cerrada para entrar en el aparcamiento a la sombra del edificio de los
juzgados y apagó el motor. Salimos del coche a toda velocidad; mi mente no dejó de darle vueltas a sus
palabras mientras subíamos las escaleras.
Había otras maneras de resolver el problema, había dicho Noah. Pero yo sabía que no iban a

funcionar.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:54 pm

58
Cuando llegamos a las grandes puertas acristaladas estaba sin aliento. Después de que Noah pasara por
el detector de metales, vacié el contenido de mis bolsillos en la pequeña bandeja de plástico y abrí los
brazos para que el agente de seguridad pudiera pasar el detector manual. Me bamboleé ligeramente; me
encontraba en un estado que sobrepasaba la ansiedad.
El eco de nuestros pasos resonó en el enorme vestíbulo, los míos detrás de los de Noah, y miré en
ambas direcciones para ver los números de las salas que íbamos pasando. Noah se detuvo frente a la sala
213.
Me limpié el sudor de la frente con la manga.
–¿Y ahora qué?
Noah se internó por un pasillo y abrió la primera puerta a la izquierda. Me quedé a cierta distancia
mientras hablaba con un chico joven que estaba sentado detrás de la mesa de la entrada. No podía oír lo
que decían, pero observé su rostro. No me transmitió nada.
Cuando terminó, volvió a donde yo esperaba y echamos a andar en dirección contraria. No dijo una
sola palabra hasta que nos encontramos de nuevo en el exterior, en las escaleras del juzgado.
–¿Qué ha pasado? –le pregunté.
–El jurado salió hace ya dos horas.
Sentí como si mis pies se hubiesen convertido en piedras. No me podía mover.
–No es demasiado tarde –dijo Noah en tono tranquilo–. Quizá lo condenen. Mierda, en el Estado de
Florida está vigente la pena de muerte. Puede que tengas suerte.
Me puse furiosa al oír el tono empleado por Noah.
–Actuó contra mi hermano, Noah. Contra mi familia.
Noah me puso las manos sobre los hombros y me obligó a mirarlo.
–Lo protegeré, Mara –espetó; intenté desviar la vista. Mírame, Mara. Encontraré la manera de
hacerlo.
Quise creerlo. Mostraba una inquebrantable seguridad en sí mismo, y me vi tentada. Pero Noah
siempre se mostraba seguro. Y a veces se equivocaba. En aquella situación no había lugar a errores.
–No puedes protegerlo, Noah. No es nada que tú puedas arreglar. –Noah abrió la boca para decir
algo, pero lo corté–. He estado completamente perdida desde la muerte de Rachel. He intentado hacer las
cosas bien. Con Mabel, con Morales… hice todo lo que se suponía que era correcto: llamé al
departamento de maltrato animal, hablé con el responsable. Pero nada dio resultado hasta que lo arreglé a
mi manera –dije, y mis propias palabras encendieron una chispa en mi interior–. Porque todo lo que ha
pasado… ha tenido que ver conmigo desde el principio. Con comprender quién soy y lo que se supone
que debo hacer. Esto es lo que se supone que debo hacer. Es lo que tengo que hacer.
Noah me dirigió una mirada intensa.
–No, Mara. Yo también quiero saber por qué nos está pasando esto. Pero eso no nos va a ayudar.
Miré a Noah incrédula.
–Contigo no importa, ¿te das cuenta? A ti te dan dolores de cabeza y ves gente herida. ¿Qué pasa si no
llegas a solucionarlo? Nada –dije, y mi voz se quebró.
La mirada de Noah perdió toda expresión.
–¿Sabes lo que significa el hecho de que fuésemos capaces de rescatar a Joseph? –No contesté–.
Significa que las otras dos personas que vi eran reales. Significa que no las ayudé y murieron.
Tragué saliva e intenté recobrar la compostura.
–No es lo mismo.
–¿No? ¿Por qué no?
–Porque tú ahora lo sabes. Ahora tienes la posibilidad de elegir. Yo no. A no ser que lo canalice, o
quizá que lo use con algún fin, las cosas irán a peor. Consigo que todo vaya a peor.
Una lágrima rodó por mi sofocada mejilla. Cerré los ojos y sentí los dedos de Noah sobre mi piel.
–A mí me has hecho mejor.
No pude contenerme al oír sus palabras. Me quedé mirando la cara perfecta de Noah e intenté ver lo
que él veía. Intenté vernos a nosotros dos; no al chico insensato, perdido, arrogante y guapísimo y a la
chica furiosa y alterada, sino lo que éramos, y quiénes éramos, juntos. Intenté evocar el momento en que
me agarró la mano por debajo de la mesa de la cocina en mi casa y cómo por primera vez desde que salí
