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La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Mar Nov 25, 2014 11:41 am

15
            Hice acopio de toda la voluntad de que fui capaz y salí del coche. Le dije adiós con la mano sin mucho  entusiasmo mientras cerraba la puerta. Contesté al teléfono.
            –¿Sí?
            –¡Mara! ¿Dónde estás? –La voz de mi madre sonaba histérica.
            Giré la llave de contacto del coche de Daniel y eché una mirada rápida al reloj. Era tardísimo. Fatal.
            –Ya estoy yendo a casa. –Hice chirriar los neumáticos al dar marcha atrás, y estuve a punto de chocar
            contra el coche que estaba aparcado detrás.
            –¿Dónde has estado? –preguntó mi madre.
            Estaba contando cada nanosegundo que yo tardaba en contestar, así que le dije la verdad.
            –Me encontré cerca del colegio una perra famélica que estaba en muy malas condiciones, así que tuve que llevarla al veterinario.
            Hala, ya estaba.
            Se produjo un silencio al otro lado de la línea, hasta que por fin preguntó:
            –¿Y ahora dónde está?
            Algún imbécil que iba detrás de mí tocó el claxon cuando estaba girando para entrar en la autovía.
            –¿Dónde está el qué?
            –La perra, Mara.
            –Sigue en la clínica.
            –¿Y con qué has pagado?
            –No he pagado nada; me vio un compañero de clase y me llevó a la clínica donde trabaja su madre, que es veterinaria, y nos atendió gratis.
            –Ah, muy oportuno. –Ahí estaba de nuevo; ese tono de voz. Lo conocía perfectamente, y a fondo. No respondí. Ya hablaremos cuando llegues –dijo mi madre. Muy cortante.
            No es que me muriera de ganas de llegar, pero en cuanto tuve ocasión pisé el acelerador a tope. Me  arriesgué a que me parase la poli, y pasé de ciento cuarenta cuando pude. Cambiaba de un carril a otro a  cada momento. No hice caso de las bocinas furiosas. Miami me estaba contagiando.
            Poco después estaba enfilando el camino de entrada a casa. Entré sigilosamente, como un criminal, con la esperanza de escabullirme y meterme en mi cuarto sin que me vieran, pero mi madre estaba  estratégicamente apostada en el brazo del sofá en la sala, que estaba a un nivel algo más bajo. Estaba esperándome. Ninguno de mis hermanos se encontraba a la vista ni se les oía. Qué desgraciados.
            –Tenemos que hablar. –Su expresión era artificialmente tranquila. Me preparé para el ataque que se me venía encima.
            –Tienes que contestar al teléfono cuando te llame. Siempre.
            –La primera vez no me di cuenta de que eras tú. No reconocí el número.
            –Es el número de mi consulta, Mara. Te dije que lo guardaras en la memoria del móvil en cuanto nos vinimos a vivir aquí, y además te dejé un mensaje de voz.
            –No tuve tiempo de escucharlo. Lo siento.
            Mi madre se inclinó hacia delante y sus ojos escudriñaron mi rostro.
            –¿De verdad existe la perra?
            Le devolví la mirada sin pestañear, desafiante.
            –Sí.
            –Entonces, si llamo a la clínica veterinaria mañana por la mañana y les pregunto, ¿me lo confirmarán?
            –¿No te fías de mí?
            Mi madre no contestó. Se quedó allí sentada, con las cejas arqueadas y esperando que dijera algo.
            Apreté los dientes, y luego hablé.
            –La veterinaria se llama doctora Shaw, y la clínica está en Miami Beach, cerca del colegio –le dije–.  No me acuerdo del nombre de la calle.
            Su expresión no cambió.
            Yo ya estaba harta.
            –Me voy a mi habitación –dije. Cuando le volví la espalda, dejó que me fuese.
            Cerré la puerta algo demasiado fuerte. Encerrada en mi cuarto, no podía postergar más ponerme a pensar en todo lo que había ocurrido ese día. Noah. Mabel. El dueño. Su muerte.
            Algo estaba cambiando. Tenía la frente cubierta de gotitas de sudor, aunque sabía que era imposible.
            Era imposible. Yo estaba en clase a las nueve de la mañana cuando murió el gañán. Tenía que haber  muerto antes. El forense estaba equivocado. Aunque no fuese más que una suposición, como él mismo  había dicho.
            Exactamente, eso había sido. Me había imaginado mi conversación con él. Me había parecido que se  había acercado demasiado sigilosamente, pero jamás se me acercó. Ya estaba muerto. Todo el episodio
            no había sido más que otra alucinación; como era de esperar, por otra parte, teniendo en cuenta mi trastorno de estrés postraumático.
  Pero aun así. Lo de hoy era… distinto. La confirmación de que estaba más loca de lo que yo pensaba
            que podía llegar a estar. Mi madre trabajaba con los que solo tenían un ligero trastorno. El mío era un trastorno delirante. Anormal. Psicótico.
 Cuando aquella noche me senté a cenar con mi familia, me sentí extraña y preocupantemente tranquila  mientras comía, como si lo estuviese presenciando todo a distancia. Hasta logré ser amable con mi madre. En cierto modo, lo de estar convencida de mi enajenación era tranquilizador, pero de una extraña  manera. El capullo aquel había muerto antes de que nos encontrásemos esa mañana. No, un momento…   jamás llegamos a encontrarnos. Me inventé que habíamos mantenido una conversación para adquirir  cierto dominio sobre una situación ante la cual me veía impotente; eran las típicas palabras de mi madre;  pero más o menos tenían sentido. Cuando salí del hospital, dijo, me veía impotente para volver a traer a  Rachel a mi lado. Justo antes de mencionar –de meter a la fuerza en la conversación– la idea de acudir a  terapia o tomar una medicación que me ayudaran a sobrellevarlo. Y por supuesto ahora me sentía  impotente para irme de Florida y volver a mi casa. Pero una perra famélica, desatendida y desamparada era algo que sí podía solucionar.
            Así que era eso. Estaba loca con toda seguridad. Pero entonces, ¿por qué me parecía que había algo más? ¿Me había perdido algo?
            La risa de mi madre durante la cena me devolvió al mundo real. Su cara entera se iluminaba cuando sonreía, y me sentí culpable por haberla puesto tan nerviosa.
            Decidí no contarle nada sobre mi pequeña aventura de aquella mañana; si me prestaba más atención, terminaría por convertirse en el ojo rojo de Sauron. Y seguiría adelante con su amenaza de terapia o medicación. Ninguna de las dos opciones sonaba particularmente atractiva y, la verdad, ahora que ya sabía lo que me ocurría, me sentía capaz de lidiar con ello yo sola.

            Hasta que me quedé dormida.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:03 pm

16
 Metimos el coche por un largo camino de entrada que se extendía tras una verja de hierro oxidado.
 Gruesas ramas de árboles sin hojas se arqueaban sobre el coche y arañaban el techo. Las únicas luces en
 la carretera silenciosa eran los faros. A pesar de la calefacción, yo estaba temblando.
 Jude me rodeó con su brazo y puso música de Death Cab. Miré por la ventanilla. Los faros del coche
 iluminaron un coche parado con el motor en marcha, que se encontraba a poco más de cinco metros y que
 inmediatamente reconocí como el de Claire. El cristal estaba empañado y apagó el motor en cuanto
 aparcamos. Alargué la mano hacia la puerta y Jude hizo lo propio con mi cintura. Apreté los dientes. Ya
 me encontraba al límite, y no tenía ganas de volver a rechazarlo otra vez aquella noche.
 Me escabullí con un giro.
 –Nos están esperando.
 No quería dejarme salir.
 –¿Seguro que estás preparada? –Parecía escéptico.
 –Pues claro –mentí. Sonreí para dar más énfasis a mis palabras.
 –Porque si quieres podemos dar la vuelta y marcharnos.
 No puedo negar que su sugerencia me pareció tentadora. Con un frío tan espantoso, las mantas
 calentitas normalmente le ganan la partida a las excursiones a medianoche.
 Pero aquella noche era diferente. Rachel llevaba un año suplicándome que lo hiciésemos. Y ahora
 que se había ganado a Claire para su causa, mi neurosis podía hacerme perder a mi mejor amiga.
 Así que en lugar de decir que sí, un sí rotundo, alcé los ojos al cielo con gesto de fastidio.
 –Te dije que iba a ir. Y voy a ir.
 –O también podemos quedarnos aquí. –Jude intentó atraerme hacia él, pero giré la cabeza y se
 encontró con mi mejilla.
 –¿Es que quieres irte tú? –pregunté, a pesar de que sabía la respuesta.
 Jude se apartó, ofendido.
 –Yo ya he hecho esto antes. No es más que un viejo edificio. Tampoco es para tanto.
 Salió del coche y lo seguí. Después no iba a haber quien lo aguantase, pero merecía la pena. Solo
 llevábamos saliendo dos meses, y lo cierto es que durante el primero me gustaba de verdad. ¿Y a quién
 no? Era la viva imagen del típico chico sano americano. Pelo rubio oscuro y ojos verdes, como Claire.
 Hombros anchos, de defensa del equipo de fútbol. Y era tan dulce… Dulce como la miel. El primer mes.
 ¿Y últimamente? No tanto.
 La puerta del acompañante del coche de Claire se cerró de un golpe y Rachel corrió a saludarme con
 su melena oscura al viento.
 –¡Mara! Qué alegría que hayas venido. Claire creyó que te ibas a rajar en el último momento. –Me
 abrazó.
 Eché una mirada a Claire, que aún estaba encogida junto al coche para protegerse del frío. Entornó
 los ojos ligeramente como respuesta. Tenía cara de decepción y de pocos amigos, probablemente porque
 tenía la esperanza de que al final yo no apareciese.
 Erguí la cabeza.
 –¿Y perderme la oportunidad de pasar la noche en este prestigioso hospital psiquiátrico? Ni loca. –
 Puse el brazo sobre el hombro de Rachel y le sonreí. Luego miré a Claire provocadora.
 –¿Por qué habéis tardado tanto? –preguntó Claire.
 Jude se encogió de hombros.
 –Mara se quedó dormida.
 Claire esbozó una sonrisa gélida.
 –¿Por qué será que no me sorprende?
 Abrí la boca para decir algo desagradable, pero Rachel me agarró la mano, que se me había quedado
 congelada en los escasos minutos que llevaba fuera del coche, y se me adelantó.
 –Qué más da, el caso es que ya está aquí. Lo vamos a pasar genial, te lo prometo.
 Alcé la vista hacia el majestuoso edifico gótico que se erguía ante nosotros. Genial. Sí, seguro.
 Jude se echó aliento en las manos y se puso los guantes. Me armé de valor para afrontar el rollo de
 noche que nos esperaba. Podía hacerlo. Quería hacerlo. Claire se había burlado de mí por montar el
 numerito en el cumpleaños de Rachel, pero no le iba a dar más motivos. Ya estaba harta de oír hablar del
 incidente de la güija. Después de aquella noche, ya no tendría que volver a escuchar nada más.
 Mientras contemplaba el edificio, el miedo comenzó a correr a raudales por mis venas. Rachel sacó
 la cámara del bolsillo y abrió el obturador; luego cogió mi mano derecha mientras Jude se colocaba al
 otro lado para asirme la izquierda. Sin embargo, ni la compañía ni el contacto físico consiguieron que lo
 que estábamos a punto de hacer me pareciese menos terrorífico. Pero ni en sueños iba a perder los
 papeles delante de Claire.
 Claire sacó su cámara de vídeo de la mochila y se la colgó al hombro. Comenzó a andar hacia el
 edificio y Rachel la siguió sin soltarme la mano. Llegamos hasta una verja destartalada con varios
 carteles de «PROHIBIDO EL PASO » clavados a lo largo de toda la superficie de la deteriorada madera, y
 miré instintivamente a la siniestra institución que se alzaba ante mí y se cernía sobre nosotros como
 salida de un relato de Edgar Alan Poe. La arquitectura del Hospital Estatal para Enfermos Mentales
 Tamerlane era imponente, y resultaba aún más lóbrega por la hiedra que trepaba serpenteante por la
 escalera de entrada y las enormes paredes de ladrillo. Las fachadas con sus ventanas de piedra estaban
 casi comenzando a desmoronarse por efecto del deterioro.
 El plan era pasar la noche en el edificio abandonado y volver a casa al amanecer. Rachel y Claire
 querían explorarlo a fondo e intentar encontrar el ala de los niños y las salas donde se administraba
 terapia de choque. Según los cánones de la literatura de terror, aseguraba Rachel, esas serían las
 habitaciones que con más probabilidad contarían con alguna presencia paranormal, y ella y Claire tenían
 la intención de documentar nuestra aventura para la posteridad. Apasionante.
 Jude comenzó a andar a paso lento y se situó a mi lado, y lo cierto es que agradecí su presencia
 mientras Claire y Rachel trepaban por la verja de madera carcomida para saltar al otro lado. Luego me
 tocó a mí. Jude me aupó, pero yo vacilé mientras me aferraba a la frágil madera. Tras unas palabras de
 ánimo, finalmente logré encaramarme con su ayuda. Caí de pie sobre un crujiente montón de hojas secas.

 La manera más fácil de acceder al edificio era por el sótano.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:04 pm

17
 Sabía que Rachel quería ir al psiquiátrico. Pero no recordé por qué había accedido a ir yo también hasta
 la noche siguiente a la muerte del pedazo de mierda del dueño de Mabel.
 El sábado intenté prepararme para soñar más, recordar más… visualizar su muerte. Me metí
 temblando entre las sábanas y me debatí entre querer o no querer verla de nuevo. Y la vi, pero se repitió
 el mismo sueño. Y tampoco hubo nada nuevo el domingo por la noche.
 El hecho de recordar era un buen síntoma. Se estaba produciendo con lentitud, pero al menos se
 estaba produciendo. Y sin psicólogos ni fármacos psicotrópicos que alterasen la mente. Estaba claro que
 la mía ya estaba suficientemente alterada.
 Casi me alegré de haber encontrado a Mabel y así tener algo por lo que preocuparme y poder
 abstraerme durante el fin de semana; aunque no tuve valor para intentar averiguar el número de teléfono
 de Noah. El lunes pensaba preguntarle en clase de inglés cómo se encontraba la perra; pero cuando llegué
 él no estaba.
 En vez de escuchar, mi mente y mi lápiz vagaron sin rumbo y a la deriva por el cuaderno mientras la
 señorita Leib recogía nuestros trabajos y nos explicaba la diferencia entre los héroes y antihéroes de las
 tragedias. Cada vez que un alumno entraba o salía del aula volvía la vista hacia la puerta con la
 esperanza de que Noah llegase antes de que sonara el timbre. Pero no llegó.
 Cuando acabó la clase, miré mi dibujo antes de cerrar el libro y meterlo en mi bolsa.
 Los ojos color gris antracita de Noah me miraban entornados desde el papel, con la cabeza inclinada
 hacia atrás y las arruguitas del contorno de sus ojos marcadas por la risa. Se rozaba el labio superior con
 el pulgar, con la mano ni abierta ni cerrada junto a su boca, que dibujaba una sonrisa radiante. Se reía
 con una expresión casi tímida. La piel clara de su frente aparecía suave, relajada y risueña.
 Se me hizo un nudo en el estómago. Pasé a la hoja anterior y me di cuenta horrorizada de que había
 trazado a la perfección el perfil elegante de Noah, desde sus mejillas hasta la leve prominencia de su
 nariz clásica. Y en la página anterior a aquella, sus ojos me devolvieron la mirada, distante e inaccesible.
 Me dio miedo seguir mirando hojas. Necesitaba ayuda con urgencia.
 Metí el cuaderno en la bolsa de cualquier manera y eché una mirada furtiva con la esperanza de que
 nadie me hubiese visto. Estaba a medio camino hacia la clase de álgebra cuando noté un ligero golpecito
 en la espalda. Pero cuando me giré, no había nadie detrás de mí. Moví la cabeza. De pronto me sentí
 extraña, como si estuviese flotando y formara parte del sueño de otra persona.
 Cuando llegué al aula del señor Walsh solo oí risas a mi alrededor. Algunos chicos silbaron cuando
 entré. ¿Quizá porque por fin llevaba el uniforme del colegio? No lo sabía. Algo estaba pasando, pero no
 entendía qué. Me temblaban las manos, así que cerré los puños cuando me senté en el pupitre que había
 junto al que ocupaba Jamie. Fue entonces cuando noté el crujido de un papel que se arrugaba detrás de
 mí. El crujido de un papel que llevaba pegado a la espalda.
 O sea, que era verdad que alguien me había tocado la espalda. Al menos, aquello no había sido una
 alucinación. Alargué la mano y despegué el papel, en el que se leía la palabra «PUTÓN» escrita en una
 hoja arrancada de un cuaderno. Entonces las risitas discretas estallaron y se convirtieron en carcajadas.
 Jamie alzó la vista, desconcertado, y yo me puse colorada como un tomate al tiempo que arrugaba la hoja.
 Anna se reía como una loca con la cabeza echada hacia atrás.
 Sin pensar en lo que hacía, abrí el puño y coloqué la bola de papel arrugado sobre la palma de la
 mano.
 Y luego se la tiré a la cara.
 –Ingeniosa –dije al mismo tiempo que la bola daba en el blanco.
 Las mejillas bronceadas de Anna enrojecieron en un primer momento, y luego se le marcó una vena
 en la frente. Abrió la boca para insultarme, pero el señor Walsh la cortó antes de que le diese tiempo.
 Punto para mí.
 Jamie sonrió y me dio unas palmaditas en el hombro en cuanto terminó la clase.
 –Buena jugada, Mara.
 –Gracias.
 Aiden empujó a Jamie cuando se dirigía a la puerta, lo que causó que se golpease el hombro contra el
 marco. Se volvió hacia él antes de salir del aula.
 –¿Es que no tienes un jardín que cuidar?
 Jamie lo siguió con la vista y se frotó el hombro.
 –Necesita que alguien le clave un puñal en el ojo –murmuró cuando Aiden ya se había ido–. Bueno.
 Gilipollas aparte, ¿qué tal te ha ido en tu primera semana?
 Ah, pues lo normal. Vi un tío muerto. Se me estaba yendo la cabeza. Nada nuevo.
 –No mal del todo.
 Jamie hizo un gesto de asentimiento.
 –Un gran cambio respecto a tu antiguo colegio, ¿no?
 Cuando me preguntó aquello, la silueta inmóvil de Rachel se materializó en mi mente.
 –¿Tanto se me nota?
 –Llevas la impronta de la escuela pública escrita de arriba abajo.
 –Vaya, muchas gracias.
 –Eh, que es un piropo. Me he pasado la mayor parte de mi vida sentado en clase con estos mamones.
 No es una cosa de la que uno pueda sentirse orgulloso. Créeme.
 –¿Te refieres a ir a un colegio privado o a ir a Croyden? –le pregunté mientras nos dirigíamos a las
 taquillas.
 –Por lo que me han contado mis amigos que van a otros centros, creo que este nivel de gilipollez es
 específico de Croyden. Fíjate en Anna, por ejemplo. Tiene un coeficiente intelectual solo ligeramente
 superior al de un cadáver y sin embargo contamina la clase de álgebra II con su estupidez.
 Decidí no comentar que seguramente yo había tenido los mismos problemas que ella con los deberes.
 –La cantidad de dinero que tus padres donan es directamente proporcional a la lata que te dejan dar
 sin que te pase nada –dijo Jamie mientras dejaba los libros y sacaba los de la clase siguiente. Cuando una
 sombra se interpuso entre nosotros y la luz del sol de mediodía que entraba por la ventana, alcé la vista.
 Era Noah. Como siempre, llevaba desabrochado el primer botón de la camisa, las mangas
 remangadas, y ese día llevaba una estrechísima corbata de punto aflojada en torno al cuello. Me fijé
 inmediatamente en el cordón negro que llevaba colgado y que se veía bajo el cuello abierto de la camisa.
 Le quedaba bien. Le quedaba genial, a pesar de las sombras que oscurecían su piel justo debajo de los
 ojos. Vi que tenía el pelo en su habitual estado caótico cuando se pasó la mano por el mentón. Cuando me
 pilló mirándolo, me puse colorada. Él puso sonrisa de suficiencia. Luego se alejó sin decir una palabra.
 –Así es como empieza –suspiró Jamie.
 –Cállate. –Me giré para que no notase el tono más intenso de rojo que estaba adquiriendo.
 –Si no fuese tan cretino, aplaudiría –dijo Jamie–. Se podría encender un fuego con las chispas que
 saltan entre vosotros dos.
 –Estás confundiendo la animosidad amarga con el aprecio sincero –le dije; pero cuando pensé en la
 semana anterior y en cómo se había portado Noah con Mabel, no me sentí nada segura de tener razón.
 Jamie respondió con un triste movimiento de cabeza.
 –Solo es cuestión de tiempo.
 Le lancé una mirada asesina.
 –¿El qué?
 –Que emprendas el paseo de la vergüenza al salir de su antro de perdición.
 –Gracias por tener esa opinión de mí.
 –No es culpa tuya, Mara. Las chicas no pueden evitar volverse locas por Shaw, especialmente en un
 caso como el tuyo.
 –¿Un caso como el mío?
 –Está claro que Noah está colado por ti –dijo Jamie con un tono que rezumaba sarcasmo. Cerró su
 taquilla con llave y yo volví la espalda para irme. Jamie me siguió–. Y a nadie le amarga un dulce.
 Lo miré por encima del hombro con una sonrisa de suficiencia.
 –En cualquier caso, ¿qué pasa con él, exactamente?
 –¿Además de que por prestarte atención ha provocado que Anna esté dispuesta a lanzarte toda su
 artillería pesada, quieres decir?
 –Además de eso.
 Escogió sus palabras con cuidado mientras caminábamos hacia las mesas de picnic, atajando entre
 los parterres de flores y haciendo crujir la tierra bajo nuestros pies.
 –Noah no es de los que sale con una chica. Lo que hará será joderte, tanto en sentido literal como
 figurado. Todo el mundo lo sabe (sus conquistas lo saben), pero fingen que no les importa hasta que se
 acerca a la siguiente. Y entonces se quedan solas y con la reputación por los suelos. Anna es el mejor
 ejemplo; pero no es más que una de tantas. Me contaron que una chica de segundo de bachillerato de
 Walden intentó suicidarse después de que… Bueno, después de que él consiguiera lo que quería y se
 quedara a gusto, nunca mejor dicho, y no la volviera a llamar.
 –Bueno, parece una reacción un poco exagerada por parte de ella.
 –Quizá, pero no me gustaría que te pasara a ti –dijo Jamie; yo fruncí el ceño–. Ya tienes bastante con
 lo que tienes –añadió con una sonrisa de oreja a oreja.
 Se la devolví.
 –Qué magnánimo.
 –De nada. Date por advertida. Que te vaya muy bien.
 Cambié de hombro la cartera de los libros.
 –Gracias por decírmelo –le dije a Jamie–. No me interesa nada, pero está bien saberlo.
 Jamie movió la cabeza.
 –Ajá. Cuando todo haya terminado y estés con el corazón roto y escuchando música triste de esa con
 la que te dan ganas de suicidarte, recuerda que te lo dije.
 Se fue y me dejó a la puerta de la clase de historia. Palabras sabias, pero que olvidé al momento ante
 la perspectiva de la siguiente clase.
 A la hora de comer volví a intentar sacar alguna chorrada de la máquina expendedora. Estaba
 revolviendo en mi bolsa buscando cambio, cuando oí unos pasos que se acercaban. Por alguna extraña
 razón no quise girarme para ver quién era.
 Noah se puso a mi lado y me rozó el hombro cuando echó un dólar en la máquina. Me hice a un lado
 para quitarme de en medio.
 –¿Qué saco? –preguntó.
 –¿Qué quieres?
 Me miró e inclinó la cabeza, y una de las comisuras de sus labios esbozó una sonrisa.
 –Esa pregunta es un poco complicada.
 –Galletas de animales, entonces.
 Me dio la impresión de que se quedaba un poco sorprendido, pero en cualquier caso apretó la tecla
 E4 y la máquina obedeció. Me dio el paquete de galletas. Yo se lo devolví, pero puso las manos detrás
 de la espalda.
 –Quédate con ellas –me dijo.
 –Puedo comprármelas yo misma, gracias.
 –No me importa –respondió.
 –Qué sorpresa –dije–. Por cierto, ¿cómo está Mabel? Quería preguntarte esta mañana, pero no
 estabas en clase.
 Noah me miró con rostro inexpresivo.
 –Tenía un compromiso previo. Y sigue resistiendo. Pero de momento no se va a mover de allí.
 Quienquiera que la dejara llegar a ese estado merece una muerte lenta y dolorosa.
 Me sentí mareada de repente y tragué saliva con dificultad antes de hablar.
 –Dale las gracias de nuevo a tu madre por cuidar de ella –dije al tiempo que procuraba vencer la
 sensación de mareo y me dirigía a una de las mesas de picnic. Me senté encima del tablero rayado y abrí
 el paquete de galletas. Quizá lo único que necesitaba era comer algo–. Se portó genial. –Le arranqué la
 cabeza a un elefante de un mordisco–. Avísame cuando pueda ir a recogerla.
 –Lo haré. –Noah se acercó de dos zancadas a la mesa, se sentó a mi lado y se reclinó hacia atrás
 apoyado sobre los brazos, pero mantuvo la mirada al frente. Yo seguí mordisqueando las galletas en
 silencio junto a él.
 –Sal a comer conmigo este fin de semana –dijo de repente.
 Casi me atraganto.
 –¿Me estás pidiendo que salga contigo?
 Noah abrió la boca para responder justo en el momento en que un grupo de chicas mayores salía en
 tropel por la puerta que había detrás de la escalera contra incendios. Al verlo, redujeron el paso, pasaron
 por delante de nosotros pavoneándose, y dejaron tras ellas la estela de un «Hola, Noah» pronunciado a
 coro. Noah simuló no hacer caso, pero lo traicionó inmediatamente un ligerísimo atisbo de sonrisa que
 comenzó a asomar en las comisuras de sus labios.
 Esa era justo la advertencia que yo necesitaba.
 –Gracias por la invitación, pero me temo que no puedo aceptarla.
 –¿Ya tienes planes? –Su tono de voz dejó entrever que lo único que quería era oír qué excusa le daba.
 Le concedí su deseo.
 –Sí, una cita con toda la mierda que me he perdido en clase –dije, y a continuación traté de
 tranquilizarme–. Por lo de haber llegado con el curso empezado y esas cosas.
 No quería hablar de ello en aquel momento. Sobre todo no quería hablarlo con él.
 –La nota de los exámenes trimestrales cuenta un veinte por ciento para la nota final, y no puedo
 permitirme el lujo de echarla a perder.
 –Puedo ayudarte con los estudios –dijo Noah.
 Lo miré. Las pestañas oscuras que enmarcaban sus ojos de color azul grisáceo no me ayudaban nada a
 salir airosa de la situación. Ni la sonrisa levemente maliciosa que se dibujó en su cara. Me giré y miré
 hacia otro lado.
 –Estudio mejor sola.
 –No creo que eso sea cierto –dijo.
 –No me conoces lo suficiente como para hacer esa afirmación.
 –Pues solucionémoslo –dijo con total naturalidad. Continuó con la mirada fija al frente y unos
 mechones de su cabello despeinado sobre los ojos.
 Estaba acabando conmigo.
 –Escucha, Shaw…
 –Ah, así que ahora empezamos con la tontería esa de llamarme por el apellido, ¿eh?
 –Muy gracioso. Pídeselo a otra.
 –No quiero pedírselo a otra. Y en realidad tú tampoco quieres que lo haga.
 –Error. –De un salto, me bajé de la mesa y eché a andar. Si no lo miraba, todo iría bien.
 Noah me alcanzó de un par de zancadas.
 –No te he pedido que te cases conmigo. Te he invitado a comer. ¿Qué pasa, que te da miedo que eche
 a perder la imagen que estás esforzándote por dar aquí?
 –¿Qué imagen? –pregunté con brusquedad.
 –De adolescente sensible, introspectiva, medio agobiada, solitaria, con la mirada perdida en la
 lejanía mientras dibuja hojas secas que caen de ramas desnudas y… –La voz de Noah se fue apagando,
 pero su expresión de regodeo descarado no.
 –Ah, no, si me encanta, continúa, por favor. –Seguí caminando deprisa hasta que de pronto apareció
 ante mí otro baño de chicas. Abrí la puerta con la intención de dejar fuera a Noah mientras me recobraba
 un poco.
 Pero entró detrás de mí.
 Dos chicas de cursos inferiores estaban delante del espejo poniéndose brillo de labios.
 –Largaos –les dijo Noah con tono de fastidio. Como si fuesen ellas las que no pintaban nada en el
 aseo de chicas. Pero no esperaron a oírlo una segunda vez. Salieron pitando a tal velocidad que me
 habría reído si no hubiese sido yo la que estaba atónita del susto.
 Noah volvió su mirada hacia mí y vi un destello más allá de sus ojos.
 –¿Qué problema tienes? –preguntó en voz baja.
 Lo miré. Su despreocupada indiferencia había desaparecido. Pero no estaba enfadado. Ni siquiera
 molesto. Parecía más bien… curioso. Su expresión tranquila no presagiaba nada bueno.
 –No tengo ningún problema –dije con seguridad. Di un paso adelante y miré a Noah con los ojos
 entornados. Estoy libre de problemas.
 Su larga silueta, realzada por el trazo suelto de su camisa por fuera y sus pantalones de corte ajustado
 parecía fuera de lugar al recortarse sobre los horrorosos azulejos amarillos. Mi respiración se aceleró.
 –No soy tu tipo –acerté a decir.
 Entonces Noah dio un paso hacia mí, y una sonrisa maliciosa curvó una de las comisuras de su boca.
 Mierda.
 –No tengo ningún tipo.
 –Pues peor aún –dije, y juro por Dios que intenté que mi voz sonara mezquina al decirlo–. Entonces
 es que tienes tan pocos escrúpulos como dicen.
 Pero quería sentirlo más cerca.
 –Son todo calumnias.
 Su voz era poco más que un susurro. Dio otro paso, tan cerca de mí que fui capaz de percibir el aura
 cálida de su pecho. Me miró, franco y sincero y con aquel revoltijo de pelo sobre sus ojos, y yo quería y
 no quería y tenía que decir algo.
 –Lo dudo. –Fue lo mejor que se me ocurrió. Su cara estaba a pocos centímetros de la mía. Iba a
 besarlo, y me iba a arrepentir.

