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La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

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La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Dom Nov 09, 2014 1:18 pm



  Hola hermosas chicas de TEL, bienvenidas a La Fiesta del Té, nuestro nuevo club de lectura


Como es una fiesta de té, al mejor estilo del sombrerero loco, nuestro club va a ser ecléctico, lo que significa que vamos a pasar por muchos géneros literarios que serán escogidos mensualmente por ustedes.    
Así que las invito a participar de nuestros sondeos mensuales, a comentar los capis y sobre todo a divertirse con las lecturas. 


Firma:
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Like a Star @ heaven Noviembre/Diciembre: The Unbecoming of Mara Dyer - Michelle Hodkin
Like a Star @ heaven Enero:  The Evolution of Mara Dyer - Michelle Hodkin


Última edición por Akari Kreuz el Vie Ene 16, 2015 8:04 pm, editado 5 veces
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por day•ale el Dom Nov 09, 2014 8:41 pm

 Me apunto.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Lun Nov 10, 2014 11:35 am

  bienvenida Day, no se te olvide pasar a votar por la propuesta que iniciaremos el próximo lunes.    

http://mimilibrary.forosactivos.com/t826-sondeo-noviembre-la-fiesta-del-te#13893
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Zöe.. el Lun Nov 10, 2014 12:13 pm

Obvio también me apunto!!




~Sometimes they leave and they don't come back; sometimes that perfect, little butterfly gets out of the jar and flies away, flickers like a bit of fire across the sky and disappears. If you love it, you'll let it go. That's what they always say, but they Never tell you how to deal with the pain of their leaving.~
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Lun Nov 10, 2014 1:29 pm

bienvenida Zoe 
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Yess el Jue Nov 13, 2014 6:18 am

Si, me apunto
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Jue Nov 13, 2014 12:33 pm

bienvenida Yess. 
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Sáb Nov 15, 2014 7:21 pm

chicas, ya tenemos a nuestro ganador del mes 

The Unbecoming of Mara Dyer - Michelle Hodkin



Mara Dyer no piensa que la vida pueda volverse más extraña que el despertar en un hospital, con ningún recuerdo de cómo llegó ahí.
Sí puede.
Ella cree que debe haber más sobre ese accidente que no puede recordar, el accidente que mató a sus amigos y la dejó misteriosamente ilesa.
Lo hay.
Mara no cree que después de todo lo que ha vivido pueda llegar a enamorarse.
Se equivoca.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Sáb Nov 15, 2014 7:36 pm

iniciamos con nuestra lectura el lunes, pero mientras tanto les dejo un adelanto  Very Happy

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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por day•ale el Dom Nov 16, 2014 5:37 pm

Waaa ya estoy ansiosa *-*
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Lun Nov 17, 2014 11:55 am

y comenzamos con nuestra lectura Very Happy

1
            ANTES
             Laurelton, Rhode Island
El abecedario barroco se retorcía a la luz de las velas y hacía que los caracteres y los números bailasen en mi cabeza. Se veían mezclados y confusos, como en una sopa de letras. Cuando Claire me puso la pieza en forma de corazón en la mano, di un respingo. Normalmente no era tan asustadiza, y deseé que Rachel no se hubiese dado cuenta. La güija fue el regalo que más le gustó aquella noche, obsequio de Claire. Yo le había regalado una pulsera; no se la había puesto.
Arrodillada encima de la alfombra, le pasé la pieza a Rachel. Claire hizo un gesto con la cabeza que rezumaba desdén. Rachel la dejó sobre el tablero.
–No es más que un juego, Mara. –Sonrió. Sus dientes parecían aún más blancos bajo aquella luz tenue.
Rachel había sido mi mejor amiga desde que íbamos a la guardería; ella tenía la piel oscura y era muy atrevida, yo era pálida y cautelosa. Pero no tanto cuando estábamos juntas. Ella hacía que me sintiese valiente. Casi siempre.
–No tengo nada que preguntarle a ningún muerto –le dije. Y a los dieciséis años, ya somos demasiado mayores para esto, no le dije.
–Pregúntale si Jude va a querer volver contigo. La voz de Claire sonaba inocente, pero yo sabía lo que ocultaba. Mis mejillas se encendieron, pero contuve las ganas de soltarle un bufido y me lo tomé a broma.
–¿Puedo pedir un coche? ¿Es como si hablásemos con un Santa Claus muerto?
–Bueno, como es mi cumpleaños, empiezo yo. –Rachel apoyó los dedos sobre la pieza, y Claire y yo hicimos lo mismo.
–¡Oh!, Rachel, pregúntale cómo te vas a morir.
Rachel expresó su aprobación con un gritito y yo le lancé a Claire una mirada asesina. Desde que había venido a vivir aquí hacía seis meses, se había pegado a mi mejor amiga como una lapa hambrienta.
Sus dos misiones en la vida eran hacerme sentir como la tercera en discordia y torturarme porque me gustaba su hermano Jude. Y yo estaba tan harta de una como de la otra.
–Recuerda que no debes empujar –me ordenó Claire.
–Lo pillo, gracias. ¿Algo más?
Pero Rachel nos interrumpió antes de que nos pusiésemos a discutir.
–¿Cómo me voy a morir? –preguntó.
Las tres fijamos la vista en el tablero. Sentía un hormigueo en los muslos por llevar tanto tiempo arrodillada en la alfombra de Rachel, y notaba humedad detrás de las rodillas. No pasaba nada.
Y de repente pasó.
Nos miramos mientras la pieza se movía bajo nuestros dedos. Describió un semicírculo sobre el tablero, pasó por delante de la A, de la K, y se arrastró lentamente dejando atrás la L. Se detuvo delante de la M.
–¿Con una mecha? –preguntó Claire; le temblaba la voz de emoción. No sé qué veía Rachel en ella.
La pieza se movió en otra dirección. Pasó de largo ante la E.
Se situó frente a la A.
Rachel puso cara de extrañeza.
–¿Masacrada? –sugirió.
–¿Masticada? –preguntó Claire–. A lo mejor vas al bosque, enciendes una mecha, provocas un incendio y te come el oso Smokey, el de las campañas del servicio forestal.
Rachel se echó a reír, y con ello ahuyentó el miedo que me había encogido el estómago. Cuando nos sentamos a jugar, había tenido que hacer un verdadero esfuerzo para no hacer un gesto de hastío con los ojos y burlarme de la actitud melodramática de Claire. Ahora ya no.
La pieza se movió en zigzag por el tablero y le cortó la risa en seco.
R.
Permanecimos en silencio. Mantuvimos la mirada fija en el tablero mientras la pieza retrocedía hacia la letra anterior.
A.
Y ahí se paró.
Esperamos a que la pieza señalase la letra siguiente, pero se quedó inmóvil. Al cabo de tres minutos,
Claire y Rachel retiraron las manos. Me di cuenta de que me estaban mirando.
–Quiere que le preguntes algo –dijo Rachel en tono suave.
–Si te refieres a Claire, estoy segura de que tienes razón. –Me puse en pie, temblorosa y con náuseas.
Para mí había terminado el juego.
–Yo no moví la pieza –dijo Claire con los ojos como platos mientras miraba a Rachel y luego a mí.
–¿Palabrita del Niño Jesús? –pregunté con sarcasmo.
–¿Por qué no? –contestó Claire con muy mala idea. Se levantó y se acercó a mí. Demasiado. Vi el peligro en sus ojos verdes.
–Yo no la moví –repitió–. Quiere que tú le preguntes algo.
Rachel me dio la mano y la ayudé a levantarse del suelo. Miró a Claire a los ojos.
–Te creo –le dijo–, pero mejor hagamos otra cosa.
–¿Como qué? –La voz de Claire no tenía expresión y le sostuve la mirada, sin miedo. Ya empezábamos otra vez.
–Podemos ver El proyecto de la bruja de Blair.
Era la película favorita de Claire, naturalmente.
–¿Qué os parece? -La voz de Rachel tenía un tono indefinido, pero firme.
Aparté la vista de Claire, asentí y logré componer una sonrisa. Claire hizo lo mismo. Rachel se relajó, pero yo no pude. Sin embargo, solo por ella intenté tragarme mi enfado y mi desazón cuando nos sentamos a ver la película. Rachel metió el DVD en el reproductor y apagó las velas.
 

Seis meses después las dos estaban muertas.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Lun Nov 17, 2014 12:12 pm

y como ese primer capi nos deja comiéndonos las uñas   les dejo el segundo de una vez    