de Rhode Island había sentido que no estaba sola en todo esto. Que mi sitio estaba a su lado.
Noah volvió a hablar y con ello interrumpió mis reflexiones.
–Después de que recordaras lo que pasó, me di cuenta de cómo te había afectado. No es comparable
con lo que sentirás si lo haces a propósito. –Noah cerró los ojos, y cuando los abrió, su mirada era de
angustia–. Eres la única que lo sabe, Mara. Y la única persona del mundo que me conoce. No quiero
perderte.
–Quizá no me pierdas –repliqué; pero ya me había perdido. Y cuando lo miré, me di cuenta de que él
lo sabía.
Y pese a todo, me atrajo hacia sí; me puso una mano en la nuca, y con la otra me acarició la cara. En
aquella situación, después de todo lo que había hecho, aún sentía deseos de besarme. Yo era puro
veneno, y Noah el fármaco que me haría olvidarlo.
Así que no podía permitírselo.
Lo percibió en mis ojos, o quizá se lo oyó a mi corazón, y dejó caer los brazos a la vez que se
apartaba.
–Dijiste que lo único que querías era ser normal.
Miré los escalones de mármol que descendían bajo mis pies.
–Me equivoqué –dije, intentando que no se me quebrase la voz–. Tengo que ser algo más que eso. Por
Joseph.
Y por Rachel. Y también por Noah, aunque no lo dije. No fui capaz de decirlo.
–Si lo haces –pronunció despacio–, te convertirás en una persona distinta.
Levanté los ojos hacia él.
–Ya soy una persona distinta. –Y cuando nuestras miradas se encontraron, supe que él ya se había
dado cuenta.
A los pocos segundos, desvió la vista e hizo un gesto con la cabeza.
–No –dijo como hablando consigo mismo–. No, no lo eres. Eres la chica que me llamó gilipollas la
primera vez que hablamos. La chica que quiso pagarse la comida pese a que acababa de enterarse de que
yo tenía más dinero que Dios. Eres la chica que se jugó la piel para salvar a una perra agonizante, que me
vuelve loco cuando se pone un vestido de seda verde o unos vaqueros rotos. Eres la chica que… –Noah
se interrumpió y dio un paso hacia mí–. Eres mi chica –dijo sin más, porque esa era la realidad–. Pero si
lo haces, te convertirás en otra persona.
Me esforcé por tomar aire, sintiendo que me dolía el corazón, sabiendo que nada de ello cambiaría lo
que tenía que hacer.
–Sé cómo eres, Mara. Lo sé todo. Y no me importa.
Me entraron ganas de llorar cuando se lo oí decir en voz alta. Pero no hubo lágrimas. Mi voz sonó
sorprendentemente dura cuando hablé.
–Quizá hoy no. Pero terminará por importarte.
Noah me asió la mano. La sencillez del gesto me conmovió de tal manera que comencé a dudar.
–No –recalcó Noah–. Tú me has hecho real, y me pegaré con quien sea por ti y para ti, y daré gracias
a Dios por el dolor que ello me cause. ¿Pero esto? Esto no tiene vuelta atrás. No lo hagas.
Me senté en un escalón; me temblaban demasiado las piernas como para sostenerme en pie.
–Si lo declaran culpable, no lo haré.
–Pero si lo absuelven…
–Tendré que hacerlo –dije con voz temblorosa. Si quedaba en libertad, quizá intentaría secuestrar a
mi hermano de nuevo. Y yo podía impedirlo. Yo era el agente–. No tengo elección.
Noah se sentó junto a mí con expresión triste.
–Siempre hay elección.
Durante unos minutos que parecieron horas, ninguno de los dos dijo nada. Permanecí sentada sobre la
dura piedra y su frío antinatural traspasó mis vaqueros y llegó hasta mi piel. No dejaba de dar vueltas a
la noche del derrumbamiento, hasta que las ideas y las imágenes se arremolinaron como un tornado.
Como un tornado. Claire y Rachel se vieron atrapadas por mi furia, que era demasiado explosiva,
demasiado descontrolada como para poder canalizarla.
Pero ese día la situación era distinta.
Cuando oímos abrirse las puertas a nuestras espaldas, nos levantamos inmediatamente al tiempo que
un tropel de gente inundaba los escalones del juzgado. Reporteros con micrófonos, cámaras, flashes,
personas con cámaras de vídeo, disparando sus molestas luces contra mi padre. Él encabezaba el grupo.
Tras él iba Lassiter, radiante. Triunfante. Una cólera fría corrió por mis venas cuando lo vi
aproximarse, seguido por los policías. Con las pistolas enfundadas. Y, en un segundo, lo supe. Supe