 Pero en aquel momento no fui capaz de que me importara.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:05 pm

18
 Dicen que él le mandó por correo electrónico una foto de su… Oh. Hola, Noah.
 La voz se interrumpió a mitad de la frase y adiviné una sonrisa coqueta en su tono. Noah cerró los ojos.
 Se apartó de mí y se giró para mirar a las inoportunas. Yo parpadeé e intenté centrarme.
 –Señoras… –dijo a las chicas boquiabiertas acompañado de un gesto de la cabeza. Luego se fue.
 Las chicas estallaron en risitas y me miraron de reojo mientras se retocaban el maquillaje frente al
 espejo. Yo continuaba aturdida y desencajada, con la mirada fija en la puerta. Solo cuando sonó el timbre
 fui por fin capaz de andar de nuevo.
 No volví a ver a Noah hasta el miércoles por la noche.
 Había pasado el día bastante alterada por la falta de sueño, malestar general y algo de angustia por lo
 que había pasado entre nosotros. El lunes me había dejado de lado como si nada. Como Jamie me había
 advertido que iba a pasar. Y mentiría si dijera que no me dolió.
 No tenía ni idea de qué le iba a decir a Noah cuando volviera a verlo, si es que le decía algo. Pero la
 clase de inglés llegó, y se fue, y él no apareció. Tomé apuntes de la explicación de la señorita Leib, y
 cuando terminó anduve por ahí sin hacer nada y escudriñando el recinto por si veía a Noah sin entender
 por qué.
 En álgebra intenté concentrarme en los polinomios y las parábolas, pero estaba quedando
 penosamente claro que aunque podía salir airosa en bio, historia e inglés, en mates iba de pena. El señor
 Walsh me preguntó dos veces en clase y en cada una de ellas mi respuesta fue gravemente incorrecta.
 Todos los ejercicios que había entregado me los devolvía cubiertos de furiosas anotaciones con lápiz
 rojo y puntuados con una nota espantosa al final de cada página. Quedaban pocas semanas para los
 exámenes y no tenía esperanzas de ponerme al día.
 Cuando acabó la clase, un retazo suelto de una conversación captó mi interés e hizo que me olvidara
 de mis pensamientos.
 –He oído que se la comió después de matarla. Debió de ser una especie de instinto caníbal –dijo una
 chica detrás de mí. Rubricó su comentario con el estallido de un globo de su chicle. Me giré.
 –Eres boba, Jennifer –le espetó un chico que se llamaba Kent, creo–. Se la comieron los caimanes, no
 el pedófilo.
 Antes de que pudiese oír más, Jamie dejó caer su carpeta sobre el pupitre.
 –¿Qué hay, Mara?
 –¿Has oído eso? –le pregunté cuando Jennifer y Kent salían del aula.
 Jamie pareció un poco desconcertado al principio, pero cambió la expresión cuando se dio cuenta.
 –Ah. Jordana.
 –¿Cómo? –Me sonaba el nombre e intenté recordar de qué.
 –Eso era de lo que hablaban. De Jordana Palmer. Alumna de segundo de bachillerato del instituto de
 Dade. Conozco a una persona que conoce a otra que la conocía. O algo así. Muy triste.
 Las piezas encajaron.
 –Creo que oí algo sobre ella en las noticias –dije en voz baja–. ¿Qué le pasó?
 –No sé toda la historia. Solo que se suponía que tenía que haber ido a casa de una amiga… pero
 nunca llegó. Encontraron su cuerpo pocos días después y está claro que la asesinaron, pero aún no se
 sabe cómo. Su padre es poli, y creo que lo están llevando todo en secreto o algo así. Eh, ¿estás bien?
 Fue entonces cuando noté el sabor de la sangre. Por lo visto me había mordido el labio inferior hasta
 que me lo abrí. Saqué la lengua para limpiarme la gota.
 –No –dije con toda franqueza mientras me dirigía a la puerta.
 Jamie me siguió.
 –¿Quieres contármelo?
 No quería. Pero cuando lo miré a los ojos fue como si no tuviera otra alternativa. El peso de todo lo
 extraño que me había sucedido (el hospital psiquiátrico, Rachel, Noah) surgió como impulsado por un
 resorte y luchó por brotar de mi garganta.
 –Sufrí un accidente hace unos meses. Mi mejor amiga murió. Por eso nos vinimos a vivir aquí. –
 Prácticamente vomité las palabras. Cerré los ojos y expulsé aire, impactada por aquel exceso de
 información. ¿Qué me estaba pasando?
 –Lo siento –dijo Jamie al tiempo que bajaba la vista.
 Había conseguido que se sintiera violento. Fabuloso.
 –No pasa nada. No me pasa nada. No sé por qué te acabo de contar todo esto.
 Jamie se balanceó sobre sus pies, incómodo.
 –Tranquila –dijo; luego sonrió–. Bueno, ¿cuándo quieres que estudiemos álgebra?
 Un cambio de tema aleatorio, y además ridículo. Era imposible que Jamie ganase algo por tenerme
 como compañera de estudio; imposible, cuando clavaba todas y cada una de las preguntas que le
 disparaba el señor Walsh.
 –¿Eres consciente de que mi habilidad para las matemáticas es aún más deficiente que mis
 habilidades sociales?
 –Imposible. –La boca de Jamie dibujó una sonrisa burlona.
 –Gracias. En serio; seguro que tienes cosas más interesantes que hacer con tu tiempo que perderlo
 con los casos desesperados.
 –Ya he aprendido pársel. ¿Qué más me queda por hacer?
 –Aprender élfico.
 –Eres una auténtica gansa. Me encanta. Te espero en la zona de las mesas a la hora de comer. Trae tu
 cerebro y algo que hacer con él –dijo mientras se alejaba–. Ah, por cierto, llevas la solapa abierta –dijo
 casi por encima del hombro.
 –¿Cómo?
 Jamie señaló mi bandolera con una sonrisa, luego se fue hacia el aula donde tenía la clase siguiente.
 Cerré mi cartera.
 Cuando me reuní con él a la hora acordada, libro de mates en mano, era todo sonrisas, dispuesto y
 preparado para ser testigo de mi torpeza. Sacó su papel milimetrado y su libro de texto, pero mi mente se
 quedó fría cuando eché un vistazo a los números que cubrían la página brillante. Tuve que hacer acopio
 de toda mi voluntad para concentrarme en lo que Jamie me decía mientras desarrollaba la ecuación y me
 la explicaba con toda su paciencia. Y al cabo de pocos minutos, como si alguien hubiera apretado un
 botón en mi cerebro, los números comenzaron a cobrar sentido. Resolvimos un problema tras otro hasta
 que terminamos la tarea de toda la semana. Media hora, y un trabajo impecable, para lo que normalmente
 me habría llevado dos y me habría acarreado un suspenso tras todo mi esfuerzo.
 Solté un largo silbido.
 –Caray. Eres bueno.
 –Te lo has currado tú, Mara.
 Hice un gesto de negación con la cabeza. Él hizo un gesto de afirmación con la suya.
 –Vale –reconocí–. Sea como sea, gracias.
 Se inclinó en una reverencia exagerada antes de dirigirnos a la clase de español. Por el camino
 hablamos de cosas triviales, y mantuvimos a los muertos a raya para que no se colaran en nuestra
 conversación. Cuando llegamos al aula, Morales se dirigió a la pizarra con su andar pesado y escribió
 una lista de verbos para que los conjugásemos. Como siempre, fui la primera a la que le preguntó. Mi
 respuesta fue incorrecta. Me tiró un trozo de tiza y con ello rompió en mil pedazos mi buen humor, fruto
 de la sesión de estudio a la hora de comer.
 Cuando terminó la clase, Jamie se ofreció para ayudarme también con español. Acepté.
 Al final del día metí en la taquilla el libro de texto, que ya no me hacía falta. Necesitaba disfrutar un
 poco con mi cuaderno de bocetos, sin dibujar a Noah. Coloqué mis libros a un lado de la taquilla y
 rebusqué entre los papeles para tirar de una semana entera, pero no lo vi. Revisé mi bandolera, pero
 tampoco estaba allí. Irritada, dejé caer la bolsa para buscar mejor, y se deslizó por la última columna de
 taquillas al tiempo que se llevaba con ella unos papeles de color rosa que estaban pegados al metal con
 cinta adhesiva, antes de caer al suelo. Nada. Decidí sacar los libros uno por uno mientras un frío ártico y
 crudo me atenazaba el estómago. Cada vez más atropelladamente, puse todo patas arriba y dejé caer mis
 cosas al suelo hasta que la taquilla quedó completamente vacía.
 Mi cuaderno de bocetos había desaparecido.
 Las lágrimas amenazaron con asomarse a mis ojos, pero llegó un grupo de alumnos a la zona de las
 taquillas y me prohibí llorar en público. Despacio, volví a meter los libros en la taquilla y arranqué la
 hojita que se había quedado pegada en el de álgebra. Un baile de disfraces en South Beach organizado
 por un miembro de la élite de Croyden para celebrar el Día del Profesor, que se conmemoraba al día
 siguiente. No me molesté en leer los detalles y la dejé caer al suelo de nuevo. No iba conmigo.
 Nada de todo aquello iba conmigo. Ni Florida ni sus hordas de mosquitos y de rubios con piel
 bronceada. Ni Croyden y sus estudiantes, todos dolorosamente cortados por el mismo patrón. En Jamie
 había encontrado un amigo, pero echaba de menos a Rachel. Y ella ya no estaba.
 A la mierda. Arranqué una hoja de otra taquilla y la metí en mi bolsa. Necesitaba una fiesta. Fui
 corriendo a la verja de atrás para reunirme con Daniel. Estaba extrañamente atractivo con el uniforme de
 Croyden, y con gesto alegre hasta que me vio; entonces su cara se convirtió en una máscara de
 preocupación de hermano mayor.
 –Esta tarde se te ve especialmente tristona –dijo.
 Me metí en el coche.
 –He perdido mi cuaderno de dibujo.
 –Vaya –dijo; y un segundo después preguntó–: ¿Tenía algo importante?
 ¿Aparte de los distintos bocetos hechos con todo detalle de la persona más insultantemente guapa del
 centro? No, creo que no.
 Cambié de tema.
 –¿Por qué tenías esa cara de felicidad, hasta que llegué y eché a perder tu buen humor?
 –¿Cara de felicidad? No soy consciente de que tuviera un aspecto especialmente feliz –dijo. Se le
 caló el coche. Luego aceleró. Eché un vistazo al indicador de velocidad; se puso a más de cien por hora
 antes de coger la autopista. Para Daniel, aquello era vivir peligrosamente. Qué sospechoso.
 –Tenías cara de felicidad –dije mientras taladraba a mi hermano con la mirada–. Suéltalo.
 –Voy a ir a la fiesta de esta noche.
 Lo miré con incredulidad. Aquello sí que no iba con Daniel.
 –¿Con quién vas?
 Se puso colorado y se encogió de hombros. No podía ser. ¿Es que a mi hermano… le gustaba alguna
 chica?
 –¿Con quién? –insistí.
 –Con la violinista. Sophie. –Me quedé mirándolo con la boca abierta–. No es una cita –aclaró
 inmediatamente, vamos a vernos allí.
 Comenzó a ocurrírseme una idea justo cuando salíamos de la autopista.
 –¿Te importa si me apunto? –Ahora fue Daniel el que se quedó mirándome con cara de pasmo–. Te
 prometo no interferir en tus progresos amorosos.
 –Bueno, te iba a decir que sí, pero ahora…
 –Ah, venga… Lo único que necesito es que me lleves.
 –Perfecto. Pero ¿con quién vas a quedar tú?
 Mmm. Yo no tenía pensado quedar con nadie. Solo quería bailar y sudar y olvidar y…
 –¿Qué demonios…? –masculló Daniel en el momento en que giramos la esquina y enfilamos nuestra
 calle. Una enorme concentración de furgonetas de unidades móviles de informativos y de gente se
 apiñaba delante del camino de entrada a nuestra casa. Daniel y yo nos miramos, y supe que estábamos pensando lo mismo.
 Algo iba mal. 
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:13 pm

19
 La marea de reporteros se fue apartando para dejar paso al coche de Daniel. Echaron un vistazo al
 interior del vehículo mientras avanzaba; los cámaras parecían estar guardando sus equipos, y los satélites
 de las unidades móviles ya estaban recogidos. Fuese lo que fuese lo que había ocurrido, se disponían a
 marcharse.
 En cuanto Daniel paró, salí del coche como un cohete en dirección a la puerta de entrada y pasé junto
 a los coches de mi madre y mi padre. El coche de mi padre, que a esas horas no pintaba nada allí.
 Estuve a punto de marearme cuando finalmente entré en la casa como un rayo, con Daniel pisándome
 los talones. Mis oídos se llenaron del ruido de los disparos de una máquina electrónica y de la música de
 un videojuego; la silueta familiar de nuestro hermano pequeño, sentado en el suelo con las piernas
 cruzadas, tenía la vista fija en la pantalla. Cerré los ojos e inspiré hondo con las fosas nasales dilatadas
 mientras intentaba tranquilizar a mi corazón antes de que me estallara en el pecho.
 Daniel fue el primero en hablar.
 –¿Qué demonios ha pasado aquí?
 Joseph hizo un amago de girarse para mirar a Daniel, molesto por la interrupción.
 –Papá se va a encargar de un caso muy importante, o algo así.
 –¿Puedes apagar eso?
 –Es solo un segundo, no quiero morir. –El avatar de Joseph aporreó a un malo bigotudo hasta dejarlo
 reducido a un charco de una sustancia viscosa y espesa.
 Mis padres aparecieron sin hacer ruido en el marco de la puerta de la cocina.
 –Apágalo, Joseph.
 La voz de mi madre transmitía agotamiento. Mi hermano suspiró y detuvo el juego.
 –¿Qué pasa? –preguntó Daniel.
 –Estoy llevando un caso que irá pronto a juicio –dijo mi padre–, y hoy han anunciado que seré el
 defensor del acusado.
 Por la expresión de Daniel, vi que ya sabía algo del asunto, pero yo no entendía nada.
 –Acabamos de trasladarnos –dije yo–, ¿no es un poco demasiado rápido?
 Mis padres se miraron. Estaba claro que me había perdido algo.
 –¿Qué? ¿Qué pasa?
 –Me he hecho cargo del caso de un amigo –dijo mi padre.
 –¿Por qué?
 –Se ha retirado.
 –Vale.
 –Antes de que nos viniésemos.
 Hice una pausa para asimilar lo que estaba oyendo.
 –O sea, que el caso era tuyo desde antes de trasladarnos a Florida.
 –Sí.
 Eso no debería tener ninguna importancia, a no ser que… Tragué saliva e hice la pregunta cuya
 respuesta sabía de antemano.
 –¿Cuál es? ¿Qué caso?
 –El asesinato de Jordana Palmer.
 Comencé a masajearme la frente. Tampoco era para tanto. Mi padre había llevado otros casos de
 asesinato antes de aquel, e intenté dominar las náuseas que me provocaba mi estómago revuelto. Mi
 madre fue a la despensa a buscar lo necesario para la cena, y sin saber por qué, sin tener ni la más
 mínima idea de por qué, de pronto visualicé miembros de un cuerpo humano en un plato.
 Sacudí la cabeza para librarme de aquella visión.
 –¿Por qué no nos lo dijiste? –pregunté a mi padre.
 Luego miré a Daniel, pues me extrañaba que estuviese tan callado. Él rehuyó mi mirada. Ah. Era a mí
 a quien no se lo habían dicho.
 –No queríamos que te preocupases. No después de… pero ahora que las cosas se están caldeando,
 creo que es mejor así. ¿Te acuerdas de mi amigo Nathan Gold? –me preguntó mi padre; yo asentí con la
 cabeza–. Cuando decidimos trasladarnos, me pidió que me hiciese cargo de su caso. Voy a dar varias
 ruedas de prensa en las próximas dos semanas. No sé cómo se enteraron de nuestra dirección; debería
 haber pedido a Gloria que enviase una nota de prensa sobre el cambio de abogado antes de que se
 filtrase la noticia –añadió casi como si estuviese hablando solo.
 Todo eso estaba muy bien, pero odiaba que todos me estuviesen tratando como un objeto frágil y
 delicado. Y seamos sinceros: probablemente no eran «todos». No me cabía ninguna duda de que mi
 madre, como mi psiquiatra no oficial, tenía la última palabra sobre la información que podía o no podía
 llegarme.
 Me volví hacia ella.
 –Me lo podías haber contado, ¿sabes? –Se escondió tras la puerta abierta de la nevera; de todos
 modos seguí hablando–. Echo de menos a mis amigos, y sí, es bastante desquiciante que esa niña haya
 muerto, pero no tiene nada que ver con lo que le sucedió a Rachel. No tienes por qué tenerme al margen
 de asuntos como este. No entiendo por qué me tratas como si fuera la última mona.
 –Joseph, vete a hacer los deberes –dijo mi madre. Mi hermano se había ido acercando
 cautelosamente a la sala y estaba a punto de alcanzar el mando a distancia en el momento en que mi
 madre pronunció su nombre.
 –Pero mañana no hay clase.
 –Pues vete a tu cuarto.
 –Pero ¿qué he hecho? –gimió.
 –Nada. Solo quiero hablar un momento con tu hermana.
 –Mamá –la interrumpió Daniel.
 –Ahora no, Daniel.
 –¿Quieres que te diga una cosa, mamá? Habla con Daniel –dije–. Yo no tengo nada más que contarte.
 Mi madre no respondió. Se la veía cansada; preciosa, como siempre, pero cansada. Las luces
 empotradas dibujaban un halo alrededor de su pelo.
 Después de una pausa, Daniel volvió a hablar.
 –Bueno, esta noche hay una fiesta y…
 –Puedes ir –dijo mi madre.
 –Gracias. Había pensado que Mara viniese conmigo.
 Mi madre me dio la espalda y dedicó a Daniel toda su atención. Daniel cruzó una mirada conmigo y
 se encogió de hombros como diciendo: «Es lo menos que puedo hacer».
 Mi madre vaciló antes de responder.
 –Es una fiesta del colegio –dijo Daniel. Estaba claro que solo se preocupaba cuando yo era el tema
 de conversación–. Mañana no hay clase.
 –¿Dónde es?
 –En South Beach –contestó Daniel.
 –¿Y vais a estar allí todo el tiempo?
 –Sí. No voy a dejarla sola.
 Se giró hacia mi padre.
 –¿Marcus?
 –Por mí vale –dijo mi padre.
 Entonces mi madre me miró con atención. No se fiaba de mí ni un pelo, pero se fiaba plenamente de
 su perfecto hijo mayor. Misterios sin resolver.
 –Muy bien –dijo al fin–. Pero os quiero en casa como mucho a las once. Sin excusas.
 Fue una demostración impresionante de la influencia de Daniel, lo reconozco. No lo suficientemente
 efectiva para hacerme olvidar lo enfadada que estaba con mi madre, pero la perspectiva de salir de casa
 e ir a algún sitio que no fuese el colegio me ayudó a levantar el ánimo. Quizá hasta me lo pasaba bien y
 todo.
 Salí de la cocina para ir a ducharme. El agua caliente escaldó mis delicados omóplatos, y me apoyé
 sobre los azulejos y dejé que el agua resbalase por mi piel. Tenía que pensar en un disfraz; no quería ser
 la única que no fuese adecuadamente vestida.
 Salí de la ducha y me puse una camiseta y unos pantalones de yoga antes de desenredar la maraña de
 pelo húmedo. Era inútil rebuscar en mi cómoda. O en mi armario.
 Pero en el armario de mi madre…
 Casi siempre llevaba falda o traje pantalón y camisa. Siempre profesional; americana cien por cien.
 Pero sabía que tenía un sari o dos arrinconados en alguna parte de ese enorme y monocromático armario
 suyo. Podrían servir.
 Fui de puntillas a la habitación de mis padres y abrí la puerta con cuidado. Seguían en la cocina. Me
 puse a rebuscar entre la ropa de mi madre para intentar encontrar algo apropiado.
 –¿Mara?
 Oooops. Me giré. El rostro de mi madre mostraba claras señales de nerviosismo y la piel sobre sus
 pómulos aparecía tensa.
 –Solo buscaba algo que ponerme –dije–. Lo siento.
 –No pasa nada, Mara. Me gustaría que pudiéramos…
 Respiré despacio.
 –¿Podemos dejarlo para más tarde? Dijo Daniel que iba a haber tráfico y tengo que conseguir un
 disfraz.
 La frente de mi madre se llenó de arrugas. Sabía que quería decirme algo, pero esperaba que no lo
 hiciera, al menos en aquel momento. Me llevé una sorpresa cuando una sonrisa cómplice transformó su
 rostro poco a poco.
 –¿Es una fiesta de disfraces? –preguntó; asentí con la cabeza–. Creo que puedo tener algo –dijo. Pasó
 junto a mí y desapareció en las profundidades de su vestidor. Minutos después, emergió con un porta
 trajes que llevaba contra su pecho como si fuese un bebé, y unas sandalias de tiras y tacón peligrosamente
 alto colgadas de los dedos–. Creo que esto te quedaría bien.
 Miré la funda con recelo.
 –No será un traje de novia, ¿verdad?
 –No –sonrió y me lo tendió–. Es un vestido. Un vestido de mi madre. Usa mi barra de labios roja,
 recógete el pelo y puedes ir de modelo vintage.
 Una amplia sonrisa se dibujó en mi rostro, a juego con la de mi madre.
 –Gracias –le dije, y de corazón.
 –Solo te pido un favor.
 Arqueé las cejas a la espera del aviso preventivo.
 –No te alejes de Daniel.
 Su voz sonaba crispada, y me sentí culpable. Asentí con la cabeza y le di las gracias de nuevo por el
 vestido antes de volver a mi habitación para probármelo. El grueso plástico de la funda crujió cuando
 abrí la cremallera, y de dentro surgió un brillo de seda de un intenso verde esmeralda. Saqué el vestido
 de la funda y casi me quedo sin aliento. Era alucinante. Esperaba que me sirviera.
 Fui al cuarto de baño para intentar ponerme máscara de pestañas sin perforarme los ojos, pero cuando
 me miré en el espejo, vi a Claire detrás de mi imagen.
 Me guiñó un ojo.
 –Pasadlo bien, chicos. 
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:14 pm

20
 Salí disparada del baño y me senté encima de la cama con la boca seca y las manos temblorosas. Quería
 gritar; pero cerré los ojos y me obligué a respirar con normalidad. Claire había muerto. No estaba en mi
 cuarto de baño, y no tenía nada que temer. Mi mente me estaba jugando malas pasadas. Y aquella noche
 yo iba a ir a una fiesta y tenía que arreglarme. Cada cosa a su tiempo.
 Primero el maquillaje. Me dirigí al espejo que había detrás de la puerta de mi habitación, pero me
 detuve. Allí no había nadie. Solo mi trastorno de estrés postraumático.
 Pero ¿por qué iba a correr el riesgo?
 Recorrí el pasillo hasta la habitación de mis padres sin hacer ruido.
 –¿Mamá? –Llamé al tiempo que asomaba la cabeza por la puerta. Estaba sentada encima de su cama
 con las piernas cruzadas y tecleando en su portátil. Alzó la vista. ¿Me puedes maquillar tú? –pregunté.
 Su sonrisa no podía haber demostrado más entusiasmo. Me llevó a su cuarto de baño y me sentó en
 una silla delante del tocador. No me senté de cara al espejo por si acaso.
 Noté cómo me delineaba los ojos; pero cuando sacó la barra de labios la corté.
 –Paso. Voy a parecer un payaso.
 Asintió con gesto de seriedad burlona y volvió a concentrarse en su trabajo, enroscando y recogiendo
 mi pelo hacia atrás tan tirante que me dolía la cara. Cuando terminó, me dijo que me mirase al espejo.
 Le sonreí, justo lo contrario a mi reacción interna.
 –¿Sabes una cosa? Me fío de ti –le dije, y le di un beso en la mejilla antes de salir del cuarto.
 –Espera un momento –me indicó mi madre a mi espalda. Me detuve, y abrió su joyero. Sacó un par de
 pendientes; cada uno de ellos tenía una esmeralda engastada en el centro rodeada de diamantes.
 –Oh, Dios mío –dije al verlos; eran impresionantes–. Mamá, no puedo…
 –Son solo un préstamo, no un regalo –dijo con una sonrisa–. A ver, estate quieta.
 Me puso los pendientes.
 –Lista –me dijo, con las manos encima de mis hombros–. Estás preciosa.
 Sonreí.
 –Gracias, mamá.
 –De nada. Pero no los pierdas, ¿eh? Eran de mi madre.
 Hice un gesto de asentimiento y volví a mi habitación. Había llegado el momento de ponerme el
 vestido. Lo mejor sería ponérmelo por los pies, así podría parar a tiempo si corriese peligro de
 romperlo. Ante mi gran sorpresa, se deslizó sin el menor problema. Pero la tela tenía un peligroso escote
 tanto por delante como por detrás y enseñaba mucho más de lo que yo estaba acostumbrada a mostrar.
 Mucho más.
 Pero ya era demasiado tarde. Una mirada rápida al reloj me advirtió de que solo quedaban cinco
 minutos para la hora a la que Daniel debía salir para reunirse con su amorcito. Me subí a los zapatos que
 mi madre me había dado. Eran un pelín estrechos, pero no hice caso y, prácticamente de puntillas, me
 dirigí al vestíbulo. Me crucé con Joseph cuando iba a su habitación.
 –¡Madre mía, Daniel! ¡Ven a ver a Mara!
 Colorada y furiosa, lo aparté de un empujón y me quedé junto a la puerta de entrada, deseando abrirla
 y esperar a mi hermano en el coche. Pero las llaves las tenía él. ¿Quién si no?
 Daniel salió de la sala vestido con traje y con el pelo engominado; peinado hacia atrás con efecto
 mojado, y mi madre apareció casi inmediatamente. Se quedaron allí de pie y me dedicaron una mirada
 mucho más larga de lo necesario mientras yo me movía nerviosa y fingía aburrimiento para ocultar mi
 turbación.
 Finalmente fue Daniel quien habló.
 –Caray, Mara. Pareces… Pareces… –Arrugó la cara en su esfuerzo por encontrar la expresión
 adecuada.
 Hubo un fugaz cambio en la expresión de mi madre, que desapareció antes de que me diese tiempo a
 identificarlo.
 –Una modelo –dijo mi madre radiante.
 –Ah, yo iba a decir una dama de dudosa reputación. – Lancé a Daniel una mirada cargada de
 veneno–. Pero sí, claro.
 –Nada de eso, Daniel. Cállate. –Estaba llamando la atención a su niño bonito; no pude evitar esbozar
 una sonrisa socarrona.
 –Estás preciosa, Mara. Y además pareces mayor. Daniel –mi madre se volvió hacia Daniel y lo miró
 a los ojos–, cuídala bien. No la pierdas de vista.
 Respondió con un saludo militar.
 –Sí, señora.
 Ya en el coche, Daniel puso música india. Sabía que a mí no me gustaba especialmente.
 –¿Puedo cambiar?
 –No.
 Lo fulminé con la mirada, pero no me prestó la más mínima atención mientras sacaba el coche. No
 volvimos a hablar hasta llegar a la autopista.
 –Bueno, ¿y tú de qué se supone que vas vestido? –pregunté mientras nos incorporábamos al sinfín de
 coches que se detenían y arrancaban en medio del atasco.
 –De Bruce Wayne.
 –Ja.
 –Por cierto, perdona –hizo una pausa sin apartar la vista de la carretera– por no haberte contado lo
 del caso de papá.
 No dije nada.
 –Mamá me pidió que no te lo contase.
 Mantuve la mirada al frente.
 –Y por supuesto tú obedeciste.
 –Creyó que hacía lo más conveniente.
 –Ojalá dejase de hacerlo.
 Daniel se encogió de hombros y permanecimos en silencio el resto del trayecto. Avanzamos a
 trompicones entre el tráfico hasta que finalmente nos desviamos hacia Lincoln Road. Era absolutamente
 alucinante. Luces de neón, unas tenues y otras estridentes, iluminaban los edificios. En las aceras
 brillaban drag queens junto a juerguistas ligeros de ropa. El aparcamiento estaba imposible, pero
 finalmente encontramos sitio cerca del club y pagamos un dineral indecente por el privilegio. Cuando salí
 del coche, los cristales rotos que alfombraban la acera crujieron bajo mis pies.
 Fui caminando detrás de Daniel despacio y con cuidado, consciente de que un mal paso me enviaría
 de cabeza al cemento tapizado de cristales y colillas, lo cual estropearía mi salida de adolescente
 normal. Y el vestido.
 Nos pusimos a la cola y esperamos nuestro turno. Cuando llegamos junto al gorila de la puerta, el
 típico musculitos, le pagamos el precio de la entrada y él nos estampó un sello en la mano sin ningún
 ceremonial. Daniel y yo pasamos al otro lado del cordón de seguridad para entrar en el bullicioso club y
 me di cuenta de que su aplomo flaqueaba un poquito. Al menos en lo concerniente a la falta de
 experiencia en fiestas estábamos empatados.
 El local era una ingente y palpitante masa de cuerpos. Se contorsionaban a nuestro alrededor en
 perfecta sincronía mientras avanzábamos hombro con hombro. El grado de desnudez era verdaderamente
 impresionante; un puñado de ángeles con pinta de putones, diablesas y hadas se contoneaba sobre
  stilettos en dirección a la barra, metiendo barriga y sacando pecho para lucir sus canalillos
 resplandecientes. Para gran disgusto mío, reconocí a Anna entre ellos. Había cambiado su atuendo de
 chica decente por un increíblemente escueto atavío de ángel, con los correspondientes halo y alitas. Se
 había excedido con el maquillaje, el wonderbra y los tacones, y tenía toda la pinta de estar destinada a
 convertirse en la causante de la crisis de los cuarenta de cualquier oficinista. Agarré a mi hermano del
 brazo y él fue abriendo paso hasta el otro extremo del local, donde había quedado en reunirse con su
 amada.
 Mientras esperábamos, reconocí la canción que sonaba en el remix que retumbaba en los altavoces y
 me sonreí. Minutos después, Daniel me dio un golpecito en el hombro y seguí la dirección de su mirada
 hasta que le sonrió a una rubia menudita vestida con un mono de trabajo y la cara embadurnada de
 maquillaje de teatro que simulaba grasa. Gritó o articuló en silencio el nombre de mi hermano; era
 imposible distinguir entre lo uno y lo otro. La música engullía todos los demás sonidos en aquel espacio.
 Su melena corta rebotaba y se balanceaba bajo su mentón mientras se acercaba a nosotros. Cuando
 llegó, Daniel tuvo que pegar la boca a su oreja para presentarnos.
 –¡Esta es Sophie! –gritó.
 Hice un gesto de asentimiento y sonreí. Era mona. Daniel tenía buen gusto.
 –¡Encantada de conocerte! –grité.
 –¿Qué? –gritó ella a su vez.
 –¡Encantada de conocerte!
 La expresión de su cara revelaba que seguía sin oír lo que yo le había dicho. Pues vale.
 La música cambió a un ritmo algo más lento y Sophie comenzó a tirar de Daniel para llevárselo hacia
 el hervidero de gente. Él se volvió hacia mí (para solicitar mi permiso, supongo), y le animé con un gesto
 de la mano. Sin embargo, en cuanto se marchó comencé a sentirme incómoda. Me abrí paso hasta la
 barra, donde no me iban a servir nada, sin propósito ni razón aparente para estar allí. ¿Qué podía
 esperar? Había ido a bailar, y había ido con mi hermano, que había quedado con otra persona. Debería
 haber pedido a Jamie que viniera. Qué idiota había sido. Ahora no tenía más alternativa que zambullirme
 en el torbellino humano y ponerme a dar vueltas. Porque eso no sería inapropiado.
 Eché la cabeza hacia atrás resignada y me apoyé en el borde romo de la barra metálica. Cuando volví
 a erguirme, dos tipos (uno de ellos vestido con una sudadera de los Miami Heat y el otro disfrazado de lo
 que quise pensar que era una caricatura irónica de un personaje imbécil de un programa de telerrealidad
 permanentemente sin camisa) me miraron a los ojos. No me interesaban en absoluto. Aparté la mirada,
 pero con el rabillo del ojo vi que se estaban acercando. Me sumergí en medio de la multitud sin ningún
 estilo y me libré por los pelos de recibir un codazo en la cara por parte de una chica con un disfraz que
 únicamente podía describirse como «golfa de Gryffindor». De pena.
 Cuando por fin llegué a otro extremo del local, mis ojos recorrieron el gentío y se empaparon de la
 visión de los cuerpos medio desnudos y de los disfraces al tiempo que intentaban reconocer a algún
 compañero de colegio que no tuviese una pinta indigna.
 Y lo reconocieron.
 Noah estaba completamente vestido y, según me pareció distinguir, no iba disfrazado. Llevaba
 vaqueros oscuros y una sudadera con capucha, a pesar del calor. Y estaba hablando con una chica.
 Una chiquilla de una belleza despampanante, toda piernas, coronadas por un vestido mínimo y
 centelleante y alitas de hada. Su cara me pareció vagamente familiar pero no supe ubicarla;
 probablemente era alumna de nuestro colegio. Noah la escuchaba extasiado, y estaba rodeada por un
 semicírculo de chicas disfrazadas: una diablesa, una gata, un ángel y… ¿una zanahoria? Mmm. Me gustó
 la chica-hortaliza, pero las demás me horrorizaron.
 En aquel preciso momento, Noah alzó la cabeza y me pilló mirándolo. No fui capaz de interpretar su
 expresión, ni siquiera cuando se inclinó hacia el hada y le dijo algo al oído. Ella se volvió para mirarme;
 Noah alargó el brazo para detenerla, pero no pudo evitar que nuestras miradas se encontraran. Ella soltó
 una risita y se tapó la boca con la mano antes de girarse de nuevo.
 Noah se estaba burlando de mí. Sentí una oleada de humillación que subía desde la boca del
 estómago y se me agolpaba en la garganta. Me di la vuelta y me abrí paso a empujones entre los cuerpos
 que invadían la burbuja de mi espacio vital. Deseaba marcharme con las mismas ansias con que había
 querido asistir al baile.
 Encontré a Daniel y le dije a gritos al oído que no me encontraba bien y que le preguntase a Sophie si
 podía llevarlo luego a casa. Daniel se quedó preocupado; insistió en llevarme él, pero yo no iba a
 permitirlo. Le dije que lo único que necesitaba era respirar, y por fin logré que me diese la llave y me
 dejase ir.
 Reprimí la desazón que sentía y me dirigí a la salida lo más rápido que pude. Mientras avanzaba
 empujando a la gente me pareció que alguien gritaba mi nombre a mis espaldas. Me detuve, tragué saliva,
 y en contra de lo que me aconsejaba mi buen criterio, me giré.

 No había nadie.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:18 pm

21
Para cuando llegué a casa, había logrado recobrar la compostura. Llegar con la cara surcada de lágrimas
y sin Daniel no contribuiría a mejorar la relación entre mi madre y yo, y precisamente estábamos
comenzando a hacer progresos. Pero cuando enfilé el camino de entrada, su coche no estaba allí. Ni el de
mi padre. Las luces estaban también apagadas. ¿Dónde estaban? Fui a la puerta de entrada con la llave en
la mano y me dispuse a abrirla.
La puerta se abrió sola. Ni siquiera llegué a tocarla.
Me quedé parada en el umbral con los dedos a solo unos centímetros del picaporte. Mantuve la
mirada fija, con el corazón en la garganta, y levanté la vista lentamente para recorrer toda la altura de la
puerta. Nada extraño. Quizá se habían olvidado de cerrar con llave.
Empujé la puerta con una mano para abrirla del todo, me quedé inmóvil en el umbral, y escudriñé el
interior de la casa a oscuras. Las luces del pasillo, de la sala y del comedor estaban apagadas, pero se
veía un hilillo de claridad tras la esquina del corredor procedente del salón. Debían de haberse olvidado
de apagarla.
Recorrí el espacio con la vista. Los cuadros seguían colgados en las paredes. El biombo chino
antiguo de ébano y nácar estaba en el mismo sitio que cuando me fui. Todo estaba en el lugar que le
correspondía. Respiré hondo, cerré la puerta a mi espalda y encendí a toda prisa las luces de la fachada,
una detrás de otra.
Mejor así.
Cuando entré en la cocina en busca de algo que comer, me fijé en la nota que estaba pegada a la
puerta de la nevera:
 Hemos ido al cine con Joseph. Volveremos sobre las 10.30.
Un vistazo rápido al reloj me reveló que todavía eran las nueve. Seguramente se acababan de ir. Lo
más probable es que Joseph hubiese sido el último en salir y se hubiera olvidado de cerrar la puerta con
llave.
Nada de qué preocuparse.
Inspeccioné el interior de la nevera. Yogur. Batido de chocolate. Pepinos. Restos de lasaña. La
cabeza me dolía y me recordaba las mil horquillas que mi madre me había clavado en el cráneo. Cogí un
yogur y una cuchara y a continuación me dirigí a mi habitación para cambiarme de ropa. Pero en el
momento en que puse el pie en el vestíbulo, me quedé helada.
Cuando salí de casa con Daniel, todas las fotos familiares estaban colgadas en la pared de la
izquierda, enfrente de las tres puertas acristaladas de la derecha.
Pero ahora todas las fotografías estaban a la derecha. Y las puertas acristaladas a la izquierda.
El yogur se me escapó de las manos y puso perdida la pared. La cuchara repiqueteó contra el suelo y
el sonido me hizo volver bruscamente a la realidad. Tenía una mala noche. Me estaba imaginando cosas.
Salí del vestíbulo caminando hacia atrás, luego corrí a la cocina y cogí un paño que estaba colgado de la
puerta del horno. Cuando volviese al vestíbulo, todo estaría de nuevo en su sitio.
Volví al vestíbulo. Todo estaba en su sitio.
Corrí a mi habitación, cerré la puerta y me hundí en la cama. Estaba muy alterada. No tenía que haber
salido; desde luego, no era una fiesta lo que yo necesitaba. Todo había resultado muy angustioso y
estresante y probablemente me estaba provocando un episodio de estrés postraumático. Necesitaba
relajarme. Necesitaba desprenderme de aquella ropa.
Primero los tacones. No tenía los pies acostumbrados a ese tipo de tortura y una vez que me los quité,
todo mi cuerpo suspiró aliviado. Me dolía todo: tobillos, pantorrillas, muslos. Aún vestida, fui al baño
con paso lento y abrí el grifo de la bañera. El agua caliente relajaría mis músculos. Me relajaría a mí.
Encendí la lámpara de calor, que proyectó una irradiación rojiza y acogedora sobre el color blanco del
lavabo y los azulejos. El sonido del agua ahogó mis pensamientos, e inhalé el vapor que emergía de la
bañera y dibujaba volutas en el aire. Comencé a quitarme las horquillas, que quedaron amontonadas a un
lado del lavabo como crisálidas negras y brillantes. Me dirigí al armario para quitarme el vestido, pero
de nuevo me quedé helada.
En el suelo del armario había una caja abierta. No tenía consciencia de haberla cogido de la
estantería. Ni de haber arrancado la cinta adhesiva que cerraba la tapa y abrirla en el tiempo que
llevábamos viviendo allí. ¿La había dejado ahí? Debía de haberlo hecho. Me arrodillé ante la caja. Era
la que mi madre me había traído al hospital, y debajo de varios retazos de mi vida anterior (apuntes,
dibujos, libros, la vieja muñeca de trapo que tenía desde que era un bebé) encontré un montón de
fotografías impresas en papel brillante perfectamente sujetas con una goma. Unas cuantas escaparon
revoloteando y cayeron al suelo, y recogí una de ellas.
Era una foto del verano anterior. Visualicé la escena como si estuviera ocurriendo en ese momento.
Rachel y yo juntamos nuestras mejillas mientras mirábamos a la cámara que ella sujetaba frente a
nuestras caras. Nos reíamos con la boca abierta; el sol arrancaba destellos a nuestros dientes y el viento
jugueteaba con varios mechones de pelo brillante. Oí el chasquido del obturador al plasmar la imagen en
el carrete que ella había insistido en usar aquel verano porque quería aprender a revelar fotos. Luego la
impresión se había oscurecido hasta dejar nuestras siluetas blancas como esqueletos sobre la imagen del
negativo.
Coloqué la foto encima de mi escritorio con cuidado, volví a guardar la caja en el armario y cerré la
puerta. Cuando me di cuenta de que se había hecho el silencio, casi me quedé sin respiración. Me aparté
del armario y fui al baño a ver qué pasaba. El grifo estaba cerrado. Cayó una sola gota en el agua, que
sonó como una bomba en medio de aquella quietud. El agua había rebosado y hacía que los azulejos de
cerámica reflejasen la luz como un espejo.
No recordaba haber cerrado el grifo.
Pero debía de haberlo hecho.
Pero en cualquier caso era imposible que hubiera entrado allí.
Apenas era capaz de respirar cuando cogí dos toallas y las arrojé al suelo. Se oscurecieron al
absorber el agua y quedaron empapadas en cuestión de segundos. El agua se escurría entre mis pies.
Tenía que quitar el tapón de la bañera. Me acerqué con cuidado, pero mi yo interno gritaba: «Mala idea».
Me incliné sobre el borde.
Los pendientes de diamantes y esmeraldas brillaban en el fondo. Me llevé las manos a la cabeza. Sí.
Allí estaban.
En mi mente resonaban las palabras de mi madre: «Pero no los pierdas, ¿eh? Eran de mi madre».
Cerré los ojos con todas mis fuerzas e intenté respirar con normalidad. Cuando los abriera, sería
valiente.
Comprobé la temperatura del agua con el dedo. No pasó nada.
Por supuesto que no iba a pasar nada. No era más que una bañera. Me había distraído con las fotos, el
agua se había desbordado y luego cerré el grifo sin darme cuenta. Todo iba bien. Metí el brazo de golpe.
Durante un segundo no fui capaz de pensar. Fue como si no sintiese nada del codo para abajo. Como
si el resto de mi brazo jamás hubiera existido.
Luego el dolor abrasador penetró en mi piel, en mis huesos, hacia dentro, hacia fuera. Un grito sin
sonido me desfiguró la boca y luché por sacar el brazo del agua, pero no se movía. No podía moverme.
Me desplomé junto a la bañera. Allí me encontró mi madre una hora después.
–¿Cómo dices que ocurrió?
El médico de urgencias aparentaba mi edad. Me vendó con gasa la piel hinchada y enrojecida del
antebrazo mientras yo apretaba los dientes y luchaba por contener un chillido.
–Bañera –logré decir con voz ronca. Él y mi madre intercambiaron una mirada.
–Debiste de estar algún tiempo con el brazo dentro del agua –me dijo mirándome a los ojos–. Tienes
unas quemaduras muy serias.
¿Qué podía decir yo? ¿Que había probado el agua antes de meterlo y que no me pareció que estuviese
tan caliente? ¿Que sentí como si algo me agarrase el brazo y no lo soltase? Vi en los ojos del médico que
pensaba que estaba loca; que lo había hecho a propósito. Nada de lo que yo pudiese decir para intentar
explicárselo iba a arreglar las cosas.
Así que desvié la mirada.
Apenas recordaba nada del traslado al hospital, excepto que Joseph y mis padres venían conmigo. Y
a Dios gracias tampoco recordaba cómo mi madre debió de recogerme del suelo del cuarto de baño y
meterme en el coche. Era prácticamente incapaz de mirarla. Cuando el médico terminó de vendarme el
brazo, se la llevó aparte al pasillo.
Me concentré en el ardiente dolor de mi brazo para intentar no pensar en el sitio donde me
encontraba. El olor a desinfectante invadía mis fosas nasales, el aire del hospital se filtraba bajo mi piel.
Cerré las mandíbulas con fuerza para vencer las náuseas y me apoyé contra la ventana para notar el
frescor del cristal en mi cara.
Mi padre debía de estar rellenando algún formulario, porque Joseph estaba solo esperando sentado
fuera. Parecía tan pequeño… E inmóvil. Tenía la mirada fija en el suelo, y la cara…
Dios mío. La cara de auténtico pánico. Noté un dolor agudo en la garganta. Tuve una breve visión de
lo aterrorizado que debió de sentirse cuando estuve ingresada la otra vez al ver a su hermana mayor
postrada en una cama de hospital. Y ahora volvíamos a estar en un hospital sin que hubieran pasado
siquiera tres meses. Sentí alivio cuando por fin regresó mi madre y salimos de aquella sala.
Permanecimos en silencio durante todo el camino de regreso a casa.
Cuando llegamos, Daniel estaba allí. Se dirigió a mí en cuanto entré.
–Mara, ¿estás bien?
Asentí con la cabeza.
–Solo una quemadura.
–Daniel, quiero hablar un momento con Mara –dijo mi madre–. Dentro de un rato iré a tu habitación.
Su voz sonaba a amenaza; pero Daniel permaneció imperturbable, más preocupado por mí que por
cualquier otra cosa.
Mi madre recorrió delante de mí el camino hasta mi habitación y una vez allí se sentó en mi cama. Yo
me senté en la silla.
–Voy a pedir cita para que te vean mañana –dijo.
Hice un gesto de conformidad mientras ante mis ojos aparecía el rostro aterrorizado de Joseph. No
era más que un niño. Ya le había hecho sufrir bastante. Y entre la quemadura, los espejos, las risas, las
pesadillas… quizá había llegado el momento de hacer las cosas tal como quería mi madre. Quizá hablar
con alguien me ayudaría.
–Ha dicho el médico que debiste de tener el brazo metido en el agua mucho tiempo para hacerte esas
quemaduras de segundo grado. ¿Estuviste allí hasta que te encontré? –preguntó con voz ronca–. ¿En qué
estabas pensando, Mara?
Noté mi voz atenazada por la frustración.
–Iba a darme un baño, pero los pendientes… –Tomé aire temblorosa–. Los pendientes que me
prestaste se cayeron dentro de la bañera. Tenía que cogerlos antes de quitar el tapón.
–¿Y los cogiste?
Negué con la cabeza.
–No.
Mi voz se quebró.
Mi madre frunció el ceño hasta que sus cejas se juntaron. Se acercó a mí y llevó la mano a mi oreja.
Sentí cómo sus dedos abrían el cierre del pendiente. Me mostró sobre la palma de su mano el pendiente
de esmeraldas y diamantes. Me llevé la mano a la otra oreja; allí estaba el otro. Me lo quité y se lo puse
en la mano mientras se me llenaban los ojos de lágrimas.