 2
            DESPUÉS
             Hospital de Rhode Island Providence, Rhode Island
Abrí los ojos. Sonaba un bip, bip, bip continuo y regular procedente de una máquina a mi izquierda.
Miré a mi derecha. Otra máquina emitía un sonido silbante junto a la mesilla de noche. Me dolía la cabeza y estaba desorientada. Forcé la vista para intentar distinguir la posición de las agujas del reloj que colgaba de la pared junto a la puerta del cuarto de baño. Oí voces fuera. Me senté en la cama del hospital, arrugando las delgadas almohadas al cambiar de postura para intentar oír lo que decían. Noté un picor debajo de la nariz. Era un tubo. Intenté mover las manos para quitármelo, pero cuando las miré vi que había más tubos. Unidos a agujas. Saliendo de mi piel. Sentí que algo rígido tiraba de mis manos y se me cayó el alma a los pies.
–Quitádmelos –susurré al aire. Vi el punto exacto donde el acero penetraba en mi vena. Comencé a respirar más deprisa y un grito surgió de mi garganta–. Quitádmelos – dije más fuerte.
–¿Qué? –preguntó una vocecita cuya procedencia no fui capaz de adivinar.
–¡Quitádmelos! –grité.
Varias siluetas llenaron la habitación; distinguí el rostro de mi padre, desencajado y más pálido que de costumbre.
–Cálmate, Mara.
Entonces vi a mi hermano pequeño, Joseph, con los ojos abiertos de par en par y muy asustado. Unas manchas negras me impidieron distinguir las caras de los demás y luego todo lo que vi fue una maraña de tubos y agujas, y tuve la sensación de que algo me apretaba la piel reseca. No era capaz de pensar. No era capaz de hablar. Pero aún podía moverme. Moví una mano hacia el brazo contrario y arranqué el primer tubo. Noté un dolor agudo. Y me proporcionó algo a lo que aferrarme.
–Respira tranquila. No pasa nada. No pasa nada.
Pero sí pasaba. No me escuchaban y tenían que quitármelos. Intenté decírselo, pero aumentó la oscuridad y engulló la habitación.
–¿Mara?
Pestañeé, pero no vi nada. El silbido y el bip, bip, bip habían enmudecido.
–No tires, cariño.
Mis párpados se agitaron al oír la voz de mi madre. Se inclinó sobre mí para colocarme bien una de las almohadas y una cortina de pelo negro cayó sobre su piel color avellana. Intenté moverme para apartarme y no estorbar, pero apenas podía sostener la cabeza erguida. Vislumbré a dos enfermeras a sus espaldas con expresión malhumorada. Una de ellas tenía una magulladura roja en una mejilla.
–¿Qué me pasa? –susurré con voz ronca. Tenía los labios secos como el papel.
Mi madre me apartó de la cara un mechón de pelo sudoroso.
–Te han dado algo para que te relajes.
Respiré hondo. El tubo de mi nariz había desaparecido. Y también los de las manos. En su lugar había unas vendas de gasa. Varias manchas de sangre habían traspasado la tela. Sentí como si se me hubiese quitado un peso de encima y mis labios dejaron escapar un profundo suspiro. Ahora que ya no tenía las agujas, logré ver la habitación con claridad.
Miré a mi padre, que estaba sentado junto a la pared opuesta con expresión de impotencia.
–¿Qué ha pasado? –pregunté confusa.
–Has sufrido un accidente, cielo –respondió mi madre. Mi padre me miró a los ojos, pero no dijo nada. Era mamá la que llevaba la voz cantante.
Tenía un mar de confusión en la cabeza. Un accidente. ¿Cuándo?
–¿El otro conductor está…? –comencé, pero no pude terminar.
–No fue un accidente de tráfico, Mara. –Mamá hablaba con voz tranquila. Firme. Su voz de psicóloga, me di cuenta–. ¿Qué es lo último que recuerdas?
Esa pregunta me alteró aún más que despertar en una habitación de hospital, que ver los tubos clavados en mi piel o que cualquier otra cosa. La miré con atención por primera vez. Tenía ojeras, y sus uñas, normalmente con una manicura perfecta, estaban sin arreglar.
–¿Qué día es hoy? –pregunté en voz baja.
–¿Qué día crees que es? –A mi madre le encantaba contestar a las preguntas con otras preguntas.
Me froté la cara con las manos. Tenía la piel tan seca que casi hacía ruido al rozarla.
–¿Miércoles?
Mi madre me miró con atención.
–Domingo.
Domingo. Dejé de mirarla para examinar la habitación. No me ha había fijado en las flores, pero había ramos por todas partes. Justo al lado de mi cama tenía un jarrón con rosas amarillas. Las favoritas de Rachel. Encima de una silla junto a la cama había una caja con mis cosas de casa; una vieja muñeca de trapo, que mi abuela me había regalado cuando era un bebé, descansaba en su interior con el brazo apoyado en el borde.
–¿Qué es lo que recuerdas, Mara?
–El miércoles tuve un examen de historia. Volví a casa en coche y… –Rebusqué en mi cabeza intentando localizar mis ideas, mis recuerdos. Me vi entrando en casa. Yendo a por una barrita de cereales a la cocina. Subiendo a mi habitación en el primer piso, tirando la cartera y buscando Tres obras tebanas, de Sófocles. Escribiendo. Luego dibujando en mi cuaderno. Luego… nada.
Un temor paulatino y progresivo serpenteó por mi estómago.
–Nada más –le dije mirándola.
Observé que un tic nervioso hacía palpitar un músculo sobre el párpado de mi madre.
–Estuviste en el Tamerlane… –comenzó.
Oh, Dios.
–El edificio se vino abajo. Alguien dio el aviso sobre las tres de la madrugada del jueves. Cuando la Policía llegó, te oyó. Mi padre carraspeó.
–Estabas gritando.
Mi madre lo fulminó con la mirada antes de volverse de nuevo hacia mí.
–El edificio se derrumbó y quedaste atrapada en una bolsa de aire en el sótano, pero cuando te encontraron estabas inconsciente. Quizá te desmayaste por la deshidratación, pero también es posible que algo te golpease y te hiciese perder el conocimiento. Tienes unos cuantos moretones –dijo mientras me apartaba el pelo hacia un lado.
Detrás de ella vi su torso reflejado en el espejo que había sobre el lavabo. Me pregunté qué aspecto tendrían «unos cuantos moretones» cuando se te ha caído encima un edificio.
Me incorporé. Las dos enfermeras silenciosas se pusieron tensas. Parecían más bien perros guardianes.
Mis articulaciones protestaron cuando estiré el cuello por encima de las barras laterales de la cama para verme. Mi madre se miró en el espejo conmigo. Tenía razón; una sombra azulada destacaba sobre mi pómulo derecho. Me eché el pelo hacia atrás para ver su extensión, pero eso era todo. Por lo demás, tenía un aspecto… normal. Normal tratándose de mí y normal tratándose de cualquiera. Volví la vista hacia mi madre. Qué distintas éramos. Yo no había heredado ninguno de sus elegantes rasgos de los nativos del norte de la India; no tenía el óvalo perfecto de su cara ni su pelo negro y brillante. Por el contrario, tenía la nariz aristocrática y el mentón de mi padre. Y aparte del moretón, no parecía que se me hubiese caído un edificio encima. Entrecerré los ojos al pensarlo, luego me apoyé sobre las almohadas y me quedé mirando al techo.
–Dicen los médicos que te vas a recuperar –dijo mi madre con una débil sonrisa–. Hasta te puedes venir a casa esta noche, si te sientes lo suficientemente bien. Bajé la vista para mirar a las dos enfermeras.
–¿Por qué están aquí? –le pregunté a mi madre mientras las miraba sin disimulo. Me estaban poniendo nerviosa.
–Están cuidándote desde el miércoles –respondió, y señaló a la enfermera de la magulladura en la mejilla con un gesto de la cara–. Es Carmella –dijo, y luego señaló a la otra–. Y ella Linda.
Carmella, la de la magulladura en la mejilla, sonrió, pero no era una sonrisa afectuosa.
–Tienes un buen gancho de derecha.
Fruncí el ceño. Miré a mi madre.
–Cuando te despertaste antes tuviste un ataque de pánico, y tenían que estar aquí cuando te volvieras a despertar por si acaso seguías… desorientada.
–Ocurre muy a menudo –explicó Carmella–. Y si ahora te encuentras bien, nosotras ya podemos irnos.
Hice un gesto afirmativo con la cabeza; tenía la garganta seca.
–Gracias. Lo siento.
–Tranquila, cielo –dijo. Sus palabras sonaban falsas. Linda seguía sin abrir la boca–. Avísanos si necesitas algo.
Se giraron, salieron de la habitación en perfecta sincronía y me dejaron sola con mi familia.
Me alegré de que se fuesen. Y entonces me di cuenta de que probablemente mi reacción hacia ellas no había sido normal. Tenía que pensar en otra cosa. Recorrí la habitación con la vista, y finalmente la detuve en la mesilla de noche, en las rosas. Estaban frescas, lozanas. Me pregunté cuándo las habría traído Rachel.
–¿Ha venido a verme?
Una sombra oscureció el rostro de mi madre.
–¿Quién?
Mi padre hizo un ruido extraño e incluso mi madre, mi competente y perfecta madre, pareció incómoda.
–No –continuó mi madre–. Te las han enviado sus padres.
Hubo algo en su tono de voz que me hizo sentir un escalofrío.
–Entonces no ha venido a verme –dije en voz baja.
–No.
Tenía frío, mucho frío, pero había empezado a sudar.
–¿Ha llamado?
–No, Mara.
Sentí ganas de gritar al oír su respuesta. Pero en lugar de hacerlo alargué el brazo.
–Déjame tu teléfono. Quiero llamarla.
Mi madre intentó sonreír, pero fracasó estrepitosamente.
–Ya hablaremos de eso después, ¿vale? Necesitas descansar.
–Quiero llamarla ahora. –Mi voz estaba a punto de quebrarse. Toda yo estaba a punto de quebrarme.
Mi padre logró decírmelo.
–Estaba contigo, Mara. Y Claire y Jude también –dijo.
No.
Noté como si algo me oprimiese el pecho y apenas me dejase aliento para hablar.
–¿Están en el hospital? –pregunté porque era lo que debía hacer, aunque por la expresión de mis padres supe cuál sería la respuesta.
–No lo resistieron –dijo mi madre despacio.
No podía ser. Aquello no podía estar pasando. Algo viscoso y horrible comenzó a subirme por la garganta.
–¿Cómo? ¿Cómo murieron? –logré preguntar.
–El edificio se vino abajo –dijo mi madre en tono pausado.
–¿Cómo?
–Era un edificio muy viejo, Mara. Ya lo sabes.
No podía hablar. Por supuesto que lo sabía. Cuando mi padre se trasladó a Rhode Island al terminar sus estudios de derecho, había representado a la familia de un chico que había quedado atrapado en el interior del edificio. Un chico que había muerto. Daniel tenía prohibido acercarse, aunque mi perfecto hermano mayor no tenía el menor interés en pasarse por allí. Ni yo. Pero por alguna razón, fui. Con Rachel, Claire y Jude.
Con Rachel. Rachel.
De repente me vino a la cabeza la imagen de Rachel entrando resuelta en la guardería llevándome de la mano. De Rachel apagando las luces de su habitación y contándome sus secretos después de haber escuchado los míos. Ni siquiera tuve tiempo para procesar las palabras «Claire y Jude también», porque la palabra «Rachel» ocupaba mi mente. Noté cómo una lágrima rodaba por mi acalorada mejilla.
–¿Y si…? ¿Y si solo se quedó atrapada, como yo? – pregunté.
–No, cariño. Los buscaron. Encontraron… –Mi madre se calló de pronto.
–¿Qué? –insistí casi con un chillido– ¿Qué encontraron?
Mi madre se quedó pensando mientras me miraba. Me observó con atención. No dijo nada.
–Dímelo –le pedí con voz nerviosa–. Quiero saberlo.
–Encontraron… restos –dijo vagamente–. Se han ido, Mara. No lo resistieron.
Restos. Trozos, quería decir. Una violenta sensación de náusea me revolvió el estómago. Deseé poder vomitar. Pero en lugar de eso me quedé con la mirada fija en las flores que la madre de Rachel había enviado, y luego cerré los ojos con fuerza y busqué algún recuerdo, cualquier recuerdo, de aquella noche. Qué estábamos haciendo allí. Qué los mató.
–Quiero saber todo lo que pasó.
–Mara…
Reconocí su habitual tono tranquilizador y me aferré a las sábanas con los puños apretados. Intentaba protegerme, pero en realidad me estaba torturando.
–Tienes que contármelo –supliqué con la sensación de tener la garganta llena de ceniza.
Mi madre me miró con los ojos llenos de lágrimas y expresión de estar destrozada.

–Lo haría si pudiera. Pero tú eres la única que lo sabe.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Mar Nov 18, 2014 12:23 pm