cómo mantener a todo el mundo a salvo a la vez que castigaba a Lassiter por lo que había intentado hacer.
Antes de que pudiera volver a hacer daño.
Mi padre se dirigió a un podio casi al lado de donde yo me encontraba, pero me hice a un lado y me
aparté de su campo de visión. Noah me agarró la mano, me la apretó, y yo no la retiré. No me importó.
Los micrófonos apuntaron a la cara de mi padre, en pugna por conseguir el mejor emplazamiento,
pero él mantuvo la calma.
–Hoy tengo muchas cosas que decir, como se pueden imaginar, supongo –comenzó mi padre, y se oyó
un murmullo de risas–. Pero los que en realidad han ganado han sido mi cliente, Michael Lassiter, y la
ciudad de Florida. Y como no puedo ceder el micrófono al pueblo de Florida, dejaré que sea Michael el
que les diga unas palabras.
Vi la pistola. El metal negro mate era liso, normal y corriente. No tenía un tacto especial al contacto
con las yemas de mis dedos. Las muescas de la culata me dejaban marcas en la piel. Casi parecía de
juguete.
Mi padre se apartó, echó a un lado su brillante cabeza, y Michael Lassiter ocupó su lugar. Yo estaba
justo detrás de él.
Su tacto me resultaba chocante; el peso, extraño y en cierto modo peligroso. Miré el cañón. No era
más que un agujero.
–Gracias, Marcus. –Lassiter sonrió y dio una palmada en el hombro a mi padre–. Soy hombre de
pocas palabras, pero quiero decir dos cosas. La primera, que estoy agradecido, muy agradecido, a mi
abogado Marcus Dyer.
Apunté con la pistola.
–Ha robado tiempo a su vida, a su esposa, a sus hijos, para que se hiciera justicia, y no estoy seguro
de si yo estaría aquí ahora mismo si no hubiera sido por él.
Mi campo de visión se tiñó de negro. Sentí unos brazos que me rodeaban, unos labios que me rozaban
el lóbulo de la oreja, pero no oí nada.
–En segundo lugar, quiero agradecer a los padres de Jordana…
Y entonces ocurrió la cosa más extraña del mundo: antes de que pudiese aparecer cualquier otra idea
en lo más recóndito de mi mente, alguien se puso a hacer palomitas de maíz allí mismo, delante del
juzgado. Pop, pop, pop, pop. El ruido era tan intenso que me vibraron los tímpanos. Luego me empezaron
a zumbar. Y solo entonces oí el griterío.
Unos instantes después conseguí volver a ver de nuevo; había cabezas inclinadas, escondidas y
metidas entre brazos y rodillas. La mano que había agarrado la mía había desaparecido.
–¡Suelte la pistola! –gritó alguien–. ¡Suelte la pistola!
Yo seguía de pie. Miré al frente, justo delante de mí, y vi un brazo pálido que apuntaba en mi
dirección. Con una pistola en la mano.
La pistola repiqueteó con un sonido metálico al caer sobre los escalones; la caída provocó una
oleada de gritos.
No reconocí a la mujer que tenía delante. Era mayor, tenía la cara roja y manchas en la piel y restos
de máscara de pestañas que resbalaban por sus mejillas. Su dedo me apuntaba como si me estuviera
acusando de algo.
Oí en mi interior la voz de Rachel, la voz de mi mejor amiga.
«¿Cómo me voy a morir?»
–Él la mató –dijo la mujer con voz tranquila–. Mató a mi pequeña.
Varios agentes de policía rodearon a la mujer y, con delicadeza y respeto, le pusieron las manos a la
espalda.
–Cheryl Palmer, tiene derecho a permanecer en silencio.
«La pieza describió un semicírculo sobre el tablero, pasó por delante de la A, de la K, y se arrastró
lentamente dejando atrás la L. Se detuvo delante de la M.»
–Cualquier cosa que diga puede ser y será utilizada en su contra en un tribunal de justicia.
«Se situó frente a la A.»
El sonido se desvaneció, y dejé de notar la presión en mi mano. Miré a mi lado, pero Noah no estaba
allí.
«La pieza se movió en zigzag por el tablero y le cortó la risa en seco. R.»
El pánico se apoderó de mí y amenazó con derribarme mientras lo buscaba con expresión de fiereza
en la mirada. A mi derecha se estaba desarrollando una actividad frenética: un equipo de sanitarios se
afanaba junto al cuerpo que yacía cubierto de sangre en los escalones del juzgado.
«La pieza retrocedió hacia la letra anterior. A.»
Noah estaba arrodillado junto a él. Mis rodillas estuvieron a punto de doblarse cuando vi que estaba
vivo. Me invadió una oleada de alivio, y di un paso para acercarme. Pero luego vi fugazmente el cuerpo
tumbado en el suelo. No era Michael Lassiter.