Todo había sido producto de mi imaginación.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:22 pm

22
–¿Mara Dyer? –llamó la recepcionista.
Me puse en pie de un salto. La revista que estaba noleyendo se cayó al suelo, abierta por la página que
mostraba una fotografía no apta para menores de dos modelos desnudas a horcajadas sobre un actor
elegantemente vestido. Un tanto subida de tono para la consulta de un psiquiatra. Recogí la revista, la
dejé encima de la mesita y me acerqué a la puerta que me indicaba la sonriente recepcionista. Entré.
La psiquiatra se quitó las gafas y las dejó encima del escritorio al levantarse.
–Encantada de conocerte, Mara. Soy Rebecca Maillard.
Nos saludamos con un apretón de manos.
Estudié las opciones que tenía antes de sentarme. Un sillón. El inevitable diván. Una silla de
escritorio. Probablemente se trataba de una especie de prueba. Escogí el sillón.
La doctora Maillard sonrió y cruzó las piernas. Era muy delgada. De la edad de mi madre. Quizá
hasta se conociesen.
–Bueno, ¿y qué te trae por aquí, Mara? –me preguntó.
Mostré mi brazo vendado. La doctora Maillard alzó las cejas y esperó a que hablase. Así que hablé.
–Me quemé.
–¿Quieres decir que sufriste una quemadura o que te quemaste deliberadamente?
Vaya, era rápida.
–Sufrí una quemadura, pero mi madre cree que me quemé deliberadamente.
–¿Cómo ocurrió?
Respiré hondo y le conté lo de los pendientes y la bañera. Pero no que me había encontrado la puerta
de la casa abierta, sin cerrar con llave. Ni lo de la caja que no recordaba haber cogido del estante. Cada
cosa a su tiempo.
–¿Te había pasado algo así anteriormente?
–¿Así… como qué? –Escruté los libros de las estanterías; el manual diagnóstico, libros de
farmacología, revistas. Nada interesante ni anormal. Una consulta como cualquier otra. Sin personalidad.
La doctora Maillard hizo una pausa antes de contestar.
–¿Anoche fue la primera vez que estuviste en un hospital?
La miré con los ojos entornados. Hablaba más como un abogado que como un psiquiatra.
–¿Por qué me lo pregunta si ya sabe la respuesta?
–No sé la respuesta –dijo la doctora Maillard muy serena.
–¿No se lo ha dicho mi madre?
–Me dijo que os habíais mudado aquí hace poco porque habías sufrido una experiencia traumática en
Rhode Island, pero no tuve oportunidad de extenderme más. Tuve que cambiar la cita de uno de mis
pacientes para poder recibirte tan pronto.
–Lo siento –dije.
La doctora Maillard frunció el ceño.
–No tienes por qué sentirlo, Mara. Lo único que espero es poder ayudarte.
Yo también, pero estaba empezando a dudarlo.
–¿Qué tiene planeado?
–Bueno, puedes empezar diciéndome si habías estado antes en un hospital –dijo entrelazando las
manos sobre los muslos; hice un signo afirmativo con la cabeza–. ¿Por qué?
Me miró con un interés nada profesional. No tomó ninguna nota.
–Mis amigos murieron en un accidente. Mi mejor amiga. Yo estaba allí, pero no sufrí ningún daño.
Pareció desconcertada.
–Entonces, ¿por qué fuiste al hospital?
–Pasé tres días inconsciente. –Parecía como si mi boca se negase a pronunciar la palabra «coma».
–Tus amigos… –dijo despacio–, ¿cómo murieron?
Intenté dar una respuesta, repetir lo que mi madre me había contado, pero no me salían las palabras.
Estaban como sepultadas en mi garganta, fuera de mi alcance. El silencio se hizo cada vez más incómodo
mientras yo luchaba por desenterrarlas.
La doctora Maillard se inclinó hacia mí.
–No te preocupes, Mara –dijo–. No tienes por qué contármelo.
Respiré hondo.
–No recuerdo cómo murieron, sencillamente.
Asintió con la cabeza. Un mechón de cabello color rubio oscuro cayó sobre su frente.
–Muy bien.
–¿Muy bien? –Le lancé una mirada escéptica–. ¿Así de simple?
La doctora Maillard sonrió con delicadeza y con expresión afable en sus ojos castaños.
–Así de simple. En esta sala no tenemos por qué hablar de nada que tú no quieras.
Me irrité un poco.
–No es que me importe hablar de ello. Es que no me acuerdo.
–Y no pasa nada. A veces la mente tiene sus propios recursos para protegernos de ciertas cosas hasta
que estamos preparados para afrontarlas.
Su suposición me molestó más de lo debido.
–Me siento preparada para afrontarlas.
Se sujetó el mechón de pelo detrás de una oreja.
–Eso también está bien. ¿Cuándo ocurrió todo eso?
Pensé durante un minuto; era muy difícil tener una noción exacta del tiempo.
–Hace varios meses. ¿Diciembre?
Por primera vez, la doctora Maillard adoptó una actitud distinta. Pareció sorprendida.
–Eso es bastante reciente.
Me encogí de hombros y desvié la mirada. Mis ojos se fijaron en una planta que parecía de plástico
en un rincón de la sala donde se concentraba la luz del sol. Me pregunté si sería natural.
–¿Y cómo te ha ido desde el traslado?
Asomó un atisbo de sonrisa en una de las comisuras de mi boca.
–¿Aparte de la quemadura, quiere decir?
La doctora Maillard me devolvió la sonrisa.
–Aparte de la quemadura.
La conversación podía evolucionar en mil direcciones distintas. La doctora Maillard cobraba por
hablar conmigo; era su trabajo. Solo un trabajo. Cuando volviera a su casa junto a su familia, ya no sería
la doctora Maillard. Sería mamá. Becca, quizá. Otra persona, como mi madre. Y no volvería a acordarse
de mí hasta la siguiente cita.
Pero yo estaba allí por un motivo. Las escenas retrospectivas, los sueños… podía afrontarlos. Las
alucinaciones, también. Pero la quemadura ponía el listón muy alto. Pensé en Joseph, tan asustado,
pequeño y perdido en el hospital. No quería volver a verlo así.
Tragué saliva y me lancé.
–Creo que me está pasando algo. –Mi gran declaración.
Su expresión no se inmutó.
–¿Qué crees que te está pasando?
–No lo sé. –Sentí la imperiosa necesidad de suspirar y pasarme las manos por el pelo, pero me
contuve. No sabía qué tipo de señal estaría enviando con ello, y no quería que fuera la equivocada.
–Bien, volvamos atrás un minuto. ¿Por qué crees que te está pasando algo? ¿Qué te hace pensar eso?
Me esforcé por seguir mirándola a los ojos.
–A veces veo cosas que en realidad no están ahí.
–¿Qué clase de cosas?
Por dónde empezar. Decidí hacerlo por orden inverso al cronológico.
–Bueno, como ya le dije, creí que los pendientes que me había prestado mi madre se habían caído a
la bañera, pero los tenía puestos.
La doctora Maillard hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
–Continúa.
–Y antes de ir a la fiesta anoche, vi a una de mis amigas muertas en el espejo. –¡Toma!
–¿Qué clase de fiesta era esa?
Aquella pregunta me descolocó un poco. Si a la doctora Maillard le había impresionado mi
revelación, desde luego no lo demostraba.
–Una… ¿fiesta de disfraces?
No pretendía decirlo en tono interrogativo.
–¿Fuiste con alguien?
Asentí.
–Con mi hermano, pero él había quedado con otra persona.
Comenzaba a hacer calor en la sala.
–¿Entonces estabas sola?
Ante mis ojos apareció fugazmente la escena de Noah diciéndole algo al oído a aquella chica. Sola,
desde luego.
–Sí.
–¿Has salido mucho desde que os vinisteis a vivir aquí?
Negué con la cabeza.
–Anoche fue la primera vez.
La doctora Maillard sonrió sutilmente.
–Bueno, parece que resultó un poco estresante.
Al oír aquello, solté un bufido. No pude evitarlo.
–¿Comparado con qué?
Alzó las cejas.
–Dímelo tú.
–¿Comparado con que se muera tu mejor amiga? ¿O con irse a vivir lejos de toda la gente que
conozco? ¿O con empezar el colegio con el curso tan avanzado?
¿O con enterarte de que tu padre va a representar al presunto asesino de una adolescente? La idea
surgió de pronto sin previo aviso. Y sin que existiese un precedente. La aparté. El trabajo de papá no iba
a suponer ningún problema para mí. No podía permitir que me afectara hasta ese punto; si mi madre se
daba cuenta de que me estaba estresando, quizá le obligaría a dejar el caso, el primero que llevaba desde
nuestro traslado. Y con tres hijos en colegios privados, probablemente necesitaban el dinero. Ya les
había complicado bastante la vida. Decidí no comentárselo a la doctora Maillard. Lo que hablábamos era
confidencial, pero aun así.
Habló con expresión seria.
–Tienes razón –dijo mientras se apoyaba en el respaldo de la silla–. Déjame hacerte una pregunta:
¿anoche fue la primera vez que viste a alguien que en realidad no estaba ahí?
Negué con la cabeza, algo aliviada al comprobar que había cambiado el tema central de la
conversación.
–¿Te sientes cómoda para hablarme de las otras cosas que has visto?
No especialmente. Me puse a juguetear sin motivo con un hilo de mis vaqueros gastados, y supe lo
loca que iba a sonar, lo loca que ya sonaba. De todos modos, se lo dije.
–Una vez vi a mi exnovio, Jude, en el colegio.
–¿Cuándo?
–El primer día.
Después de ver cómo se venía abajo el aula de álgebra. Después de que Claire apareciese en el
espejo por primera vez. Me mordí los labios.
–O sea, que ya estabas bastante estresada.
Asentí.
–¿Le echas de menos?
Su pregunta me pilló desprevenida. ¿Cómo la contestaba? Cuando estaba despierta, apenas me
acordaba de Jude. Y cuando soñaba… no era lo que se dice agradable. Bajé la vista con la esperanza de
que la doctora Maillard no se diese cuenta de que me ardían las mejillas, la única prueba de mi
vergüenza. Me sentí una mala persona.
–A veces estas cosas son complicadas, Mara –dijo; seguro que se había dado cuenta a pesar de
todo–. Cuando perdemos a seres que eran importantes para nosotros, hay una amplísima gama de
sentimientos que podemos experimentar.
Me moví inquieta en el sillón.
–¿Podemos hablar de otra cosa?
–Podemos, pero la verdad es que me gustaría insistir un poco en esto. ¿Puedes hablarme un poco de
vuestra relación?
Cerré los ojos.
–No fue una relación propiamente dicha. Solo estuvimos juntos un par de meses.
–¿Y ese par de meses fue bueno?
Me quedé pensándolo.
–Vale –dijo la doctora Maillard, y continuó; debía de haber leído la respuesta en mi cara–. ¿Qué me
puedes contar sobre la relación con tu mejor amiga? La viste después de muerta, ¿no?
Negué con la cabeza.
–Fue a Claire a quien vi. Solo llevaba un año viviendo en Laurelton. Era la hermana de Jude; de mi
novio. Se hizo íntima de Rachel.
La doctora Maillard entornó los ojos.
–Rachel. ¿Tu mejor amiga?
Asentí.
–Pero no se hizo íntima tuya.
–No mucho.
–Y a Rachel no la has vuelto a ver.
Negué con la cabeza.
–¿Hay algo más? ¿Algo que hayas visto y que no deberías? ¿Algo que hayas oído que no deberías?
Entrecerré los ojos.
–¿Como voces, por ejemplo? –Decididamente, pensaba que estaba loca.
Se encogió de hombros.
–Como cualquier cosa.
Me miré el regazo e intenté reprimir un bostezo. No lo conseguí.
–A veces. A veces oigo que alguien me llama.
La doctora Maillard hizo un gesto de asentimiento.
–¿Qué tal duermes?
–No demasiado bien –confesé.
–¿Pesadillas?
Se las podía llamar así.
–Sí.
–¿Te acuerdas de alguna?
Me froté la nuca.
–A veces. A veces sueño con aquella noche.
–Eres muy valiente al contarme todo esto. –Su voz no sonaba paternalista cuando lo dijo.
–No quiero estar loca –le dije. Con todo mi corazón.
–No creo que estés loca.
–¿Entonces es normal ver cosas que en realidad no están ahí?
–Cuando una persona ha experimentado una situación traumática, sí.
–¿Aunque no la recuerde?
La doctora Maillard alzó una ceja.
–Pero ¿no recuerdas nada?
Me froté la frente, y a continuación me retiré el pelo hacia atrás y me lo recogí en la nuca. No dije
nada.
–Creo que estás empezando a recordar –dijo–. Poco a poco, y de una manera en que tu mente no sufra
demasiado al procesarlo. Y aunque quiero profundizar sobre ello si decides volver a verme, me parece
que es posible que el hecho de ver a Jude o a Claire sea la forma en que tu mente expresa los
sentimientos ambiguos que experimentas hacia ellos.
–¿Entonces qué hago? ¿Para conseguir que pare? –pregunté.
–Bueno, si crees que vas a querer volver a verme, podemos concretar un plan de terapia.
–¿Sin fármacos? –Me imaginaba que mi madre me había llevado al psiquiatra por algún motivo.
Probablemente se figuraba que tenía que sacar la artillería pesada. Y después de lo de la noche anterior,
no podía discutírselo, precisamente.
–Bueno, normalmente prescribo medicación para tomar conjuntamente con la terapia. Pero eso lo
decidirás tú. Puedo recomendarte a un psicólogo si de momento no quieres tomar medicación, o podemos
probar. Espera a ver qué tal te va.
Me pregunté si de verdad una pastilla haría desaparecer las cosas que habían estado ocurriendo
desde que nos habíamos mudado (los sueños, las alucinaciones…).
–¿Cree que me vendría bien?
–¿Por sí sola? Puede. Pero con terapia de conducta cognitiva hay más posibilidades de que
comiences a encontrarte mejor mucho antes, aunque desde luego es un proceso largo.
–¿Terapia de conducta cognitiva?
La doctora Maillard asintió.
–Cambia el modo de pensar sobre las cosas. Cómo enfrentarte a lo que has estado viendo. Lo que
sientes. También te ayudaría con las pesadillas que has tenido.
–Los recuerdos –corregí; y luego me vino una idea a la cabeza–. ¿Y si… y si lo único que necesito es
recordar?
Se inclinó ligeramente hacia delante en su silla.
–Puede que eso sea una parte, Mara. Pero no es una cosa que puedas forzar. Tu mente ya está
trabajando sobre ello a su manera.
Una sonrisita alargó las comisuras de mi boca.
–Entonces ¿aquí no vamos a hacer terapia de hipnosis ni nada?
La doctora Maillard sonrió.
–Me temo que no –dijo.
Hice un gesto de aprobación.
–Mi madre tampoco cree en ella.
La doctora Maillard cogió un cuaderno que había encima del escritorio y anotó algo. Arrancó la hoja
y me la entregó.
–Que tu madre compre esto. Si quieres tomártelo, genial. Si no, no pasa nada. De todos modos, puede
que no comience a hacer efecto hasta pasadas unas semanas. O quizá empiece a notarse a los pocos días.
Cada persona es distinta.
No entendí la letra de la doctora Maillard.
–¿Zoloft?
Negó con la cabeza.
–No me gusta recetar inhibidores selectivos de recaptación de serotonina a adolescentes.
–¿Y eso?
Los ojos de la doctora Maillard examinaron el calendario de su escritorio.
–Hay estudios que demuestran cierta relación entre los inhibidores selectivos de recaptación de
serotonina y el suicidio en adolescentes. ¿Podemos vernos el jueves?
Repasé mentalmente las fechas a toda prisa.
–La verdad es que tengo encima los exámenes. Los más duros de este curso.
–Eso es mucha presión.
Solté una carcajada brusca.
–Sí. Supongo que sí.
Cogió las gafas y se las volvió a poner.
–Mara, ¿has pensado en dejar de asistir al colegio durante algún tiempo?
Me levanté del sillón.
–¿Para quedarme todo el día sentada pensando en lo mucho que echo de menos a Rachel? ¿Y echar
por tierra la oportunidad de graduarme cuando me corresponde? ¿Y estropear mi expediente académico?
–De acuerdo, tú ganas.
La doctora Maillard sonrió y se puso en pie. Me tendió la mano y se la estreché, pero no fui capaz de
mirarla a los ojos. Estaba demasiado abochornada por mi arrebato de autocompasión.
–De todos modos, intenta tener cuidado con el estrés –dijo, y a continuación se encogió de hombros–.
Todo el cuidado que puedas. Los episodios de trastorno de estrés postraumático tienden a
desencadenarse en momentos de… bueno, de estrés. Y llámame en cuanto termines los exámenes,
especialmente si decides tomarte la medicación. O antes, si me necesitas. –Me dio su tarjeta–. Me ha
encantado conocerte, Mara. Me alegro de que hayas venido.
–Gracias –le dije de corazón.
Cuando salí de la consulta, mi madre estaba fuera esperándome. Sorprendentemente, no me cosió a
preguntas. Le entregué la receta y se tensaron todos los músculos de su cara.
–¿Qué pasa? –pregunté.
–Nada –dijo, y arrancó en dirección a la carretera. Por el camino paramos en una farmacia. Dejó la
bolsa en el salpicadero.
La abrí y saqué el frasco de pastillas.
–Zyprexa–leí en voz alta–. ¿Qué es?
–Debería ayudarte a afrontar las cosas con más facilidad –dijo mi madre sin apartar la vista de la
carretera. Una no-respuesta. No volvió a abrir la boca hasta que llegamos a casa.
Mi madre entró en casa con la bolsa en la mano y yo me fui a mi habitación. Encendí el ordenador y
busqué Zyprexa en Google. Pinché en la primera página que apareció y se me secó la boca.
Era un antipsicótico. 
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Akari Kreuz
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:23 pm

23
No sabía cómo debía reaccionar cuando viera a Noah en clase al día siguiente. Parecía que había
pasado una eternidad desde la fiesta de disfraces, pero la humillación aún seguía fresca. Agradecí tener
que llevar camisa de manga larga; al menos minimizaba el impacto del vendaje en mi brazo izquierdo. Mi
madre se había convertido en la Guardiana de las Pastillas, y aquella mañana me había dado mi dosis de
Tylenol con codeína antes de que me fuera al colegio. Me dolía todo, pero no me la tomé, y tampoco
tenía ninguna intención de comenzar aún con el Zyprexa. Necesitaba que mi mente estuviera despejada.
Cuando entré en el aula de inglés, Noah ya estaba allí. Nuestras miradas se cruzaron durante un
segundo antes de que yo bajara la vista y pasase a su lado sin decirle nada. Tenía que preguntarle por
 Mabel (¿hacía solo una semana que la habíamos llevado al veterinario?) y pensar cómo iba a hacer para
presentarme con ella de golpe y porrazo ante mis padres, después de todo lo que había sucedido. Pero no
sabía cómo abordar el tema con Noah, cómo hablarle después de la fiesta. Me senté en un pupitre al otro
extremo de la clase, pero él se puso en pie, me siguió y fue a sentarse justo detrás de mí. Cuando la
señorita Leib comenzó su explicación, me sorprendí dando golpecitos con el lápiz en la mesa. Noah hizo
crujir sus nudillos a mi espalda, cosa que me puso nerviosísima.
Cuando tocó el timbre, me escabullí entre mis compañeros, ansiosa por llegar al aula de álgebra, por
primera vez en mi vida. Noah volvía locas a las chicas, y yo ya estaba loca. Tenía que conseguir que se
me pasara. Tenía que apartarlo de mi mente. Como Jamie había dicho de forma tan atinada, yo ya tenía
bastantes problemas.
Sentí tal alivio cuando vi a Jamie en clase de álgebra que probablemente hasta sonreí. Enseñando
dientes y todo. Pero mi destello de buen humor no duró mucho; Noah me dio alcance en cuanto sonó el
timbre.
–Hola –saludó al llegar a mi lado con una elegante zancada.
–Hola.
Mantuve la mirada al frente. Pregúntale por la perra. Pregúntale por la perra. Intenté que me salieran
las palabras, pero en lugar de hacerlo apreté los dientes.
Mabel está un poco pachucha –dijo Noah con voz tranquila.
Se me cayó el alma a los pies y frené mi paso durante una fracción de segundo.
–¿Se va a poner bien?
–Creo que sí, pero probablemente lo mejor será que se quede con nosotros una temporada. Así mi
madre podrá cuidarla –dijo mientras se pasaba la mano por la nuca–. ¿Te importa?
–No –dije, y me cambié la bandolera de hombro de camino a la siguiente clase–. Probablemente sea
lo mejor.
–Quería preguntarte… –comenzó a decir Noah, y luego se llevó la mano a la cabeza y se puso a
juguetear con sus mechones–. Mi madre quiere saber si podemos quedarnos con Mabel. Se ha encariñado
con ella.
Giré la cabeza para mirarlo. O no se había fijado en mi vendaje o estaba pasando de todo. Parecía
indiferente. Distante. Sus palabras no encajaban con su tono de voz.
–Quiero decir, es tu perra –dijo–, haremos lo que tú decidas…
–Me parece bien –corté. Recordé el modo en que Mabel se había acurrucado contra su pecho cuando
la llevaba en brazos. Estaría mejor con él. Sin lugar a dudas–. Dile a tu madre que por mí vale.
–Iba a preguntártelo cuando te vi en la fiesta, pero te marchaste.
–Tenía que irme a otro sitio –dije evitando su mirada.
–Ya. ¿Qué te pasa? –me preguntó sin el más mínimo tono de interés.
–Nada –respondí.
–No te creo.
–No me importa. –Mentira.
–Vale. Pues comamos juntos –dijo con toda tranquilidad.
Hice una pausa mientras me debatía entre el sí y el no.
–No –dije al final.
–¿Por qué no?
–He quedado para estudiar –dije. Con un poco de suerte, Jamie me haría el favor.
–¿Con quién?
–¿Por qué te importa tanto? –pregunté en tono de burla. Para el interés que mostraba, podíamos estar
hablando de física molecular.
–Eso mismo estoy empezando a preguntarme –dijo Noah, y se alejó. Sin mirar atrás.
Genial.
En clase de plástica dibujé mi mano vendada, aunque en realidad se suponía que teníamos que hacer
rostros. Y cuando llegó la hora de comer, preferí la soledad en lugar de buscar a Jamie. Saqué el plátano
que había traído, lo pelé y le di un mordisco tranquilamente mientras dejaba que la delicada pulpa se
deshiciese entre los dientes de camino hacia mi taquilla. Me alegré de no ver a Noah por allí. Me sentí
incluso aliviada mientras dejaba unos libros y cogía otros.
Hasta que vi la nota.
Doblada de manera que podía introducirse por la rendija de la taquilla, coronando inocentemente mi
torre de libros. Una hoja de papel grueso con mi nombre escrito.
Papel blanco luminoso, libre de ácidos.
Papel de cuaderno de dibujo.
Desdoblé la nota y reconocí al instante uno de los dibujos que había hecho de Noah. En la otra cara
ponía simplemente:
TENGO UNA COSA QUE TE PERTENECE. ESPÉRAME JUNTO A LAS
MÁQUINAS DISPENSADORAS A LA HORA DE COMER SI QUIERES
QUE TE LA DEVUELVA.
Noté cómo una oleada de calor abrasaba mi piel. ¿Me había robado Noah el cuaderno de dibujo? Me
sorprendí de mi furia repentina. Jamás le había dado un puñetazo a nadie, pero para todo había una
primera vez. Rubriqué mi pensamiento con un sonoro portazo al cerrar la taquilla.
No recuerdo cómo bajé las escaleras. En un momento dado estaba junto a mi taquilla y al minuto
siguiente estaba doblando la esquina que había justo antes de las máquinas expendedoras. Y luego me
asaltó una idea horrible: ¿y si no era Noah? ¿Y si era otra persona? Como por ejemplo… oh, no. Como
por ejemplo Anna. Me la imaginé presa de un ataque de risa mientras enseñaba mis dibujos de Noah a sus
amigos.
Y en efecto, cuando llegué, Anna me estaba esperando con aire de suficiencia y satisfacción, y un
gesto desdeñoso en su estereotípicamente bonito rostro. Flanqueada por Aiden, me cortó el paso
regodeándose en la situación y mostrando una expresión de superioridad.
Cuando los vi allí, estaba segura de que sería capaz de manejar la situación. Podía imaginar la sarta
de gilipolleces que me iba a decir.
Lo que no esperaba era ver a docenas de alumnos congregados para presenciar el espectáculo de
aquel choque de trenes.
Y lo que provocó que una especie de chillido desgarrador me recorriese la espina dorsal fue ver a
Noah, rodeado de una corte de admiradores de ambos sexos.
En aquel momento, la magnitud de las maquinaciones de Anna ultrajó mi mente. Se me revolvió el
estómago cuando de repente todo encajó; por qué estaba allí todo el mundo, por qué estaba allí Noah.
Anna había comenzado a montar aquel circo de tres pistas desde la primera vez que Noah me había
hablado el día que llegué. Y ahora, lo único que necesitaba para meterse por completo en su papel de
maestra de ceremonias era un sombrero de copa y un monóculo. Oh, Anna. Te había infravalorado. Todos
los ojos estaban clavados en mí. Me tocaba mover ficha. Si es que quería jugar.
Mis ojos recorrieron el montón de alumnos mientras seguía allí parada y pensaba. Finalmente, me
limité a mirar a Anna y con ello la reté a que hablase. Quien habla primero, pierde. No me defraudó.
–¿Buscabas esto? –preguntó con voz cantarina y tono inocente mientras blandía mi cuaderno de
dibujo.
Alargué el brazo para cogerlo, pero ella lo apartó con brusquedad.
–Calientapollas –mascullé.
Anna fingió escandalizarse.
–Bueno, bueno, Mara. ¡Vaya vocabulario! Lo único que estoy haciendo es devolver un objeto perdido
a su legítima dueña. Porque tú eres la legítima dueña, ¿no? –dijo a la vez que abría el cuaderno para ver
la parte interior de la tapa–. «Mara Dyer» –leyó en voz alta–, esa eres tú – añadió con énfasis al tiempo
que rubricaba sus palabras con un mohín de superioridad; yo no dije nada–. Aiden tuvo la amabilidad de
recogerlo cuando te lo dejaste olvidado en clase de álgebra.
Aiden sonrió en perfecta sincronía.
Debió de quitármelo de la bolsa.
–En realidad lo robó.
–Me temo que no, Mara. Debiste de dejártelo allí por no andar con cuidado.
Ahora que había creado el ambiente idóneo, comenzó a hojear mi cuaderno. Si pegaba a Anna, Aiden
se lo quedaría y yo no podría impedir que Noah viese lo que había dibujado. Y, seamos sinceros, jamás
le había puesto la mano encima a nadie. Tampoco podía decir nada para minimizar el daño. Los bocetos
eran tan fieles a la realidad, imágenes plasmadas con tal veneración, que dejarían en evidencia mi
enamoramiento obsesivo en el mismo momento en que los viese. La humillación sería absoluta, y ella lo
sabía.
El sonrojo de la derrota asomó a mis mejillas y se extendió a la garganta y hasta a las clavículas. No
podía hacer otra cosa más que dejar que me desollaran virtualmente y quedarme inmóvil, despellejada
ante todo el colegio hasta que Anna se emborrachara con su sobredosis de crueldad.
Y recoger mi cuaderno cuando todo terminara. Porque era mío, y lo iba a recuperar.
No quise ver la cara de Noah cuando Anna por fin llegó a la página donde él aparecía por primera
vez. Verlo sonreír o poner un mohín de suficiencia o reírse o hacer un gesto burlón con los ojos me
desarmaría, y no quería llorar delante de ellos. Así que clavé los ojos en el rostro de Anna y contemplé
cómo se estremecía de perversa satisfacción mientras avanzaba hacia él con el cuaderno en la mano. El
grupo se apartó y deshizo el semicírculo para convertirse en una cuña cuyo vértice era Noah.
–¿Noah? –llamó con un gorgorito.
–Anna –respondió él sin expresión.
Ella comenzó a pasar las hojas una a una y percibí cómo los susurros se convertían en murmullos y oí
una risa cantarina que provenía de la parte más alejada de la zona de las mesas de picnic, pero enseguida
se desvaneció. Anna pasó las páginas despacio para conseguir un mayor efecto y, como una diabólica
maestra de escuela, sostuvo el cuaderno en alto, en el ángulo adecuado para que el grupo lo viese de la
mejor manera posible. Todos querían disfrutar de una apreciación larga y abochornante de mi vergüenza.
–Este se parece muchísimo a ti –le dijo a Noah mientras se apretaba contra su cuerpo.
–Mi chica tiene talento –contestó Noah.
Mi corazón dejó de latir.
El corazón de Anna dejó de latir.
El corazón de todo el mundo dejó de latir. El zumbido de un mosquito solitario habría resultado
obsceno en medio de aquel silencio.
–Qué gilipollez –acertó a murmurar Anna, pero en un tono lo suficientemente alto como para que todo
el mundo lo oyese. No se había movido ni un centímetro.
Noah se encogió de hombros.
–Soy un cabrón engreído, y Mara satisface mi vanidad. –Tras una pausa, añadió–: Me alegro de que
el otro cuaderno no haya caído en tus ávidas y pequeñas garras. Ese sí que habría resultado
comprometedor.
Sus labios se curvaron dibujando una sonrisa pícara cuando se deslizó al suelo desde lo alto de la
mesa donde estaba sentado.
–Y ahora déjame en paz de una puñetera vez –dijo flemático a una Anna estupefacta y boquiabierta
mientras la apartaba para abrirse paso y le arrebataba el cuaderno de las manos.
Y se acercó a mí.
–Vámonos –indicó con dulzura cuando llegó a mi lado. Su cuerpo rozó mi hombro y mi brazo con aire
protector. Y entonces extendió la mano hacia mí.
Quise cogerla y quise escupir a Anna a la cara y quise besarlo y quise darle a Aiden un rodillazo en
la entrepierna. Al final se impuso la corrección, y rogué con todas mis fuerzas a cada uno de mis nervios
que respondiesen a la señal que estaba enviándoles mi cerebro, y puse mis dedos sobre los suyos. Una
corriente fluyó desde las yemas de los dedos hasta el hueco vacío donde antes estaba mi estómago.
Y de esa manera tan simple, pasé a ser completa, total y enteramente SUYA.
Ninguno de los dos habló hasta que nos encontramos a una distancia prudencial para que el grupo de
confundidos y perplejos estudiantes no nos oyera ni nos viera. Estábamos junto a un banco al lado de la
pista de baloncesto cuando Noah se detuvo y por fin soltó mi mano. Noté un vacío en la mía; pero apenas
tuve tiempo para procesar la pérdida.
–¿Estás bien? –me preguntó con delicadeza.
Asentí con la mirada fija en un punto lejano. Tenía la lengua entumecida.
–¿Estás segura?
Volví a asentir.
–¿Completamente?
Lo fulminé con la mirada.
–Estoy perfectamente –dije.
–Esa es mi chica.
–Yo no soy tu chica –dije, con peor intención de la que pretendía transmitir.
–Vale, de acuerdo –dijo Noah, y me miró con curiosidad; alzó una ceja–. En cuanto a eso.
No supe qué decir, así que no dije nada.
–Yo te gusto –dijo tras la pausa–. Yo te gusto, te gusto. –Estaba intentando no sonreír.
–No. Te odio –respondí, con la esperanza de que al decirlo se convirtiera en realidad.
–Ya, y sin embargo, me dibujas. –Noah no había abandonado su aire de suficiencia, impertérrito ante
mi declaración. Aquello era una tortura; peor aun que lo que acababa de ocurrir; aunque ahora
estuviésemos los dos solos. O quizá precisamente porque ahora estábamos los dos solos–. ¿Por qué?
–¿Por qué qué?
¿Qué podía decir? Noah, a pesar de que seas un imbécil, o quizá porque lo eres, me gustaría
arrancarte la ropa y ser la madre de tus hijos. Venga ya.
–Por qué todo –prosiguió–. Empieza por explicarme por qué me odias. Y luego sigue hasta que
llegues a la parte de los dibujos.
–En realidad no te odio.
–Lo sé.
–Entonces, ¿por qué me lo preguntas?
–Porque quería que lo confesaras –dijo con una media sonrisa.
–Pues ya está –dije, desarmada–. ¿Hemos terminado?
–Eres la persona más desagradecida que existe sobre la tierra –meditó en voz alta.
–Tienes razón –dije en tono frío–. Gracias por rescatarme. Me tengo que ir.
Eché a andar.
–No tan rápido. –Noah me sujetó por la muñeca sana. La asió con suavidad y yo me giré. Mi corazón
latía a una velocidad vertiginosa–. Seguimos teniendo un problema.
Lo miré sin comprender. Aún sostenía mi muñeca y el contacto interfería con el buen funcionamiento
de mi cerebro.
–Todos creen que salimos juntos–dijo Noah.
Ah. Noah necesitaba saber cómo salir del paso. Naturalmente; en realidad, no salíamos juntos. Yo
solo era… Ni siquiera sabía lo que era para él. Bajé la vista mientras escarbaba en la gravilla del
camino con la puntera de mi zapatilla como una niña huraña mientras intentaba que se me ocurriera algo
que decir.
–Dile a tus amigos el lunes que me has dejado –dije al fin.
Noah me soltó la muñeca con expresión de genuina perplejidad.
–¿Cómo?
–Si les dices que rompimos el fin de semana todo el mundo terminará olvidándose de esto. Diles que
era demasiado absorbente –contesté.
Noah alzó ligeramente las cejas.
–Eso no es exactamente lo que yo tenía pensado.
–Vale –dije, también muy perpleja–. Me amoldaré a lo que tú quieras decir, ¿te parece?
–Domingo.
–¿Cómo?
–Quiero el domingo. Mis padres tienen no sé qué evento el sábado, pero el domingo estoy libre.
No entendía.
–¿Y?
–Y tú vas a pasar el día conmigo.
Aquello no era lo que yo esperaba.
–Ah, ¿sí?
–Sí. Me lo debes –dijo.
Y tenía razón: se lo debía. Noah no habría tenido que mover un solo dedo para convertir en realidad
el sueño de Anna y mi pesadilla; podía haberse quedado allí sentado, encogerse de hombros y limitarse a
mirar. Habría sido suficiente para que mi humillación a ojos de todo el colegio fuese completa.
Pero no lo hizo. Me había salvado, y no entendía por qué.
–¿Sirve de algo que te pregunte qué me vas a obligar a hacer el domingo?
–La verdad es que no.
Vale.
–¿Sirve de algo que te pregunte qué me vas a hacer?
Sonrió con malicia.
–La verdad es que no.
Fabuloso.
–¿Algo para lo que haga falta utilizar una palabra de seguridad?
–Eso dependerá enteramente de ti. –Noah estaba peligrosamente cerca, a solo unos centímetros. Unas
cuantas pecas habían desaparecido entre la pelusilla de su mentón–. Me comportaré con delicadeza –
añadió.
Se me cortó la respiración cuando me miró desde el marco de aquellas pestañas y con ello me
fulminó.
Lo miré con los ojos entrecerrados.
–Eres malo.
Como única respuesta, Noah sonrió y levantó el dedo para darme un toquecillo suave en la punta de
la nariz.