y aquí están los capis de hoy, que los disfruten 

3
             Laurelton Memorial Cemetery, Rhode Island
El sol se reflejaba en el brillante ataúd de caoba de Rachel y cegaba mis ojos. Mantuve la mirada fija en él, dejé que la luz me secara las córneas y deseé que fluyesen las lágrimas. Debería estar llorando. Pero no era capaz. En cambio, todos los demás eran capaces y eso hacían. Gente con la que ella nunca hablaba, incluso gente que le caía mal. Todo el colegio estaba allí, reivindicando haber formado parte de su vida. Todos excepto Claire y Jude. Su entierro sería por la tarde.
Era un día blanco y gris, uno de los típicos días de frío cortante de Nueva Inglaterra. Uno de los últimos que yo iba a pasar allí.
El viento soplaba y hacía que mis rizos me golpeasen las mejillas. Un puñado de asistentes me separaron de mis padres, siluetas negras que se recortaban sobre el cielo inmaculado y sin color. Me arrebujé en mi abrigo y me lo apreté contra el cuerpo para protegerme de los ojos de mi madre, que me miraba sin pestañear. Había observado todos mis movimientos desde el momento en que salí del hospital; fue la primera que acudió a mi lado aquella noche cuando grité tanto que desperté a los vecinos, y la que me sorprendió llorando con la cara oculta en mi armario al día siguiente. Pero solo cuando me encontró dos días después, aturdida, pestañeando y aferrando un trozo de espejo roto con las manos cubiertas de sangre, insistió en que me viese un especialista.
Lo que hizo el psicólogo fue darme un diagnóstico: trastorno de estrés postraumático. Aparentemente, las pesadillas y las alucinaciones eran lo más normal en mi estado, y hubo algo en mi manera de comportarme en su consulta que le obligó a recomendar mi ingreso en una clínica. No podía permitir que ocurriese. En lugar de eso, yo recomendé que nos mudásemos.
Recuerdo la expresión de mi madre y el modo en que entrecerró los ojos cuando saqué el tema unos días después de aquel desastre de consulta. Muy cautelosa. Muy suspicaz, como si yo fuese una bomba que alguien había puesto debajo de su cama.
–De verdad, creo que me vendría bien –le dije sin creérmelo en absoluto. Pero llevaba dos noches sin pesadillas, y aquel episodio del espejo que yo no recordaba parecía tratarse de un caso aislado. El psicólogo había exagerado, igual que mi madre.
–¿Por qué lo crees? –Habló con un tono natural y tranquilo, pero seguía con las uñas mordidas hasta la carne.
Intenté recordar la conversación, casi un soliloquio, que había mantenido con el psicólogo.
–Ella siempre estaba en esta casa; todo lo que miro me hace pensar en ella. Y si vuelvo al mismo colegio, la seguiré viendo allí también. Pero quiero volver a clase. Lo necesito. Necesito pensar en otra cosa.
–Lo comentaré con tu padre –me dijo mientras escudriñaba mi rostro. Advertía en cada arruga de su frente, en cada inclinación de cabeza, que ni siquiera era capaz de entender cómo su hija había llegado a aquello; cómo había podido salir de casa a escondidas y acabar en el último sitio donde debía estar. Me lo había preguntado, pero por supuesto yo no pude darle ninguna respuesta.
De pronto oí la voz de mi hermano como salida de la nada y me sobresalté.
–Me parece que casi ha terminado –dijo Daniel.
Mi corazón comenzó a latir más despacio cuando miré a mi hermano mayor. Tal como él había predicho, en aquel momento el sacerdote nos pidió que inclinásemos la cabeza para rezar.
Me moví incómoda, aplasté la hierba mojada con las botas, y miré a mi madre. No éramos religiosos y, la verdad, no sabía muy bien qué tenía que hacer. Si existía algún protocolo sobre cómo comportarse en el funeral de tu mejor amiga, nadie me lo había enseñado. Pero mi madre inclinó la cabeza, con su melena corta cayendo sobre su piel perfecta sin quitarme la vista de encima, y observándome para ver lo que hacía. Miré hacia otro lado.
Tras unos segundos que me parecieron una eternidad, las cabezas se irguieron como con ansia por que todo terminase y la multitud se disolvió. Daniel permaneció a mi lado mientras mis compañeros de clase se acercaban por turnos para decirme cuánto lo sentían y para prometerme que seguiríamos en contacto. No había vuelto al colegio desde el día del accidente, pero algunos habían venido a verme al hospital. Probablemente por simple curiosidad. Nadie me preguntó cómo había ocurrido, y me alegré, porque no habría podido decírselo. Seguía sin saberlo.
Unos graznidos rompieron el silencio del funeral cuando cientos de pájaros negros pasaron volando por encima de nuestras cabezas con un apresurado batir de alas. Se posaron sobre un grupo de árboles deshojados que se alzaba en el aparcamiento. Hasta los árboles se vestían de luto.
Me giré hacia mi hermano.
–¿No aparcaste debajo de donde se han posado esos cuervos? –Asintió y echó a andar hacia el coche–. Genial –proseguí–. Ahora vamos a tener que limpiar la mierda de todo el grupo.
–Bandada
Me paré en seco.
–¿Qué?
Daniel se volvió hacia mí.
–Se llama bandada de cuervos. No grupo. Y sí, vamos a tener que limpiar excrementos de pájaro, a no ser que prefieras ir con papá y mamá.
Sonreí aliviada sin saber por qué.
–Paso.
–Ya me parecía a mí.
Daniel se detuvo para esperarme y me alegré de poder librarme de mis padres. Nos separamos del grupo y miré hacia atrás para cerciorarme de que mi madre no nos observaba. Pero estaba ocupada hablando con la familia de Rachel, a quien conocíamos desde hacía años. Era demasiado fácil olvidarme de que ellos también tendrían que dejarlo todo: mi padre su bufete de abogados, mi madre a sus pacientes. Y Joseph, aunque solo tenía doce años, aceptó sin demasiadas explicaciones que nos íbamos a vivir a otro sitio y accedió a separarse de sus amigos sin una sola queja. Cuando lo pensé, me di cuenta de que era a mí a quien le había tocado la lotería con mi familia. Hice un recordatorio mental de que tenía que portarme mejor con mi madre. Después de todo, ella no tenía la culpa de que nos fuésemos.
La culpa era mía.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Mar Nov 18, 2014 12:24 pm

4
            SEIS SEMANAS DESPUÉS
             Miami, Florida
-Mara, acabas conmigo.
–Solo es un minuto.
Miré con los ojos entornados a la araña que se interponía entre el plátano que tenía en mi plato del desayuno y yo. Las dos estábamos intentando llegar a un acuerdo.
–Déjame a mí, venga. Vamos a llegar tarde. –Daniel se estaba poniendo malo solo de pensarlo. Don Perfecto siempre era puntual.
–No. La matarás.
–¿Y?
–Y entonces estará muerta.
–¿Y?
Contesté sin apartar la vista de mi contrincante arácnido.
–Imagínate. La familia araña desprovista de su matriarca. Sus hijitos esperando en la telaraña, pendientes de su madre durante semanas hasta que se den cuenta de que ha sido asesinada.
–¿Es una hembra?
–Sí. –Acerqué la cara a la araña–. Se llama Roxanne.
–Ya, claro. Saca a Roxanne de ahí antes de que se tope con la página de Opinión del Wall Street Journal de Joseph.
Me detuve.
–¿Y por qué compra nuestro hermano The Wall Street Journal?
–Dice que le hace mucha gracia.
Sonreí. La verdad es que tenía gracia. Volví a contemplar a Roxanne, que se había apartado cuatro o cinco centímetros hacia un lado como reacción a la amenaza de Daniel. Corté un trozo de papel de cocina e intenté atraparla, pero retrocedí casi sin querer. Durante los últimos diez minutos había repetido varias veces la misma maniobra: alargar la mano hasta ella y retirarla. Quería guiar a Roxanne hacia su libertad, sacarla de nuestra cocina y llevarla a algún país donde fluyese en abundancia la sangre de miles de insectos voladores. Un país también conocido como nuestro jardín trasero.
Pero parecía que no iba a ser capaz de rematar la faena. Aún tenía hambre y quería comerse el plátano. Intenté alcanzarla de nuevo y mi mano se paró en el aire.
Daniel soltó un suspiro melodramático y metió una taza en el microondas. Apretó unos botones y la bandeja comenzó a dar vueltas.
–No deberías quedarte delante del microondas. –Daniel pasó de mí–. Podría provocarte un tumor cerebral.
–Ah, ¿sí?, no me digas.
–¿Acaso quieres confirmarlo?
Daniel observó mi mano, todavía suspendida entre mi cuerpo y el de Roxanne, paralizada.
–Tu nivel de neurosis solo es equiparable al de los personajes de una de esas películas que hacen para la tele.
–Puede, pero no tendré un tumor cerebral. ¿No preferirías evitarlos, Daniel?
Abrió la despensa y sacó una barra de cereales.
–Toma –dijo, y me la lanzó, pero últimamente no había manera de hacerme comer nada hasta el mediodía. La barra de cereales cayó con un ruido sordo a mi lado sobre la encimera. Roxanne salió huyendo y la perdí de vista.
Daniel fue a por las llaves y se acercó a la puerta. Salí tras él hacia la luz cegadora, sin haber desayunado.
–¡Vamos! –dijo con falso entusiasmo–. No irás a decirme que no estás motivada a tope para nuestro primer día de clase. –Se acercó al coche mientras procuraba no pisar las diminutas lagartijas que se deslizaban por el camino de azulejos de nuestra nueva casa–. Otra vez.
–Me pregunto si estará nevando en Laurelton en este momento.
–Es probable. Eso no lo voy a echar de menos.
Cuando creía que era imposible llegar a tener más calor, el interior del coche me demostró que estaba equivocada. El calor comenzó a asfixiarme. Entre espasmos y sin ser capaz de articular palabra, le pedí a Daniel por señas que abriese la ventanilla.
Mi hermano me miró extrañado.
–¿Qué? –le pregunté.
–No hace tanto calor.
–Yo me estoy asfixiando. ¿Tú no?
–No… Hace como veintidós grados.
–Supongo que aún no estoy acostumbrada –dije.
Solo llevábamos un mes en Florida, pero no habría reconocido mi vida anterior ni entre un millón. Odiaba ese lugar.
Daniel aún mantenía su expresión de extrañeza.
–¿Sabes que mamá tenía intención de llevarte al colegio hoy a ti sola?
Solté un bufido. No me apetecía jugar a médico y paciente aquella mañana. En realidad, ninguna mañana. Consideré la posibilidad de comprarle unas agujas de hacer punto o una caja de acuarelas. Necesitaba un hobby que no consistiese en estar encima de mí todo el tiempo.
–Gracias por llevarme. –Nuestras miradas se cruzaron–. En serio.
–No hay problema –dijo, y puso una sonrisa bobalicona antes de incorporarse al atasco de la I-95. Mi hermano se pasó buena parte del camino dando golpes con la frente en el volante. Íbamos tarde, y cuando llegamos al aparcamiento, lleno, ya no se veía ni un solo estudiante entre todos aquellos coches relucientes y lujosos.
Alcancé la ordenada y lustrosa mochila de Daniel, que estaba perfectamente colocada en el asiento de atrás como si fuese un pasajero. Se la di y salí del coche a toda prisa. Nos acercamos a la historiada verja de hierro de la Academia Croyden de Artes y Ciencias, nuestro nuevo centro de estudios superiores. La verja exhibía una gigantesca divisa de hierro forjado; un escudo en el centro con una banda que lo cruzaba en diagonal desde la esquina superior derecha y lo dividía en dos partes iguales. Lo coronaba un yelmo con un león a cada lado. El colegio parecía un poco fuera de lugar, teniendo en cuenta la zona venida a menos donde se encontraba.
–Bueno, lo que no te he dicho es que esta tarde te recoge mamá –dijo Daniel.
–Traidor –murmuré entre dientes.
–Lo sé. Pero es que tengo que hablar con una de las orientadoras académicas sobre mis solicitudes de ingreso en la universidad y hoy solo está libre después de las clases.
–¿Y qué sentido tiene? Sabes que te van a admitir de todos modos.
–Eso está por ver –dijo. Lo miré entornando un ojo–. ¿Qué haces?
–Nada, te estoy mirando mal –seguí mirándolo con un ojo entornado.
–Pues parece que te está dando un ataque al corazón. Bueno, mamá te recogerá ahí –me explicó, y señaló un callejón sin salida al otro extremo del recinto–. Procura portarte bien.
Reprimí un bostezo.
–Es demasiado temprano para que te pongas en plan gilipollas.
–Y cuidado con esas expresiones. Son muy poco apropiadas.
–¿Y a quién le importa? –Mientras caminábamos iba girando la cabeza para leer los nombres de exalumnos ilustres de Croyden inscritos en las arcadas de ladrillo que teníamos sobre nuestras cabezas.
La mayoría eran nombres del estilo de Heathcliff Rotterdam III, Parker Preston XXVI, Annalise Bennet Von…
–Oí que Joseph llamaba así a alguien el otro día. Lo aprendió de ti. –Yo me eché a reír–. No tiene ninguna gracia.
–Por favor. No son más que palabras.
Abrió la boca para contestar cuando Chopin sonó en su bolsillo. Música de Chopin, no el auténtico Chopin, gracias a Dios.
Daniel sacó el teléfono y me indicó moviendo los labios «mamá», luego señaló la pared acristalada de las oficinas de administración de la Academia Croyden.
–Vete –me dijo, y me fui.
Sin mi hermano para distraerme, por fin conseguí empaparme del esplendor inmaculado y los jardines demasiado recargados del recinto. Finísimas briznas de hierba color verde esmeralda, cortadas con apenas un milímetro de diferencia entre ellas, cubrían el suelo. El colegio estaba dividido en cuatro secciones delimitadas por flores y con una exuberante profusión de plantas. Una sección albergaba la biblioteca, llena de ostentosas columnas; otra, la cafetería y un gimnasio sin ventanas. Las clases y la zona de administración ocupaban los otros dos cuadrantes. Pasillos exteriores cubiertos y senderos de ladrillo conectaban las estructuras entre sí y conducían a una fuente que gorgoteaba en el centro del espacio que ocupaba el césped.
Casi esperaba que surgieran criaturas de los bosques del interior de los edificios y comenzasen a cantar. Todo en aquel lugar parecía gritar: «¡Aquí estamos de maravilla y tú también lo estarás!». No me extrañaba que mi madre lo hubiese elegido.
Me sentí vestida como una pordiosera con vaqueros y camiseta; en Croyden era obligatorio llevar uniforme, pero gracias a nuestro traslado de última hora todavía no los habíamos recibido. El cambio de un centro público a otro privado en el último curso de secundaria (y encima a mitad de trimestre) ya habría sido tortura suficiente por sí mismo sin el insulto añadido de la faldita tableada y los calcetines hasta la rodilla. Pero mi madre era una esnob y no se fiaba de los colegios públicos en una ciudad tan grande. Y después de todo lo que había pasado en diciembre, yo no me encontraba en condiciones de discutir con un mínimo de coherencia.
Recogí los horarios y el plano en la secretaría y salí de nuevo al patio en el momento en que Daniel colgaba el teléfono.
–¿Qué tal mamá? –pregunté.
Mi hermano se encogió de hombros levemente.
–Quería saber cómo iba todo. –Miró los papeles–. Nos hemos perdido la primera hora, así que tu primera clase es… –Daniel buscó y anunció finalmente– álgebra II.
Perfecto. Sencillamente perfecto.
Miró a su alrededor y contempló el patio descubierto; las puertas de las clases daban directamente al exterior, como las habitaciones de los moteles. Solo unos segundos después, Daniel señaló el edificio más lejano.
–Debería estar allí, a la vuelta de aquella esquina. Escucha –prosiguió–, quizá ya no te vea hasta la hora de la comida. ¿Te apetece que comamos juntos, o que hagamos algo? Tengo que hablar con el director y con el jefe del departamento de música, pero puedo buscarte después…
–No, no hace falta. Estaré bien.
–¿En serio? Es que no hay nadie con quien me apetezca más compartir el fiambre misterioso, sea lo que sea.
Mi hermano sonreía, pero noté que estaba nervioso. Daniel había mantenido una actitud vigilante muy de hermano mayor desde mi salida del hospital, aunque bastante más discreta que la de mi madre y, por tanto, menos agobiante. Pero precisamente por eso tenía que esforzarme el doble para convencerlo de que ese día no me iba a venir abajo. Me puse mi mejor máscara de adolescente ennui y me protegí con ella como si fuese una armadura mientras me acercaba al edificio.
–En serio, estoy bien –dije mientras hacía un gesto de impaciencia con los ojos para dar más efecto–. Venga, vete antes de que fracases en el instituto y mueras solo y pobre. –Acentué mis palabras con un empujoncito suave y nos separamos.
Pero al alejarme, mi endeble fachada comenzó a resquebrajarse. Qué cosa más ridícula. No era mi primer día de guardería, aunque sí mi primer día de clase sin Rachel… en toda mi vida. Iba a ser el primero de otros muchos. Necesitaba algo a lo que aferrarme. Me tragué el dolor que me atenazaba la garganta e intenté descifrar mi horario:
            Inglés avanzado- Srta. Leib Aula B35
            Álgebra II- Sr. Walsh Aula 264
            Historia de América Sra. McCreery Aula 4
            Arte- Sra. Gallo Aula L
            Español I- Srta. Morales Aula 213
            Biología II- Sra. Prieta Anexo
Imposible. Deambulé por el camino que conducía al edificio y busqué los números de las aulas, pero encontré las máquinas expendedoras antes que el aula de álgebra. Había cuatro seguidas, adosadas a la fachada trasera del edificio, frente a unas pequeñas cabañas abiertas con techo de paja que había diseminadas por el recinto. Al verlas me acordé de que no había desayunado. Miré a mi alrededor. Ya llegaba tarde. Por unos minutos más no iba a pasar nada.
Dejé los papeles en el suelo y revolví en el interior de mi bolso en busca de calderilla. Pero al meter una moneda de 25 centavos en la máquina se me cayó la otra que tenía en la mano. Me agaché para buscarla, porque solo tenía dinero para comprar una cosa. La encontré, la introduje en la máquina y apreté la combinación de letra y número que iba a proporcionarme mi salvación.
Se quedó atascada. Increíble.
Volví a apretar los números. Nada. Mis M&M’s se habían quedado atrapados en el interior. Puse las manos a ambos lados de la máquina e intenté sacudirla. Ni por esas. Luego le di una patada. Nada.
Miré la máquina con ojos asesinos.
–Suéltalos. –Enfaticé mis palabras con más patadas inútiles.
–Tienes un problema de control de la ira.
Me giré como un rayo al oír aquel cálido y musical acento británico a mi espalda.
La persona a la que pertenecía estaba sentada sobre una mesa de picnic bajo una de las cabañas. Por su desaliño general casi no me fijé en su rostro. El chico –si es que se le podía llamar así, porque parecía universitario, no un estudiante de bachillerato– llevaba unas Converse sin cordones. Cubría su cuerpo, delgado y fibroso, con una camisa blanca y unos pantalones pitillo color gris oscuro. Llevaba el nudo de la corbata casi deshecho, los puños de la camisa desabrochados; había dejado la chaqueta a su lado de cualquier manera y estaba sentado echado hacia atrás apoyado sobre las palmas de las manos.
Su barbilla y su marcado mentón se veían algo descuidados, como si llevara varios días sin afeitarse, y bajo aquella sombra sus ojos parecían grises. Los mechones de su pelo castaño apuntaban en todas direcciones. Tenía el pelo como de recién levantado. Se le podía considerar pálido en comparación con el resto de la gente que había visto en Florida hasta aquel momento, lo cual significaba que no tenía la piel de color naranja.