Era mi padre.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:55 pm

59
Una máquina situada a la izquierda de la cama de hospital de mi padre hacía bip, bip, bip, mientras que
a su derecha otra máquina emitía un sonido silbante. Una hora antes había estado bromeando, pero se
había vuelto a quedar dormido a causa de la medicación. Mi madre, Daniel, Joseph y Noah estaban
reunidos en torno a la cama.
Yo me había mantenido apartada. No había sitio para mí.
Hasta entonces nunca había sido consciente del momento exquisito en que mis pensamientos se
convertían en hechos. Pero ayer había presenciado el caos –el caos que yo había querido causar– y me
había quedado allí, de pie e impotente, mientras la sangre de mi padre se derramaba sobre los escalones
de mármol blanco. Una madre afligida había sido arrestada, arrebatada a su familia para ser recluida en
una cárcel. Pero ella no representaba un peligro para nadie.
Yo sí representaba un peligro para todo el mundo.
Un médico asomó la cabeza por la habitación.
–Señora Dyer, ¿podría hablar un momento con usted?
Mi madre se levantó y se sujetó el pelo detrás de la oreja. Había pasado la noche en el hospital, pero
por su cara parecía que llevara mil años allí dentro. Se acercó a la puerta junto a la cual yo permanecía
de pie y salió, rozándome la mano con la suya al pasar a mi lado. Me estremecí.
–Debo decirle, señora Dyer, que su marido es un hombre con suerte. –Las palabras del médico se
oyeron a través de la puerta abierta. Escuché con atención.
–Entonces, ¿se va a poner bien? –La voz de mi madre sonaba tan tensa que parecía a punto de
romperse. Se me llenaron los ojos de lágrimas.
–Se va a recuperar. Es un milagro que no se haya desangrado durante el trayecto al hospital –
manifestó el médico; oí cómo se escapaba un sollozo de la garganta de mi madre–. Jamás había visto
nada parecido en los años que llevo de profesión.
Rápidamente, dirigí una mirada a Noah. Estaba sentado junto a Joseph con la vista clavada en mi
padre y los ojos tristes y apagados. No buscaron los míos.
–¿Cuándo podrá irse a casa? –preguntó mi madre.
–Dentro de unos días. Se está recuperando muy bien de la herida de bala, en realidad solo lo
retenemos para que siga en observación. Para asegurarnos de que no tiene ninguna infección y que
continúa recuperándose. Como le he dicho, es un hombre con suerte.
–¿Y el señor Lassiter?
El médico bajó su tono de voz.
–Sigue inconsciente, probablemente sufra daños cerebrales de consideración. Quizá no llegue a
despertarse.
–Muchísimas gracias, doctor Tasker.
Mi madre volvió a entrar en la habitación sin hacer ruido y se dirigió a la cabecera de mi padre. La
contemplé mientras se incorporaba limpiamente a la escena y ocupaba el lugar que le correspondía.
Volví a echar otra mirada a mi familia. Conocía cada arruga del rostro de mi madre, cada sonrisa de
Joseph y cada cambio de expresión en los ojos de Daniel. Y también miré a mi padre; al rostro que me
había enseñado a montar en bicicleta, que me había animado cuando me daba demasiado miedo tirarme a
la parte más profunda de la piscina. El rostro que yo amaba. El rostro al que yo había defraudado.
Y también estaba Noah. El chico que había curado a mi padre pero no podía curarme a mí. Sin
embargo, lo había intentado. Ahora sabía que Noah era aquel al que siempre había esperado sin saberlo,
pero al que había decidido dejar marchar. Y había tomado la decisión equivocada.
Todas mis decisiones eran equivocadas. Todo lo que tocaba lo destruía. Si me quedaba, el siguiente
podía ser Daniel, o Joseph, o mi madre, o Noah. Pero no podía desaparecer por las buenas; con los
recursos de mi padre, me encontrarían en cuestión de horas.
Mi madre se sorbió la nariz y desvió mi atención hacia ella. Y entonces me di cuenta… de que se lo
podía contar. Podría contarle la verdad de lo que había hecho con Morales y el dueño de Mabel y en los
Everglades. Seguramente me ingresaría.
Pero ¿estaba mi sitio en un hospital mental? Conocía a mis padres; se asegurarían de que fuese a
algún lugar donde hubiera terapia a base de pintura y yoga e interminables charlas sobre mis