–Y tú eres mía –dijo, y se fue.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:24 pm

24
Al terminar las clases, Daniel me estaba esperando junto a la verja de atrás. Cambió de hombro su
sobrecargada mochila.
–Vaya, vaya. Mira por dónde viene la comidilla del lugar.
–¿Corren rápido las noticias por aquí o qué? –pregunté, y al hacerlo me di cuenta de cómo se me
quedaban mirando varios alumnos de Croyden mientras nos dirigíamos al coche.
–Todo lo contrario, hermanita. No me enteré del enfrentamiento en el recinto de las mesas de picnic
hasta media hora después de que terminara –dijo cuando llegamos al coche–. ¿Me lo vas a contar?
Solté una carcajada mientras abría la puerta y me sentaba en mi asiento.
–No.
Daniel hizo lo propio medio segundo después.
–Con que Noah Shaw, ¿eh?
–He dicho que no.
–¿Cuándo ocurrió?
–No significa «no».
–No creerás que en casa te van a dejar salir con ese tipo sin mi ayuda, ¿verdad?
–Aun así, no.
Daniel salió del aparcamiento.
–Algo me dice que terminarás por cambiar de opinión –dijo, y se pasó todo el camino a casa con la
vista puesta en la carretera y una sonrisa en los labios. Qué impertinente.
Cuando aparcó en el camino de entrada, salí del coche como una bala, y a punto estuve de no ver a
nuestro hermano pequeño, que estaba agachado entre los arbustos que separaban nuestro jardín del de los
vecinos. Daniel ya había entrado en la casa.
Me acerqué a Joseph. A pesar de lo del día anterior, parecía encontrarse bien. Como si lo del
hospital no hubiese ocurrido nunca. Quería asegurarme de que así era.
–Hola –saludé mientras me dirigía hacia él–. Eh, ¿qué…?
El gato negro al que estaba acariciando me lanzó una mirada asesina con sus ojos amarillos y soltó un
bufido. Di un paso atrás.
Joseph apartó la mano y se giró, todavía agachado.
–La estás asustando.
Alcé las manos como pidiendo disculpas.
–Lo siento. ¿Vas a entrar?
El gato emitió un ligero maullido y a continuación salió disparado. Mi hermano se puso en pie y se
limpió las manos con la camisa.
–Ahora sí.
Cuando entré, dejé mi bolsa sobre la mesa de la entrada, sin hacer caso del crujido de un objeto no
identificado que se intuía dentro de la lona, y fui a la cocina. Sonó el teléfono y Joseph se lanzó a por él.
–Residencia Dyer –contestó todo formal–. Un momento, por favor –dijo mientras cubría el micrófono
con la mano; estaba muerto de risa–. Mara, es para ti. Y es un chiiiiicoooo –anunció con voz burlona.
Alcé la vista en gesto de desesperación, pero no tenía ni idea de quién podía ser.
–Ya lo cojo en mi habitación –dije mientras a Joseph le entraba la risa floja. Horror.
Una vez fuera de su campo de visión, recorrí al trote el tramo de pasillo que quedaba hasta mi cuarto
y cogí el teléfono.
–¿Sí?
–Hola –respondió Noah imitando mi acento americano. Pero habría reconocido esa voz en cualquier
lugar.
–¿Cómo has conseguido mi número de teléfono? –le espeté con brusquedad antes de poder
contenerme.
–Se llama investigación. –Reconocí su sonrisita de suficiencia al otro lado del teléfono.
–O acoso.
Noah se rio entre dientes.
–Eres adorable cuando estás de mala leche.
–Pues tú no –respondí, pero no pude evitar sonreír.
–¿A qué hora te recojo el domingo? ¿Y dónde vives exactamente?
No podía permitir que Noah conociese a mi familia. Me darían la tabarra hasta el fin de los tiempos.
–No es necesario que me recojas –contesté rápidamente.
–Teniendo en cuenta que no tienes ni idea de adónde vamos y que no tengo la menor intención de
decírtelo, estoy seguro de que sí lo es.
–Podemos quedar en algún sitio del centro.
Noah parecía divertido.
–Prometo plancharme los pantalones antes de conocer a tu familia. Hasta compraré unas flores para
la ocasión.
–No es eso –dije; quizá la sinceridad sería la mejor política–. Es que mi familia se va a pasar la vida
metiéndose conmigo si vienes.
Los conocía demasiado bien.
–Enhorabuena… Acabas de conseguir que el plan resulte aún más apetecible. Dame tu dirección.
–Te odio más de lo que puedas llegar a imaginarte.
–No te molestes, Mara. Sabes que lo averiguaré de todos modos.
Suspiré, derrotada, y se la di.
–Estaré allí a las diez.
–Ah –dije sorprendida–. No sé por qué creí que era un plan para el día.
–Me parto contigo. A las diez de la mañana, querida.
–¿Es que no puede una chica dormir hasta tarde el fin de semana?
–Tú no duermes. Hasta el domingo, y no te pongas zapatos ridículos –dijo Noah, y colgó antes de que
me diera tiempo a responder.
Me quedé allí de pie, mirando el auricular. Era irritante. Pero un cosquilleo nervioso recorrió mi
estómago. Noah y yo. El domingo. Solos.
Mi madre asomó la cabeza en mi cuarto y habló, sobresaltándome.
–Hoy viene papá a cenar. ¿Me ayudas a poner la mesa? ¿O te duele mucho el brazo?
El brazo. Mi madre. ¿Me dejaría ir?
–Ahora mismo voy –dije mientras colgaba el teléfono. Parecía que al final sí que iba a necesitar la
ayuda de Daniel.
Salí al pasillo y me colé en su habitación. Estaba tumbado encima de la cama leyendo un libro.
–Hola –dije.
–Hola –contestó sin levantar la vista.
–Bueno, es que necesito tu ayuda.
–¿Para qué, si se puede saber?
Me lo iba a poner todo lo difícil que pudiese. Estupendo.
–He quedado con Noah para salir el domingo.
Se rio.
–Me alegra causarte tanta diversión.
–Lo siento, es que… es que estoy impresionado, eso es todo.
–Por Dios, Daniel, ¿tan horrenda soy?
–Ah, venga. No es eso. Estoy impresionado de que al final hayas dicho que sí. Eso es todo.
Puse gesto hosco y levanté el brazo.
–No creo que mamá quiera volver a perderme de vista.
Al oír estas palabras, Daniel finalmente me miró y alzó una ceja.
–Estaba cabreadísima el miércoles por la noche, pero ahora que tienes… bueno… relación con
alguien, podría intentar hacer algún truco de magia. –Su sonrisa se hizo más amplia–. Si me cantas la
historia entera.
Si alguien podía conseguir algo de mi madre, ese era Daniel.
–Vale. ¿Qué?
–¿Sabías que iba a ocurrir?
–El miércoles eché en falta el cuaderno de dibujo.
–Buen intento. ¿Y la parte donde Shaw anunció delante de prácticamente todo el colegio que lo
habías utilizado como modelo para practicar tus desnudos?
Suspiré.
–Una completa sorpresa.
–Eso es lo que yo pensé cuando lo oí. En serio. Apenas has salido de casa… –No completó la frase,
pero sin embargo oí las cosas que no dijo: Apenas has salido de casa excepto para huir de una fiesta,
acudir a urgencias y visitar a una psiquiatra.
Interrumpí el incómodo silencio.
–Bueno, ¿me vas a ayudar o no?
Daniel inclinó la cabeza hacia un lado y sonrió.
–¿Te gusta?
Esto ya era insoportable.
–Vale, olvídalo.
Daniel se sentó en la cama.
–Vale, vale. Te ayudaré. Pero solo porque me siento culpable. –Se levantó y se acercó–. Debería
haberte dicho lo del caso de papá.
–Bueno, pues ya estamos en paz –dije. Y sonreí–. Si me ayudas a poner la mesa.
–Bueno, ¿y a qué se debe esta ocasión especial? –pregunté a mi padre durante la cena aquella noche. Me
dirigió una mirada interrogante–. Es que debe de ser como la tercera vez que vuelves a casa temprano
desde que nos vinimos a vivir aquí.
–Ah –dijo, y sonrió–. Bueno, ha sido un buen día en el despacho. –Se metió en la boca un trozo de
pollo al curry, y se lo tragó–. Resulta que mi cliente lo tiene muy fácil. La llamada testigo tiene por lo
menos cien años. No se va a sostener ni clavada a una cruz.
Mi madre se levantó para traer más comida de la cocina.
–Vaya expresión, Marcus –dijo sin quitarme el ojo de encima. Yo mantuve una perfecta compostura.
–¿Y entonces qué quieres que diga? Lassiter tiene una coartada. Está muy arraigado en la comunidad.
Es uno de los promotores inmobiliarios más respetados de Florida, ha donado cientos de miles de
dólares a sociedades de protección del patrimonio…
–¿Y eso no es así como un poco paradójico? –Joseph metió baza en la conversación.
Daniel sonrió ante la salida de nuestro hermano pequeño, pero luego también se manifestó.
–Me parece que Joseph tiene razón. Quizá solo sea una fachada. A ver, ¿es un promotor y está dando
dinero a los grupos que lo odian? Está claro que solo lo hace por aparentar, probablemente con eso se
habrá ganado la buena voluntad de los miembros del jurado.
Decidí participar yo también, para guardar las apariencias.
–Estoy de acuerdo. Parece como si tuviese algo que ocultar.
Mi tono de voz fue lo suficientemente despreocupado. Mi madre incluso me hizo una señal de
aprobación con el pulgar hacia arriba desde la cocina. Misión cumplida.
–Muy bien –dijo mi padre–. Sé reconocer un ataque en grupo. Pero no tiene gracia, chicos. Ese
hombre va a ser juzgado por asesinato, y los indicios no demuestran nada.
–Pero papá, ¿tu trabajo no consiste precisamente en decir eso?
–Déjalo ya, Joseph. Díselo tú, papá –dijo Daniel a mi padre. Cuando este volvió la espalda, Daniel
guiñó el ojo a nuestro hermano pequeño.
–Lo que a mí me gustaría saber –intervino mi madre cuando mi padre abrió la boca para replicar– es
en qué universidad va a estudiar mi hijo mayor el curso que viene.
Y entonces fue Daniel quien quedó en el punto de mira. Se puso a enumerar diligentemente las
universidades que creía que lo podían aceptar y yo desconecté y me serví un poco más de arroz basmati.
Ya me había llevado un poco a la boca cuando me di cuenta de que algo resbalaba por las púas de mi
tenedor. Algo pequeño. Algo blanco.
Algo que se movía.
Me quedé helada y dejé de masticar cuando bajé la vista y miré mi plato. Gusanos blancos
serpenteaban por la porcelana, medio ahogados en curry. Me tapé la boca.
–¿Estás bien? –preguntó Daniel, y a continuación cogió arroz con el tenedor y se lo llevó a la boca.
Lo miré con los ojos como platos y la boca todavía llena, y después volví a mirar mi plato. No había
gusanos. Solo arroz. Pero no fui capaz de tragar.
Me levanté de la mesa y caminé a paso normal hacia el pasillo. En cuanto doblé la esquina, corrí al
cuarto de baño y escupí la comida. Me temblaban las rodillas y notaba el cuerpo húmedo y pegajoso. Me
refresqué la cara, pálida y sudorosa, con agua fría, y me miré al espejo por puro instinto.
Jude estaba detrás de mí, vestido con la misma ropa que llevaba la última noche que lo vi y una
sonrisa completamente desprovista de afecto. Apenas podía respirar.
–Tienes que apartar este lugar de tu mente –dijo, justo antes de que yo me girase hacia el inodoro

para vomitar.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:25 pm

25
El sonido del despertador en domingo me dio un susto de muerte. No recordaba cómo me había quedado
dormida. Aún tenía puesta la ropa del día anterior.
Es que estaba agotada. Y quizá algo nerviosa por mi cita con Noah. Quizá. Un poco. Centré mi
atención en el armario y sopesé mis opciones.
Falda no. Vestido aún menos. O sea, que tendría que llevar vaqueros. Saqué un par muy desgastado,
saqué una de mis camisetas favoritas del chifonier y me la puse a toda prisa.
Me latía el corazón aceleradamente en contraste con los movimientos parsimoniosos del resto de mi
cuerpo cuando me dirigí a la cocina aquella mañana, como si no pasara nada. Porque no pasaba nada.
Cuando entré, mi madre estaba metiendo unas rebanadas de pan en el tostador.
–Buenos días, mamá.
Mi voz sonaba tranquila. Me concedí una ovación a mí misma.
–Buenos días, cariño. –Sonrió y sacó un filtro para la cafetera–. Qué temprano te has levantado hoy. –
Se apartó un mechón de pelo y lo sujetó detrás de la oreja.
–Sí.
Me había levantado temprano. Y ella no sabía por qué. Llevaba desde el miércoles pensando en la
manera de sacar el tema de mis no-planes para el domingo, pero mi mente seguía en blanco. Y ahora
Noah estaba a punto de llegar.
–¿Algún plan para hoy?
Era el momento.
–Sí, la verdad es que sí. –Con naturalidad. Nada de darle importancia.
–¿Qué vas a hacer? –Andaba revolviendo en las alacenas y no le veía la cara.
–En realidad no lo sé.
Y era cierto; no lo sabía, aunque eso no sea lo que los padres en general quieran escuchar. Mis
padres en particular, no. Mi madre en particular, no.
–Ya, ¿y con quién vas a salir? –preguntó. Si aún no se mostraba suspicaz, empezaría a hacerlo
inmediatamente.
–Con un chico del colegio… –Mi voz se fue desinflando mientras me preparaba para el tercer grado.
–¿Quieres llevarte mi coche?
¿Qué?
–¿Mara?
Parpadeé.
–Perdona. Creí que había dicho ¿qué? ¿Qué?
–Te he preguntado si te quieres llevar el Acura. Hoy no lo voy a necesitar, y no has tomado codeína.
Daniel debía de haber cumplido su parte del trato. Tendría que preguntarle cómo se las había
arreglado.
Decidí no sacar a mi madre de su error y no confesarle que llevaba varios días sin tomar codeína.
Aún me dolía la quemadura, aunque el dolor había disminuido un poco desde el viernes. Y no tenía tan
mal aspecto como yo me temía cuando me miraba levantando cuidadosamente el vendaje. El médico de
urgencias me dijo que probablemente me quedaría una cicatriz, pero parecía que las ampollas se estaban
curando bien. De momento, sin problema.
–Gracias, mamá, eres muy… pero en realidad va a venir él a recogerme. Estará aquí dentro de… –
Miré el reloj. Mierda–. Cinco minutos.
Mi madre se giró para mirarme sorprendida.
–Me gustaría que me hubieras avisado con un poco más de antelación –dijo mientras se miraba en el
cristal de la puerta del microondas.
–Estás estupenda, mamá. Lo más probable es que no haga más que tocar la bocina o algo así. –Me
sentí tentada de echarme yo también una mirada rápida en el cristal del microondas, pero no quería
arriesgarme a ver en el cristal una imagen que no fuese la mía. En vez de hacerlo, me serví un vaso de
zumo de naranja y me senté a la mesa de la cocina–. ¿Está papá en casa?
–No. Se ha ido al despacho. ¿Por qué?
Porque eso significa que habrá una persona menos presenciando mi inminente humillación. Pero antes
de poder encontrarle a este pensamiento una expresión aceptable, Daniel entró en la cocina con paso
tranquilo. Se estiró cuan largo era, con las yemas de sus dedos apuntando al techo.
–Hola, madre –dijo, y la besó en la mejilla antes de dirigirse a la nevera–. ¿Algún plan para hoy,
Mara? –preguntó con la cabeza hundida entre las cosas que había en el frigorífico.
–Cállate –respondí, pero sin mala intención.
–No te metas con ella, Daniel –dijo mi madre.
Tres golpes en la puerta de entrada anunciaron la llegada de Noah.
Daniel y yo nos miramos durante medio segundo. Luego me levanté de la mesa como un rayo y él
cerró la nevera de un portazo. Ambos echamos a correr hacia el vestíbulo. Daniel fue el primero en
llegar. El muy cabrito. Mi madre venía detrás de mí en plan fisgón.
Daniel abrió la puerta hasta el fondo. Allí estaba Noah, merecedor de una ovación, con vaqueros
oscuros y una camiseta, y derrochando su atractivo desaliñado por todos los poros.
Y además traía flores. Mi rostro dudaba entre palidecer o sonrojarse.
–Buenas –saludó Noah al tiempo que nos dedicaba una sonrisa radiante a los tres–. Soy Noah Shaw –
dijo mientras miraba por encima de mi hombro; ofreció el ramo de lirios a mi madre, que avanzó hasta
ponerse delante de mí para recibirlo. Era un ramo precioso. Noah tenía buen gusto–. Es un placer
conocerla, señora Dyer.
–Pasa, Noah –respondió ella muy efusiva–. Puedes llamarme Indi.
Yo me quería morir. Los hombros de Daniel temblaban por la risa contenida.
Noah entró en casa y sonrió a mi hermano.
–Tú debes de ser Daniel.
–Exactamente. Encantado de conocerte –dijo mi hermano.
Era una muerte lenta y dolorosa.
–Siéntate, por favor, Noah. –Mi madre señaló los sofás de la sala de estar–. Voy a poner las flores en
agua.
Vi una oportunidad y me aferré a ella.
–Bueno, la verdad es que creo que deberíamos…
–Encantado, gracias –dijo Noah. Intentó sin éxito contener una sonrisa de suficiencia, mientras Daniel
lo miraba con ojos de felino a punto de saltar sobre un canario. Entraron los dos en la sala. Daniel se
sentó en un sillón con exceso de relleno mientras que Noah se acomodó en uno de los sofás. Yo preferí
quedarme de pie.
–Bueno, entonces, ¿qué vas a hacer hoy con mi hermana pequeña? –preguntó Daniel. Yo cerré los
ojos como quien acepta su derrota.
–Me temo que no puedo estropear la sorpresa –dijo Noah–. Pero os prometo que os la devolveré
intacta.
Sus palabras escondían algo. Daniel soltó una risa socarrona y luego cambiaron de tema. Me pareció
que hablaban de música, pero no estaba segura. Estaba demasiado absorta tratando de ahogar mi
bochorno como para poner demasiada atención, cuando mi madre salió de la cocina, entró en la sala y
pasó por delante de mí con total naturalidad para sentarse justo enfrente de Noah.
–¿Y de qué parte de Londres sois? –preguntó.
La mañana parecía estar colmada de sorpresas. ¿Cómo sabía de qué parte de Inglaterra era Noah? Me
quedé mirando a mi madre.
–Del Soho –respondió Noah–. ¿Has estado allí?
Mi madre asintió con la cabeza al tiempo que Joseph entraba en la sala con paso perezoso y en
pijama.
–Mi madre vivió en Londres antes de venirse a Estados Unidos –explicó–. Cuando era pequeña
solíamos ir todos los años. –Hizo que Joseph se acercara al sofá que estaba junto al suyo y dijo con una
sonrisa–: Por cierto, este es mi pequeñín.
Noah sonrió a mi hermano pequeño.
–Noah –se presentó.
–Joseph –contestó él, y extendió la mano para estrechar la suya.
Mi madre y Noah se pusieron a charlar como viejos camaradas sobre la Madre Patria, y yo me movía
nerviosa y me apoyaba alternativamente sobre un pie y otro mientras esperaba a que decidiesen terminar
la conversación.
Mi madre fue la primera en levantarse.
–Me alegro mucho de haberte conocido, Noah. De verdad. Tienes que venir a cenar algún día –dijo
antes de que yo pudiese hacer nada por evitarlo.
–Me encantaría; si Mara está de acuerdo.
Cuatro pares de cejas se alzaron expectantes.
–Claro. Algún día –dije, y abrí la puerta.
Noah puso una sonrisa asimétrica.
–Lo estoy deseando –dijo–. Ha sido un verdadero placer, Indi. Daniel, tenemos que hablar. Y Joseph,
encantado de conocerte.
–¡Espera! –Mi hermano pequeño se levantó del sofá como impulsado por un resorte y corrió a su
cuarto. Volvió con su móvil en la mano–. ¿Cuál es tu número de teléfono? –preguntó a Noah.
Noah pareció sorprenderse, pero de todos modos se lo dio.
–Joseph, ¿qué haces? –pregunté.
–Estoy ampliando mis contactos –contestó mi hermano, concentrado en el móvil; luego levantó la
vista y su cara se iluminó con una sonrisa–. Vale; agregado.
Mi madre sonrió a Noah cuando este salió de la casa detrás de mí.
–¡Pasadlo bien! –dijo mientras nos dirigíamos al coche.
–Adiós, mamá, volveré… más tarde.
–Espera, Mara –me dijo mi madre tras avanzar unos pasos. Noah levantó la vista, pero cuando mi
madre me llevó aparte, siguió caminando hacia su coche y nos dejó solas.
Mamá extendió la mano. Sobre ella había una pastillita blanca y redonda.
–¡Mamá! –rezongué entre dientes.
–Me quedo más tranquila si te la tomas.
–La doctora Maillard dijo que no me hacía falta –dije mientras le echaba una mirada furtiva a Noah,
que estaba junto al coche y miraba hacia otro lado.
–Lo sé, cariño, pero…
–Vale, vale –susurré, y la cogí. Noah estaba esperando y no quería que lo viera. Era un chantaje de lo
más atroz.
–Tómatela ahora, por favor.
Me metí la pastilla en la boca y la escondí debajo de la lengua mientras fingía que me la tragaba.
Abrí la boca.
–Gracias –dijo con una sonrisa triste. No respondí y eché a andar hacia el coche. Cuando oí el sonido
de la puerta al cerrarse, me saqué la pastilla de la boca y la tiré al suelo. No había decidido no tomar
fármacos, pero tampoco quería que nadie me obligase.
–¿La típica charleta de antes de una cita? –preguntó Noah cuando se acercó a abrirme la puerta. Me
pregunté si habría visto la entrega de la pastilla. Si lo vio, no lo parecía.
–No es una de esas citas –dije–. Pero hiciste una buena representación ahí dentro. Ni siquiera me ha
preguntado a qué hora iba a volver.
Noah sonrió.
–Me alegro de que te haya gustado. –Echó un vistazo a mi ropa e hizo un gesto de aprobación–. Vas
bien.
–Eres un arrogante de mierda.
–Y tú tienes la boca muy sucia.
–¿Te molesta? –Sonreí, encantada con la perspectiva de que fuese cierto.
Noah sonrió a su vez y cerró la puerta de mi lado.

–Ni lo más mínimo.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:26 pm

26
Esperaba que Noah encendiese un cigarrillo nada más arrancar. Pero en vez de hacerlo, me pasó un vaso
de plástico lleno de café helado.
–Gracias –dije algo sorprendida. Aparentemente, tenía la cantidad justa de leche. Tomé un sorbo. Y
de azúcar–. Bueno, ¿y cuánto vamos a tardar en llegar? ¿Y adónde?
Noah alzó su vaso de café y sacó la pajita que había en él con la boca. Los músculos de sus
mandíbulas se tensaron al morderla. Yo no podía apartar los ojos de su rostro.
–Primero vamos a hacer una parada para ver a una amiga –contestó.
A una amiga. No sonaba nada siniestro, e intenté con todas mis fuerzas no dejarme llevar por ninguna
paranoia. Pero una parte de mí se preguntaba si me estaba tendiendo una trampa para hacerme algo. Algo
aún peor que lo que Anna había planeado. Tragué saliva con dificultad.
Noah encendió su iPod con una mano mientras sujetaba el volante con la otra.
–«Aleluya» –dije.
–¿Qué?
–Este tema. Me encanta esta versión.
–¿En serio? –Se sorprendió de un modo que resultaba casi insultante–. No me parece tu estilo.
–¿Ah, no? ¿Y cuál es mi estilo?
–Te tenía por una fan secreta del pop.
–Bésame el culo.
–Si no me queda más remedio…
La canción terminó y empezó a sonar un tema de música clásica. Alargué el brazo hacia el iPod.
–¿Puedo? –Noah sacudió la cabeza fingiendo una decepción exagerada, pero de todas maneras me
hizo un gesto para que lo cogiera–. Tranquilo, no pensaba cambiarla, solo quiero ver lo que tienes.
Eché un vistazo a la lista de reproducción; Noah tenía un gusto excelente, pero monótono. El mío era
mucho más variado. Sonreí de satisfacción.
Noah alzó una ceja.
–¿A qué viene esa sonrisita de suficiencia?
–Soy más completa que tú.
–No es posible. Eres americana –dijo–. Y si es cierto, será únicamente porque te gusta la mierda.
–¿Cómo es posible que tengas amigos, Noah?
–Esa pregunta me la hago yo a diario. –Mordisqueó la pajita de plástico.
–En serio. Curiosidad de una mente inquisitiva.
Noah frunció el ceño, pero siguió con la vista al frente.
–Creo que no tengo ninguno.
–Casi me engañas.
–Eso no resultaría difícil.
Aquello me dolió.
–Vete a la mierda –dije en voz baja.
–Ya estoy en ella –dijo Noah con voz pausada mientras se sacaba la pajita de la boca y la tiraba al
suelo.
–¿Entonces por qué haces esto? –pregunté con cuidado de mantener la voz firme e inexpresiva, pero
mi mente visualizó una imagen de mí misma en un baile de graduación cubierta de sangre de cerdo.
–Quiero enseñarte una cosa.
Giré la cabeza y me puse a mirar por la ventanilla. No tenía idea de qué Noah iba a ser cada día, o
qué demonios, cada minuto.
A nuestro alrededor y sobre nuestras cabezas se sucedían numerosos y difíciles pasos elevados, y el
único paisaje de esta parte de la I-95 estaba formado por descomunales monstruos de hormigón. Íbamos
en dirección sur, y Noah y yo permanecimos en silencio buena parte del camino.
En un momento dado, el paisaje urbano dio paso al océano, que flanqueaba ambos lados de la
autovía. Esta se estrechó y pasó a tener dos carriles en cada dirección en lugar de cuatro, y ante nosotros
apareció un puente alto y empinado.
Muy alto. Muy empinado.
Subimos tras la caravana de luces de freno rojas que remontaban lentamente el paso elevado delante
de nosotros. Se me cerró la garganta. Me aferré al salpicadero con la mano que tenía vendada mientras el
dolor pugnaba por gritar bajo mi piel al tiempo que intentaba no mirar al frente ni a los lados, donde el
agua color turquesa y el horizonte de Miami empequeñecían hasta desaparecer.
Noah colocó su mano sobre la mía. Con extrema delicadeza. Sin apenas tocarme.
Pero la sentí.
Incliné la cabeza para ver su rostro, y esbozó una media sonrisa, siempre con la vista al frente.
Contagiosa. Yo también sonreí. Como respuesta, Noah entrelazó mis dedos vendados, que seguían
pegados al salpicadero, en los suyos. Estaba demasiado absorta pensando en que tenía su mano sobre la
mía como para sentir dolor alguno.
–¿Tienes miedo de algo? –pregunté.
Su sonrisa se desvaneció. Regresó el Noah hermético. Asintió con la cabeza una sola vez.
–¿Y bien? –insistí–. Yo te acabo de mostrar mi miedo…
–Me da miedo la falsedad.
Respuesta facilona. Aparté la vista. Ni siquiera fue capaz de corresponder. Ninguno de los dos habló
durante unos minutos. Pero luego…
–Me da miedo ser falso. Vacío –dijo Noah sin expresión en su voz. Soltó los dedos y la palma de su
mano descansó sobre la mía durante unos segundos. Me cabía la mano entera en la suya. Puse la mía
encima y entrelacé mis dedos con los suyos sin ser consciente de lo que estaba haciendo.
Pero entonces fui consciente de lo que estaba haciendo. Me dio un vuelco el corazón. Observé el
rostro de Noah en busca de algo, quizá de una señal; sinceramente, no sabía qué buscaba.
Pero no había nada en él. Su expresión era dulce, su frente lisa y sin arrugas. Impertérrita. Y nuestros
dedos volvían a estar entrelazados. No sabía si los míos estaban reteniendo los suyos contra su voluntad
ni si los de él estaban simplemente descansando, ni si…
–No hay nada que ambicione. No hay nada que pueda hacer. No hay nada que me importe. Soy un
impostor, en todos los aspectos. Un actor que interpreta su propia vida.
Su arranque de sinceridad me dejó helada. No tenía ni idea de qué decir, así que no dije nada.
Retiró la mano de debajo de la mía y señaló una enorme cúpula dorada al otro lado del agua.
–Ese es el Seaquarium de Miami.
Seguí sin decir nada.
Noah rebuscó en el bolsillo con su mano libre. Sacó un cigarrillo, le dio unos golpecitos sobre la
mano, lo encendió y expulsó el humo por la nariz.
–Deberíamos ir.
Quería llevarme de vuelta a casa. Y ante mi gran sorpresa, yo no lo deseaba.
–Noah, yo…
–Al Seaquarium. Tienen una ballena asesina.
–Ah…
–Se llama Lolita.
–Eso es…
–¿Perverso?
–Sí.
–Lo sé.
Y volvió a reinar el silencio incómodo. Salimos de la autovía en dirección contraria al Seaquarium, y
la avenida describió una curva y nos condujo a una barriada muy bulliciosa llena de «cajas» de estuco –
unas casitas todas iguales– de color melocotón, amarillo, naranja y rosa con barrotes en las ventanas.
Todo estaba escrito en español: cada letrero, cada anuncio en los escaparates. Pero incluso cuando los
miraba sentía la presencia de Noah a mi lado, a solo unos centímetros, esperando que dijese algo. Así
que hablé.
–¿Y has visto a… Eeeh… Lolita?
–No, qué va.
–¿Y entonces cómo sabes de su existencia?
Se pasó los dedos por el pelo y unos mechones le cayeron sobre los ojos y brillaron a la luz del sol
de media mañana.
–Mi madre es una especie de activista por los derechos de los animales.
–Ya, típica veterinaria.
–No, ya desde antes. Estudió veterinaria precisamente por ese rollo de los animales. Y es mucho más
que eso.
Fruncí el ceño.
–No creo que sea posible hablar de forma más abstracta.
–Es que no sé cómo describirlo, sinceramente.
–¿Liberar animales y esas movidas?
Me pregunté si la madre de Noah le habría hecho a alguien la jugarreta de robarle el perro como yo
había hecho con Mabel.
–Algo así, pero no lo que estás pensando.
Ja.
–¿Entonces qué?
–¿Has oído hablar del Frente de Liberación Animal?
–¿No son esos los que liberan a los monos de laboratorio y propagan ese virus que convierte a la
gente en zombis…?
–Creo que eso es una película.
–Vale.
–Pero esa es la idea.
Intenté imaginarme a la doctora Shaw cubierta con un pasamontañas liberando animales de
laboratorio.
–Me cae bien tu madre.
Noah esbozó una leve sonrisa.
–Sus días de activista por la libertad de los simios terminaron cuando se casó con mi padre. Su
familia política no lo aprobaba –explicó con una solemnidad burlona–. Pero sigue apoyando
económicamente a esos grupos. Cuando nos mudamos aquí, se puso furiosa con lo de Lolita y organizó
varias campañas para recaudar fondos e intentar conseguir dinero suficiente para construir un acuario
más grande.
–¿Y qué pasó? –pregunté mientras Noah daba una larga calada al cigarrillo.
–Los muy cabrones subieron el precio una y otra vez sin garantías de que en realidad fueran a
construirlo –dijo Noah mientras echaba el humo por la nariz–. De todos modos, y debido a mi padre, creo
que ahora lo único que hace son donaciones. A veces he visto los sobres con franqueo pagado entre el
correo.
Noah tomó una desviación a la derecha y miré por la ventanilla por puro instinto. No había prestado
ninguna atención al paisaje (después de todo, estaba a solo unos centímetros de Noah), pero en aquel
momento me di cuenta de que en algún punto del trayecto, North Cuba se había transformado en East
Hampton. La luz del sol se filtraba entre las hojas de los enormes árboles que flanqueaban ambos lados
de la calle y dibujaban manchas en nuestros rostros y manos a través del cristal del parabrisas y el techo
solar. Las casas eran experimentos desmedidos; cada una de ellas era más ostentosa y más extravagante
que la siguiente, y no había ningún tipo de uniformidad armónica entre ellas. Lo único que la casa
moderna y acristalada de un lado de la calle tenía en común con la de enfrente, una majestuosa mansión
victoriana, era el tamaño. Eran palacios.
–¿Noah? –pregunté suavemente.
–¿Sí?
–¿Adónde vamos?
–No pienso decírtelo.
–¿Y quién es esa amiga?
–No pienso decírtelo. –Luego, un segundo después–. No te preocupes, te va a caer bien.
Miré las rodilleras hechas jirones de mis vaqueros y mis zapatillas de deporte desgastadas.
–Me siento ridículamente mal vestida para un brunch dominical. Solo es un comentario.