Era guapísimo. Y me sonreía.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Miér Nov 19, 2014 10:54 am

  aquí traigo los dos capis del día de hoy. Very Happy 

5
Me sonreía como si me conociese. Volví la cabeza, preguntándome si habría alguien detrás de mí. No.
No había nadie. Cuando me giré de nuevo hacia él, ya no estaba allí.
Parpadeé desorientada y me agaché para recoger mis cosas. Oí unos pasos que se acercaban, pero se detuvieron justo antes de llegar hasta mí.
La chica rubia del bronceado perfecto llevaba zapatos de cordones y tacón y calcetines largos blancos además de una falda tableada color gris oscuro y azul marino justo por encima de la rodilla. Se me encogió el corazón al pensar que una semana después yo llevaría la misma ropa.
Iba del brazo de un chico rubio impecablemente acicalado e increíblemente grande. Los dos vestían chaquetas con el escudo de Croyden, y los dos inclinaron sus narices perfectas con pecas perfectamente distribuidas sobre ellas para mirarme con desdén.
–Ándate con cuidado –dijo la chica. Con una voz que destilaba veneno.
¿Cuidado con qué? No había hecho nada. Pero decidí no decírselo, teniendo en cuenta que en aquel colegio solo conocía a una persona y teníamos el mismo apellido.
–Lo siento –dije, aunque sin saber por qué–. Me llamo Mara Dyer. Soy nueva.
Obvio.
La cara puritánicamente bonita de la Chica de la Máquina Expendedora compuso a duras penas una sonrisa hueca.
–Bienvenida –me dijeron, y se marcharon.
Curioso. No me sentía bienvenida en absoluto.
Aparté de mi mente los dos encuentros y, mapa en mano, recorrí el edificio sin éxito. Subí las escaleras y anduve por todo el piso superior antes de encontrar por fin mi aula.
La puerta estaba cerrada. No me hacía ninguna gracia la idea de entrar tarde, o mejor dicho, de entrar, fuese tarde o no. Pero ya me había perdido una clase y además estaba allí, así que al diablo con todo.
Abrí la puerta y entré.
Comenzaron a abrirse grietas en las paredes al tiempo que veintitantas cabezas se giraron hacia mí.
Las fisuras se expandieron como una telaraña, cada vez más hacia arriba. Hasta que el techo empezó a resquebrajarse. Se me secó la garganta. Nadie dijo una palabra a pesar de que el aula se llenó de polvo y de que creí que me iba a ahogar.
Y es que no le estaba pasando lo mismo a nadie. Solo a mí.
Una de las luces se desprendió del techo y fue a estrellarse justo delante del profesor, al tiempo que disparaba una lluvia de chispas hacia mí. No eran reales. Pero aun así intenté esquivarlas y me caí.
Oí el ruido que hizo mi cara al golpear el suelo de linóleo pulido. Sentí que el dolor me taladraba el entrecejo. De mi nariz comenzó a manar sangre tibia que se deslizó sobre la boca y rodó hasta la barbilla.
Tenía los ojos abiertos, pero seguía sin ser capaz de ver nada a través de la polvareda gris. Sin embargo, sí podía oír. La clase entera dio un respingo simultáneo, mientras que el profesor rodeado de chispas trataba de averiguar cómo me encontraba. Curiosamente, lo único que hice fue quedarme tendida en el suelo sin hacer caso de las voces apagadas que oía alrededor. Prefería seguir dentro de mi burbuja de dolor antes que afrontar la humillación que con toda seguridad llegaría al ponerme en pie.
–¿Está bien, eeeh…? ¿Puede oírme? –La voz del profesor sonaba cada vez más angustiada.
Intenté decir mi nombre, pero creo que sonó más bien como «Me estoy muriendo».
–Que alguien vaya a buscar a la enfermera Lucas antes de que se desangre en mi aula.
Al oír aquello, me levanté con esfuerzo, aún mareada y apoyándome en unos pies que no parecían pertenecerme. Nada como la amenaza de enfermeras y agujas para hacerme levantar el culo.
–Estoy bien –afirmé, y recorrí el aula con la vista. Un aula como otra cualquiera. Sin polvo. Sin grietas–. En serio –insistí–. No hace falta que venga la enfermera. Es que a veces me sangra la nariz. –Risitas, más risitas. Tómatelo a broma–. No me duele nada. Y además ya ha dejado de sangrar.
Y era cierto, aunque lo más probable es que pareciese un monstruo de circo.
El profesor me miró con recelo antes de contestar:
–Mmm… ¿Entonces de verdad no se ha hecho nada? ¿Quiere ir al baño a lavarse? Podremos presentarnos formalmente cuando vuelva.
–Sí, gracias –respondí–. Ahora mismo vuelvo.
Estaba deseando librarme de aquel mareo y miré con disimulo al profesor y a mis nuevos compañeros. Todos sus rostros mostraban una mezcla de sorpresa y horror. Incluida la Chica de la Máquina Expendedora, según pude observar.
Salí de clase. Noté que andaba tambaleándome, como un diente a punto de caerse y que puedes arrancar de un simple tirón. Cuando dejé de oír los susurros de la voz temblorosa del profesor, prácticamente eché a correr. Al principio hasta pasé de largo el baño de las chicas, pues no me había fijado en la puerta batiente. Volví sobre mis pasos y, una vez dentro, me concentré en el dibujo de los horrorosos azulejos color yema de huevo, conté los lavabos e hice todo lo posible por evitar mirarme al espejo. Intenté tranquilizarme con la esperanza de ser capaz de controlar el ataque de pánico que me provocaría la visión de la sangre.
Respiré despacio. No quería lavarme, no quería volver al aula. Pero cuanto más tiempo pasara allí, más probable era que el profesor enviase a la enfermera para atenderme. Y yo no quería que eso ocurriese de ninguna manera, así que me situé delante de la encimera húmeda, que estaba cubierta de toallitas de papel arrugadas, y alcé la vista.