sentimientos. Y lo cierto era que yo no era una loca. Yo era una delincuente.
De repente, supe adónde debía ir.
Los miré una vez más. Me despedí de ellos sin palabras. Salí sigilosamente de la habitación de mi
padre justo en el momento en que la cabeza de Noah se giraba hacia mí. Deambulé por los pasillos
abriéndome camino entre enfermeros y celadores. Pasé por delante de la sala de espera, donde aún
quedaban algunos reporteros desde el día anterior. Pasé por delante de todo el mundo y fui derecha al
coche de Daniel, aparcado bajo una bandada de cuervos que se habían posado en las copas de un
pequeño grupo de árboles que había en el aparcamiento. Me subí al coche y giré la llave para ponerlo en
marcha. Conduje hasta llegar a la comisaría de Policía n.º 13 de Miami-Dade. Salí del coche, cerré la
puerta y subí las escaleras que conducían al edificio para confesarlo todo.
El detective Gadsen pareció sospechar de mí la última vez que habíamos hablado, y lo único que
tenía que hacer era confirmar que sus suposiciones eran ciertas. Le diría que había aplastado la cabeza al
dueño de Mabel. Que había robado el EpiPen de Morales. Era demasiado joven como para que me
mandaran a la cárcel, pero había muchas posibilidades de que terminara en un correccional. El plan no
era perfecto, pero era el más autodestructivo que se me ocurría, y necesitaba desesperadamente
autodestruirme.
No oía nada más que mi corazón latiendo acelerado mientras caminaba sobre el suelo de hormigón.
El sonido de mi respiración cuando daba los que serían mis últimos pasos en libertad. Entré en el
edificio, me dirigí a la recepción y le dije al agente que necesitaba ver al detective Gadsen.
No me fijé en la persona que estaba a mi espalda hasta que oí su voz.
–¿Me podría decir dónde puedo denunciar la desaparición de una persona? Creo que me he perdido.
Noté como si tuviera plomo en las piernas. Me giré.
Me miró desde debajo de la visera de la gorra de los Patriots que llevaba siempre y me sonrió. En su
muñeca relucía un Rolex de plata.
Era Jude.
Jude. En aquella comisaría. En Miami. Y a menos de dos metros de mí.
Cerré los ojos. No podía ser real. No era real. Eran alucinaciones mías, solo…
–Salga por esas puertas y después siga ese pasillo – indicó el poli. Abrí los ojos como platos y vi al
agente indicarle el camino–. La primera puerta a la izquierda –le señaló.
Desvié la mirada lentamente del policía hacia Jude a la vez que el miedo invadía mis venas y los
recuerdos, mi mente. El primer día de clase, cuando oí la risa de Jude y lo vi a poco más de diez metros
de mí. El restaurante de la Pequeña Habana, cuando lo vi aparecer en cuanto Noah se fue y antes de que
aquel chico llamado Alain ocupase su asiento.
¿La noche del baile de disfraces? ¿La puerta de casa abierta?
Destelló otro recuerdo: «Los investigadores están encontrando dificultades para localizar los restos
de Jude Lowe, de dieciocho años de edad, debido a que hay partes del conocido edificio que aún siguen
en pie, pero podrían derrumbarse en cualquier momento».
Era imposible. Imposible.
Jude levantó la mano para decir adiós al policía; su mirada se cruzó con la mía y su reloj se cruzó
con un rayo de sol que le arrancó un destello.
Mis labios hicieron intención de articular para pronunciar el nombre de Jude, pero no emití ningún
sonido.
Entonces apareció el detective Gadsen y dijo algo, pero su voz sonó amortiguada y no lo oí. Apenas
sentí la presión de su mano sobre mi brazo cuando intentó apartarme.
–Jude –susurré, porque él era lo único que veía. Se acercó a mí y su brazo rozó el mío ligeramente,
muy ligeramente, al pasar. Sentí como si me rompiera por dentro. Abrió las puertas. No miró atrás.
Intenté darle alcance cuando se cerraban las puertas, pero me di cuenta de que ni siquiera podía
tenerme en pie.
–¡Jude! –grité.
Unas manos fuertes me levantaron del suelo, me sujetaron, pero no me importó. Porque aun estando
como estaba, destrozada, y como una loca, tirada en el suelo, por primera vez desde aquella noche en el
psiquiátrico mi mayor problema no era que estuviese perdiendo la cabeza. Ni siquiera que fuese una
asesina.