–A ella no le importará –dijo mientras se pasaba los dedos por el pelo–. Y además estás perfecta.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:27 pm

27
Una sucesión de palmeras se alineaba a cada lado de la estrecha calle, y el océano se dejaba ver de
manera intermitente por los huecos que se abrían entre casa y casa. Cuando llegamos al final del callejón,
un enorme portalón de hierro se abrió automáticamente para dejarnos pasar. Había una cámara de
vigilancia sobre la entrada. El día se iba poniendo cada vez más misterioso.
–Y… ¿a qué se dedica esta persona exactamente?
–Se la podría describir como una dama ociosa.
–Tiene sentido. Si te puedes permitir el lujo de vivir aquí probablemente no tengas que trabajar.
–No, probablemente no.
Pasamos junto a una enorme y ostentosa fuente en el centro del jardín de entrada; un griego musculoso
y casi desnudo rodeaba con sus brazos la cintura de una chica que saltaba hacia el cielo. Los brazos de
ella se transformaban en ramas y vertían chorros de agua que se veía pálida y dorada a la luz del sol.
Noah atravesó el jardín hasta llegar a la puerta de la casa, donde esperaba un hombre vestido con traje.
–Buenos días, señor Shaw –dijo el hombre al tiempo que saludaba con una inclinación de cabeza,
para luego dirigirse a la puerta del acompañante con intención de abrirla.
–Buenos días, Albert. Ya lo hago yo.
Noah salió del coche y abrió mi puerta. Le lancé una mirada interrogativa con los ojos entornados,
pero la evitó.
–Debes de venir por aquí muy a menudo –dije con prudencia.
–Sí.
Albert abrió la puerta de la casa y Noah entró tan campante.
A pesar del lujo extravagante del jardín: la fuente, el camino de entrada y la verja de entrada, nada,
nada podría haberme preparado para lo que me esperaba en el interior de la mansión. A cada lado se
alzaban columnas y arcos que componían una doble balconada. Las suelas de mis Converse chirriaron
sobre los dibujos del impecable suelo de mármol, y en el centro del patio interior nos dio la bienvenida
otra fuente, también de inspiración griega, que representaba a tres mujeres que portaban vasijas de agua.
La grandiosidad del lugar resultaba impactante.
–Es imposible que alguien viva aquí –dije para mí.
Noah me oyó.
–¿Por qué?
–Porque esto no es una casa. Es como… un decorado. Para una película sobre la mafia. O para una
boda hortera. O para… Annie.
Noah inclinó la cabeza hacia un lado.
–Un análisis mordaz a la par que certero. Pero por desgracia me temo que aquí sí vive gente.
Se dirigió con toda naturalidad hacia el otro extremo del patio interior y giró hacia la izquierda. Lo
seguí, asombrada y con los ojos como platos, y entramos en un vestíbulo igualmente gigantesco. No me
fijé en el pequeño relámpago negro y peludo que corría en mi dirección hasta que estuvo a unos pasos de
mis piernas. Noah lo levantó en el aire con un movimiento rápido justo cuando iba a saltar sobre mí.
–Oye, sinvergüenza –dijo Noah al perro, que no dejaba de gruñir–. Pórtate bien.
Miré a Noah y levanté una ceja.
–Mara, ven a saludar a Ruby.
Aquella bola de sebo peluda que no paraba de moverse, se estiró buscando mi yugular, pero Noah la
mantuvo a distancia. El morro aplastado de la perrilla faldera solo conseguía magnificar su ruidosa furia.
Resultaba molesto y cómico al mismo tiempo.
–Es… una monada –dije.
–¿Noah?
Me giré y vi a la madre de Noah a poco más de cincuenta metros de nosotros, descalza e
impecablemente vestida de lino blanco.
–Creí que ibas a pasar el día fuera.
¿Pasar el día fuera?
–Me olvidé las llaves como un idiota.
Se olvidó las llaves… allí.
Fue entonces cuando me fijé en el perro color beis que intentaba esconderse detrás de las piernas de
la doctora Shaw.
–¿Esa es…? –Mi mirada pasó del perro a Noah. En su cara se dibujó una amplia sonrisa.
–¡ Mabel! –la llamó en voz alta. Como respuesta, la perra gimió y dio un paso atrás para ocultarse
mejor tras la tela del vestido de la doctora Shaw.
–Ven aquí, preciosa.
Volvió a oírse un gemido como única respuesta. Sin apartar la mirada de la perra, dijo:
–Mamá, ¿te acuerdas de Mara? –Noah movió la cabeza en mi dirección mientras se agachaba e
intentaba atraer a la perra.
–Claro –dijo ella con una sonrisa–. ¿Qué tal estás?
–Bien –respondí, pero estaba demasiado absorta en la escena que se estaba desarrollando ante mis
ojos como para prestar la debida atención. La perrilla salvaje. El terror de Mabel. Y el hecho de que
Noah vivía allí. Allí.
Se acercó a su madre y se inclinó para acariciar a Mabel, con Ruby aún forcejeando para escaparse
de su otro brazo. Mabel movió el rabo y al hacerlo golpeó las piernas de la doctora Shaw. Era increíble
lo que había mejorado en poco más de una semana. Aún se le marcaban los huesos del lomo y la pelvis
bajo la piel, pero ya estaba comenzando a engordar un poquito. Y su pelaje tenía un aspecto
asombrosamente saludable. Impresionante.
–¿Te la puedes llevar de aquí? –dijo Noah mientras ofrecía a Ruby a su madre para que la cogiera;
ella extendió los brazos inmediatamente–. Ya que tenía que volver a pasar por casa, me pareció una
buena idea que Mara y Mabel se reencontraron mientras estábamos aquí.
 Mabel no estaba muy dispuesta a ser incluida en el plan, y la doctora Shaw pareció darse cuenta.
–¿Por qué no me llevo a las dos para arriba mientras vosotros…?
–Es el follón que monta Ruby lo que pone nerviosa a Mabel. Llévatela y nos quedaremos tranquilos.
–Noah se agachó para acariciar a Mabel.
La doctora Shaw se encogió de hombros.
–Me alegro de haberte visto de nuevo, Mara.
–Igualmente –dije con voz pausada mientras salía.
Noah levantó a Mabel como en una jugada de fútbol americano antes de que tuviese tiempo para salir
disparada detrás de la doctora Shaw. La pobre perra pataleó como si estuviese accionando una rueda de
molino invisible. La imagen de la gata negra y el bufido que había soltado apareció en mi mente como un
fogonazo.
«La estás asustando», había dicho Joseph.
 Mabel también estaba asustada. Por mi culpa.
Casi no podía respirar. No tenía sentido pensar aquello. ¿Por qué iba a tenerme miedo? Eran
paranoias mías. La estaría asustando cualquier otra cosa. Intenté que no se notase el disgusto en la voz
cuando hablé.
–Quizá tenga razón tu madre, Noah.
–No le pasa nada. Ha sido Ruby la que la ha puesto nerviosa.
 Mabel tenía los ojos desorbitados cuando Noah la trajo en brazos a donde yo me encontraba. Me
miró estupefacto.
–¿Qué has hecho, bañarte en orina de leopardo antes de salir de casa esta mañana?
–Sí. Orina de leopardo. Jamás salgo de casa sin ella.
 Mabel gemía y aullaba y forcejeaba para escaparse de los brazos de Noah.
–Está bien –dijo al fin–. Misión abortada.
Dejó a Mabel en el suelo y la observó salir del vestíbulo corriendo con dificultad y haciendo un
ruidito sordo con las pezuñas sobre el suelo de mármol.
–Probablemente no se acuerda de ti –dijo Noah, que continuaba mirando a Mabel.
Bajé la vista.
–Seguro que es por eso –dije. No quería que Noah viese lo afligida que me sentía.
–Muy bien –dijo finalmente. Se levantó del suelo y me observó.
Deseé con todas mis fuerzas no sonrojarme ante su mirada.
–Muy bien. –Tocaba ya cambiar de tema–. Eres un mentiroso embustero que solo cuenta mentiras.
–¿Ah, sí?
Miré a nuestro alrededor, al techo altísimo y las amplias balconadas.
–Mantuviste todo esto en secreto.
–Nada de eso. Es que tú no me preguntaste.
–¿Y cómo iba a sospecharlo? Vistes como un vagabundo.
Al oír esto, se asomó una sonrisa burlona al rostro de Noah.
–¿No sabes que no se debe juzgar un libro por su cubierta?
–Si hubiera sabido que hoy era el Día de los Refranes Facilones, me habría quedado en casa. –Me
froté la frente y moví la cabeza–. No me puedo creer que no me dijeses nada.
Los ojos de Noah me miraban retadores.
–¿Como qué?
–Pues no sé. Como «Mara, quizá quieras maquillarte un poco y ponerte tacones el domingo, porque te
voy a llevar al palacio de mi familia en Miami Beach». Algo así.
Noah entrelazó sus dedos, alzó los brazos sobre la cabeza y estiró su flexible cuerpo cuan largo era.
Se le subió la camiseta, que dejó al descubierto un trozo de vientre y el elástico de los calzoncillos que
sobresalía por encima de la cintura de los vaqueros. De botones, me fijé.
Buena jugada.
–Primero, no necesitas maquillaje –dijo mientras yo hacía un gesto exagerado y ponía los ojos en
blanco–. Segundo, no aguantarías ni una hora en tacones en el sitio a donde vamos. Lo cual me recuerda
que tengo que coger las llaves.
–Ah, es verdad, las llaves misteriosas.
–¿Vas a pasarte todo el día en ese plan? Creí que estábamos empezando a hacer progresos.
–Lo siento. Solo me he puesto un poco nerviosa por el ataque de la perrita y por el terror de Mabel.
Y por el hecho de que vivas en el Taj Mahal.
–Tonterías. El Taj Mahal solo mide diecisiete metros cuadrados. Esta casa tiene más de dos mil
trescientos.
Lo miré sin comprender.
–Era una broma –dijo.
Lo miré sin comprender.
–Vale, no era una broma. Vámonos ya, ¿vale?
–Usted primero, mi señor.
Noah dejó escapar un suspiro exagerado mientras echaba a andar hacia una enorme escalera con un
pasamanos primorosamente tallado. Subí tras él y, algo azorada, disfruté de la vista. Pero no de la vista
de la casa: Noah llevaba unos vaqueros flojos que apenas se sostenían sobre sus caderas.
Cuando llegamos a lo alto de la escalera, Noah se metió por un largo pasillo que había a la izquierda.
Las lujosas alfombras orientales amortiguaban nuestros pasos, y mis ojos captaban cada detalle de las
pinturas al óleo que colgaban de las paredes. Finalmente, Noah se detuvo delante de una puerta de
madera reluciente. Alargó la mano para abrirla, pero oímos el sonido de un portazo a nuestras espaldas y
nos dimos la vuelta.
–¿Noah? –preguntó una voz soñolienta. Femenina.
–Hola, Katie.
A pesar de tener el rostro surcado por las arrugas de la almohada, la chica, que me resultaba familiar,
era impresionante. Parecía como si hubiese venido de otro mundo, allí de pie, vestida con un conjunto de
pantalón corto y camiseta lencera, recién levantada del país de las hadas. Sin el traje y los flashes de las
luces del club, observé con toda claridad que compartía la belleza celestial de Noah. Tenía el pelo del
mismo color miel oscuro, aunque más largo; las puntas rozaban el encaje del extremo inferior de la
camiseta. Abrió sorprendida sus ojos azules cuando nuestras miradas se cruzaron.
–No sabía que tenías compañía –le dijo a Noah, reprimiendo una sonrisa.
Él la fulminó con la mirada y luego se volvió hacia mí.
–Mara, esta es mi hermana Katie.
–Kate –lo corrigió ella, y luego me dirigió una mirada cómplice–. Buenos días.
Apenas fui capaz de saludar con algo más que una inclinación de cabeza. En aquel momento una
vivaracha animadora rubia daba volteretas dentro de mi corazón. Su hermana. ¡Su hermana!
–En realidad, ya es casi mediodía –dijo Noah.
Kate se encogió de hombros y bostezó.
–Bueno, me alegro de conocerte, Mara –dijo, y me guiñó el ojo antes de bajar la escalera.
–Yo también –logré articular. Mi corazón estaba montando un verdadero escándalo.
Noah abrió la puerta e intenté recobrar la compostura. Aquello no cambiaba nada. Nada en absoluto.
Noah Shaw seguía siendo un putero, un gilipollas, y por desgracia seguíamos jugando en ligas distintas.
Ese era mi mantra interior, el que repetía una y otra vez hasta que Noah ladeó la cabeza y habló.
–¿No vas a pasar?
Sí. Iba a pasar. 
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:28 pm

28
La habitación de Noah me sorprendió. Una cama con una base baja de madera dominaba el centro del
dormitorio, pero aparte de eso apenas había muebles, excepto un escritorio largo abatible que pasaba
casi desapercibido empotrado en un hueco de la pared. No había pósteres. Ni cesta para la ropa sucia.
Solo una guitarra descansaba en un lado de la cama. Y los libros.
Hileras e hileras de libros que cubrían unas estanterías empotradas que se extendían desde el suelo
hasta el techo. La luz del sol entraba a raudales por las enormes ventanas con vistas a Cayo Vizcaíno.
Nunca me había imaginado cómo sería la habitación de Noah, pero si lo hubiera hecho, no me habría
imaginado nada parecido. Era preciosa, desde luego. Pero tan… desnuda. Como si nadie la habitase. Me
paseé por el cuarto, acariciando con los dedos algunos de los lomos de los libros mientras caminaba.
–Bienvenida a la colección privada de Noah Shaw – dijo.
Pasé la vista por todos los títulos.
–No los habrás leído todos.
–Aún no.
Se me escapó una sonrisa burlona.
–O sea, que es una táctica de caza.
–¿Cómo dices? –Percibí un tono divertido en su voz.
–Libros para presumir –dije sin mirarlo–. En realidad no los lees, solo los tienes aquí para
impresionar a tus… invitadas.
–Qué mala idea tienes, Mara Dyer –dijo, de pie en el centro de la habitación. Noté que sus ojos me
seguían, y me gustó la sensación.
–¿Me equivoco? –pregunté.
–Te equivocas.
–Muy bien –dije, y cogí un libro de la estantería al azar: Maurice, de E. M. Forster. ¿De qué trata?
Venga, dímelo.
Noah me habló de su protagonista gay, que asistía a la universidad de Cambridge en la Inglaterra de
principios del siglo XX. No lo creí, pero yo no lo había leído, así que continué.
–¿Y Retrato del artista adolescente?
Noah se tiró de bruces encima de la cama, fingiendo un tono de voz afectado mientras exponía otra
sinopsis. Recorrí con los ojos la extensión de por lo menos mil millas de su espalda y sentí en los pies el
gusanillo de un repentino impulso de acercarme y tumbarme a su lado. Pero en lugar de hacerlo, cogí otro
libro sin leer antes el título del lomo.
Ulises –dije en voz alta.
Noah negó con la cabeza, la cara hundida en la almohada.
Satisfecha, sonreí para mí, volví a dejar el libro en su sitio y cogí otro. No tenía cubierta, así que leí
el título en la portada.
El placer de… mierda –leí para mí el título completo de aquel libro gordo y anodino y me di cuenta
de que me había puesto colorada.
Noah se giró para apoyarse de costado y dijo con seriedad fingida:
–No he leído El placer de la mierda. Debe de ser asqueroso. –Yo me puse aún más colorada–. Sin
embargo, sí he leído El placer del sexo –prosiguió con una sonrisa maliciosa que le transformaba la
expresión–. Ya hace algún tiempo, pero creo que es uno de esos clásicos que se releen varias veces.
–Ya no me gusta este juego –dije mientras colocaba el libro en su sitio.
Noah se puso de pie junto a la cama, cerca de la guitarra acústica que se apoyaba sobre una funda
cubierta de pegatinas. Hizo tintinar las llaves.
–Venga, ya podemos irnos. Puedes volver y someterme a un duro interrogatorio sobre el contenido de
mi biblioteca en otra ocasión –dijo sin perder la sonrisa–. ¿Tienes hambre?
La verdad es que sí, y asentí con la cabeza. Noah se acercó a un intercomunicador perfectamente
camuflado y apretó el botón de llamada.
–Si le vas ordenar a un criado que traiga algo de comer, me voy.
–Quería asegurarme de que Albert no había movido el coche.
–Ah, ya. Albert, el mayordomo.
–En realidad es un aparcacoches.
–Eso, tú arréglalo.
Noah no hizo caso y echó una ojeada al reloj que había junto a la cama.
–La verdad es que ya teníamos que estar allí; quiero que tengas tiempo para disfrutar de todo como es
debido. Pero podemos parar por el camino y hacer una visita a Mireya.
–¿Otra amiga?
–Un restaurante. Cubano. El mejor.
Al llegar al coche, Albert sonrió cuando Noah abrió la puerta de mi lado. Cuando perdimos de vista
la mansión, reuní el coraje suficiente para acribillar a Noah con las preguntas que me rondaban en la
cabeza tras conocer sus activos. Los económicos.
–¿Quiénes sois?
–¿Sois?
–Muy agudo. Tu familia. Supuestamente, las únicas personas que viven aquí son jugadores de
baloncesto y viejas glorias del pop.
–Mi padre tiene una empresa.
–Aaaaah, vale –dije–. ¿Qué tipo de empresa?
–Biotecnología.
–¿Y dónde estaba Papá Millonetis esta mañana?
La cara de Noah se quedó sorprendentemente inexpresiva.
–No lo sé, ni me importa –dijo tranquilamente. Mantuvo la mirada fija en la carretera–. No tenemos
mucho… contacto –añadió.
–Está claro. –Esperé a que me diese una respuesta, pero en vez de hacerlo se puso las gafas de sol y
ocultó sus ojos; momento de cambiar de tema–. ¿Y cómo es que tu madre no tiene acento británico?
–No tiene acento inglés porque es americana.
–¡Oh, Dios mío, no me digas!, ¿en serio? –dije en tono de burla. Miré el perfil de Noah y vi que
sonreía.
Hizo una pausa antes de continuar hablando:
–Es de Massachusetts. Y en realidad no es mi madre biológica.
Me miró de reojo, expectante ante mi reacción. Yo mantuve la expresión impertérrita. No sabía gran
cosa de Noah, aparte de sus comentadas actividades extracurriculares. Pero entonces me di cuenta de que
quería saber más. Cuando me recogió aquella mañana no tenía ni idea de qué debía esperar, y hasta cierto
punto seguía sin tenerla. Pero ya no pensaba que podía tratarse de un plan perverso, y ello aumentó mi
curiosidad.
–Mi madre murió cuando yo tenía cinco años y Katie iba a cumplir cuatro.
La revelación me hizo perder el hilo de mis pensamientos. Y me hizo sentir como una gilipollas,
después de sacar no uno, sino dos temas de conversación delicados.
–Lo siento –dije con voz débil.
–Gracias –dijo con la mirada puesta en la luminosa carretera que se extendía ante nosotros–. Fue
hace tanto tiempo que no me acuerdo mucho de ella –dijo, pero se había puesto tenso.
Durante un minuto permaneció en silencio, y me pregunté si yo debería decir algo. Pero luego recordé
cómo todo el mundo se había acercado a decirme cómo sentían la muerte de Rachel y lo poco que a mí
me apetecía oírlos. Simplemente, no había nada que decir.
Noah me sorprendió cuando continuó hablando.
–Antes de morir mi madre, ella, mi padre y Ruth –hizo un gesto con la cabeza hacia atrás, como
señalando la casa– eran muy amigos. Ruth estudió el bachillerato en Inglaterra y así fue como se
conocieron, y siguieron siendo amigos en Cambridge, montando follones y organizando protestas.
Levanté las cejas en gesto de asombro.
–Ruth me contó que mi madre era la más… entusiasta. Se encadenaba a los árboles, irrumpía en los
departamentos de ciencias de la universidad, liberaba animales de laboratorio y cosas así –dijo Noah
mientras se llevaba un cigarrillo a la boca–. Los tres continuaron sus correrías juntos, algo
incomprensible, conociendo a mi padre y, de alguna manera, convenció a mi madre de que se casara con
él. –El cigarrillo colgaba de sus labios mientras hablaba, y atraía mi mirada como un imán–. Cuando aún
estaban estudiando. Como un acto supremo de rebelión o algo parecido.
Encendió el cigarro, abrió la ventanilla y dio una calada. Su cara permaneció completamente
impasible tras las gafas de sol mientras hablaba.
–Mis abuelos no se mostraron demasiado entusiasmados. Pertenecen a una familia de mucho dinero
desde hace generaciones; mi madre nunca les había caído demasiado bien y les parecía que mi padre
estaba arruinando su futuro. Etcétera, etcétera. Pero se casaron de todos modos. Mi madrastra volvió a
Estados Unidos a estudiar veterinaria y mis padres se dedicaron a la vie bohème durante una temporada.
Cuando tuvieron hijos, mis abuelos se las prometieron muy felices. Katie y yo nacimos tan seguidos que
creo que tenían la esperanza de que mi madre cogería la baja de maternidad y dejaría a un lado la
desobediencia civil. –Noah alfombró con la ceniza del cigarrillo el tramo de carretera que dejábamos
atrás–. Pero mi madre no dejó su actividad frenética. Lo que hacía era llevarnos con ella allá donde
fuese. Hasta que murió. La apuñalaron.
Dios mío.
–Durante una protesta.
Jesús.
–Aquel día hizo que mi padre se quedara en casa con Katie, pero yo estaba con ella. Había cumplido
cinco años unos días antes, pero no me acuerdo de nada. En realidad, tampoco me acuerdo mucho de ella.
Mi padre ni siquiera quiere mencionar su nombre, y se pone hecho una furia si alguien lo hace en su
presencia –dijo Noah sin alterar su tono de voz.
Me había quedado sin palabras. La madre de Noah había muerto… La habían asesinado… y Noah
estaba allí cuando ocurrió.
Noah expulsó el humo por la nariz, que formó una nube a su alrededor antes de escapar por la
ventanilla. Hacía un día precioso, soleado y sin una nube. Pero por mí podía haber hasta un huracán. En
un instante, a mis ojos Noah se había convertido en alguien totalmente distinto. Estaba como hipnotizada.
–Ruth volvió a Inglaterra cuando se enteró de lo de mi madre. Hace mucho tiempo, me contó que
después de su muerte, mi padre no era capaz de hacer nada. No era capaz de cuidarnos, no era capaz de
cuidar de sí mismo. Literalmente, un desastre; por supuesto, todo esto ocurrió antes de vender su alma a
los accionistas. Y ella se quedó, y se casaron, aunque él no la merece, aunque se había convertido en otra
persona. Y aquí estamos ahora, una gran familia feliz.
Su expresión seguía siendo inescrutable tras las gafas de sol, y deseé poder verla. ¿Sabría alguien en
el colegio lo de su madre? ¿Lo conocían de verdad? Y de pronto me vino a la cabeza que Noah no sabía
lo que me había ocurrido a mí. Bajé la vista y me puse a juguetear con los jirones de las rodilleras de mis
vaqueros. Si se lo contaba ahora, parecería que estaba comparando tragedias, como si creyera que perder
a tu mejor amiga era comparable a quedarse sin madre, cosa que no era cierta. Pero si no decía nada,
¿qué iba a pensar él?
–Yo… –comencé–. Yo ni siquiera…
–Gracias. –Me cortó muy seco–. No pasa nada.
–Sí, sí que pasa.
–No, no pasa –dijo con firmeza; se ajustó las gafas; su rostro seguía oculto–. Sin embargo, tener un
padre que es un hacha en el mundo empresarial tiene sus ventajas.
Lo dijo en tono frívolo, así que yo le imité.
–¿Como que te regalen un coche al cumplir dieciséis años?
Noah puso una sonrisa traviesa.
–Katie tiene un Maserati.
Parpadeé.
–¿Qué me dices?
–Lo que oyes. Y ni siquiera tiene la edad legal para conducir.
Alcé las cejas.
–¿Y tu coche? ¿Es tu forma de rebelión adolescente o qué?
La boca de Noah se curvó para esbozar una leve sonrisa ladeada.
–Patético, ¿a que sí?
Lo dijo como sin darle importancia, pero su expresión ocultaba algo más. Había fruncido el ceño y yo
me moría de ganas de poner mis manos sobre él y alisárselo.
–No creo –dije para contenerme–. Creo que es señal de valentía. Hay miles de cosas que se pueden
comprar si se tiene mucho dinero. No hacerlo es… bastante ético.
Noah fingió horrorizarse.
–¿Acabas de llamarme ético?
–Creo que sí.
–«Qué poco sabe ella» –dijo, y subió el volumen de su iPod.
–¿Death Cab? –pregunté– ¿En serio?
–Pareces sorprendida.
–Jamás habría imaginado que te gustase.
–Es una de las pocas bandas modernas que me gustan.
–Voy a tener que ampliar tus gustos musicales –dije.
–Aún es pronto para amenazas –dijo Noah mientras tomaba una desviación para circular por una
carretera estrecha y transitada. Se veía mucha gente muy animada disfrutando del buen tiempo. Noah
aparcó justo cuando terminó la canción y dejé que me abriese la puerta. Ya empezaba a acostumbrarme.
Atravesamos un parquecillo donde había un pequeño grupo de señores mayores sentados jugando al
dominó. Había un mural grande y colorido pintado en una pared, y las mesas de juego estaban cubiertas
con unas telas de rayas. Nunca había visto nada igual.
–Pero no significa nada, ¿sabes? –dijo Noah sin venir a cuento.
–¿El qué?
–El dinero.
Miré las tiendas y los coches que había a mi alrededor, la mayoría de ellos bastante viejos. El más
nuevo debía de ser el de Noah.
–Me parece que tu punto de vista está algo condicionado, porque en realidad ya lo tienes.
Noah se detuvo y miró al frente.
–Es dinero seguro –dijo, y su voz adquirió un tono extraño–. Y mi padre no tiene que pasar tiempo
con nosotros. –Pero entonces su tono se suavizó–. Aunque no me diese nada, ahí están todos los fondos
de inversión de los que dispondré cuando cumpla dieciocho años.
–Qué bien. ¿Y cuándo será eso?
Noah comenzó a andar de nuevo.
–El veintiuno de diciembre.
–Me perdí tu cumpleaños. –Y sin saber por qué, me dio pena.
–Sí.
–¿Qué crees que harás con el dinero?
Noah sonrió.
–Convertirlo en monedas de oro y nadar en ellas. Pero antes. –Me agarró de la mano–. Vamos a

comer.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:29 pm

29
La temperatura de mi cuerpo subió al notar su contacto cuando Noah me abrió la puerta para entrar en el
bullicioso restaurante. De alguna manera, no parecía la misma persona que había conocido hacía dos
semanas. Ni la misma que había venido a buscarme a casa por la mañana. Noah –el sarcástico, distante e
intocable Noah– tenía sentimientos. Y ello lo hacía más real.
Me pregunté si lo sabría alguien más, pero disfruté durante unos breves instantes pensando que quizá
yo fuese la única, hasta que el dueño del restaurante se aproximó para conducirnos a una mesa junto a la
ventana. Pero entonces Noah me apretó la mano con fuerza. Lo miré. Había perdido el color en el rostro.
–¿Noah? –Había cerrado los ojos con los párpados muy apretados y comencé a asustarme sin saber
por qué–. ¿Estás bien?
–Dame un minuto –dijo sin abrir los ojos; me soltó la mano–. Vuelvo ahora mismo.
Noah volvió sobre sus pasos y salió del restaurante. Algo aturdida, me senté a la mesa y me puse a
examinar el menú. Pero tenía sed, y levanté la vista en busca de un camarero cuando lo vi.
A Jude.
Me miraba por debajo de la visera de su gorra. En medio de un grupo de gente que esperaba mesa.
Comenzó a andar hacia donde yo me encontraba.
Cerré los ojos con fuerza. No era real.
–¿Qué se siente al ser la chica más guapa de este lugar?
Me sobresalté al oír aquella voz con un fuerte acento. No era la de Noah. Y desde luego, tampoco la
de Jude. Cuando abrí los ojos, vi a un chico de piel clara y pelo rubio de pie junto a mi mesa con
expresión muy seria. Era guapísimo.
–¿Te importa si me siento? –preguntó mientras se deslizaba en la silla que había frente a mí.
Aparentemente, no tenía intención de esperar mi respuesta.
Lo miré con los ojos entornados.
–En realidad no estoy sola –dije. ¿Dónde estaba Noah?
–¡Ah! ¿Un novio?
Hice una pausa antes de responder.
–Un amigo.
Su sonrisa se hizo más amplia.
–Es un idiota.
–¿Cómo?
–Si no es más que un amigo, es un idiota. Creo que yo no podría soportar no ser más que un amigo
para ti. Por cierto, me llamo Alain.
Se me escapó un bufido. ¿Quién era aquel tío?
–Por suerte, Alan –dije, pronunciando mal su nombre a propósito–, no creo que eso vaya a ser un
problema.
–¿No? ¿Y por qué?
–Porque ya te ibas –dijo Noah a mis espaldas. Me giré a medias y alcé la mirada. Noah estaba a
pocos centímetros, ligeramente inclinado sobre mí. Por la posición de sus hombros era evidente que
estaba en tensión.
Alain se levantó, rebuscó en el bolsillo de sus vaqueros y sacó un bolígrafo.
–Por si te hartas de tener solo amigos –dijo mientras garabateaba algo en una servilleta de papel–,
aquí tienes mi número.
Lo deslizó sobre la superficie de la mesa en mi dirección. Noah extendió el brazo por encima de mi
hombro y lo agarró.
Alain miró a Noah con los ojos entrecerrados.
–Puede tomar sus propias decisiones.
Noah permaneció inmóvil durante un segundo sin quitarle la vista de encima. Luego se relajó y sus
ojos se iluminaron con cierto regodeo.
–Por supuesto que puede –dijo, y levantó una ceja–. ¿Y?
Miré a Alain.
–El sitio está ocupado.
Alain sonrió.
–Desde luego, lo está.
Noah se volvió hacia él con demasiada familiaridad y le dijo algo en francés; observé cómo la
expresión de Alain se volvía aún más seria.
–¿Sigues queriendo sentarte con nosotros? –preguntó Noah, pero Alain ya se estaba marchando.
Noah se sentó en la silla que había quedado vacía de nuevo y sonrió.
–Turistas… –dijo mientras se encogía de hombros con indolencia.
Le lancé una mirada feroz, aunque no estaba alterada. De hecho, estaba muy tranquila.
Sorprendentemente tranquila, para acabar de tener una alucinación. Me alegré de que Noah hubiese
vuelto. Pero no podía dejar pasar aquello así como así.
–¿Qué le has dicho?
Noah abrió la carta y respondió mientras le echaba un vistazo.
–Lo suficiente.
Pero no me di por satisfecha.
–Si no me lo vas a decir, dame su número.
–Le dije que estabas en el instituto –dijo sin levantar la vista.
–¿Eso fue todo? –Me mostré escéptica.
Un atisbo de sonrisa se asomó a los labios de Noah.
–Más o menos. Pareces mayor y eso te puede traer problemas.
Mis cejas se levantaron como resortes.
–Mira quién va a hablar.
Puso un gesto de suficiencia y dejó la carta sobre la mesa. Luego se puso a mirar por la ventana.
Distraído.
–¿Qué pasa?
Se giró hacia mí y forzó una sonrisa.
–Nada.
No le creí.
En aquel momento se acercó el camarero, y Noah me quitó la carta de las manos y se la entregó a él,
para pedir la comida inmediatamente en español. El camarero desapareció en dirección a la cocina.
Lo fulminé con la mirada.
–Aún no había decidido.
–Confía en mí.
–Creo que no tengo alternativa. –Sus labios dibujaron una sonrisa pícara; respiré hondo y, para tener
la fiesta en paz, cambié de tema–. Así que español y francés, ¿eh?
Noah me respondió con una sonrisa arrogante y parsimoniosa. Tuve que esforzarme para no
derretirme sobre el asiento forrado de plástico de la silla.
–¿Sabes algún otro idioma? –pregunté.
–¿De qué grado de fluidez estamos hablando?
–Del que sea.
El camarero volvió y trajo dos vasos helados vacíos junto a unas botellas oscuras. Nos sirvió el
líquido color caramelo que contenían y se fue.
Noah bebió un sorbo antes de contestar. Luego dijo:
–Alemán, español, holandés, chino mandarín y, por supuesto, francés.
Impresionante.
–Di algo en alemán –rogué, y tomé un sorbo de la bebida. Era dulce, con un fuerte regustillo final a
especias. No estaba muy segura de si me gustaba o no.
Scheide –dijo Noah.
Decidí hacer otro intento con la bebida.
–¿Y qué significa? –pregunté, y bebí otro trago.
–Vagina.
Estuve a punto de atragantarme y me tapé la boca con la mano. Cuando me recuperé, volví a hablar.
–Qué bonito. ¿Eso es lo único que sabes?
–En alemán, holandés y mandarín, sí.
Moví la cabeza.
–¿Y por qué sabes decir «vagina» en todos los idiomas?
–Porque soy europeo, y por lo tanto soy más culto que tú –dijo mientras bebía otro trago e intentaba
no sonreír. Antes de que pudiese darle una bofetada, el camarero nos trajo una cesta de lo que parecían
láminas de plátano fritas, acompañadas de una salsa viscosa de color amarillo pálido.
–Mariquitas –dijo Noah–. Prueba una y me lo agradecerás.
Probé una. Y se lo agradecí. Eran saladas con un toque dulce, y el sabor intenso del ajo hizo que me
picara la lengua.
–Dios mío, qué buenas están –dijo Noah–. Casi sería capaz de esnifarlas.
El camarero regresó y nos llenó la mesa de platos con distintas comidas. No fui capaz de identificar
nada, excepto el arroz y las judías; lo que tenía una pinta más rara eran unas fuentes con unas bolas fritas
y relucientes de masa, y un plato con una verdura blanca y carnosa bañada en salsa y cebolla. La señalé.
–Yuca –dijo Noah.
Señalé las bolas de masa.
–Plátanos machos fritos.
Señalé un cuenco lleno de lo que aparentaba ser un estofado, pero entonces Noah preguntó:
–¿Te vas a dedicar a señalarlo todo o a comer?
–Es que me gusta saber qué me meto en la boca antes de tragar.
Noah levantó una ceja y yo deseé poder enterrarme en un agujero y morirme allí.
Sorprendentemente, lo dejó pasar sin ensañarse con mi metedura de pata. Por el contrario, me explicó
lo qué era todo aquello a medida que me iba pasando las fuentes para que me sirviera. Cuando ya estaba
llena a reventar, el camarero trajo la cuenta y se la presentó a Noah. Como una réplica de su gesto cuando
Alain dejó su número encima de la mesa, deslicé la cuenta hacia mi lado de la mesa al tiempo que
buscaba dinero en el bolsillo.
Una expresión de horror se apoderó del rostro de Noah.
–¿Qué vas a hacer?
–Voy a pagar mi comida.
–No entiendo –dijo Noah.
–Comer cuesta dinero.
–Genial. Pero eso no explica por qué crees que la vas a pagar tú.
–Porque puedo pagarme mi propia comida.
–Son diez dólares.
–Y fíjate tú, no te lo vas a creer, pero resulta que tengo diez dólares.
–Y yo tengo una American Express negra.
–Noah…
–Por cierto, tienes una cosa ahí –dijo mientras se señalaba un punto de su mandíbula sin afeitar.
Qué horror.
–¿Dónde? ¿Aquí? –Saqué una servilleta del servilletero y froté la zona donde me parecía que podía
estar apostado aquel inoportuno resto de comida. Noah negó con la cabeza y yo volví a frotar.
–Sigue ahí –dijo–. ¿Me permites?
Noah señaló el servilletero y se inclinó sobre la mesa hasta ponerse a la altura de mis ojos, listo para
limpiarme la cara como si yo fuese un bebé de esos que lo ponen todo perdido al comer. Qué
contrariedad. Miré hacia otro lado para soportar mejor la vergüenza, preparada para notar el tacto de la
servilleta sobre mi piel.
Pero lo que sentí fue el tacto de sus dedos. Contuve la respiración y abrí los ojos, luego sacudí la
cabeza. Qué bochorno.
–Gracias –dije en voz baja–. Soy una auténtica salvaje.
–Entonces supongo que voy a tener que pulirte –dijo Noah, y me di cuenta de que la cuenta había
desaparecido.
Con una simple mirada a Noah comprendí que la tenía él. Muy hábil. Lo miré con los ojos
entornados.
–Te diré que ya me habían prevenido contra ti.
Y con una media sonrisa que me desarmó, Noah dijo:

–Y sin embargo estás aquí.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:29 pm

30
Media hora más tarde, Noah llevó el coche hasta el Palacio de Congresos de Miami Beach y aparcó
junto a la puerta. Justo encima de las palabras «PROHIBIDO APARCAR » pintadas sobre el asfalto. Le lancé
una mirada escéptica.
–Ventajas de ser Bebé Millonetis –dijo.
Noah sacó las llaves del bolsillo y se dirigió a la puerta como si fuese el dueño del edificio. Qué
demonios, probablemente lo era. El interior estaba oscuro como boca de lobo, y Noah buscó a tientas el
interruptor y encendió las luces.
Las obras de arte me dejaron boquiabierta.
Las había por todas partes. Cubrían todas las superficies; hasta los suelos eran obras de arte, motivos
geográficos pintados bajo nuestros pies. Había creaciones allá donde miraras. Esculturas, fotografías,
grabados; todas y cada una de las disciplinas artísticas.
–Dios mío.
–¿Sí?
Le di un golpe con la mano en el brazo.
–Noah, ¿qué es esto?
–Una exposición organizada por un grupo en cuya directiva está mi madre –explicó–. Se exhiben
obras de dos mil artistas, creo.
–¿Y dónde está todo el mundo?
–La exposición no se inaugura hasta dentro de cinco días. Solo estamos nosotros.
Me quedé sin habla. Me volví hacia Noah y lo miré boquiabierta. Se lo veía delirantemente
satisfecho consigo mismo.
–Otra ventaja –dijo con una sonrisa.
Peregrinamos por aquel laberinto de galerías recorriendo en zigzag el inmenso espacio. No se
parecía a nada que hubiera visto antes. Algunas de las salas eran obras de arte por sí mismas; paredes
con incrustaciones de carpintería metálica, o totalmente entretejidas como un tapiz que te acogía en su
interior.
Me acerqué a una pieza escultórica y me vi rodeada por un bosque de piezas muy altas. Parecían
árboles o personas según el ángulo desde donde se mirasen, hechas de una combinación de cobre y níquel
que se elevaban y superaban mi estatura. Me sorprendió su tamaño, y el tremendo esfuerzo que habría
supuesto para el artista semejante creación. Y Noah me había llevado allí, sabiendo que me iba a gustar,
y había organizado aquel día en mi honor. Quise correr hacia él y darle el abrazo más fuerte que hubiese
recibido en su vida.
–¿Noah?
Mi voz rebotó contra las paredes formando un eco vacío. No contestó.
Me giré. No estaba allí. Mi euforia se desvaneció y dio paso a un zumbido sordo de temor. Me dirigí
a la pared opuesta en busca de la salida y por primera vez me di cuenta de que me dolían las pantorrillas
y los muslos. Debía de llevar un buen rato andando. El inmenso espacio amortiguó el sonido de mis
pasos. En aquella pared no había ninguna salida.
Tenía que volver sobre mis pasos, e intenté recordar el recorrido. Al pasar junto a los árboles –¿o
eran personas? sentí cómo sus troncos deformes y sin rostro se retorcían hacia mí y me seguían. Mantuve
la mirada fija al frente, hasta cuando sus miembros se estiraron e intentaron atraparme. Porque no se
estaban estirando. No se movían. No era real. Lo único que ocurría era que yo me había asustado y
aquello no era real y quizá debería empezar a tomar las pastillas cuando volviera a casa.
Si es que volvía a casa.
Por supuesto, escapé del bosque de metal sana y salva, pero a continuación me vi rodeada de
enormes fotografías de casas y edificios en distintos estados de decrepitud. Las imágenes ocupaban toda
la altura de la pared, desde el suelo hasta el techo, y parecía como si estuviese caminando por una acera
de verdad. La hiedra trepaba por las paredes de ladrillo, y los árboles se combaban e inclinaban sobre
las estructuras; a veces llegaban a tragárselas por completo. Quizá también crecía hierba en el suelo de
hormigón del Palacio de Congresos. Y en las fotos había gente. Tres personas con mochilas que saltaban
una verja que rodeaba uno de los edificios. Rachel. Claire. Jude.
Parpadeé. No, no eran ellos. No había nadie. En la fotografía no salía ninguna persona.
El aire me agobiaba cada vez más y aceleré el paso, sintiendo fuertes latidos en las sienes y los pies
doloridos; avancé a toda prisa entre las fotografías y doblé una de las esquinas para intentar encontrar la
salida. Pero cuando giré, me topé de frente con otra foto.
Toneladas de escombros de ladrillo y hormigón estaban esparcidas por el terreno arbolado. Era una
imagen de destrucción, como si un tornado hubiera golpeado un edificio y lo único que quedase de él
fuese una montaña de escombros y la vaga sensación de que había gente atrapada debajo. Una sensación
sobrecogedora; cada rayo de sol que se filtraba entre los árboles proyectaba una sombra nítida y
distorsionada sobre el suelo cubierto de nieve.
Y entonces el polvo y los ladrillos y los haces de luz comenzaron a moverse. La oscuridad fue
limitando mi campo de visión a medida que la nieve y la luz del sol perdían terreno dejando tras de sí
una estela de hojas secas. El polvo comenzó a girar sobre sí mismo, formando un torbellino, y los
ladrillos y los haces de luz se levantaron del suelo, comenzaron a volar y se arremolinaron. No era capaz
de respirar, no era capaz de ver nada. Perdí el equilibrio y me caí, y al golpear contra el suelo, mis ojos
se abrieron con la fuerza del impacto. Pero ya no estaba en el Palacio de Congresos.

Ya no estaba en Miami. Estaba junto al hospital psiquiátrico, al lado de Rachel y Claire y Jude.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:30 pm

31
ANTES
Rachel extendió el mapa que había sacado de internet y que mostraba un plano detallado de las
instalaciones. Era enorme, pero practicable si se disponía del tiempo suficiente. El plan era entrar por la
puerta del sótano, recorrer la zona de almacenes y luego subir a la planta principal, que nos llevaría a la
inmensa cocina. Después, otra escalera nos conduciría a las habitaciones de los pacientes y a las salas de
tratamiento del ala de los niños.
Rachel y Claire se mostraron eufóricas y muy excitadas cuando forzaron con una palanca la puerta del
sótano, que se abrió con un chirrido quejumbroso. El departamento de Policía de Laurelton prácticamente
había renunciado a asegurar el edificio y se habían limitado a colocar unos simples carteles de «EDIFICIO
EN RUINAS», que hicieron las delicias de Rachel; estaba deseando escribir nuestros nombres en la pizarra
de una de las salas de los pacientes. Allí estaban también los nombres de otros buscadores de emociones
fuertes –o de idiotas, una de dos– que se habían atrevido a pasar la noche en el edificio.
Claire fue la primera en bajar los escalones. La luz de su cámara de vídeo proyectó sombras en el
sótano. Yo debía de tener una expresión que revelaba el terror que sentía, porque Rachel me sonrió y me
prometió una vez más que todo iba a salir bien. A continuación siguió los pasos de Claire.
Descendí tras ellas al nivel inferior del edificio y noté cómo Jude, detrás de mí, enganchaba un dedo
en la trabilla de mis vaqueros. Sentí un escalofrío. El sótano estaba cubierto de escombros, y las paredes
llenas de grietas y con la pintura desprendida. Del techo sobresalían tuberías expuestas y rotas, y había
señales más que evidentes de una plaga de ratas. Mientras avanzábamos entre los restos de lo que debió
de ser una hilera de alacenas, nuestras luces dejaban ver alguna que otra columna de vapor o niebla o lo
que fuese, que intenté evitar en vano.
En la pared de enfrente de esa zona del sótano, una escalera completa, con una barandilla de madera
carcomida, subía en espiral hacia la planta baja. En el primer descansillo, solo cinco peldaños más
arriba, alguien había puesto un sillón de respaldo alto. Estaba apostado allí como una especie de
centinela fantasmagórico para bloquear el acceso al segundo tramo de escalones. Clic. El flash de la
cámara de Rachel se disparó al hacer la foto. Me estremecí aun con el abrigo puesto, y debieron de
castañetearme los dientes porque oí a Claire protestar.
–Por Dios, ya está muerta de miedo y eso que ni siquiera hemos llegado a las salas de tratamiento.
Jude se apresuró a salir en mi defensa.
–Déjala en paz, Claire. Aquí abajo hace un frío de muerte.
Sus palabras la hicieron callar. Rachel apartó el sillón y el sonido que hizo al raspar la dura
superficie me dio dentera. Subimos la escalera de caracol, que crujió bajo nuestro peso, y contuve la
respiración durante el tiempo que duró el ascenso. Cuando llegamos al piso de arriba, estuve a punto de
dejarme caer al suelo por el alivio. Nos encontrábamos en una enorme despensa. Claire abrió camino a
patadas entre la porquería acumulada tras décadas de aislamiento, evitando con cuidado las partes donde
la podredumbre del suelo de madera era más visible, mientras avanzaba hacia la cocina y la cafetería de
la institución. Clic. Otra foto. Tuve sensación de vértigo mientras seguía a Rachel e imaginé a las
enfermeras y auxiliares de gesto adusto, repartiendo papilla entre los pacientes con babas y andares
bamboleantes desde detrás del largo mostrador que se extendía de un lado a otro de la enorme estancia.
Un sistema de poleas impresionante e increíblemente grande anunció que habíamos entrado en el
vestíbulo que conducía al primer piso de las habitaciones de los pacientes. Las palancas de control
estaban a la derecha; las pesas macizas que hacían de contrapeso aún podían verse detrás del puesto de
guardia de las enfermeras. Los cables del sistema ascendían hasta el techo, se prolongaban hasta el
vestíbulo y se bifurcaban a la entrada de cada celda individual, para terminar en puertas de hierro de casi
media tonelada. La página web advertía: «No manipulen el sistema de poleas». Un niño que había
entrado solo a explorar había quedado atrapado en el lado equivocado. Encontraron su cuerpo seis meses
después.
Por supuesto, a mí no me hacía falta la advertencia. Mi padre nos había avisado a mí y a mis
hermanos cientos de veces de lo peligroso que era aquel viejo edificio. Antes de pasarse al derecho
penal, había representado a la familia del niño en una demanda contra el ayuntamiento y los propietarios
del edificio, y debería haberla ganado; tenía pruebas de sobra. Pero, de forma inexplicable, el jurado se
pronunció contra la familia. Quizá el niño debería haber tenido más cuidado. Quizá pensaron que la
comunidad necesitaba una lección.
Pero yo solo pensaba en cómo debía de sentirse uno al oír el golpe de aquellas puertas al cerrarse, al
sentir las vibraciones en el suelo carcomido, en las paredes, mientras kilos y kilos de hierro te separaban
del resto de tu vida. Cómo se sentiría uno al saber que nadie iba a acudir a rescatarlo. Cómo se sentiría
uno al morirse de hambre.
La satisfacción de Rachel y Claire creció al pasar junto al enorme engranaje de cables y poleas. Clic.
El flash iluminó el inmenso vestíbulo. Jude y yo caminábamos juntos detrás de ellas, sin apartarnos de la
zona central del lúgubre vestíbulo. Estaba rodeado de las habitaciones de los pacientes, y yo no quería
acercarme a ellas de ninguna manera.
Continuamos despacio, con el haz de luz de la cámara de Claire rebotando sobre las paredes mientras
avanzábamos hacia el inescrutable agujero negro que se abría ante nosotros como un gigantesco bostezo.
Cuando Rachel y Claire desaparecieron de nuestra vista tras doblar una esquina, aceleré el paso,
aterrorizada al pensar que podía perderlas en el laberinto de pasillos. Pero Jude se había detenido y me
sujetó con suavidad por la cinturilla de los pantalones. Me giré hacia él. Sonrió.
–No tenemos por qué seguirlas.
–Gracias, pero ya he visto unas cuantas películas de terror como para saber que separarse no es lo
más conveniente.
Quise ponerme en marcha de nuevo, pero no me soltó.
–En serio, no hay nada de qué tener miedo. No es más que un edificio viejo.
Antes de que pudiese contestar, Jude me agarró la mano y me arrastró tras él. Su linterna iluminó el
número de la celda que había ante nosotros. Dos Uno Tres.
–Oye –susurró mientras me hacía entrar.
–Qué –rezongué.
Jude levantó una ceja.
–Tienes que apartar este lugar de tu mente.

Me encogí de hombros y di un paso atrás. Tropecé con algo y me caí.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:31 pm

32
Intenté abrir los ojos. Estaban húmedos e hinchados, y el oscurísimo mundo de un color negro azulado se
balanceaba a mi alrededor. Solo veía algunos retazos. Curiosamente, sentía calor, pero tenía el cuerpo
encogido.
–¿Mara? –llamó Noah. Su cara estaba casi junto a la mía. Mi cabeza descansaba en el hueco entre su
cuello y su oreja. Me llevaba en brazos. No estábamos en el interior del hospital psiquiátrico. Ni en el
Palacio de Congresos.
–Noah –susurré.
–Estoy aquí.
Me sentó en el asiento del acompañante y me apartó unos mechones de pelo al inclinarse sobre mí.
Tardó en retirar la mano.
–¿Qué ha pasado? –pregunté, aunque ya lo sabía. Había perdido el conocimiento. Había tenido una
visión retrospectiva. Y ahora estaba temblando.
–Te desmayaste en medio de mi regalo especial. – Hablaba con voz suave, pero era obvio que se
había puesto nervioso.
–Un bajón de azúcar –mentí.
–Gritaste.
Pillada. Me recosté sobre el respaldo del asiento.
–Lo siento –murmuré. Y era verdad. Ni siquiera podía disfrutar de una cita sin venirme abajo. Me
sentí como un trapo.
–No tienes que sentir nada. Nada.
Sonreí, pero sin ganas.
–Admítelo. Fue una cosa muy rara.
Noah no respondió.
–Puedo explicártelo –dije mientras se disipaba la niebla que empañaba mi mente. Podía explicárselo.
Y se lo debía.
–No tienes por qué –dijo en voz baja.
Se me escapó una risotada.
–Gracias, pero no me gustaría que te quedases con la idea de que esta es mi reacción habitual ante
una exposición de arte.
–No creo que lo sea.
Suspiré.
–Entonces, ¿qué es lo que crees? –pregunté con los ojos cerrados.
–No creo nada –dijo. Su voz sonaba tranquila.
No tenía sentido que Noah se quedase tan campante tras mi pequeño episodio. Abrí los ojos y lo
miré.
–¿No sientes ninguna curiosidad? –comenzó a asaltarme una vaga sospecha.
–No. –Noah miró al frente, todavía de pie junto al coche.
Nada de una vaga sospecha. Una sospecha muy rotunda.
–¿Por qué no? –Mi pulso se aceleró mientras esperaba su respuesta. No tenía ni idea de lo que iba a
decir Noah.
–Porque creo que lo sé –confesó, y me miró–. Daniel.
Me froté la frente; no estaba segura de haber entendido bien.
–¿Qué? ¿Qué tiene que ver con…?
–Daniel me lo contó.
–¿Qué te contó? Pero si os conocisteis…
Oh. Oh.
Me habían engañado.
Lo cual explicaba por qué Noah jamás me había preguntado nada sobre mi antiguo colegio. Sobre mis
antiguos amigos. Ni una pregunta sobre el traslado, aunque él también era relativamente nuevo en Miami.
Ni siquiera me había preguntado por el brazo. Ahora entendía por qué; Daniel se lo había contado todo.
Mi hermano jamás me haría daño deliberadamente, pero no era la primera vez que hacía de esbirro de
mamá. Quizá le pareció que necesitaba un nuevo amigo y creyó que yo no iba a ser capaz de hacerlos.
Qué idiota y qué hipócrita.
Noah cerró la puerta de mi lado y ocupó su asiento, pero no encendió el motor. Ninguno de los dos
dijo nada durante un buen rato.
Cuando por fin logré volver a encontrar mi voz, pregunté:
–¿Cuánto sabes?
–Lo suficiente.
–¿Qué respuesta es esa?
Noah cerró los ojos, y durante una fracción de segundo, me sentí culpable. Aparté aquel sentimiento y
me puse a mirar el cielo de un azul oscuro intenso en vez de mirarlo a la cara. Noah me había mentido. Él
era quien debía sentirse culpable.
–Sé… lo de tus amigos. Lo siento.
–¿Y por qué no me lo dijiste? –pregunté en voz baja. ¿Por qué mentir?
–Supongo que creí que me lo contarías tú cuando estuvieses preparada.
En contra de lo que me aconsejaba mi mejor criterio, lo miré. Tenía las piernas estiradas
lánguidamente. Hizo crujir los nudillos, sin inmutarse lo más mínimo. Me pregunté por qué se habría
molestado en hacer todo aquello.
–¿Con qué te sobornó Daniel para conseguir que me sacaras de paseo?
Noah se giró hacia mí, incrédulo.
–¿Estás loca?
No tenía una buena respuesta para esa pregunta.
–Mara, fui yo quien le preguntó a Daniel –dijo Noah.
Parpadeé. ¿Qué?
–Le pregunté yo. Sobre ti. Cuando me soltaste todos aquellos tacos al salir de clase de inglés. Te
recordaba de… Averigüé que tenías un hermano mayor y hablé con él y…
Lo interrumpí.
–Lo que intentas hacer es muy loable, pero no tienes por qué encubrir a Daniel.
La expresión de Noah se endureció. La luz de la farola que había sobre el coche proyectaba la
sombra de sus pestañas en sus mejillas.
–No lo estoy encubriendo. Tú no querías hablar conmigo y yo no sabía… –Noah se detuvo y clavó
sus ojos en los míos–. No sabía qué hacer, ¿vale? Tenía que conocerte.
Antes de que me diera tiempo a mover los labios para pronunciar las palabras «por qué», Noah
siguió hablando.
–Cuando entramos en el cuarto de baño aquel día, ¿te acuerdas? –Y continuó sin esperar mi
respuesta–: Aquel día pensé que lo había conseguido, que ya te tenía. –Se dibujó una sonrisa pícara es
sus labios durante una fracción de segundo–. Pero entonces dijiste que habías oído «cosas» sobre mí, y
aparecieron aquellas chicas. No quería que fueran por ahí hablando mal de ti. Por el amor de Dios, era tu
primera semana. No era justo que tuvieses que enfrentarte a ellas, y menos aún cuando nadie te conocía.
Me quedé sin habla.
–Y después te vi en South Beach. Con aquel vestido. Y entonces decidí, que les den por el culo, soy
un cabrón egoísta, qué más da. Katie me había estado tomando el pelo por andar cabizbajo y pensativo
toda la semana, y le conté que el motivo eras tú. Pero luego… saliste corriendo. Así que no, no estoy
encubriendo a Daniel. No sé muy bien qué estoy haciendo, pero desde luego eso no.
Mantuvo la mirada perdida en la oscuridad.
El cuarto de baño. El club. Lo había entendido todo mal.
¿O no? Aquello, esa misma situación que estaba viviendo en aquel momento, podía no ser más que
otra jugarreta. Qué difícil era saber lo que era real y lo que no.
Se echó hacia atrás para apoyarse en el reposacabezas, con el pelo oscuro alborotado y cada mechón
apuntando en una dirección distinta.
–Vaya, debo de parecer una idiota.
–Puede.
Aún tenía los ojos cerrados y el rictus de sus labios parecía una sonrisa.
–Pero bueno, podía ser peor. Podrías estar acabado, como yo. –No era mi intención decir aquello en
voz alta.
–No estás acabada –dijo con voz firme.
En mi interior, algo comenzó a rasgarse.
–Eso no lo sabes. –Me dije a mí misma que dejase de hablar, que me callase; no dio resultado–. No
me conoces. Solo sabes lo que te contó Daniel, el resto se lo he ocultado. Me está pasando algo grave.
Mi voz se quebró al mismo tiempo que noté que se me cerraba la garganta, atenazada por un sollozo
que luchaba por salir. Mierda.
–Has pasado por…
Y ahí perdí el control.
–No sabes por lo que he pasado –dije mientras dejaba escapar dos lágrimas cálidas–. Y Daniel
tampoco. Si lo supiera, se lo contaría a nuestra madre y yo terminaría ingresada en un hospital
psiquiátrico. Así que, por favor, no discutas conmigo cuando te digo que me está pasando algo
verdaderamente grave.
Las palabras salieron a borbotones, pero después de decirlas comprendí toda la verdad que
encerraban. Podía tomar fármacos, hacer terapia, lo que fuese. Pero entendía lo suficiente como para
saber que los psicóticos solo te permiten sobrellevar la situación, pero nunca te curan. Y de repente la
falta de esperanza se me hizo insoportable.
–Nadie puede hacer nada para curarme –dije en voz baja. Y me callé.
Pero entonces Noah se volvió hacia mí. Su expresión era franca y honesta, cosa rara en él, pero sus
ojos mostraban un gesto de rebeldía al sostenerme la mirada. Mi pulso se aceleró sin pedirme permiso.

–Déjame intentarlo.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:31 pm

33
Me había imaginado varias consecuencias diferentes tras mi pequeño episodio de pánico. Noah
haciendo gestos burlones con los ojos y riéndose de mí. Noah haciendo un comentario sarcástico de
listillo, llevándome a casa y dejándome en la puerta como un saco de patatas.
Su reacción no fue ninguna de ellas.
Su pregunta quedó flotando en el aire. ¿Que le dejase intentar qué? No supe qué responder porque no
entendía qué me estaba pidiendo. Noah me miró expectante, sin el menor atisbo de sonrisa en sus labios,
y yo tenía que hacer algo.
Asentí con la cabeza. Me pareció suficiente.
Cuando llegamos al camino de entrada a mi casa, Noah salió del coche y se dirigió rápidamente al
otro lado para abrirme la puerta. Le dirigí una mirada cargada de intención, pero me interrumpió antes de
que pudiera abrir la boca.
–Me gusta hacerlo. Intenta recordarlo para que no tenga que hacer un sprint cada vez.
Cada vez. Me sentí rara al recorrer el caminito de losetas que conducía a la puerta de mi casa. Algo
había cambiado entre nosotros.
–Te recojo mañana por la mañana –dijo Noah mientras me apartaba un mechón de pelo de la frente y
me lo colocaba detrás de la oreja. Me sentí como si lo hubiera hecho toda la vida.
Parpadeé e hice un gesto con la cabeza para dejar de pensar en ello.
–Pero mi casa no te queda de camino.
–¿Y?
–Y Daniel tiene que ir al colegio de todos modos.
–¿Y?
–Y entonces, ¿por…?
Noah puso un dedo sobre mis labios.
–No. No preguntes por qué. Me molesta. Quiero hacerlo. Eso es todo. Y se acabó. Así que déjame
hacerlo. –El rostro de Noah estaba muy cerca del mío. Muy cerca.
Mara, céntrate.
–Todo el mundo va a creer que estamos juntos.
–Que lo crean –dijo mientras me escrutaba el rostro.
–Pero…
–Pero nada. Quiero que lo crean.
Pensé en todo lo que ello implicaría. Al tratarse de Noah, la gente no iba a creer solo que salíamos
juntos, sino que estábamos juntos… juntos.
–Soy una pésima actriz –respondí a modo de explicación.
Noah deslizó sus dedos por mi brazo, hasta la mano, y se la llevó a la boca. Sus labios acariciaron
mis nudillos con una delicadeza increíble. Me miró a los ojos y casi me muero.
–Entonces no actúes. Te recojo a las ocho.
Me soltó la mano y volvió al coche.
Me quedé en la puerta, casi sin respiración, mientras Noah se iba. Medité sus palabras. «Déjame
intentarlo. Quiero que lo crean. No actúes.»
Algo estaba surgiendo entre nosotros. Pero también acabaría conmigo si terminase. Cuando
terminase, que sería pronto, si es que había que creer a Jamie. Aturdida, entré en casa, me apoyé en la
puerta y cerré los ojos.
–Bienvenida. –Aunque no lo veía, adiviné una sonrisita burlona en la voz de Daniel.
Intenté recuperar la calma porque mi hermano estaba metido en el asunto hasta el cuello y no iba a
dejar que se fuese de rositas solo porque yo estuviese temblando por dentro.
–Tienes que explicarme un par de cosas –fue todo lo que acerté a decir.
–Culpable –dijo Daniel; aunque no lo parecía–. ¿Te lo has pasado bien?
Sacudí la cabeza.
–No me pudo creer que me hayas hecho esto.
–¿Te. Lo. Has. Pasado. Bien?
–Eso. No. Tiene. Que. Ver.
La sonrisa de Daniel se hizo aún más amplia.
–Me cae bien.
–¿Y eso qué tiene que ver con todo lo demás? ¿Cómo fuiste capaz de contárselo, Daniel?
–Eh, un momento, un momento. Primero, lo único que le conté fue por qué nos vinimos de Laurelton.
Sufriste un accidente, tus amigos murieron y nos trasladamos para que pudieses rehacer tu vida. No tienes
el monopolio de esa explicación, así que relájate. –Abrí la boca para protestar, pero Daniel continuó–. Y
segundo, es un buen tío.
Estaba de acuerdo con él, pero no pensaba reconocerlo. Por el contrario, dije:
–Hay gente que no opina lo mismo.
–Hay gente que suele equivocarse.
Le lancé una mirada furiosa.
–Cambiando de tema, cuéntame qué pasó. Sin omitir nada.
–Al terminar el primer día de clase, fui a hablar de mis clases extracurriculares de música con el
profesor y Noah estaba allí. Por cierto, que compone, y es alucinantemente bueno. Sophie me contó que
actuaron juntos en un par de sitios el año pasado.
Pensé en aquella rubita adorable y me entraron unas ganas irreprimibles de darle una patada en la
espinilla y salir corriendo.
–Bueno, el caso es que cuando se enteró de mi apellido, me preguntó por ti.
Rebobiné mis pensamientos.
–Pero yo no lo conocí hasta el segundo día de clase.
Daniel se encogió de hombros.
–Pues está claro que él te conocía de algo.
Moví la cabeza despacio.
–¿Por qué mentisteis, Daniel? ¿Por qué fingisteis esta mañana que no os conocíais?
–Porque me imaginé, y creo que no me equivoco, que te hubieras puesto hecha una furia. La verdad,
Mara, estás exagerando un poco. Apenas saliste en la conversación. Nos pasamos casi todo el tiempo
discutiendo sobre el nexo Kafka-Nietzsche y los sonetos paródicos de El Quijote.
–No te pases de listo intentando desviar mi atención. No deberías haber pedido a nadie que fuese
amigo mío. No soy tan patética.
–No fue eso lo que hice. Pero aunque lo hubiera hecho, ¿ya has excedido tu cuota de amigos en
Miami? ¿Me he perdido algo?
Me puse tensa.
–Eso es una cabronada –dije en voz baja.
–Tienes razón. Lo es. Pero siempre insistes en que quieres que se te trate con normalidad, así que
responde: ¿has hecho algún otro amigo desde que nos vinimos?
Le lancé una mirada asesina.
–Pues mira, sí.
–¿Quién? Dame nombres.
–Jamie Roth.
–¿El chaval del Ébola? Me han dicho que es un poco inestable.
–Fue un incidente aislado.
–Por lo que he oído, no.
Apreté los dientes.
–Te odio, Daniel. Te juro que te odio.
–Yo también te quiero, hermanita. Buenas noches.
Me fui a mi habitación y cerré de un portazo.
Cuando me desperté la mañana siguiente, me sentí pesada, como si hubiera dormido demasiado, pero me
dolía la cabeza como si no hubiese dormido lo suficiente. Eché una mirada al reloj. Las 7.48.
Solté una palabrota, me levanté de la cama a trompicones y empecé a vestirme. Pero al pasar junto a
la mesa, me detuve. Una pastillita blanca relucía sobre una servilleta. Cerré los ojos y respiré hondo.
Odiaba la idea de tener que tomármela. La odiaba. Pero la debacle de la exposición me había asustado,
por no hablar del incidente de la bañera de la semana anterior. Y no quería volver a tener otro episodio
delante de Noah. Quería ser normal para él. Y para mi familia. Y para todo el mundo.
Antes de pensármelo demasiado, me tragué la pastilla y salí disparada de mi habitación. Choqué con
mi padre al doblar la esquina del pasillo y la carpeta de fuelle que llevaba bajo el brazo salió volando
por los aires. Los papeles quedaron esparcidos por todas partes.
–Eh, ¿dónde está el fuego? –dijo cuando aterrizó la carpeta, con más dispersión de papeles.
–Lo siento, tengo que irme… llego tarde a clase.
Pareció sorprendido.
–El coche de Daniel no está. Creí que ya no quedaba nadie en casa.
–Me lleva un amigo –dije mientras me agachaba para recoger los papeles. Los reuní y se los entregué
a mi padre.
–Gracias, cariño. ¿Cómo has estado estos días? Ya no te veo nada. Maldito juicio.
Nerviosa, me balanceé, impaciente por recibir a Noah antes de que saliera del coche.
–¿Cuándo es?
–Alegaciones previas dentro de dos semanas y, según las previsiones, una semana después –dijo, y
me dio un beso en la frente–. Ya hablaremos antes de irme al campamento base.
Lo miré extrañada.
–De instalarme en un hotel para preparar el juicio.
–Ah.
–Pero no te preocupes, hablaremos antes de que me marche. Tú vete. Te quiero.
–Yo también. –Le di un beso rápido en la mejilla y me adelanté hacia el vestíbulo mientras me
colgaba la bandolera al hombro. Pero cuando abrí la puerta, Noah ya estaba allí.
Esto era lo que lucía Noah aquella mañana, de abajo a arriba:
Zapatos: Converse grises.
Pantalones: color gris marengo.
Camisa: de vestir, ajustada, por fuera de los pantalones, con unas rayitas finísimas. Corbata
superestrecha, sin ceñirse al cuello abierto que dejaba entrever una camiseta serigrafiada.
Días sin afeitar: entre tres y cinco.
Sonrisa: pícara.
Ojos: azules e infinitos.
Pelo: un precioso, precioso revoltijo.
–Buenos días –dijo con voz cálida y sonora. Dios mío, ayúdame.
–Buenos días –conseguí contestar con los ojos algo bizcos. Por el sol, o por mirarlo demasiado
tiempo seguido. Una de dos.
–Necesitas unas gafas de sol –dijo.
–Lo sé. –Me froté los ojos.
De pronto, se agachó.
–¿Qué…?
Con las prisas, me había olvidado de atarme los cordones de los zapatos. Noah me los estaba atando.
Levantó la vista para mirarme a través de aquel abanico de pestañas y sonrió. La expresión de su cara
me derritió por completo. Era consciente de que tenía la sonrisa más bobalicona del mundo pegada en la
cara, pero no me importaba.
–Ya está –dijo cuando terminó de atarme los cordones del zapato izquierdo–. Así no te caerás.
Demasiado tarde.
Cuando entramos en el aparcamiento del colegio, comencé a sudar a pesar del chorro de aire
acondicionado. Unas nubes negras habían cubierto el cielo durante el trayecto y las primeras gotas de
lluvia golpearon contra el parabrisas, provocando que un montón de alumnos corriera hacia la puerta del
edificio. Estaba nerviosa –en realidad, muerta de miedo– ante la perspectiva de entrar en el colegio con
Noah. Sería hacerlo público.
–¿Preparada? –me preguntó con fingida solemnidad.
–No mucho –confesé.
Noah pareció confundido.
–¿Qué pasa?
–Mira –dije mientras señalaba a las hordas–. Es que… todo el mundo va a empezar a hacer
comentarios –añadí.
Esbozó una media sonrisa.
–Mara. Ya están haciendo comentarios.
Lo cual no hizo que me sintiera mejor. Me mordí el labio.
–Esto es distinto –dije–. Es sacarlo todo a la luz. A propósito. Por decisión propia.
Y entonces Noah me dijo lo único que podía hacer que me sintiera mejor.
–No voy a dejarte sola. Estaré a tu lado. Todo el día.
Lo dijo como si estuviese hablando con el corazón. Lo creí. En Croyden no parecía importarle a
nadie lo que Noah hiciese o dejase de hacer, así que no era nada descabellado imaginármelo sentado en
mis clases. Pero me moriría si llegase hasta ese extremo.
Noah alcanzó su chaqueta del asiento de atrás; se la puso de cualquier manera; abrió mi puerta y allá
que salimos, uno junto al otro, mientras todo el mundo se volvía para mirar en nuestra dirección. El
pánico me atenazó la garganta. Miré a Noah para observar su reacción. Se le veía… feliz. Le gustaba.
–Lo estás disfrutando –dije incrédula.
Levantó una ceja.
–Me gusta estar a tu lado. Y me gusta que nos vean juntos. –Me rodeó los hombros con el brazo y me
acercó más a él, y mi ansiedad desapareció. Sin saber cómo.
Al acercarnos a la puerta, me fijé en varios chicos que se habían quedado remoloneando junto a sus
coches, aparcados cerca de la entrada. También vi que todos ellos compartían la misma mirada de
rumiante pasmado cuando se giraron en nuestra dirección.
–¡Eh, tío!
Un tipo llamado Parker saludó a Noah al tiempo que corría hacia nosotros. Noah le hizo un gesto con
la ceja.
Los ojos de Parker y los míos se encontraron por primera vez desde mi llegada a Croyden.
–¿Qué pasa?
¿De verdad la gente se saludaba así?
–¿Qué hay? –contesté.
–¿Así que estáis…?
Noah le lanzó una mirada asesina.
–Lárgate, Parker.
–Vale, vale. Eeeh… Kent quiere saber si lo de mañana por la noche sigue en pie.
Noah giró levemente la cabeza para señalarme y respondió:
–Ya no.
Parker me miró contrariado.
–Eso duele.
Noah se frotó el ojo con la muñeca.
–¿Hemos terminado?
Parker sonrió con desdén.
–Sí, claro. Hasta luego, chicos –dijo, y me guiñó un ojo antes de alejarse.
–Parece… especial –dije mientras Parker se reunía con su grupo.
–No lo es –contestó Noah.
Me reí hasta que una voz a nuestras espaldas me cortó la risa en seco.
–Yo se la metería.
Seguí andando.
–Yo se la metería con más ganas –dijo otra voz. La sangre se me agolpó en la cabeza y comenzaron a
zumbarme los oídos, pero no miré atrás.
–Pues yo se la metería con tantas ganas que el que lograra sacármela se convertiría en el rey de
Inglaterra.
Cuando me giré, Noah ya no estaba a mi lado. Tenía a Kent, el de mi clase de álgebra, inmovilizado
contra el coche.
–Debería partirte la cara –dijo entre dientes.
–Cálmate, tío. –Kent estaba tan tranquilo.
–Noah –me oí decir a mí misma–, no vale la pena.
Los ojos de Noah se habían entornado amenazadores, pero al oír mi voz soltó a Kent, que se estiró la
camisa y se frotó la parte delantera de los pantalones.
–Que te follen, Kent –dijo Noah mientras se daba la vuelta.
El muy idiota se rio.
–¡Oh, eso dalo por hecho!
Noah se giró como un tornado, y oí el impacto inconfundible de unos nudillos al golpear una cara.
Kent estaba tirado sobre el hormigón y se tapaba la nariz con las manos.
Cuando comenzó a ponerse en pie, Noah dijo:
–No te lo habría hecho. Pero ganas me dieron de darte una paliza cuando estabas ahí tirado. Ganas me
dieron.
–¡Me has roto la nariz!
La sangre chorreaba por la camisa de Kent, y un montón de gente formó un corro a nuestro alrededor.
Un profesor dispersó la concentración y gritó:
–¡Shaw, al despacho del director AHORA MISMO!
Noah hizo caso omiso y se acercó a mí con una parsimonia exagerada. Puso su mano sana en la parte
baja de mi espalda y mis piernas amenazaron con derretirse. Tocó el timbre, y miré a Noah al tiempo que
se inclinaba y me rozaba la oreja con los labios. Me susurró al oído:

–Valió la pena.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:32 pm

34
El profesor seguía a pocos metros de distancia.
–Estoy hablando en serio, Shaw. No me importa de quién seas hijo, vas a ir al despacho del doctor Kahn.
Noah se separó un poco y observó mi rostro.
–¿Estarás bien?
Asentí con la cabeza. Noah mantuvo su mirada y se demoró unos segundos hasta que finalmente me
dio un beso en la coronilla y se alejó despacio.
Tras unos segundos de aturdimiento, recobré la calma y seguí andando sola entre aquel mar de ojos
que me acosaba. Llegué a clase de inglés justo cuando la señorita Leib empezaba. Nos hizo un resumen
de lo que quería que preparásemos para los exámenes trimestrales; pero fui yo quien acaparó la atención
de los alumnos. Miradas furtivas se asomaban sobre los hombros de mis compañeros, pasaron notas de
un pupitre a otro, y yo me hundí en mi asiento e intenté inútilmente fundirme con el duro plástico. Pensaba
en Noah en el despacho del director, donde tendría que dar cuentas sobre su arranque de caballerosidad.
Su alarde de quién la tenía más larga. Fuese lo que fuese, me había gustado. Aunque no quisiera
admitirlo.
Noah apareció hacia la mitad de la clase, y en el mismo momento en que lo vi una sonrisa ridícula me
cambió la expresión. Cuando acabó la clase, me quitó la bandolera y se la echó al hombro al salir.
–¿Cuéntame qué paso en el despacho del doctor Kahn? –pregunté.
–Pues me senté y me quedé mirándolo durante cinco minutos, y él se sentó y se me quedó mirando
cinco minutos. Luego me dijo que tenía que tratar de aprender a jugar correctamente con los demás
durante los dos días de expulsión que me han impuesto, y dejó que prosiguiera mi camino alegremente.
Puse cara larga.
–¿Te han expulsado?
–Después de los exámenes –dijo, aparentemente muy despreocupado; a continuación sonrió–. Ese es
el premio por defender tu honor.
Sonreí burlona.
–No fue por mi honor. Lo hiciste para marcar territorio –dije; Noah abrió la boca para decir algo,
pero lo corté antes de que le diese tiempo a hablar–. Por así decirlo – concluí.
Noah sonrió.
–No confirmo ni desmiento tu afirmación.
–Ni tenías por qué haberlo hecho, por supuesto.
Noah se encogió de hombros con aire apático y fijó la vista al frente.
–Quise hacerlo.
–¿Y va a perjudicar tu expediente académico?
–¿Con mi excelente nota media? Lo dudo.
Me giré despacio para mirarlo, justo cuando llegábamos a la puerta del aula de álgebra.
–¿Excelente?
Noah sonrió burlón.
–Y tú que creías que no era más que una cara bonita…
Increíble.
–No entiendo. Nunca tomas apuntes. Nunca traes libros.
Noah se encogió de hombros.
–Tengo buena memoria –dijo justo cuando Jamie apareció camino de nuestra clase de álgebra–. Hola
–saludó Noah.
–Hola –respondió Jamie, y me lanzó una mirada al pasar junto a nosotros.
Si Noah se había percatado de la reacción de Jamie, no hizo ningún comentario.
–¿Te veo luego? –me preguntó.
La perspectiva me reconfortó.
–Sí. –Sonreí y entré en clase.
Jamie ya estaba en su pupitre y me senté a su lado; dejé caer mi cartera al suelo, que chocó con un
ruido sordo.
–Han cambiado muchas cosas desde la última vez que te vi –dijo sin mirarme.
Decidí hacerle sudar para averiguarlo.
–Lo sé –dije con un suspiro dramático y crispado–. No sabes el miedo que tengo a los exámenes.
–Hablaba no de eso, y lo sabes.
–¿Por qué me estás hablando en plan Yoda?
–¿Y tú por qué estás eludiendo el tema del día? –preguntó Jamie mientras se dedicaba a rellenar
cuadrículas de su papel milimetrado para formar un dibujo muy extravagante de un dragón con un brazo
humano que arrojaba fuego por la boca.
–No estoy eludiéndolo, es que no hay nada que decir.
–Nada que decir. La chica nueva solitaria de repente se pasea con el tío bueno oficial de Croyden y
hay un cuaderno de pornoshaw que ilustra esta relación tan especial. «Nada que decir», una mierda –
Jamie seguía sin querer mirarme a los ojos.
Me incliné y le dije en un susurro:
–No hay tal cuaderno porno. Fue un farol.
Por fin, Jamie me miró y levantó una ceja.
–¿Es todo una farsa?
Cerré la boca con los labios hacia dentro y me los mordí; luego dije:
–No exactamente.
No estaba segura de cómo explicar lo que había ocurrido entre Noah y yo el día anterior, y tampoco
estaba segura de querer hacerlo.
Jamie volvió a concentrarse en su papel milimetrado.
–Bueno, en algún momento vas a tener que explicármelo muy despacio.
Anna interrumpió el hilo de mis pensamientos antes de que pudiese responder a Jamie.
–¿Cuánto tiempo les das, Aiden?
Aiden fingió examinarme a fondo mientras contestaba:
–Hasta finales de esta semana, si ella se rinde. Si no, quizá duren un par de semanas más.
–¿Celosilla? –pregunté con aparente calma; aunque en mi interior estaba furiosa.
–¿De lo que vas a tener que pasar una vez que Noah consiga lo que quiere? –dijo Anna mientras su
boquita remilgada se curvaba para dibujar una sonrisa malévola. Por favor… Pero lo cierto es que tiene
un polvazo –me dijo Anna como en un aparte–, así que disfrútalo mientas puedas.
Anna volvió a sentarse en su sitio, el señor Walsh entró en el aula y yo me quedé en mi pupitre
sintiendo que me hervía la sangre mientras escribía en mi cuaderno apretando con fuerza el lápiz. Noté
que me subía la bilis al pensar cómo habría conseguido Anna esa información en concreto sobre Noah.
Jamie me había contado que habían salido juntos. Pero eso no significaba necesariamente…
Quería saberlo y al mismo tiempo no.
Cuando tocó el timbre me levanté de la silla y otra compañera de clase, Jessica, me dio un codazo al
pasar. ¿Qué mosca le había picado? Me hizo daño en el brazo y me froté antes de recoger mi libro y mi
cuaderno del pupitre. Cuando me dirigía hacia la puerta, alguien los golpeó y provocó que se me cayeran
de las manos. Me giré y miré a mi alrededor, pero nadie tenía cara de haber sido el causante.
–¿Qué coño…? –murmuré, y me agaché a recogerlos.
Jamie se agachó conmigo.
–Estás haciendo jirones el mismísimo tejido social de Croyden.
–¿De qué estás hablando? –Metí las cosas en mi bolsa con una brusquedad innecesaria.
–Noah te trajo al colegio.
–¿Y qué?
–Noah jamás trae a nadie en su coche.
–¿Y qué? –pregunté cada vez más contrariada.
–Se está portando como si fuera tu novio. Lo cual provoca que las chicas a las que ha tratado como si
fuesen condones se pongan un poquito celosas.
–¿Cómo condones? –pregunté sin comprender.
–De usar y tirar.
–Asqueroso.
–Él lo es.
Preferí no hacer caso de su comentario, sabiendo que no conseguiría avanzar nada en aquel tema en
particular.
–Entonces ¿qué quieres decir? ¿Que antes era invisible y que ahora estoy en el punto de mira de todo
el mundo?
Jamie ladeó la cabeza y se echó a reír.
–¡Oh, tú nunca fuiste invisible!
Noah me estaba esperando cuando salimos del aula. Jamie dio un rodeo y se dirigió a su clase sin
decir una palabra. Noah ni siquiera se fijó en él.
La lluvia se filtraba por el techo del pasadizo cubierto, pero él caminaba por la parte exterior sin que
le importara empaparse. En cuanto nos encontramos a una distancia prudencial a la que nadie podía
oírnos, no pude reprimir por más tiempo la pregunta que llevaba haciéndome sentir náuseas desde la
clase de álgebra. Levanté la vista hacia él.
–Así que el año pasado saliste con Anna, ¿no?
La expresión despreocupada de Noah se transformó en un gesto de desagrado.
–Yo no lo describiría exactamente como «salir».
Entonces Jamie tenía razón.
–Asqueroso –murmuré.
–Tampoco fue tan horrible –dijo.
Me entraron ganas de darme de cabezazos contra el arco de ladrillo.
–No es eso lo que quiero oír, Noah.
–Vale, ¿y entonces qué quieres oír?
–Que debajo del uniforme tiene escamas.
–No sabría decirte.
Mi corazón se puso a dar saltos enloquecido, pero intenté mostrar solo una leve curiosidad.
–¿En serio?
–En serio –respondió Noah en tono jocoso.
–Entonces… Eeeh… ¿Qué hubo entre vosotros? –pregunté como sin darle la más mínima importancia.
Noah hizo un gesto de indiferencia con un hombro.
–Pues más o menos se me pegó como una lapa el año pasado, y la soporté hasta que lo mezquino de
su carácter y mi incapacidad para traducir su idioma de idiota fueron demasiado.
Todavía era pronto para echar las campanas al vuelo.
–Pues dijo que tenías un polvazo –dije mientras fingía dedicarle mi atención al chorro de agua que
caía a borbotones por el canalón que había junto a las taquillas. Mi expresión me traicionaría si me
miraba.
–Bueno, eso es verdad –reconoció Noah.
Genial.
–Pero ella no puede saberlo por experiencia personal. –Solo entonces puso su mano en mi barbilla y
me giró la cabeza para que lo mirara de frente–. Vaya, vaya, Mara Dyer.
Me mordí el labio y bajé la vista.
–¿Qué?
–No me lo puedo creer –dijo con tono de incredulidad.
–¡¿Qué?!
–Estás celosa. –Oí la sonrisa que escondía su voz.
–No –mentí.
–Sí lo estás. Y te convencería de que no tienes ningún motivo, pero está empezando a gustarme esta
situación.
–No estoy celosa –insistí con la cara ardiendo debido al contacto de los dedos de Noah. Me separé
para apoyarme en mi taquilla.
Noah alzó una ceja.
–Entonces, ¿por qué te importa tanto?
–No me importa. Es que es tan… repulsiva –dije sin levantar la vista del suelo; finalmente reuní el
coraje para mirarlo a la cara. No sonreía–. ¿Y por qué permites que diga que se ha acostado contigo?
–Porque jamás cuento intimidades –dijo al tiempo que inclinaba un poco la cabeza para mirarme a
los ojos.
Me aparté de él y abrí la puerta de la taquilla.
–Entonces cualquiera puede decir que ha hecho cualquier cosa contigo –dije como si estuviera
hablando con el interior oscuro.
–¿Y eso hiere tus sentimientos? –preguntó con voz suave desde detrás de mi hombro.
–No tengo sentimientos –contesté con la cara aún metida en la taquilla.
La mano de Noah apareció en la taquilla contigua y noté que se estaba inclinando hacia mi espalda.
El aire estaba cargado de electricidad.
–Bésame –dijo sin más.
–¿Qué? –Me volví y me encontré casi pegada a él. Me ruboricé como si la sangre estuviese pugnando
por traspasar la piel.
–Ya me has oído –dijo Noah.
Noté las miradas de los demás alumnos. Con el rabillo del ojo vi cómo se refugiaban bajo el pasillo
cubierto mientras esperaban a que la lluvia amainase un poco. Se quedaron mirando medio embobados la
larga silueta de Noah al inclinarse sobre la mía, con una mano apoyada firmemente en el metal junto a mi
oreja. No se aproximó ni un centímetro más; estaba esperando, pidiéndome que fuese yo quien hiciera el
siguiente movimiento. Pero mientas seguía con la cara ardiendo, a causa del sentimiento que transmitían
los ojos de Noah, y de notar los ojos de los demás clavados en mí, los otros alumnos comenzaron a
desaparecer uno a uno. Y no me refiero a que se fueron marchando. Desaparecieron.
–No me van los besos –espeté sin pensar, con los ojos clavados de nuevo en los de Noah.
La boca de Noah compuso la más leve de las sonrisas.
–Ah, ¿no?
Tragué saliva y asentí con la cabeza.
–Son una idiotez –dije mientras comprobaba si seguía allí el grupito que se había formado hacía unos
minutos. No. Desaparecidos–. Meter la lengua en la boca de otra persona es una idiotez. Y asqueroso. –
Buena ocasión para practicar mi vocabulario de inglés avanzado. Paréceme que Mara promete
demasiado.
Vi unas arruguillas en los extremos de los ojos de Noah, pero no se estaba riendo de mí. Se pasó la
mano libre por el pelo y se lo revolvió al mismo tiempo, pero unos cuantos mechones rebeldes siguieron
cayendo sobre su frente. No se movió. Estaba tan cerca… Respiré y me impregné de su olor: a lluvia, a
tabaco, y a sal.
–¿Has besado a muchos chicos? –preguntó suavemente.
Su pregunta hizo que mi mente volviera a centrarse. Levanté una ceja.
–¿Chicos? Eso es mucho suponer.
Noah soltó una risa baja y ronca.
–¿A chicas, entonces?
–No.
–¿No a muchas chicas? ¿O no a muchos chicos?
–Ninguna de las dos cosas –dije. Que pensara lo que quisiera.
–¿A cuántos?
–¿Por qué…?
–Voy a borrar esa pregunta del diccionario. Desde ahora, no tienes permiso para usarla. ¿A cuántos?
Me ardían las mejillas, pero mi voz sonó firme cuando respondí:
–A uno.
Al oírlo, Noah se inclinó hasta quedarse imposiblemente cerca, con los largos músculos de su
antebrazo muy tensos al flexionar el codo para aproximarse más a mí; hasta casi tocarme. Su cercanía me
embriagaba y comencé a preocuparme seriamente ante la posibilidad de que me fuera a estallar el
corazón. Quizá Noah no estaba pidiendo nada. Quizá tampoco me importaba. Cerré los ojos y sentí la
barbita de tres días de Noah rozando mi barbilla, y el más suave de sus susurros junto a mi oído.

–Pues lo hizo mal.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:33 pm

35
Los labios de Noah presionaron con delicadeza la piel de mi mejilla y se detuvieron allí. Yo estaba
sofocada. Cuando abrí los ojos y mi respiración recuperó su ritmo normal, Noah ya no estaba delante de
mí. Estaba colgado tranquilamente del arco del rincón de las taquillas, esperando a que terminase de
recoger mis cosas para la clase de plástica.
Sonó el timbre.
Seguí allí, sin moverme. Aún sentía sobre mi mejilla la huella del beso de Noah. Me quedé mirándolo
como una idiota. La sonrisa de Noah se transformó en un gesto de complicidad.
Cerré los ojos, respiré hondo, e hice acopio de la dignidad que aún me quedaba antes de pasar por
delante de él, con cuidado de evitar la lluvia que caía sesgada y se colaba por los vanos del pasadizo
cubierto. Me alegré de que la siguiente clase fuera la de plástica. Tenía que liberar tensión, controlar mi
nivel de estrés, como había dicho la doctora Maillard. Y era imposible no estar pendiente de Noah.
Cuando llegamos a la puerta del aula, le dije que me reuniría con él más tarde.
Noah frunció el ceño mientras seguían pasando alumnos junto a nosotros.
–Pero tengo hora de estudio.
–Pues vete a estudiar.
–Pero quiero verte dibujar.
Mi respuesta fue cerrar los ojos y pasarme la mano por la frente. Noah era tremendo.
–¿No quieres que vaya? –preguntó. Abrí los ojos. Se le veía alicaído y adorable.
–Me distraes –dije con franqueza.
–No te distraeré. Te lo prometo –dijo Noah–. Puedo agenciarme unos lápices y dibujar en silencio.
Solo. En un rincón.
No pude contener una sonrisa y Noah vio el cielo abierto; se coló en el aula delante de mí. Yo me
dirigí tranquilamente a una mesa en el otro extremo de la clase. Noah me siguió con la vista hasta que me
senté y saqué mis lápices de grafito y mis carboncillos.
No le presté atención y me encerré en mi burbuja. Abrí el cuaderno de dibujo y pasé deprisa las
páginas que había cubierto con sus dibujos, mientras la profesora sustituta carraspeaba antes de dirigirse
a nosotros.
–¡Hola, chicos! Soy la señorita Adams. La señora Gallo ha tenido un imprevisto familiar, así que hoy
seré yo vuestra profesora. –Con sus gafas y su flequillito aparentaba doce años. Y hablaba como si los
tuviera.
Cuando la señorita Adams pasó lista y leyó el nombre de un alumno ausente, Noah levantó la mano
como un resorte. Lo miré con recelo. Cuando terminó de pasar lista, Noah se levantó con todo descaro
mientras el resto de la clase observaba su avance hacia la mesa del profesor.
–Eeeh… –La señorita Adams consultó su lista–. ¿Ibrahim Hassin?
Noah asintió con la cabeza. Yo me quería morir.
–¿Qué haces?
Noah puso cara de asombro.
–¿No se lo ha dicho la señora Gallo? –le preguntó–. Hoy teníamos que empezar a trabajar con
modelos del natural.
Era como si me estuviesen torturando.
–Oh, eeeh… Yo no…
–Es cierto –terció una chica vestida con el uniforme de las animadoras; Brittany, creo–. N… Ibrahim
iba a ser el primero en posar. Lo dijo la señora Gallo.
Un coro de murmullos y signos de asentimiento apoyó la declaración de Brittany.
La señorita Adams mostró perplejidad y cierta impotencia.
–Eh… bien, supongo. ¿Y ya sabéis lo que tenéis que hacer?
Noah le dedicó una sonrisa radiante al tiempo que llevaba una banqueta hacia el centro del aula.
–Por supuesto –dijo. Se sentó y yo miré a mi hoja en blanco mientras notaba la presión de su mirada
sobre mí en todo momento.
–Oye, espera… –dijo la sustituta con un deje de desesperación en su voz.
Mi mirada voló hacia la zona de delante. Noah estaba desabrochándose la camisa. Cielo santo.
–No me siento muy cómoda…
Se quitó la corbata. Mis compañeras soltaron risitas nerviosas.
–¡Madre mía!
–Dios bendito.
–Buenísimo. Está buenísimo.
Comenzó a subirse el borde de la camiseta. Adiós, dignidad. Si Noah había oído a las chicas, no dio
muestras de ello. Me pilló mirándolo y me dedicó una sonrisita picarona.
–Señor… señor Hassin, por favor, vuelva a ponerse la ropa –tartamudeó la señorita Adams.
Noah hizo una pausa para que el resto de la clase disfrutara de la vista un poco más, y después volvió
a ponerse la camiseta y luego la camisa, aunque se la abotonó mal y se dejó los puños desabrochados.
La señorita Adams emitió un audible:
–Muy bien, chicos, pónganse a trabajar.
Los ojos de Noah se quedaron clavados en mí. Tragué con dificultad. El hecho de que estuviese
sentado en un aula llena de gente y que no mirase a nadie más que a mí era irresistible. Algo se
estremeció en mi interior provocado por la intimidad que compartíamos al cruzar nuestras miradas entre
el sonido de veinte lápices de grafito deslizándose sobre el papel.
Sombreé su rostro con facilidad en el vacío de la hoja en blanco. Difuminé la curva de su cuello y di
un tono más oscuro a su boca burlona, mientras que la luz iluminaba el ángulo marcado de su mentón al
recortarse contra el cielo cubierto del exterior. No oí el timbre. No oí a mis compañeros cuando se
levantaron y salieron del aula. Ni siquiera me di cuenta de que Noah ya no estaba posando.
Noté el contacto suave de unos dedos sobre la espalda y me sobresalté.
–Hola –dijo Noah. Su voz sonaba muy dulce.
–Hola –contesté. Seguí medio ocultando la hoja en ademán protector; pero me giré ligeramente para
poder mirarlo a los ojos.
–¿Puedo?
No se lo podía negar y no repliqué. Me eché a un lado para que pudiese ver el dibujo.
Lo oí respirar hondo. Ninguno de los dos dijo nada durante un largo rato. Luego:
–¿Así es como soy? –La expresión de Noah era indescifrable.
–Para mí, sí.
Noah no dijo nada.
–Así es exactamente como te vi en ese momento –dije.
Siguió callado. Me revolví incómoda.
–Si miras los dibujos de los demás, seguro que son todos completamente distintos –añadí.
Noah seguía mirando sin decir nada.
–No está tan mal –dije mientras volvía a inclinarme sobre el cuaderno.
Noah me cortó.
–No –dijo con una voz apenas audible.
–¿No?
–Está perfecto.
Seguía mirándolo, pero parecía… distante. Cerré el cuaderno y lo guardé en mi bolsa. Cuando
salimos del aula, me asió de la muñeca.
–¿Puedo quedarme con él? –preguntó; alzó una ceja. Con el dibujo.
–Oh –dije yo–. Claro.
–Gracias –dijo mientras su boca dibujaba una sonrisa. ¿Sería pecado de avaricia pedirte uno tuyo?
–¿Un autorretrato? –pregunté. Noah sonrió como respuesta–. Hace mil años que no hago uno –
confesé.
–Pues entonces ya va siendo hora.
Medité la idea. Tendría que dibujarme a mí misma sin mirarme al espejo, con tanta gente muerta
como veía en ellos últimamente. Me encogí de hombros sin querer comprometerme y me concentré en las
gotas de lluvia que se filtraban por el techo de paja que cubría la mesa a la que habíamos ido.
Oí un zumbido sordo procedente del bolsillo de Noah. Sacó su móvil e hizo un gesto de asombro al
mirarlo.
–¿Todo bien?
–Mmm –murmuró, sin dejar de mirar el teléfono–. Es tu hermano.
–¿Daniel? ¿Qué quiere?
–No, Joseph –dijo Noah mientras escribía un mensaje respondiendo–. Para recomendarme en qué
acciones debo invertir.
De verdad que tenía una familia rarita.
Noah volvió a guardar el teléfono en el bolsillo.
–Vamos al comedor –dijo de pronto.
–Vale.
–No eh… espera un momento, ¿qué has dicho? –Se quedó desconcertado.
–Si quieres ir, vamos.
Me miró extrañado.
–Ha sido más fácil de lo que esperaba. Se ve que la visión de mi cuerpo ha trastornado tu buen
criterio.
Suspiré.
–¿Por qué te empeñas en que te odie?
–No pretendo que me odies. Pretendo que me quieras.
Y lo estaba consiguiendo, el muy idiota.
–¿Entonces vamos? ¿Así de fácil?
Eché a andar.
–¿Es que puede ser mucho peor que lo que ya he soportado esta mañana?
Noah se detuvo.
–¿Peor?
–Que todo el mundo se te quede mirando y se pregunte a qué tipo de juegos y travesuras se ha
entregado tu vagina no es tan fascinante como uno puede imaginar.
–Lo sabía –se limitó a decir Noah. Aún sostenía mi mano. La sentí pequeña y caliente al abrigo de la
suya–. Sabía que esto iba a ocurrir –repitió.
Me aparté el pelo de la frente.
–Puedo soportarlo.
–Pero no deberías tener que hacerlo –dijo Noah con las fosas nasales dilatadas–. Quería
demostrarles que tú eras diferente. Ese es el motivo… Dios… –dijo Noah entre dientes–. Ese es el
motivo de todo. Que tú eres diferente –dijo para sí mismo.
Una sombra oscureció su rostro y se quedó en silencio mientras me miraba. Me estudiaba. Yo me
había perdido, pero no me dejó tiempo para preguntarle de qué estaba hablando. Su expresión cambió y
me soltó la mano.
–Si vas a pasar un infierno por ir…
Sin pensar en lo que hacía, volví a darle la mano.
–Pues entonces tendré que portarme como una niña mayor y hacerle frente. –Señalé la cafetería–.
¿Vamos?
Noah pasó el resto del trayecto en silencio, y yo reflexioné sobre lo que había dicho y lo que ello
significaba. La gente iba a pensar que era un putón. Lo más probable era que ya lo pensaran. Y aunque
Noah era distinto –o parecía distinto– de la persona sobre la cual Jamie me había prevenido, eso no
quería decir que no se pudiese terminar todo al día siguiente. ¿Valía la pena? La reputación de Noah no
parecía haber echado para atrás a Daniel, y yo creía, más bien tenía la esperanza, que Jamie y yo
seguiríamos siendo amigos. Y de momento, Noah estaba allí.
Decidí que eso bastaba.
Aún íbamos de la mano cuando llegamos a la cafetería. Solo cuando Noah abrió la puerta para
dejarme pasar, comprendí por qué lo llamaba el comedor. Los techos eran altos como los de una iglesia,
y había arcos que ocupaban toda la pared y que servían de marco a unos enormes ventanales. El sobrio
color blanco de las paredes contrastaba con el brillante suelo de madera de nogal. Nada podía parecerse
menos a la primera imagen que nos viene a la cabeza cuando uno oye la palabra «cafetería».
–¿Te apetece sentarte en algún sitio en especial? –preguntó Noah.
Mis ojos recorrieron la bulliciosa estancia, llena de alumnos con el uniforme de Croyden.
–¿Estás de broma, no?
Noah me llevó de la mano mientras atravesábamos la sala, y todos nos siguieron con la vista. Su
mirada se cruzó con la de alguien que conocía y que estaba sentado al fondo, lo saludó con la mano, y la
otra persona devolvió el saludo.
Era Daniel. Abrió los ojos como platos y su mesa entera se quedó en silencio mientras nos abríamos
paso entre las sillas para llegar junto a donde se encontraba.
–¡Dios mío, pero si es mi hermana pequeña! ¡Aquí, en esta cafetería!
–Cállate.
Me senté junto a Noah y saqué lo que había traído para comer, demasiado cohibida como para
enfrentarme a las miradas del resto de los alumnos de bachillerato que ocupaban la mesa.
–Veo que has conseguido traer a Mara la gruñona. Gracias, Noah.
Noah alzó las manos a la defensiva.
Daniel carraspeó.
–A ver, Mara. –Levanté la vista de mi bocadillo–. Estos son todos –prosiguió–. Todos, esta es mi
hermana Mara.
Reuní algo de coraje y recorrí la mesa con la mirada. Reconocí a Sophie, pero a nadie más. Noah
cambió de sitio su silla para sentarse frente a mi hermano y yo me quedé sentada junto a él y enfrente de
Sophie.
–Hola –saludé.
–Hola –respondió ella a medio masticar con una sonrisa. Tragó y me presentó al resto de su grupo.
Noah y mi hermano se habían puesto a hablar como si fuesen íntimos; los amigos de Daniel fueron
amabilísimos conmigo, y unos minutos más tarde, Sophie me hizo reír de tal manera que casi se me
saltaron las lágrimas. Cuando recuperé el ritmo normal de respiración, Noah me miró, nuestros ojos se
encontraron, me dio la mano por debajo de la mesa y sonrió. Yo le devolví la sonrisa.

Era feliz. Y lo que más quería en el mundo era que aquello durase.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:34 pm

36
Los exámenes fueron durísimos, tal como esperaba. Historia e inglés me salieron de cine, en álgebra no
lo hice mal, y al de español, que sería el penúltimo, le tenía pánico.
Noah intentó estudiar conmigo la primera tarde de la semana de exámenes, pero como profesor era un
desastre total; a los diez minutos terminé tirándole un paquete de fichas a la cabeza. Gracias a Dios que
tenía a Jamie. Estudiamos juntos varias horas al día, y al final de la semana hasta me explicó álgebra en
español. Era genial y yo me sentí genial a pesar del estrés. Desde que empecé a tomar Zyprexa la semana
anterior, las pesadillas habían cesado, las alucinaciones habían desaparecido y, aunque nerviosa, entré en
clase de español con la convicción de que estaba bien preparada.
El examen oral debería haber resultado sencillo; nos habían dado una lista de temas para preparar y
teníamos que ser capaces de hablar de cualesquiera de ellos en plan poético, con pronunciación y
gramática correctas hasta que a Morales le pareciera bien. Y, por supuesto, en el mismo momento en que
Jamie y yo pusimos el pie en clase, Morales me pilló por banda.
Meez Deer –llamó con un mohín altanero. Siempre decía mi nombre mal y en inglés. Irritante–, es
usted la siguiente.
Me señaló, y a continuación señaló el encerado.
Jamie me dirigió una mirada de solidaridad cuando pasé junto a su pupitre. Me costó recorrer el aula
mientras intentaba en vano calmar el ritmo de mi respiración. Morales prolongó mi agonía cuando se
puso a hacer anotaciones en su cuaderno, revolver papeles y cosas por el estilo. Me preparé para el
ataque que se avecinaba mientras cambiaba mi peso de un pie a otro alternativamente.
–¿Quién fue Pedro Arias Dávila?
Dejé de moverme. No estaba en la lista de temas que nos había dado; jamás había mencionado a
Dávila en clase. Estaba intentando desconcertarme. Levanté la vista hacia Morales, que estada sentada
sola en primera fila con el cuerpo desparramado sobre la silla del alumno con una postura bastante
impropia. Estaba preparada para lanzarse a mi yugular.
–No tenemos todo el día, Meez Deer. –Golpeteó con sus largas uñas la superficie metálica del
pupitre.
De pronto noté en mi flujo sanguíneo un cosquilleo de victoria. El año anterior había estudiado
historia universal como optativa, y daba la casualidad de que había hecho el trabajo de fin de curso sobre
el Panamá del siglo XVI. ¿Qué posibilidades tenía? Me pareció una señal.
–Pedro Arias Dávila dirigió la primera gran expedición española al Nuevo Mundo –respondí en un
español impecable: no tenía ni idea de cómo estaba siendo capaz, y me sentí algo mareada. Todos los
ojos de la clase estaban clavados en mí.
Hice una pausa para reflexionar sobre mi momento de genialidad y continué:
–Participó en las campañas militares de Granada, España, y el norte de África. El rey Fernando II lo
nombró comandante de la expedición en 1514. –Mara Dyer al poder.
Morales habló con voz fría y serena.
–Puede sentarse, Meez Deer.
–No he terminado. –No podía creer que lo hubiera dicho de verdad; durante un segundo, mis piernas
amenazaron con salir huyendo hacia el pupitre más cercano. Pero al mismo tiempo que Morales
recobraba la compostura, comenzó a correr por mis venas un escalofrío de emoción. No pude
resistirme–. En 1519 fundó la ciudad de Panamá. Junto con Francisco Pizarro y Diego de Almagro firmó
el tratado que permitió el descubrimiento de Perú.
Chúpate esa, Morales.
–Siéntese, Meez Deer. –Morales comenzó a resoplar y adquirió un prodigioso parecido con un
personaje de dibujos animados. Treinta segundos después empezaría a echar humo por las orejas.
–No he terminado –repetí, encantada con mi audacia. Ese mismo año, Pedro de los Ríos lo sucedió en
el cargo como gobernador de Panamá. Dávila murió en 1531 a los noventa y un años de edad.
–¡Siéntese! –gritó.
Pero yo me sentía invencible.
–Se le recuerda como un hombre cruel y mentiroso – recalqué cada uno de los adjetivos mientras
miraba a Morales con desagrado y observaba cómo las venas de su frente amenazaban con estallar. Su
escote adquirió un tono púrpura.
–Salga de mi clase. –Su voz sonaba fría y furiosa–. Señor Coardes, es usted el siguiente.
Morales se giró ligeramente en aquella silla que le quedaba demasiado pequeña e hizo un gesto a un
compañero pecoso, y boquiabierto.
–No he terminado –me oí decir; me encontraba con una energía que casi me obligaba a dar botes. La
propia aula parecía viva y dinámica. Oí una a una las pisadas de las hormigas que correteaban hacia un
trozo de goma pegado a una estantería que había a mi izquierda y luego hacían el recorrido inverso. Olí
el sudor que resbalaba por la cara de Morales. Vi cómo caían a cámara lenta sobre la frente de Jamie
cada uno de sus mechones cuando apoyó el rostro sobre el pupitre.
–¡SALGA DE MI CLASE! –bramó Morales, y me sorprendió su fuerza cuando se levantó de la silla y
derribó la mesa al mismo tiempo.
Llegados a ese punto, no pude continuar. Mi cara se iluminó con una sonrisa de suficiencia y salí del
aula con parsimonia.