La chica del espejo sonreía. Pero no era yo.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Miér Nov 19, 2014 10:55 am

6
Era Claire. Su pelo rojizo descansaba sobre mis hombros en el sitio que debía ocupar mi pelo castaño.
Luego su imagen comenzó a distorsionarse en el espejo de un modo siniestro. El cuarto se inclinó y noté que me hacía caer hacia uno de sus lados. Me mordí la lengua, me aferré con fuerza a la encimera.
Cuando alcé la vista de nuevo, el rostro que me miraba desde el espejo volvía a ser el mío.
Mi corazón latía con fuerza contra mis costillas. No había pasado nada. De la misma manera que en el aula tampoco había pasado nada. Y yo estaba bien. Quizá un poco nerviosa por ser mi primer día de clase. Mi desastroso primer día de clase. Pero al menos estaba lo suficientemente dispersa como para que mi estómago se olvidara de revolverse al ver la sangre seca sobre la piel.
Cogí un puñado de toallitas de papel del dispensador y las humedecí. Me las llevé a la cara para limpiármela, pero el olor acre del papel mojado acabó por revolverme el estómago. Intenté no vomitar.
Fracasé.
Tuve la suficiente presencia de ánimo como para apartarme la melena de la cara mientras vaciaba el escaso contenido de mi estómago en el lavabo. En aquel momento me alegré de que la casualidad hubiera frustrado mis intentos por desayunar.
Cuando terminaron las arcadas vacías, me enjuagué la boca, hice unas gárgaras y escupí en el lavabo.
Una fina película de sudor cubría mi piel, que tenía esa palidez inconfundible de haber acabado de vomitar. Una primera impresión irresistible, desde luego. Al menos mi camiseta se libró de mis fluidos corporales.
Me apoyé sobre el lavabo. Si me saltaba el resto de la clase de álgebra, lo más probable era que el profesor fuese capaz de organizar sobre la marcha una olimpiada matemática con él a la cabeza para encontrarme y comprobar que no había muerto. Así que volví a sumergirme con valentía en el calor implacable y emprendí el regreso al aula. La puerta seguía abierta; me había olvidado de cerrarla después de mi poco protocolaria salida, y oí la voz monótona del profesor que resolvía una ecuación.
Respiré hondo y entré despacio.
En cuestión de segundos, el profesor estaba a mi lado. Los gruesos cristales de sus gafas conferían a sus ojos una característica más propia de los insectos. Escalofriante.
–¡Ah, ya tiene usted mucho mejor aspecto! Por favor, siéntese ahí mismo. Por cierto, soy el señor Walsh. Creo que antes no entendí su nombre.
–Mara. Mara Dyer –dije con voz pastosa.
–Bueno, señorita Dyer, desde luego sabe usted causar sensación al entrar en escena.
Las risitas sofocadas de toda la clase flotaban en el aire.
–Ya, bueno, sensación de torpeza, me temo.
Me senté en primera fila, donde el señor Walsh me había indicado, en un pupitre vacío frente a la mesa del profesor, que era el más cercano a la puerta. Todos los de aquella fila estaban libres excepto el que yo ocupé.
Durante ocho penosos minutos y veinte interminables segundos, permanecí sentada en mi pupitre, inmóvil y muerta de calor en el séptimo círculo de mi propio infierno personal. Percibía el sonido de la voz del profesor, pero no me enteraba de nada. La vergüenza conseguía ahogar aquella voz, y sentía cada poro de mi piel dolorosamente desnudo, expuesto al saqueo de las miradas expoliadoras de mis compañeros de clase.
Intenté no hacer caso de la salva de cuchicheos que podía oír, pero no descifrar. Noté un hormigueo en la cabeza, y me di unos golpecitos en la parte posterior como si el calor de las miradas anónimas pudiese quemarme el pelo y dejar mi cráneo al descubierto. Miré la puerta con desesperación, deseosa de huir de aquella pesadilla, aunque sabía perfectamente que en cuanto saliese aumentarían los cuchicheos.
Sonó el timbre que señalaba el final de mi primera clase en Croyden. Un éxito rotundo donde los haya.
Me quedé rezagada para separarme del éxodo masivo hacia la puerta, sabiendo que me iban a hacer falta un libro y una pequeña charla informativa sobre el programa de la asignatura. El señor Walsh me advirtió con exquisita cortesía de que tendría que examinarme dentro de tres semanas igual que el resto de la clase; luego volvió a su mesa, se puso a revolver papeles y me dejó para que encarase el resto de la mañana.
Por suerte, transcurrió sin incidentes dignos de mención. A la hora de comer, agarré mi cartera repleta de libros y me la eché al hombro. Decidí buscar un lugar tranquilo y apartado para sentarme y leer el libro que había traído. Después del episodio de la vomitona no tenía ni pizca de hambre.
Bajé los escalones de dos en dos; llegué hasta el límite del recinto y me detuve junto a la valla que lo separaba de una gran parcela de terreno descuidado. Los árboles eran más altos que el colegio y uno de sus edificios que daba por completo a la sombra. El chirrido inquietante de un pájaro rasgó el aire sin brisa. Estaba claro que me encontraba en una especie de pesadilla en un parque jurásico pijo. Abrí mi libro muy decidida por la página en que lo había dejado, pero desistí cuando me di cuenta de que estaba leyendo el mismo párrafo una y otra vez. Se me volvió a formar un nudo en la garganta. Me apoyé en la alambrada; el metal atravesó el fino tejido de mi camiseta dejando marcas en la piel, y cerré los ojos en señal de desafío.
Alguien se rio a mi espalda.
Levanté la cabeza con brusquedad al tiempo que se me congelaba la sangre. Era la risa de Jude. La voz de Jude. Me levanté despacio y me giré hacia la valla, hacia la jungla, mientras aferraba el metal con los dedos y buscaba la procedencia de la voz.
Solo árboles. Por supuesto. Porque Jude estaba muerto. Como Claire. Y como Rachel. Lo cual significaba que había sufrido tres alucinaciones en menos de tres horas. Lo cual no era bueno.
Me giré en dirección al colegio. Estaba vacío. Miré el reloj y me entró el pánico: solo quedaba un minuto para la siguiente clase. Tragué saliva con dificultad, me colgué la cartera y eché a correr hacia el edificio más cercano, pero cuando di la vuelta a la esquina, paré en seco y me quedé helada.
Jude estaba a poco más de diez metros de distancia. Sabía que no podía estar allí, que no estaba allí, pero estaba allí, serio y con cara de pocos amigos bajo la visera de la gorra de los Patriots que no se quitaba jamás. Y parecía que quería hablar.
Volví la espalda y recuperé mi paso normal. Me alejé de él, al principio despacio, luego a la carrera.
Una vez miré hacia atrás por encima del hombro, solo para comprobar si seguía allí.
Allí seguía.

Y estaba muy cerca.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Jue Nov 20, 2014 11:41 am