Era que Jude seguía con vida.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:58 pm

bueno, así concluye nuestra primera lectura que termino ocupando dos meses  
la siguiente lectura se abrirá el 15 de enero para que todas tengamos tiempo de volver de vacaciones, y durante ese tiempo estará abierto el sondeo para escoger la siguiente lectura. 
un super abrazo a todas 


Notas
[1] En español en el original. 
[2] En español en el original. 
[3] En español en el original.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Miér Ene 14, 2015 8:10 pm

Hola chicas!!!! felices fiestas a todas    
como ya arrancamos año les cuento que mañana iniciaremos con nuestra segunda lectura del club que sera:
 The Evolution of Mara Dyer


espero que la disfruten 
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Jue Ene 15, 2015 2:56 pm

Sinopsis
Mara Dyer creyó que podía huir de su pasado.
No puede.
Solía pensar que sus problemas estaban en su cabeza.

No lo están.

No puede imaginar que después de todo por lo que ha pasado, el chico que ama aún le guarde secretos.
Se equivoca.
En la secuela de The Unbecoming of Mara Dyer, la verdad evoluciona y las elecciones pueden resultar mortales. ¿Qué será lo siguiente de Mara Dyer?
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Jue Ene 15, 2015 2:58 pm

“¿Podemos convertirnos en algo diferente a lo que somos?”
—Marqués de Sade, Justine


Prefacio



Lo amarás hasta destruirlo.