Entre vítores y aplausos.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:35 pm

37
Esperé a Jamie hasta que terminó el examen. Cuando salió del aula, lo enganché de una de las tiras de su
mochila y lo arrastré hasta mí.
–¿Qué te parecieron mis cojones? [1] –Mi sonrisa amenazaba con partirme la cara en dos al tiempo
que extendía la mano para que me la chocara.
Jamie hizo lo mismo.
–Fue… fue… –Me miró atónito.
–Lo sé –dije, crecida con la victoria.
–… una idiotez –concluyó.
–¿Qué? –Lo había hecho genial.
Jamie movió la cabeza y metió las manos en los bolsillos de los pantalones mientras caminábamos
hacia la puerta de atrás.
–Ahora fijo que intentará suspenderte por todos los medios.
–¿Qué me estás contando? Clavé la respuesta.
Me miró como si yo fuera idiota.
–Era un examen oral, Mara. Totalmente subjetivo. – Hizo una pausa mientras me observaba, a la
espera de que lo asimilara–. Nadie de los que estábamos en clase va a respaldar tu versión excepto yo,
pobrecito de mí. Y aquí mi palabra no vale una mierda.
Estaba claro. Yo era idiota.
–¿Ahora lo entiendes?–dijo.
Jamie tenía razón. Mis hombros se hundieron como si mi corazón fuese un globo y alguien hubiese
dejado escapar el aire. Después de todo, no había estado tan genial.
–Menos mal que te grabé.
Me giré al instante.
–¡No! –dije. ¡Sí!
La sonrisa de Jamie podía hacerle la competencia a la que yo había mostrado antes, diente por diente.
–Me pareció que si suspendías te ibas a poner hecha una fiera, así que grabé tu actuación para la
posteridad. Pensé que quizá querrías analizarlo en otro momento. – Me enseñó su iPhone y su sonrisa se
hizo aún más amplia. Feliz Purim.
Por primera vez en mi vida solté un chillido como un cerdito, y me lancé a los brazos de Jamie.
–Eres. Un. Genio.
–Veinticuatro horas al día, pequeña.
Comenzó un festival de abrazos y sonrisas, pero luego la situación cambió. Jamie carraspeó y yo bajé
los brazos y me metí las manos en los bolsillos. Puede que incluso arrastrase los pies, nerviosa, hasta que
Jamie dijo:
–Vaya, creo que tu hermano te está haciendo señas. O eso o está haciendo indicaciones a un avión
para que estacione con seguridad.
Me volví. Era cierto, Daniel estaba gesticulando insistentemente.
–Creo que debería…
–Sí. Eeeh… ¿Quieres que nos veamos alguna tarde después de clase esta semana?
–Claro –respondí–. ¿Me llamas tú?
Caminé hacia atrás en la dirección en que se encontraba Daniel hasta que Jamie me hizo un gesto
afirmativo; luego me di la vuelta y le dije adiós con la mano. Cuando me reuní con Daniel, no lo vi
demasiado contento.
–Se ha metido usted en un buen lío, señorita –me dijo Daniel de camino al coche.
–¿Qué pasa ahora?
–Me han contado tu intervención en clase de español.
¿Cómo era posible? Mierda.
–Mierda.
–Sí, ya. No tienes ni idea del follón en el que te acabas de meter –dijo mientras montábamos en el
coche–. Si todo el mundo habla pestes de Morales es por algo –prosiguió. Sophie me deleitó con unas
cuantas historias de terror después de darme la noticia.
Me recordé a mí misma que tenía que echarle la bronca a Sophie por chivata. Tenía el estómago
medio revuelto, pero logré hablar con aplomo.
–No estoy muy segura de que vaya a ser mucho peor. Esa bruja me ha torturado todos los días.
–¿Qué hacía?
–Me obligaba a quedarme de pie delante de toda la clase mientras me disparaba una pregunta tras
otra en español sobre cosas que ni siquiera habíamos dado, y se reía cuando mi respuesta era incorrecta.
–Me detuve; no sabía la razón, pero mis argumentos sonaban menos convincentes al expresarlos en voz
alta; Daniel me miró de reojo–. Se reía con muy mala idea –añadí.
–Ajá.
–Y me tiró una tiza.
–¿Y eso es todo?
Me enfadé y le lancé una mirada asesina.
–Eso lo pregunta un alumno al que ningún profesor ha gritado jamás.
Daniel no dijo nada y siguió conduciendo con rostro inexpresivo sin apartar la vista de la carretera.
–Fue bastante cruel. Supongo que si no lo ves es difícil de entender. –No quería seguir pensando en
Morales.
–Supongo –dijo, y me miró de forma extraña–. ¿Qué te pasa? –preguntó.
–Nada –farfullé.
–Mentirosa, cara de osa.
–Eso dejó de tener gracia cuando tenías cinco años. En realidad, nunca tuvo ninguna gracia.
–Escucha, no te preocupes demasiado por lo de Morales. Al menos tú no tienes que mandar
solicitudes a siete sitios diferentes para hacer prácticas en verano.
–Te van a aceptar en todos.
–No es cierto. Voy bastante atrasado en las asignaturas extracurriculares y la señorita Dopiko aún no
ha escrito mi carta de recomendación; y quizá haya calculado mal mi volumen de trabajo en estudios
avanzados y no sé cómo me van a salir los exámenes. Puede que no entre en las universidades que quiero.
–Pues si eso te pasa a ti, yo no tengo ninguna oportunidad.
–Bueno, quizá tengas que ir pensando en poner los medios para conseguirlo antes de que sea
demasiado tarde – dijo Daniel, siempre mirando al frente.
–Quizá no me resultaría tan difícil si fuese un genio como mi hermano mayor.
–Eres tan inteligente como yo. Lo único que ocurre es que trabajas menos. –Abrí la boca para
protestar, pero mi hermano me lo impidió–. No es solo en lo relativo a las notas. ¿Qué vas a poner en tu
currículum para las universidades? No estás en el grupo de teatro. Ni en música. Ni en el periódico. Ni…
–Pero dibujo.
–Pues sácale provecho. Preséntate a concursos. Gana algún premio. Y ponte en contacto con otras
organizaciones, es importante que vean que estás bien…
–Por Dios, Daniel. Lo sé, ¿vale?, lo sé.
El resto del camino a casa transcurrió en completo silencio, pero me sentía fatal y lo rompí en cuanto
enfilamos el camino de entrada.
–¿Qué va a hacer Sophie este fin de semana?–pregunté.
–No lo sé –dijo Daniel mientras cerraba de un portazo. Fantástico. Ahora él también estaba de un
humor de perros.
Entré en casa y fui a la cocina a ver si encontraba algo de comer, mientras que Daniel desapareció
camino de su cuarto, probablemente para delimitar el contorno de alguna constelación exquisita reunida
en torno a cualquier mierda filosófica para incluir en sus solicitudes y con ello exhalar los últimos
estertores de su trastorno obsesivo compulsivo que le obligaba a trabajar más de la cuenta. Mientras
tanto, medité sobre un futuro sombrío del que yo era la protagonista, y en el que me veía convertida en
una dibujante callejera en Nueva York que tenía que subsistir a base de sopa instantánea de fideos Ramen
y vivir de ocupa en Alphabet City porque no había realizado ninguna actividad extracurricular. Entonces
sonó el teléfono y respondí.
–¿Sí?
–Dígale a su marido que deje el caso –susurró una voz al otro lado de la línea. Hablaba tan bajo que
no estaba segura de haber entendido bien.
Pero mi corazón tronó en mi pecho de todos modos.
–¿Quién es?
–Lo lamentará. –Y colgaron.
Un sudor frío cubrió mi cuerpo, y mi mente se quedó en blanco. Cuando Daniel entró en la cocina, yo
aún tenía el teléfono en la mano, mucho tiempo después de que hubieran cortado la llamada.
–¿Qué estás haciendo? –me preguntó al pasar junto a mí cuando se dirigía a la nevera.
No le contesté. Miré el historial de llamadas y busqué la última recibida. La consulta de mi madre,
hacía dos horas. Ningún registro de llamadas después de aquella. ¿Qué hora era? Miré el reloj del
microondas; habían pasado veinte minutos. Llevaba veinte minutos allí de pie con el teléfono en la mano.
¿Había borrado la llamada? ¿Había existido en realidad esa llamada?
–¿Mara?
Me volví hacia Daniel.
–Caray –dijo retrocediendo un paso–. Parece que hayas visto un fantasma.
O que lo había oído.
Pasé de él y me fui a mi habitación con mi móvil. Esa mañana me había tomado la pastilla, como
todas las mañanas desde lo de la exposición de arte. Pero si la llamada era real, ¿por qué no aparecía en
el registro?
Llamé a mi padre, muy alterada. Atendió al sonar el segundo tono.
–Tengo una pregunta –solté de golpe sin ni siquiera saludar.
–¿Qué pasa, pequeña?
–Si ahora quisieras dejar el caso, ¿podrías hacerlo?
Mi padre hizo una pausa.
–Mara, ¿estás bien?
–Sí, sí. Es una pregunta puramente teórica.
Y más o menos era verdad. Al menos de momento.
–Ah, vale. Bueno, es más que improbable que la juez permitiese un cambio de abogados a estas
alturas. De hecho, estoy casi seguro de que no lo permitiría.
Se me cayó el alma a los pies.
–¿Y cómo hizo el otro abogado para dejar el caso?
–El cliente accedió a que yo me hiciese cargo, si no Nate no habría tenido tanta suerte.
–¿Y ahora tu cliente no te deja dar marcha atrás?
–Lo dudo. Se le complicarían mucho las cosas. Y la juez no lo iba a consentir; me caería una sanción
si hiciera una cosa así. Mara –dijo–, ¿seguro que estás bien? La semana pasada quise preguntarte qué tal
te iba la terapia, pero me lié con…
Pensaba que era por él. Por no estar en casa.
–Bien. Estoy bien –dije en el tono más convincente que fui capaz de poner.
–¿Cuándo tienes la próxima cita?
–El jueves que viene.
–Muy bien. Tengo que dejarte, pero no pienso perderme tu cumpleaños, ¿de acuerdo?
Hice una pausa.
–¿Vas a venir a casa el sábado?
–Y a quedarme todo el tiempo que pueda. Te quiero, pequeña. Hasta pronto.
Colgué el teléfono. Me puse a dar vueltas por mi habitación como una loca sin dejar de pensar en la
llamada. Estaba tomando antipsicóticos para las alucinaciones, y posiblemente, lo más seguro es que
también para los delirios. Llevaba una semana bien, pero quizá la presión de los exámenes me estaba
haciendo mella. Si les hablaba a mis padres de la llamada pero no había ninguna prueba, nada que
respaldase mi palabra, ¿qué iban a pensar? ¿Qué harían? De todos modos, mi padre no podía dejar el
caso, pero ¿y mi madre? Mi madre querría sacarme del colegio para ayudarme a sobrellevar el estrés. Y
no poder graduarme en el año que me correspondía ni ir a la universidad el curso siguiente… no iba a
ayudarme a sobrellevar el estrés.
No dije nada.
Debería haberlo hecho. 
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:36 pm

38
Noah me recogió a la mañana siguiente, pero yo estuve inquieta y callada todo el camino hasta el
colegio. No me forzó. Aunque aquello se había convertido prácticamente en una rutina desde hacía más
de una semana, todos los ojos se volvieron hacia nosotros cuando recorrimos el patio interior desde el
portón de entrada. Noah no apartó su brazo de mi cintura, pero me soltó al llegar a la puerta de la clase
de álgebra; aunque a regañadientes. Anna y Aiden pasaron junto a nosotros con un gesto de disgusto como
si algo oliese mal.
–¿Estás bien? –preguntó Noah, con la cabeza inclinada hacia un lado.
–¿Qué? –Estaba distraída pensando en la llamada de la noche anterior. Y en el bosque de metal de la
exposición de arte. Y en Claire y Jude en el espejo–. Estaba pensando en el examen de bio que tengo
luego –le dije a Noah.
Hizo un gesto con la cabeza.
–¿Te veo después, entonces?
–Ajá –respondí, y entré en clase.
Cuando llegué a mi pupitre, Jamie se acercó despacio y se sentó a mi lado.
–¿Aún sigues con ese bobo engreído?
Apoyé la cabeza entre las manos y comencé a tirarme del pelo.
–Por Dios, Jamie. Déjalo ya.
Abrió la boca para decir algo, pero el señor Walsh ya había empezado la clase. Estaba harta de
escuchar a Jamie hablar mal de Noah y aquel día quería zanjar el tema de una vez. Lo miré con los ojos
entornados y articulé «comida» sin emitir sonido alguno. Hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.
Las demás clases de la mañana transcurrieron despacio, y a la hora fijada Jamie ya me estaba
esperando junto a las mesas de picnic. Y por primera vez, que yo me diese cuenta, sus ojos estaban a la
altura de los míos.
–¿Has crecido? –le pregunté.
Jamie arqueó las cejas.
–Ah, ¿sí? Qué locura de hormonas. Más vale tarde que nunca, supongo –dijo al tiempo que se encogía
de hombros; luego entrecerró los ojos para mirarme–. Pero no cambies de tema. Deberíamos estar
hablando de tu pésimo gusto para los hombres.
–¿Qué problema tienes?
–Yo no tengo ningún problema. Tú sí tienes un problema.
–¡Ah! ¿Y cuál es mi problema?
–Shaw está jugando contigo –dijo Jamie en voz baja.
Comencé a enfadarme.
–No creo.
–¿Hasta qué punto lo conoces, Mara?
Hice una pausa. Luego dije:
–Lo suficiente.
Jamie apartó la vista.
–Bueno, yo lo conozco desde hace más tiempo.
Se apartó unos mechones de la cara y se mordió el labio inferior.
Lo observé con atención, allí sentado, y un minuto después todo encajó.
–¡Dios mío! –dije en su susurro–. Estás celoso.
Jamie me miró como si me hubiese vuelto loca.
–¿Estás loca? –preguntó.
–Eeeh… –¿Quizá lo estaba?
–No te ofendas, cariño, pero no eres mi tipo.
Solté una risita.
–Celoso de él no, celoso de mí.
El rostro de Jamie se ensombreció.
–El chico está apetitoso, no voy a mentirte, pero no. No sé cómo lo aguantas, sinceramente.
–¿Qué te ha hecho, Jamie? –Permaneció en silencio. ¿Se ha acostado con tu madre o algo así?
La expresión de Jamie se endureció.
–Con mi hermana.
Abrí la boca, pero en un primer momento no fui capaz de articular palabra. Luego dije:
–No sabía que tenías una hermana.
–Ya se graduó. Cuando llegó Noah ella estaba en primero de bachillerato.
–Quizá… Quizá le gustaba –dije. Sentí una punzada en el pecho.
Jamie soltó una risotada.
–No. Solo la utilizó deliberadamente para vengarse.
–¿Para vengarse de qué?
Jamie echó la cabeza hacia atrás y fijó la vista en el tejado de paja.
–Ya te conté que me pasaron de curso, ¿no? –preguntó Jamie; asentí con la cabeza–. Bueno, pues
antes estaba en la clase de Katie, su hermana pequeña. Cuando Noah y Katie entraron en el colegio, ella
estaba algo perdida. Así que la ayudé.
–Igual que a mí.
–Excepto que quizá hubo o no besitos de por medio. No me acuerdo –dijo Jamie mientras yo
levantaba una ceja escéptica–. Bueno, el caso es que –dijo con sarcasmoNoah me pilló metiéndole mano
por debajo de la falda; por cierto, usa tanga. Qué sugerente. Y al día siguiente, llegué a casa, y el único
tema de conversación de mi extraordinariamente inteligente y pragmática hermana, Stephanie, era Noah.
Noté un pinchazo en el pecho.
–Quizá le gustaba –dije en voz baja.
–Oh, ya lo creo. Una barbaridad. Hasta que un sábado por la noche, después de salir juntos, llegó a
casa llorando. –Jamie entrecerró los ojos al ver a Noah acercarse desde el edificio contiguo–. Noah la
humilló. Ella insistió en marcharse de Croyden y mis padres accedieron.
–¿Y está bien?
Jamie se rio.
–Sí. O sea, está en la universidad, y aquello pasó hace un par de años. ¿Pero utilizarla
deliberadamente de ese modo? Vomitivo.
No supe qué decir. Quería defender a Noah, pero, la verdad, ¿podía hacerlo? Así que dije:
–¿Y qué pasó con Katie y contigo?
–Nada. No quería que le amargase la vida a Katie todavía más, así que puse fin a toda aquella
mierda. –Jamie se chupó el labio inferior–. Y a mí también me gustaba mucho. –Me miró con la cabeza
ladeada y sus mechones descolocados–. Pero nada de eso tiene ninguna importancia, porque no vas a
escuchar a tu amigo judío, bisexual y simbólicamente negro, ¿verdad?
Mis ojos se cruzaron con los de Noah, que estaba acercándose despacio.
–No lo sé –contesté sin dejar de mirar a Noah.
–Será tu funeral. –Jamie dejó de hablar unos segundos antes de que Noah llegase hasta nosotros.
–Roth –saludó con una inclinación de cabeza.
–Shaw –Jamie le devolvió el saludo.
Noah se situó a mi espalda y me dio un beso en el hombro, justo en el preciso instante en que Anna y
Aiden aparecieron desde detrás de la escalera.
–Dios mío, Mara, ¿aún sigues pendiente de él? –dijo Anna mientras hacía un gesto con la cabeza para
referirse a Noah; chasqueó la lengua–. ¿Era eso lo que me faltaba a mí, Noah?
–La lista de tus carencias, Anna, es más larga que la cola de pacientes sin cita previa que acuden al
centro de salud de South Beach para recibir atención gratuita –dijo Jamie, y me sorprendió su tono de
voz–. Aunque estoy seguro de que tu lista de amantes incluye los mismos nombres.
Noah se rio en silencio, escondido detrás de mí, y yo obsequié a Jamie con una sonrisa cómplice. Me
había defendido. Aunque no estuviera de acuerdo con mi elección. Era un buen amigo.
Anna se quedó parada y boquiabierta hasta que Aiden tiró de su camisa y la atrajo para decirle algo
al oído. Una sonrisa malévola le cambió la cara, y nos dieron la espalda justo cuando tocó el timbre.
Solo cuando vi la expresión de Noah al salir del examen de bio me di cuenta de que algo iba mal. Muy
mal.
–¿Qué ha pasado? –le pregunté cuando me condujo hacia la zona de las taquillas en vez de ir al
aparcamiento.
–Jamie quiere contártelo él mismo. Me pidió que viniese a buscarte –dijo Noah–. Y desde hace años
no me ha dirigido la palabra más que en una ocasión, así que vamos.
Me quedé sin habla. ¿Qué le había podido pasar en las últimas dos horas? Cuando giramos la esquina
antes de llegar a la taquilla de Jamie, vi que estaba recogiendo sus cosas. No solo sus libros, sino
también sus fotos, sus apuntes… todo. Vaciándola.
Metió el guion de la obra de teatro en su mochila y sonrió al verme.
–Aiden ha dicho que lo había amenazado –prorrumpió precipitadamente.
–¿Qué?
–Con un cuchillo. Anna confirmó su versión. –Jamie metió en la mochila un fajo de folios–. Y uno de
los dos lo metió en mi mochila sin que me diese cuenta. Me han expulsado.
–¿Qué? –Mi voz retumbó y vibró contra el metal–. ¡Menuda gilipollez! ¿Cómo van a expulsarte así
como así?
Jamie se detuvo y se volvió hacia mí con los puños cerrados.
–Aunque Croyden no tuviese una política de tolerancia cero, tengo antecedentes. Lo del Ébola del año
pasado, por ejemplo. Mis padres ya han venido a recogerme.
–¿Así, sin más? –pregunté con un tono estridente.
–Así, sin más –respondió, y cerró la taquilla de un portazo–. Técnicamente, es una expulsión cautelar
pendiente de revisión, pero ya está casi todo dicho; ya estaba en período de prueba y con un expediente
disciplinario abierto. Así que ahora voy a tener que hacer todo mi trabajo por correspondencia –imitó la
voz grave del doctor Kahn–. Vi a Noah cerca del edificio de administración y le pedí que fuese a
buscarte. Me han castigado a arresto domiciliario hasta después de la graduación. O hasta que saque el
diploma de convalidación en secundaria. Lo que llegue antes. Me va a joder totalmente las solicitudes a
la universidad del año que viene.
Tuve la sensación de que mi estómago caía en picado. No me lo podía creer. Calificar aquello de
injusticia era quedarse corto.
–Vaya, vaya. Pero si es el matón del colegio. –Oí la voz de Aiden y me giré furiosa. A su lado estaba
Anna, con expresión de triunfo.
Así que eso era lo que iba a ocurrir. De un plumazo, habían echado a perder la vida de Jamie,
simplemente porque me había defendido. Porque éramos amigos. Y al ver sus repulsivas caras, supe, sin
ningún atisbo de duda, que no sería la última vez.
Me moría de ganas de lanzarme sobre ellos. Era capaz de matarlos por lo que habían hecho. Lo
estaba deseando.
Jamie le lanzó a Aiden una mirada asesina.
–No me obligues a pincharte, Davis.
Aiden se echó a reír.
–¿Con qué, con un palillo de dientes?
Me revolví contra él antes de ser consciente de lo que estaba haciendo.
–Lárgate. Lárgate ahora mismo antes de que te haga daño.
Aiden recorrió la distancia que nos separaba en cuestión de segundos. De cerca todavía era más
grande. Vi cómo se le contraían las fibras de los bíceps.
–¿A qué esperas?
Al instante, la mano de Noah le atenazó la garganta, y lo empujó hacia las taquillas.
–¡Cabrón hijo de puta! –le gritó Noah–. Jamie, llévate a Mara de aquí.
–¡Noah! –intenté contenerlo.
–¡Vete! –espetó.
Jamie me agarró de la mano y me arrastró más allá de donde se encontraba Anna. Oí el ruido de sus
cuerpos al golpear el metal e intenté darme la vuelta, pero Jamie era más fuerte de lo que parecía.
–Noah sabe cuidarse solito, Mara.
Intenté soltarme.
–Pero Aiden es enorme.
Jamie esbozó una leve sonrisa amarga mientras me agarraba más fuerte y me obligaba a alejarme.
–Pero Noah pelea sucio. No le va a pasar nada. Te lo prometo.
No me soltó hasta llegar junto al callejón, delante del coche de sus padres.
–Arresto domiciliario significa sin teléfono y ordenador –dijo Jamie–. Pero si consigo encontrar un
búho, enviaré a escondidas un mensaje al mundo exterior, como Harry Potter, ¿de acuerdo?
Asentí con la cabeza, justo en el momento en que el padre de Jamie bajaba la ventanilla.
–Adiós, preciosa –dijo Jamie, y me dio un beso en la mejilla–. Y que El Hombre no te decepcione.

Y, sin más, se fue.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Dic 14, 2014 12:37 pm

39
Me quedé allí, sin moverme, completamente atontada y con la vista perdida en el colegio vacío. El
único amigo que había hecho en el poco tiempo que llevaba, aparte de Noah, ya no estaba. Sentí que una
mano me rozaba la espalda. Me volví.
El rostro perfecto de Noah estaba hecho un desastre. Tenía la señal de un golpe de un intenso color
rojo debajo del pómulo izquierdo, además de unos cuantos cortes que se extendían desde la ceja hasta la
sien.
–Dios mío –musité.
Noah dejó escapar una sonrisa maliciosa. Y a continuación un gesto de dolor.
–Vamos. Tenemos que irnos.
Me llevó al aparcamiento, y solo miró atrás una vez antes de llegar al coche. De sus nudillos brotaron
unas gotitas de sangre que cayeron sobre la palanca de cambios.
–¿No sería conveniente ir al hospital?
Noah volvió a sonreír. Parecía doloroso.
–Tendrías que ver cómo quedó el otro.
–¿Qué le hiciste? –pregunté.
–Bah, cuando se cure podrá volver a llevar una vida normal.
Levanté las cejas asustada.
–Estoy de coña –Noah me apartó el pelo de la cara y me lo sujetó detrás de la oreja, y de nuevo hizo
una mueca de dolor–. Siento decir que estará como nuevo dentro de unos días –dijo Noah con la
mandíbula en tensión–. Tiene suerte de que le haya dejado con vida. Si te amenaza de nuevo, no volverá a
tenerla. –Noah volvió la vista hacia la carretera–. Pero lo cierto es que mañana comienza mi periodo de
expulsión por lo de Kent la semana pasada, y si a Aiden o Anna se les ocurre chivarse… en fin. Voy a
tener que pasarme algún tiempo fuera de combate, por así decirlo.
Cuando llegamos a mi casa, Noah aparcó, pero no se bajó del coche.
–Te veo el viernes –dijo mientras se subía las gafas de sol–. No creo que sea conveniente que tus
padres me vean con esta pinta. No favorecería nada lo nuestro.
–¿Lo nuestro?
Noah alargó el brazo para ponerme la mano en la nuca, y me acarició con el dedo pulgar el hueco de
detrás de la oreja. Contuvo la respiración al hacerlo.
–Me gustaría seguir a tu lado mucho tiempo.
Mi corazón golpeó con fuerza contra mis costillas al notar el tacto de la mano de Noah sobre mi nuca.
Qué incoherencia. Lo que me había contado Jamie y el aspecto de Noah y lo cerca que estaba… se me
agolparon las ideas en la cabeza antes de que fuese capaz de procesarlas.
–¿Por qué te acostaste con la hermana de Jamie? –solté de sopetón. Y sin ninguna delicadeza. Me
entraron ganas de darme un puñetazo en la nariz.
Noah no apartó la mano de mi nuca, pero su cara mostró una expresión de desdén mezclada con
regodeo.
–¿Qué te ha contado?
Bueno, ahora que la había liado no podía volverme atrás. Tragué saliva.
–Que no te gustó que él saliera con Katie, así que lo hiciste para vengarte.
Noah escrutó mis ojos.
–¿Y tú le creíste?
De pronto noté la garganta seca.
–¿Debería creerle?
Me sostuvo la mirada, con la mano todavía en mi nuca.
–Sí. Supongo que deberías –dijo sin ningún matiz en su voz. Tenía una mirada sombría y una
expresión indescifrable.
Sabía que debía tener muy en cuenta su respuesta. Sabía que detrás de lo que Jamie me había contado
había algo más, que yo era y había sido una idiota que codiciaba lo que muchas otras chicas habían
codiciado y por lo que habían pagado un precio, y que pronto lo pagaría yo también. Debería recoger
velas y darle un bofetón, y con ello asestar un golpe en nombre del feminismo o algo así o, como mínimo,
salir del coche.
Pero entonces volvió a acariciarme con el pulgar detrás de la oreja, y casi sin darme cuenta de lo que
hacía, me incliné hacia él y apoyé mi frente sobre la suya. Los labios de Noah se entreabrieron al notar el
contacto.
–De verdad creo que debería verte un médico –fue lo único que fui capaz de decir. Me odié por ello.
Su sonrisa no era más que una mueca en un extremo de su boca. Tenía el labio inferior abierto.
Entonces Noah me miró y se acercó más a mí. Su mirada se posó sobre mis labios.
–Tengo otras cosas más importantes que hacer –dijo en voz baja, al tiempo que hacía una pausa y se
detenía; apenas nos separaban unos centímetros, y acerqué mi cara aún más a la suya sin pretenderlo.
–No quiero hacerte daño –susurré, aunque lo más probable era que fuese yo la que al final sufriese
algún daño.
Nuestras narices se tocaron y lo único que separó nuestras bocas fue un instante perfecto y excitante.
–No puedes.
Alguien golpeó el cristal de la ventanilla y me sobresaltó sin motivo. Me aparté. Noah cerró los ojos
un segundo, y luego bajó la ventanilla.
Daniel y Joseph estaban junto al coche; Daniel con la cara contraída en una mueca que fingía
desaprobación, mientras que Joseph sonreía.
–Perdonad la interrupción –dijo Daniel con la mirada fija en mí–. Pensé que os gustaría saber que
mamá venía detrás de nosotros y estará aquí dentro de cinco minutos.
–¿Qué le ha pasado a tu cara? –preguntó Joseph, visiblemente impresionado.
Noah se encogió de hombros ligeramente.
–Me metí en una pelea.
–Qué guay.
–¿Quieres pasar –le preguntó Daniel a Noah– y ponerte un poco de hielo?
Noah echó una mirada al reloj.
–¿Cinco minutos?
–Tuvo que parar en la tintorería. Hay tiempo si te das prisa.
Salimos del coche y nos dirigimos a casa los cuatro. Joseph abrió la puerta y corrió a la cocina,
presumiblemente a por hielo para la cara de Noah. Daniel revisó el correo que había en la consola de la
entrada.
–¿Cuál es el afortunado centro universitario que me ha aceptado hoy? –preguntó con la vista puesta en
los sobres. Ah, Harvard. Qué bien. ¡Y Stanford! –Daniel me dio la mano y me hizo girar.
Noah miró el montón de sobres.
–Y Northwestern. Y Nueva York. Deberías ir a Nueva York. Hay más diversidad. No es nada bueno
para la salud tener demasiados cerebritos concentrados en un solo campus.
Daniel sonrió.
–No te falta razón. Pero sí es bueno tener donde elegir –dijo mientras volvía a poner los sobres en su
sitio; observó los cortes de Noah con atención–. Aiden había exigido que llamaran a una ambulancia e
insistió en que se lo llevasen en camilla.
–Habría preferido que se lo llevaran en un ataúd –dijo Noah.
–Para tu información, he oído que su madre pidió que te expulsaran a ti también.
Noah miró a mi hermano a los ojos.
–El resto de la directiva no lo va a consentir.
Daniel asintió con la cabeza.
–Eso es cierto.
Mis ojos iban de uno a otro como en un partido de tenis.
–¿De qué habláis cuando yo no estoy delante?
–Cómo te gustaría saberlo, ¿eh? –contestó Daniel mientras se guardaba las llaves en el bolsillo y
agarraba su fajo de confirmaciones de admisión. Joseph reapareció con una bolsa llena de hielo y se la
entregó a Noah.
–Gracias –dijo Noah con una sonrisa. Joseph se alegró tanto como si le hubiese tocado la lotería–.
Será mejor que me vaya. ¿Te veo dentro de unos días? –me preguntó.
Hice un gesto de asentimiento.
–Que no se te olvide ir al médico.
Noah me dirigió una mirada.
–Adiós, Mara –dijo, y se fue en dirección a su coche. Contemplé cómo se iba con ojos entornados, y
cerré la puerta cuando se marchó.
Cuando entré, Daniel me estaba esperando con los brazos cruzados. Lo miré.
–¿Qué?
–Tú sí que tienes que ir al médico –me dijo mientras me señalaba el brazo con la vista.
Me tapé los ojos con las palmas de las manos y presioné.
–Venga, Daniel…
–Venga tú. ¿Desde cuándo no te cambias el vendaje?
–Desde hace unos días –mentí.
–Bueno, dice mamá que tienes cita para una revisión. Así que o te llevo yo o te lleva ella.
–Muy bien. –Solté un bufido y salí de casa. Daniel me siguió.
–Por cierto, ya me han contado lo de Jamie.
–¿Y sabes lo que ocurrió en realidad? –pregunté a mi hermano. Asintió con la cabeza. Yo bajé la
vista–. No puedo creer que Anna y Aiden hicieran lo que hicieron. Y se van a salir con la suya.
De pronto sentí un dolor punzante en las manos y las miré. Había apretado tanto los puños que me
había clavado las uñas en las palmas. Intenté tranquilizarme.
–El colegio va a ser un suplicio sin él.
–Al menos tienes a Noah.
Dirigí la mirada al frente.
–No parece que haya sobrepasado mi cuota de amigos –dije con voz apagada.
Daniel arrancó el coche y lo sacó del camino de entrada.
–Siento mucho haberte dicho eso; lo sabes, ¿verdad?
–No pasa nada –dije mirando por la ventanilla.
–¿Y por lo demás qué tal?
–Bien.
–¿Cuándo tienes la próxima cita para terapia?
Le lancé una mirada herida.
–El jueves, ¿se lo has dicho a Noah?
–Por supuesto que no. Pero no creo que le importara mucho.
Eché la cabeza hacia atrás para apoyarla en el asiento y la giré hacia la ventanilla.
–Preferiría que no se enterase de mi grado de locura.
–Ah, vamos… Ese tío se ha metido en dos peleas en dos semanas. Tiene sus propios problemas.
–Y tú, sin embargo, vas y te pones a hacer de celestino.
–Nadie es perfecto. Y no estoy haciendo de celestino. Creo que te conviene. Él también ha pasado lo
suyo, ¿sabes?
–Lo sé.
–Y creo que en realidad no tiene a nadie con quién hablar del tema.
–Lo dices como si hubiese hablado de ello contigo.
–En realidad, no. Los tíos no nos reunimos para contárnoslo todo como hacéis las chicas. Sé lo
justo… de lo que sea. Lo único que te quiero decir es que lo aceptaría.
–Ya, claro. Nada como enterarte de que la chica con la que has empezado a salir toma antipsicóticos.
Daniel aprovechó la oportunidad para cambiar de tema.
–Por cierto, ¿cómo te van? ¿Algún efecto secundario?
–Ninguno que haya notado.
–¿Y crees que funcionan?
Con la excepción de aquella inquietante llamada telefónica…
–Creo que sí.
–Genial. Entonces, ¿crees que vas a estar en forma para la fiesta sorpresa de cumpleaños de Sophie
el viernes por la noche? Estoy preparando un gran evento. Bueno. No tan grande. Pero una buena movida.
–No lo sé –dije sin dejar de pensar en la llamada telefónica. En la amenaza. En Jamie. No estaba muy
segura de estar de humor para fiestas–. Quizá.
–¿Y tu cumpleaños? ¿Habéis hecho algún plan Noah y tú?
–No se lo he dicho –respondí con voz apagada mientras veía pasar los coches desde la ventanilla. Ya
estábamos llegando a la consulta del médico. Se me encogió el estómago cuando me di cuenta.
–¿Por qué no?
Suspiré.
–No quiero darle demasiada importancia, Daniel.
Movió la cabeza en señal de desaprobación cuando entrábamos en el aparcamiento de la clínica.
–Deberías contárselo, Mara.
–Lo tendré en cuenta.
Abrí la puerta de la clínica y Daniel me siguió. Firmé en la lista de pacientes y esperé hasta que me
llamaron. Era mejor que estar en el hospital, pero el mismo olor –a medicina– hizo que mi respiración se
acelerase y que notara la garganta cerrada. Cuando la enfermera me tomó la tensión, mi pulso golpeó
furioso el manguito al comprimirme el brazo. Respiré a boqueadas y la enfermera me miró como si
estuviese loca. Qué poco sabía ella.
Me llevó a una sala y señaló la camilla de vinilo cubierta del papel que utilizan en las consultas. Me
senté, pero no me gustó nada cómo rechinó y crujió. La doctora llegó pocos minutos después.
–¿Mara? –preguntó al leer mi nombre en su ficha. Luego me miró a los ojos y extendió la mano–. Soy
la doctora Everett. ¿Qué tal va ese brazo?
–Lo noto bien –dije, alargándolo para que lo examinara.
–¿Te has cambiado el vendaje cada dos días?
No.
–Ajá…
–¿Qué tal el dolor?
–La verdad es que no me ha molestado mucho –contesté; ella alzó las cejas–. He tenido mucho que
hacer con los exámenes y las cosas del colegio –dije a modo de explicación.
–A veces la distracción es una buena medicina. Muy bien, Mara, vamos a echarle un vistazo. –
Primero me retiró las gasas del codo, luego continuó por el antebrazo. Frunció el ceño y los labios a
medida que iba retirando el vendaje y dejando al descubierto mi piel pálida e intacta. Consultó su ficha–.
¿Cuándo ocurrió?
–Hace dos semanas.
–Mmm. El médico de urgencias debió de equivocarse. Probablemente estaba en prácticas –dijo para
sí.
–¿Cómo?
–A veces las quemaduras de primer grado se confunden con las de segundo grado, sobre todo en
brazos y pies –dijo mientras me giraba y examinaba el brazo–. Pero aun así, normalmente las señales
duran cierto tiempo. ¿Te duele al hacer esto? –preguntó al tiempo que me extendía los dedos.
Negué con la cabeza.
–No entiendo. ¿Qué pasa?

–No pasa nada, Mara –dijo con la mirada fija en mi brazo–. Está totalmente curado.
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