7
Gracias a un inexplicable golpe de suerte, abrí como una loca la puerta de la primera aula que encontré, y resultó ser la de español. Y por la cantidad de pupitres que estaban ocupados, ya llegaba tarde.
–¿Señorita Deer? –dijo la profesora con voz estentórea.
Aturdida y nerviosa, entré y cerré la puerta detrás de mí.
–Bueno, en realidad es Dyer.
Por haberla corregido o por llegar tarde, jamás lo sabré, la profesora me castigó; me obligó a permanecer de pie delante de toda la clase mientras me disparaba una pregunta tras otra en español, a las cuales yo solo era capaz de responder «No sé». Ni siquiera se presentó; se quedó allí sentada mientras se le contraían nerviosamente los músculos de sus venosos antebrazos al garabatear muy engreída en su cuaderno de notas. La Inquisición española cobró un nuevo significado para mí.
Y así continuó durante veinte largos minutos. Cuando por fin terminó, me hizo sentarme en el pupitre que había junto a su mesa, de cara al resto de los alumnos. Brutal. No despegué la vista del reloj mientras contaba los segundos para el final de la clase. Cuando sonó el timbre, salí disparada hacia la puerta.
–Por tu aspecto, creo que no te vendría nada mal un abrazo –dijo una voz a mi espalda.
Me giré para encontrarme con un chico bajito y sonriente que llevaba abierta la camisa blanca del uniforme. Debajo llevaba una camiseta amarilla en la que se leía «SOY UN ESTEREOTIPO».
–Eres muy generoso –dije mientras intentaba sonreír, pero creo que me las podré arreglar sin él. Era importante no comportarme como una loca.
–Oh, no te lo estaba ofreciendo. Solo estaba haciendo una observación. –El chico se apartó unas rastas de la frente y extendió la mano–. Me llamo Jamie Roth.
–Mara Dyer –le dije, aunque él ya lo sabía.
–Oye, ¿eres nueva aquí? –En sus ojos brilló una mirada pícara.
Otra igual brilló en los míos.
–Qué gracioso. Eres muy gracioso.
Me dedicó una reverencia exagerada.
–Por cierto, no te preocupes por Morales. Es la peor profesora del mundo.
–¿Entonces, siempre es tan odiosa con todos? –le pregunté cuando nos encontramos a una distancia prudencial del aula. Recorrí el recinto con la mirada por si había algún otro muerto que solo yo pudiese ver mientras me cambiaba la cartera de hombro. Ni uno. De momento la cosa iba bien.
–Quizá no tan odiosa. Pero casi. La verdad es que tuviste suerte de que no te tirase la tiza. Por cierto, ¿qué tal tu nariz?
Lo volví a mirar, no me lo podía creer. ¿Estaba en la clase de álgebra II por la mañana?
–Mejor, gracias. Eres la primera persona que me pregunta. Bueno, en realidad, la primera persona que me ha dicho algo agradable.
–¿Entonces, te han dicho cosas desagradables? –Me pareció ver un destello plateado en su boca mientras hablaba. ¿Un pendiente en la lengua? Interesante. No le pegaba nada.
Asentí con la cabeza mientras con la mirada me empapaba de mis compañeros. Sabía que el uniforme colegial admitía variantes –distintas opciones de camisas y chaquetas, pantalón o falda, y chalecos para los muy atrevidos–; pero cuando busqué alguna señal reveladora de alguna tribu urbana –zapatos estrafalarios, o estudiantes con el pelo teñido de negro y maquillaje a juego–, no vi ninguna. No era solo por el uniforme; es que de alguna manera todos tenían exactamente el mismo aspecto. Perfectamente arreglados, absolutamente correctos, sin un pelo fuera de su sitio. Jamie, con sus rastas, su pendiente en la lengua y la camiseta debajo de la camisa era uno de los pocos que se salían de lo común.
Y por supuesto, el chico despeinado que había visto por la mañana. Noté un codazo en las costillas.
–¿Eh, chica novata? ¿Quién te dijo qué? No tengas en vilo a este pobre tipo…
Sonreí con ironía.
–Hace un rato una chica me dijo que «me anduviera con cuidado». –Le describí a la Chica de la Máquina Expendedora y vi cómo arqueaba las cejas sorprendido. Y el tipo que iba con ella fue igual de antipático.
Jamie sacudió la cabeza.
–Así que te acercaste a Shaw, ¿eh? –Luego se sonrió–. Dios, el chico está imponente.
–Eeeh… ¿Por casualidad, ese tal Shaw tiene superabundancia de músculos y lleva la camisa con el cuello subido? Iba del brazo de la susodicha.
Jamie se echó a reír.
–Esa descripción valdría para un buen número de cretinos engreídos de Croyden, pero desde luego no para Noah Shaw. Probablemente era Davis, ahora que lo pienso.
Arqueé las cejas interrogante.
–Aiden Davis, superestrella de lacrosse y forofo de Project Runway, el programa ese de telerrealidad sobre moda. Antes de Shaw, él y Anna salían juntos. Hasta que él salió del armario y ahora son superamigos íntimos para siempre jamás. –Jamie pestañeó.
Empezaba a encantarme aquel chico.
–¿Entonces qué le hiciste a Anna? –preguntó.
Le lancé una mirada de horror fingido.
–¿Cómo que qué le hice?
–Bueno, tuviste que hacer algo que llamase su atención. Normalmente no se dignaría a fijarse en ti, pero sacará las uñas si Shaw comienza a revolotear a tu alrededor – dijo, y me miró detenidamente antes de continuar–. Cosa que hará, porque ya ha agotado las limitadas reservas de chicas de Croyden. Literalmente.
–Bueno, pues no tiene por qué preocuparse –revolví entre mis papeles para buscar el horario y el plano y luego miré a mi alrededor e intenté localizar el anexo donde tenía la clase de biología–. No tengo ningún interés en robarle el novio a nadie –dije; ni de salir con ningún chico, no dije, teniendo en cuenta que mi último novio estaba muerto.
–Ah, no, no es su novio. La plantó el año pasado después de salir con ella dos semanas. Todo un récord para Shaw. Y luego ella se volvió aún más loca por él, como les pasa a todas. «Ni el infierno tiene la furia de una mujer despechada» etc., etc., como dijo Congreve. Antes Anna era la típica niña modelo, decentita, pero después de salir con Shaw se podría escribir un cómic sobre las múltiples aventuras de su vagina. Hasta podría llevar capa como los superhéroes.
Solté un bufido. Recorrí con la vista todos los edificios que tenía delante. Ninguno de ellos parecía ser un anexo.
–¿Y al chico con el que se paseaba tan cariñosa no le importa? –pregunté distraída.
Jamie alzó una ceja.
–¿A la Reina Malvada? Fijo que no.
Ah.
–¿Y por qué le llamáis así?
Jamie me miró como si yo fuese idiota.
–Quiero decir, ¿por qué exactamente? –pregunté intentando no parecerlo.
–Digamos que hace tiempo intenté mantener una amistad con Davis. En sentido platónico –aclaró Jamie–. No soy su tipo. De todos modos, todavía me estallan las mandíbulas cuando bostezo. –Me hizo una demostración.
–¿Te pegó?
Atravesamos el patio, dejamos atrás la fuente que gorgoteaba y nos detuvimos ante el edificio que estaba más alejado de la zona de oficinas. Examiné los carteles que había en la puerta de cada aula. Sin orden ni concierto. No iba a encontrar aquel lugar en la vida.
–Ya lo creo que me pegó. Davis tiene un gancho de derecha brutal.
Vaya, aparentemente ya teníamos algo en común.
–Pero más tarde se lo devolví.
–¿Ah, sí? –Jamie no tendría ninguna posibilidad en una pelea a navajazos con Aiden Davis ni aunque Aiden fuera un rollo de papel higiénico.
Jamie sonrió con complicidad.
–Lo amenacé con el Ébola.
Pestañeé.
–En realidad no tengo Ébola. Es un agente de nivel de bioseguridad 4.
Volví a pestañear.
–En otras palabras, imposible que lo pueda conseguir una persona de nuestra edad, ni aunque tu padre sea médico. –Parecía contrariado.
–Yaaaa –le dije sin moverme.
–Pero Davis se lo creyó y casi se caga. Fue un momento memorable. Hasta que el muy cabronazo les fue con el cuento a los orientadores. Que se lo creyeron. Y llamaron a mi padre, para comprobar que efectivamente en mi casa no había Ébola. Idiotas. Una broma sin importancia sobre fiebre hemorrágica y ya te tachan de «inestable» –sacudió la cabeza, luego su boca dibujó una sonrisa–. Veo que lo estás flipando.
–No… –Sí que lo estaba, pero solo un poco. ¿Quién era yo para ponerme en plan tiquismiquis en lo concerniente a los amigos?
Me guiñó el ojo y asintió con la cabeza.
–Ya. ¿Qué clase tienes ahora?
–Creo que biología con Prieta. En el anexo, donde demonios esté.
Jamie señaló un enorme arbusto lleno de flores que se encontraba a unos trescientos metros de distancia. En dirección opuesta.
–Detrás de la buganvilla.
–Gracias –le dije mientras intentaba verlo–. No lo habría encontrado en la vida. ¿Y qué clase tienes tú?
Se encogió de hombros bajo la camisa y la chaqueta.
–En teoría, física avanzada, pero hoy me la voy a saltar.
Física avanzada. Impresionante.
–Entonces… ¿estás en mi curso?
–Estoy en primero de bachillerato –dijo Jamie; debió de darse cuenta de mi escepticismo porque añadió rápidamente–. Me pasaron a un curso superior. Probablemente absorbí los genes de mis padres por ósmosis.
–¿Ósmosis? ¿No querrás decir genética? –pregunté–. No es que seas bajo.
Era mentira, pero piadosa.
–Soy adoptado –dijo Jamie–. Y por favor. Soy bajo. Tampoco es el fin del mundo. –Jamie volvió a encogerse de hombros, luego se dio un par de golpecitos con el dedo en su muñeca sin reloj–. Mejor será que vayas a clase de Prieta antes de que se te haga tarde. –Se despidió con un gesto de la mano–. Hasta luego.
–Adiós.
Como quien no quiere la cosa, había hecho un amigo. Me di unas palmaditas virtuales de aprobación en la espalda; Daniel se sentiría orgulloso. Mamá se sentiría aún más orgullosa. Pensaba darle la noticia como un gato que se presenta con un ratón muerto y se lo ofrece a su dueño. A lo mejor bastaba para evitar la terapia.

En el supuesto, claro está, de que me guardase las alucinaciones de aquel día para mí solita.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Jue Nov 20, 2014 1:13 pm

8
Me las arreglé para sobrevivir el resto del día sin meterme en líos y sin que me tuviesen que llevar al hospital. Cuando terminaron las clases, mi madre me estaba esperando en el callejón, exactamente donde Daniel dijo. Siempre se lucía en esos pequeños «momentos mamá», y ese día estuvo a la altura.
–¡Mara, cariño! ¿Qué tal ha ido tu primer día? –Su voz destilaba un exceso de entusiasmo. Se subió las gafas de sol a la frente y se inclinó para darme un beso. Entonces se puso tensa– ¿Qué te ha pasado?
–¿Cómo?
–Tienes sangre en el cuello.
Mierda. Creí que me la había limpiado del todo.
–Me sangró la nariz. –La verdad, pero no toda la verdad y nada más que la verdad.
Mi madre se quedó callada. Entornó los ojos con cara de preocupación. Muy típico, y también muy fastidioso.
–¿Qué? Jamás en la vida te ha sangrado la nariz.
Quise preguntar «¿Y tú qué sabes?», pero por desgracia, lo sabía. Hubo un tiempo en que le contaba todo. Esos días pertenecían al pasado.
Seguí en mis trece.
–Pues hoy sí.
–¿Así porque sí? ¿Sin venir a cuento? –Me taladró con su mirada penetrante de terapeuta, esa que significa: «No te lo crees ni tú, así que deja de mentir».
No iba a admitir que había tenido la impresión de que mi clase se estaba desmoronando en el mismo momento en que entré. Ni que se me habían aparecido mis amigos muertos, cortesía de mi trastorno de estrés postraumático. No había tenido ningún síntoma desde que nos mudamos. Fui a los funerales de mis amigos. Recogí mi habitación. Salí con mis hermanos. Hice todo lo que se suponía que debía hacer para evitar convertirme en uno de los casos que trataba mi madre. Y no merecía la pena pasar por lo que me haría pasar si le contase lo que había ocurrido hoy.
La miré a los ojos.
–Sin venir a cuento. –Seguía sin tragárselo–. Te estoy diciendo la verdad –mentí–. Y ahora ¿me puedes dejar en paz? –Pero en el mismo momento en que dije estas palabras, supe que lo lamentaría.
No me equivoqué. El resto del trayecto a casa permanecimos en silencio, y cuanto más tiempo pasamos sin hablar, más consciente fui de lo nerviosa que se estaba poniendo.
Intenté pasar de ella y distraerme fijándome en el camino a casa, pues pocos días después tendría que hacerlo yo sola al volante porque Daniel tenía cita con el dentista, al que hacía tiempo que debería haber visitado. Resultaba ligeramente reconfortante que Don Perfecto fuera propenso a las caries.
Las casas que pasábamos eran todas bajas y rectilíneas, con delfines de plástico y espantosas estatuas de estilo griego en los jardines. Parecía como si la corporación municipal se hubiese reunido y acordado fabricar una Miami totalmente desprovista de atractivo. Pasamos centro comercial tras centro comercial;  todos ellos anunciaban ¡Michaels! ¡Kmart! ¡Home Depot! con entusiasmo colectivo. Por mucho que lo intentaba no era capaz de entender por qué hacía falta tener más de un sitio de esos en cincuenta millas a la redonda.
Llegamos a nuestro nuevo hogar después de una hora de trayecto entre un tráfico infernal, que me revolvió el estómago por segunda vez en el mismo día. Después de llevar el coche hasta el final del camino de entrada a casa, mi madre se bajó de un humor de perros. Yo me quedé dentro sin moverme.
Mis hermanos aún no habían llegado, era imposible que mi padre estuviese ya de vuelta, y no quería meterme yo sola en la guarida del lobo.
Permanecí con la mirada fija en el salpicadero mientras me recreaba, melodramática, en mi propia amargura, hasta que un golpecito en la puerta del coche me sobresaltó.
Alcé la vista y vi a Daniel. La luz del día había ido disminuyendo para dar paso al crepúsculo, y tras él el cielo aparecía de un color azul intenso. Algo dentro de mí dio un toque de alarma. ¿Cuánto tiempo llevaba allí sentada?
Daniel me miró a través de la ventanilla cerrada.
–¿Un día difícil?
Intenté dejar a un lado mi desazón.
–¿Cómo lo sabes?
Joseph cerró de un golpe la puerta del Civic de Daniel, y luego se acercó con una enorme sonrisa en el rostro y su mochila sobrecargada sujeta entre los brazos. Salí del coche y le di un golpecito en el hombro.
–¿Qué tal tu primer día?
–¡Genial! Me he apuntado al equipo de fútbol y mi profesor me pidió que hiciese una prueba para la obra de teatro la semana que viene, y en mi clase hay unas chicas muy guays pero también hay una un poco rarita que se puso a hablar conmigo pero de todos modos fui amable con ella.
Sonreí. Por supuesto, Joseph siempre se apuntaba a todas las actividades extraescolares. Era extrovertido y con muchas aptitudes. Mis dos hermanos lo eran.
Los comparé mientras caminaban codo con codo hacia casa con las mismas zancadas largas. Joseph se parecía más a nuestra madre y tenía su mismo pelo lacio, al contrario que Daniel y yo. Pero los dos habían heredado su tez morena, mientras que yo tenía la piel de Blancanieves de mi padre. Y nuestros rostros no mostraban el más mínimo aire de familia. Me daba un poco de pena.
Daniel abrió la puerta. Cuando nos mudamos hacía un mes, me sorprendí al darme cuenta de que en realidad me gustaba la casa nueva. Flores y bojes cuidadosamente podados flanqueaban la reluciente puerta principal, y el jardín era enorme. Recuerdo que mi padre dijo que debía de tener unos cuatro mil metros cuadrados.
Pero no era un hogar.
Entramos los tres a la vez, como un frente unido. Oí a mi madre merodeando por la cocina, pero cuando nos oyó entrar apareció en el vestíbulo.
–¡Chicos! –dijo casi a gritos–. ¿Qué tal os ha ido el día? –Abrazó a mis hermanos y pasó de mí deliberadamente mientras yo me quedaba unos pasos atrás.
Joseph volvió a contarlo todo con detalle y entusiasmo juvenil, y Daniel esperó pacientemente a que mamá comenzase a lanzarle su retahíla de preguntas mientras los seguía hacia la cocina. Al ver una oportunidad para escaparme, me metí por el largo pasillo que conducía a mi habitación y que tenía tres puertas acristaladas a un lado y varias fotografías de familia al otro. Había fotos de mis hermanos y mías de cuando éramos bebés y niños pequeños, y también algunas de esas fotos inevitables y embarazosas que hacen en los colegios de primaria. Y luego, fotos de mis abuelos y otros parientes. Una de ellas me llamó la atención.
Una vieja fotografía en blanco y negro de mi abuela el día de su boda me devolvió la mirada desde su marco dorado. Estaba sentada tranquilamente con sus manos decoradas con henna cruzadas sobre el regazo y su pelo brillante color azabache peinado con una perfecta raya al medio. El flash de la foto había arrancado un destello al bindi que lucía entre las cejas de arco perfecto, y estaba impresionante con aquella tela tan aparatosa de diseños elaborados que recorrían el borde de su sari como si estuviesen bailando. Una extraña sensación surgió y desapareció antes de que pudiese identificar qué era. Luego Joseph apareció corriendo por el pasillo y a punto estuvo de tirarme al suelo.
–¡Perdón! –gritó antes de doblar la esquina a toda velocidad.
Aparté los ojos de la foto, huí hacia mi habitación nueva y cerré la puerta a mi espalda.
Me dejé caer sobre mi mullido edredón blanco y me quité las zapatillas con ayuda del tablero del pie de la cama. Cayeron sobre la alfombra con un ruido sordo. Volví la vista hacia las paredes desnudas y oscuras de mi cuarto. Mi madre quería que la pintásemos de rosa, como mi antigua habitación, por no sé qué tonterías de psicólogos de seguir anclado a lo que nos es familiar. Qué idiotez. El color de la pintura no me iba a devolver a Rachel. Así que logré que se compadeciese de mí y me dejase escoger un azul noche muy emo en vez del rosa. La habitación parecía más fresca y los muebles blancos más sofisticados.
Pequeñas rosas de cerámica colgaban de la lámpara que mi madre había elegido, pero con las paredes tan oscuras no hacían que la habitación pareciese excesivamente femenina. Funcionó. Y por primera vez en mi vida tenía mi propio cuarto de baño, lo cual era una mejora considerable.
No había colgado ningún dibujo ni ninguna fotografía en las paredes ni tenía intención de hacerlo. El día antes de irnos de Rhode Island quité el collage de fotos y dibujos que había colgado; dejé para el final un boceto a lápiz en el que aparecía Rachel de perfil. Entonces contemplé la única imagen que quedaba de ella y me asombré de lo seria que había salido. Especialmente si la comparamos con la expresión de entusiasmo que tenía en el colegio la última vez que recuerdo haberla visto con vida. No vi el aspecto que tenía en el funeral.