Las palabras resonaban en mi mente mientras corría a través de las
aglomeraciones de gente riendo. Luces parpadeantes y gritos de alegría
manaban en un derroche de color y sonido. Sabía que Noah estaba detrás
de mí. Sabía que iba a alcanzarme. Pero mis pies trataban de hacer lo que mi corazón no podía; trataban de dejarlo atrás.
Finalmente me quedé sin aliento bajo un payaso con mirada lasciva que apuntaba a la entrada de la Casa de los Espejos. Noah me alcanzó fácilmente. Me volví hacia él y me quedé allí, con mi muñeca en su agarre, mis mejillas mojadas por las lágrimas y mi corazón destrozado por esas palabras.
Si realmente lo amaba, dijo ella, lo dejaría ir.
Desearía amarlo lo suficiente.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Jue Ene 15, 2015 3:06 pm

1
Lillian & Alfred Rice
Unidad Psiquiátrica

Miami, Florida


Me desperté en la mañana de algún día en algún hospital para encontrar a
una extraña sentada en mi habitación.

Me incorporé con cuidado —mi hombro me dolía— y estudié a la extraña.
Tenía cabello castaño oscuro que se desteñía en gris en las raíces, y ojos color
avellana con patas de gallo en las esquinas. Me sonrió y toda su cara se movió.
—Buenos días, Mara —dijo ella.
—Buenos días —respondí. Mi voz era baja y ronca. No sonaba como la mía.
—¿Sabes dónde estás?
Ella, obviamente, no se dio cuenta que el directorio del edificio estaba situado
justo fuera de la ventana detrás de ella, y que desde la cama, tenía una visión clara.
—Estoy en la Unidad Psiquiátrica Lillian & Alfred Rice. —Aparentemente.
—¿Sabes quién soy?
No tenía idea, pero traté de no demostrarlo; ella no me habría preguntado si no nos habíamos conocido, y si nos habíamos conocido, debería recordarla.
—Sí —mentí.
—¿Cuál es mi nombre?
Maldita sea. Mi pecho subió y bajó rápidamente con mi respiración.
—Soy la Dra. West —dijo de manera uniforme. Su voz era cálida y cordial, pero no del todo familiar—. Nos conocimos ayer, cuando fuiste traída por tus padres y un detective con el nombre de Vincent Gadsen.