El ataúd estaba cerrado.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Jue Nov 20, 2014 1:19 pm

chicas aquí están los capis de hoy, mañana mas sobre esta intrigante historia  
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Vie Nov 21, 2014 12:48 pm

  aquí dejo el primer capi de hoy, al rato subo el siguiente Wink

9
–¡Cariño! ¿Estás dormida?
Me sobresalté al oír la voz de mi madre. ¿Cuánto tiempo había pasado? Me puse nerviosísima. Noté un hilillo de sudor que me bajaba por la parte posterior del cuello, aunque no tenía calor. Me senté en la cama.
–No.
Sus ojos escrutaron mi rostro.
–¿Tienes hambre? –preguntó.
Había desaparecido cualquier rastro de enfado. Ahora se la veía preocupada. Otra vez.
–La cena está casi lista –dijo.
–¿Ha llegado papá?
–Aún no. Está trabajando en un nuevo caso. Probablemente llegará tarde.
–Enseguida voy a la cocina.
Mi madre entró en mi cuarto con paso indeciso.
–¿Has tenido un mal día?
Cerré los ojos y suspiré.
–Nada que no me esperase, pero prefiero no hablar de ello.
Apartó la vista de mí y me sentí fatal. Quería a mi madre, de verdad. Era muy atenta. Me cuidaba con esmero. Pero durante el último año se había vuelto fastidiosamente omnipresente. Y en el último mes había resultado casi insoportable tenerla mariposeando a mi alrededor a todas horas. El día que nos mudamos pasé en silencio el viaje de dieciséis horas a Florida, aunque habíamos ido en coche por mí; me daba miedo el avión, las alturas en general. Y cuando llegamos, Daniel me dijo que después de que me diesen el alta en el hospital, un día oyó cómo papá y mamá hablaban de la posibilidad de internarme en algún centro. Mamá estaba a favor, por supuesto, ¡así estaría vigilada todo el tiempo! Pero yo no tenía la menor intención de preparar las pruebas de acceso a la universidad en una celda con paredes acolchadas, y como estaba claro que el efecto de mi gran proeza –asistir a los funerales– ya se había diluido, debía mantener mi chaladura bajo control. Parecía que la cosa funcionaba. De momento.
Mamá no insistió y me dio un beso en la frente antes de volver a la cocina. Me levanté y recorrí el pasillo en calcetines, con cuidado de no resbalar sobre el suelo de madera barnizada.
Mis hermanos ya habían puesto la mesa y mi madre aún no había terminado de hacer la cena, así que me fui a la salita, me hundí en el mullido sofá de cuero y encendí la tele. Salían las noticias en una pantallita en segundo plano, pero le quité el sonido para consultar la guía de programas.
–Mara, vuelve a ponerlo un momento, por favor –me pidió mamá. Obedecí.
Tres fotografías flotaban en una esquina de la pantalla.
–Gracias a la Unidad de búsqueda y rescate del departamento de Policía de Laurelton, esta mañana han sido recuperados los cuerpos de Rachel Watson y Claire Lowe, pero los investigadores están encontrando dificultades para localizar los restos de Jude Lowe, de dieciocho años de edad, debido a que hay partes del conocido edificio que aún siguen en pie, pero podrían derrumbarse en cualquier momento.
Entrecerré los ojos sin apartarlos del televisor.
–¿Pero qué…? –susurré.
–¿Mmm? –Mi madre entró en la sala y me quitó el mando a distancia. En ese momento las fotos demmis amigos se desvanecieron. En su lugar apareció una fotografía de una chica de pelo oscuro que sonreía feliz desde una esquina de la pantalla junto a la presentadora.
–Los expertos están siguiendo una nueva línea de investigación en el caso del asesinato de la alumna de segundo de bachillerato Jordana Palmer –decía la presentadora con voz cantarina–. La Policía de Metro Dade está llevando a cabo una búsqueda con un equipo de unidades caninas en los alrededores de la casa de los Palmer, y Canal 7 tiene la secuencia.
Las imágenes de la pantalla dieron paso a un vídeo bastante movido de un equipo de policías con uniformes color beis acompañados de grandes pastores alemanes que patrullaban un mar de hierbas altas tras una hilera de casas pequeñas de nueva construcción.
–Nuestras fuentes aseguran que la autopsia practicada a la joven de quince años revela datos muy inquietantes sobre la causa de su muerte, pero las autoridades no van a desvelar ningún detalle.
–Como ya hemos dicho, las líneas de investigación son el resultado de los testimonios de los vecinos que se han ofrecido a hablar, y hoy seguiremos esas líneas –dijo el capitán Ron Roseman del departamento de Policía de Metro Dade–. Aparte de eso, no puedo divulgar nada más que pueda complicar nuestra investigación.
A continuación los presentadores pasaron a hablar alegremente de una iniciativa de alfabetización en el distrito escolar de Broward. Mamá me devolvió el mando.
–¿Puedo cambiar? –pregunté con cuidado de que no me temblara la voz. Ver a mis amigos muertos en la tele me había alterado, pero no podía dejar que me lo notaran.
–Quizá sea mejor que la apagues. La cena está lista – dijo. Parecía inquieta, más de lo normal. Yo empezaba a pensar que era ella quien debería medicarse, y no era la primera vez.
Mis hermanos se acercaron a la mesa y puse una especie de sonrisa medio torcida cuando me senté junto a ellos. Intenté reírme de sus bromas mientras cenábamos, pero no podía borrar de mi mente las imágenes de Rachel, Jude y Claire que acababa de ver. No, de ver no. De imaginar en una alucinación.
–¿Te pasa algo, Mara? –La pregunta de mi madre me hizo salir del trance. La expresión de mi cara debía de reflejar mis sentimientos.
–No, nada –contesté con un tono jovial. Me levanté con la cabeza inclinada hacia delante para que el pelo me tapase la cara. Llevé mi plato al fregadero para enjuagarlo antes de meterlo en el lavavajillas.
Se me resbaló de las manos cubiertas de jabón y se rompió contra el acero. En visión periférica, vi que Daniel y mi madre intercambiaban una mirada. Era un pez de colores sin un castillo donde esconderme.
–¿Estás bien? –me preguntó Daniel.
–Sí. Es que se me resbaló. –Recogí los trozos del fregadero y los tiré a la basura antes de irme a hacer los deberes.