Ayer.
—¿Te acuerdas?
Recordaba haber visto a mi padre yaciendo pálido y herido en una cama de
hospital después de ser baleado por la madre de una niña asesinada.
Recordaba que fui la persona que la hizo hacerlo.
Recordaba ir a la comisaría de policía a confesar el haberle robado la EpiPen(1) a mi maestra y soltar hormigas de fuego en su escritorio, lo cual fue la causa de que muriera de un shock anafiláctico.
Recordaba que no era cierto, solo una mentira con la que alimentaría a la policía para que me impidieran hacerle daño a alguien a quien amaba de nuevo. Debido a que no iban a creer que deseé que mi maestra muriera y que no mucho tiempo después, ella murió. Ahogada hasta morir por una lengua inflamada, tal y como imaginé que lo haría.
Recordaba que antes de que pudiera decirle a alguien algo de esto, vi a Jude en la Comisaría Decimotercera del Departamento de Policía de Metro Dade. Viéndose muy vivo.
Pero no recordaba venir al hospital. No recordaba haber sido traída. Después de que Jude apareció, no recordaba nada más.
—Fuiste ingresada ayer por la tarde —dijo la extraña, la Dra. West—. El detective
llamó a tus padres cuando no pudieron conseguir que dejaras de gritar.
Cerré los ojos y vi el rostro de Jude mientras caminaba a mi lado. Rozándome al
pasar junto a mí. Sonriéndome. La memoria manchó el reverso de mis párpados, y
los abrí rápidamente, sólo para ver otra cosa.
—Les dijiste que tu novio, Jude Lowe, a quien creías muerto en el derrumbe de un
edificio en diciembre, está vivo.
—Ex —dije en voz baja, luchando por mantener la calma.
—¿Perdón?
—Ex-novio.
La Dra. West inclinó la cabeza ligeramente y empleó su expresión cuidadosamente
neutral de psicóloga, una que reconocí bien ya que la había visto muchas veces en
mi madre psicóloga. Sobre todo en los últimos meses.
—Dijiste que tú causaste que el manicomio abandonado en Rhode Island se
derrumbara, aplastando a tu mejor amiga, Rachel, y a la hermana de Jude, Claire,
en el interior. Dijiste que Jude te atacó sexualmente, que fue por lo que trataste de
matarlo. Y dijiste que él sobrevivió. Dijiste que está aquí.
Ella estaba perfectamente serena mientras hablaba, lo que aumentó mi pánico.
Esas palabras en su boca parecían una locura, a pesar de que eran ciertas. Y si la
Dra. West lo sabía, también lo hacía…
—Tu madre te trajo aquí para una evaluación.
Mi madre. Mi familia. Ellos se habrían enterado de la verdad también, a pesar de
que no había planeado contárselas. A pesar de que no recordaba haberla contado.
Y esto fue a lo que eso me llevó.
—No comenzamos ayer porque estabas sedada.
Mis dedos vagaron por mi brazo, debajo de la manga corta de mi camiseta blanca.
Había una curita en mi piel, cubriendo el que debe haber sido el lugar de la
inyección.
—¿Dónde está? —pregunté, arrancándome la curita.
—¿Dónde está quién?
—Mi madre. —Mis ojos escanearon el pasillo a través del cristal, pero no la vi. El
pasillo parecía vacío. Si tan solo pudiera hablar con ella, tal vez podría explicarle.
—Ella no está aquí.
Eso no sonaba como mi madre. No había dejado mi lado ni una vez cuando estuve
ingresada en el hospital después de que el manicomio se derrumbó. Así se lo dije a
la Dra. West.
—¿Te gustaría verla?
—Sí.
—Está bien, podemos ver si podemos resolver eso más tarde.
Su tono de voz lo hizo sonar como que sería una recompensa por buen
comportamiento, y eso no me gustó. Balanceé mis piernas sobre la cama y me
puse de pie. Llevaba pantalones de cordón, no los jeans que recordaba tener la
última vez. Mi madre debió haberlos traído de casa. Alguien debió haberme
cambiado. Tragué saliva.
—Creo que quiero verla ahora.
La Dra. West se puso de pie también.
—Mara, ella no está aquí.
—Entonces iré a buscarla —dije, y comencé a buscar mis Chucks. Me agaché para
mirar debajo de la cama, pero no estaban allí.
—¿Dónde están mis zapatos? —pregunté, todavía agachada.
—Tuvimos que llevárnoslos.
Me levanté entonces, y la enfrenté.
—¿Por qué?
—Tenían agujetas.
Mis ojos se estrecharon.
—¿Y?
—Fuiste traída aquí porque tu madre pensó que podrías ser un peligro para ti
misma y los demás.
—Realmente necesito hablar con ella —dije entonces, luchando por mantener mi
voz uniforme. Me mordí con fuerza el labio inferior.
—Vas a ser capaz de hacerlo.
—¿Cuándo?
—Bueno, me gustaría que hablaras con alguien primero, y que un médico venga,
sólo para asegurarse de que estás…
—¿Y si no quiero?
La Dra. West se limitó a mirarme. Su expresión era triste.
Mi garganta quería cerrarse.
—No puede retenerme aquí a menos de que yo dé mi consentimiento —logré
decir. Sabía mucho, al menos. Era hija de un abogado y tenía diecisiete años. No
podían mantenerme aquí si no quería ser mantenida. A menos de que…
—Estabas gritando e histérica y te resbalaste. Cuando una de nuestras enfermeras
trató de ayudarte, le diste un puñetazo.
No.
—Se convirtió en una situación de emergencia, por lo que conforme a la Ley Baker,
tus padres fueron capaces de dar su consentimiento por ti.
Susurré para no gritar.
—¿Qué está diciendo?
—Lo siento, pero has sido recluida contra tu voluntad.
(1)EpiPen: Una inyección que se utiliza para tratar reacciones alérgicas severas.
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