Mientras recorría el pasillo camino de la habitación, eché una mirada al retrato de mi abuela. Sus ojos me sostuvieron la mirada y me siguieron. Me vigilaban. Por todas partes.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Vie Nov 21, 2014 4:27 pm

10
La misma sensación escalofriante de estar siendo espiada me acompañó al colegio al día siguiente. No podía quitármela de encima. Al entrar en el aparcamiento del colegio, Daniel me dijo:
–Oye, deberías pensar en tomar un poco el sol.
Lo fulminé con la mirada.
–¿En serio?
–Solo lo digo porque tienes una pinta un poco enfermiza.
–Tomo nota –dije muy seca–. Oye, como no te des prisa en encontrar sitio vamos a llegar tarde.
El sonido de Rachmaninov salió flotando de los altavoces, lo que no contribuyó a aplacar el humor irritable en que me encontraba.
Ni el de Daniel, por lo visto.
–De verdad que me están entrando ganas de ponerme a jugar a los coches de choque en este sitio –dijo entre dientes. Aunque habíamos salido pronto, nos llevó cuarenta minutos llegar al colegio y ya había una cola de coches de lujo considerablemente larga esperando para entrar.
Observamos cómo dos coches se aproximaron desde extremos opuestos con la intención de conseguir un mismo sitio para aparcar. Los neumáticos de uno de los vehículos que estaban esperando, un mercedes negro, chirriaron cuando su conductor lo metió en la plaza de aparcamiento de un acelerón al tiempo que cortaba el paso al otro coche, un Focus azul. El conductor del Focus protestó con una pitada larga yaguda.
–Qué locura –dijo Daniel.
Asentí en silencio mientras la persona que iba al volante del mercedes salía del coche junto a otro pasajero. Reconocí la impecable melena rubia incluso antes de verle la cara. Anna, por supuesto. Luego reconocí la expresión agria de su omnipresente compañero, Aiden, cuando salió del asiento del copiloto.
Cuando por fin encontramos sitio, Daniel me sonrió antes de separarnos.
–Mándame un mensaje si necesitas algo, ¿vale? Sigue en pie la propuesta de comer juntos.
–No te preocupes, estaré bien.
La puerta todavía estaba abierta cuando llegué a clase de inglés, pero ya estaban ocupados la mayoría de los pupitres. Me senté en uno de los pocos sitios que quedaban libres en segunda fila e hice caso omiso de las risitas de un par de alumnos a los que reconocí de la clase de álgebra II. La profesora, la señorita Leib, estaba escribiendo en la pizarra. Cuando terminó, sonrió a la clase.
–Buenos días, chicos. ¿Quién sabe decirme el significado de esta palabra?
Señaló al encerado, donde había escrito la palabra «hamartia». Me sentí mucho más segura, porque ya había dado ese tema. Punto para el sistema de educación pública de Laurelton. Lancé una breve mirada a mi alrededor. Nadie había levantado la mano. Bah, qué demonios. Levanté la mía.
–Ah, la chica nueva. –Necesitaba el uniforme con urgencia; la sonrisa de la señorita Leib era sincera cuando se apoyó en su mesa–. ¿Tu nombre?
–Mara Dyer.
–Encantada, Mara. Venga, dínoslo.
–Error fatal –dijo alguien en voz alta. Con acento británico. Me giré a medias y habría reconocido al chico de ayer inmediatamente aunque no hubiese tenido el mismo aspecto desaliñado, con el cuello de la camisa abierto, el nudo de la corbata aflojado y las mangas remangadas. Seguía siendo guapísimo, y seguía sonriendo. Lo miré con los ojos entornados en señal de protesta.
La profesora hizo lo mismo.
–Gracias, Noah, pero le he preguntado a Mara. Y además «error fatal» no es la definición más precisa, en cualquier caso. ¿Quieres intentarlo tú, Mara?
Claro que quería, sobre todo ahora que sabía que el Chico Británico era el famoso Noah Shaw.
–Significa «error» o «fallo» –respondí–. A veces se denomina «error trágico».
La señorita Leib hizo un gesto de aprobación con la cabeza.
–Muy bien. Voy a arriesgarme y a suponer que ya leíste Tres obras tebanas en tu anterior colegio.
–Sí –respondí al tiempo que intentaba vencer mi timidez.
–Entonces nos llevas ventaja. Nosotros acabamos de terminar Edipo rey. ¿Puede decirme alguien que no sea Mara cuál fue el error trágico de Edipo?
Noah fue el único que levantó la mano.
–¿Dos veces en el mismo día, señor Shaw? Está usted desconocido. Por favor, muestre su brillante intelecto a la clase.
Noah contestó sin apartar los ojos de mí. Ayer me equivoqué; no tenía los ojos grises, sino azules.
–Su error fatal fue su falta de autoconocimiento.
–O su orgullo –contraataqué.
–¡Un debate! –La señorita Leib aplaudió–. Me encanta. Y aún me gustaría mucho más si el resto de la clase diera señales de vida, pero qué le vamos a hacer.
La profesora se giró hacia la pizarra y escribió mi respuesta y la de Noah debajo de la palabra «hamartia».
–Creo que hay argumentos para defender las dos teorías: que la incapacidad de Edipo para reconocer quién era (para conocerse a sí mismo, por así decirlo) fue la causa de su ruina, o que su orgullo, o mejor dicho, su exceso de orgullo, fue lo que le condujo a su trágico final. Y para el próximo lunes quiero que todos me entreguéis un trabajo de cinco páginas con vuestros brillantes análisis sobre este tema.
Hubo una protesta general.
–Os lo podéis ahorrar. La próxima semana empezamos con los antihéroes.
Y continuó con su clase, aunque la mayor parte de las cosas que dijo yo ya las había dado. Algo aburrida, saqué mi manoseado y apreciadísimo ejemplar de Lolita y lo escondí detrás de mi cuaderno. El aire acondicionado del aula no debía de estar encendido, y el ambiente se fue haciendo más irrespirable a cada minuto. Cuando por fin sonó el timbre, me moría por tomar un poco de aire fresco. Me puse en pie de un salto y tiré la silla sin querer. Me agaché para levantarla y ponerla en su sitio, pero alguien había sido más rápido que yo.
Noah.
–Gracias –dije cuando nuestras miradas se cruzaron. Me miraba con la misma expresión de complicidad que el día anterior. Ligeramente aturdida, desvié la vista y recogí mis cosas antes de salir del aula a toda prisa. Un tropel de alumnos que entraba en ese momento me empujó y se me cayó el libro al suelo. Una sombra oscureció la cubierta antes de que me diera tiempo a cogerlo.
–«Hay que ser un artista y un loco, una criatura de melancolía infinita, para reconocer al instante al diablillo mortífero entre las muchachas sanas» –dijo con su acento británico fundiéndose con las palabras y una voz dulce y suave–. «Pasa desapercibida entre ellas y no es consciente de su fantástico poder.»
Me quedé mirándolo inmóvil, boquiabierta y sin palabras. Me habría reído; la verdad es que la situación era bastante ridícula. Pero su manera de decírmelo, su manera de mirarme, eran escandalosamente íntimas. Como si conociese todos mis secretos. Como si no tuviese secretos para él.
Pero antes de que se me ocurriese una respuesta, Noah se agachó y recogió mi libro.
Lolita –dijo mientras le daba la vuelta en sus manos; sus ojos se pasearon por los labios pintados de rosa de la cubierta, y luego me lo entregó. Nuestros dedos se rozaron y una corriente cálida me recorrió las yemas de los dedos. Mi corazón latía tan fuerte que probablemente él podía oírlo.
–Vaya… –Nuestras miradas volvieron a encontrarse. Así que eres una guarrilla que tiene problemas con su padre, ¿eh? –Alzó una de las comisuras de la boca haciendo un flemático gesto de condescendencia.
Me dieron ganas de quitárselo de un bofetón.
–Bueno, eres tú el que lo cita. Y mal, por cierto. Así que, ¿tú qué eres?
Su media sonrisa se convirtió en sonrisa entera.
–Oh, desde luego yo sí que soy un guarrillo que tiene problemas con su padre.
–Vale, me has pillado.
–Aún no.
–Giliboinas –mascullé mientras echaba a andar hacia el aula que me correspondía. No me sentía demasiado orgullosa de soltar palabrotas en una conversación con un completo desconocido. Pero fue él el que empezó.
Noah me alcanzó y empezó a caminar a mi mismo ritmo.
–¿No querrás decir gilipollas? –Parecía que le había hecho mucha gracia.
–No –contesté, esta vez en tono más alto–. Quiero decir giliboinas. La boina que lleva puesta el mamón que va subido a los hombros del gilipollas. El grado más alto dentro de la categoría de los gilipollas –dije como si estuviese leyendo la definición en un diccionario moderno de palabrotas.
–Creo que me has pillado.
Todavía no. Las palabras surgían en mi mente sin mi permiso, y en cuanto vi la puerta de la clase de álgebra me escabullí hacia el interior y me zafé de él.
Me senté al fondo con la esperanza de librarme de las miradas que había padecido el día anterior y perderme en la incomprensibilidad de la explicación. Le rompí la columna a Lolita y la escondí debajo del bolso. Saqué papel milimetrado y un lápiz. Luego guardé ese lápiz y saqué otro. Noah me estaba sacando de quicio. Y eso no era nada sano.
Pero entonces entró Anna con sus andares afectados, acompañada de su voluminoso amigo y cortó en seco el hilo de mis pensamientos. Parecían la perfecta pareja del mal. Me pilló mirándola y aparté la vista inmediatamente, pero no pude evitar sonrojarme. Con el rabillo del ojo vi que me estaba mirando mientras se sentaba en la tercera fila.
Sentí una oleada de alivio cuando Jamie se deslizó en el sitio libre que había junto al mío. Mi único amigo en Croyden hasta el momento.
–¿Qué tal? –preguntó con una sonrisa.
Le devolví la sonrisa.
–Sin hemorragias nasales.
–De momento –dijo Jamie al tiempo que me guiñaba el ojo–. Bueno, ¿y a quién más has conocido? ¿A alguien interesante? Aparte de mí, claro.
Bajé la voz y me puse a hacer rayas en el papel milimetrado.
–¿Alguien interesante? No. Pero algo mamoncete sí.
El hoyuelo de la mejilla de Jamie se hizo más profundo.
–Déjame adivinarlo. ¿Una especie de cabrón desaliñado con una sonrisa que te pone cachonda?
Puede.
Jamie hizo un gesto con la cabeza como si ya lo supiese.
–Ese sonrojo me dice que efectivamente era él.
–Puede –dije como sin darle importancia.
–Así que has conocido a Shaw. ¿Y qué te dijo?
Me pregunté por qué Jamie mostraba tanto interés.
–Es un idiota.
–Sí, eso ya lo has dicho. Ahora que lo pienso… –dijo de repente–, eso es lo que dicen todas. Y sin embargo el chico se pone morado de…
–Muy bien, chicos, sacad vuestros problemas y pasádselos a vuestros compañeros de la primera fila, por favor. –El señor Walsh se puso en pie y escribió una ecuación en la pizarra.
–Preciosa vista –susurré. Me guiñó un ojo justo en el momento en que Anna se giraba para mirarme.
Mi segundo día transcurrió en un mar de monótona trivialidad. Clases, deberes, chistes malos de los profesores, deberes, trabajo para hacer en clase, deberes. Cuando terminó, Daniel me estaba esperando a la entrada del colegio y me alegré de verlo.
–Oye –dijo–, camina deprisa para que tengamos una mínima posibilidad de salir de aquí antes de que los coches colapsen la única salida. –Le obedecí, y me preguntó–: ¿Qué tal el segundo día? ¿Mejor que el primero?
Pensé en el día anterior.
–Ligeramente –contesté–. Pero ¿podríamos no hablar de mí? ¿A ti qué tal te ha ido?
Se encogió de hombros.
–Lo normal. La gente es igual en todas partes. No hay muchos que destaquen.
–¿No hay muchos? ¿Entonces hay gente que sí destaca?
Me miró e hizo un gesto de fastidio con los ojos.
–Algunos.
–Venga, Daniel. ¿Dónde está ese entusiasmo de Croyden? A ver, que yo lo oiga.
Muy diligente, Daniel me hizo un resumen de su curso de segundo de bachillerato, y justo me estaba hablando de una violinista extraordinaria que había en su clase de música cuando llegamos a casa. Se oían las noticias atronando desde la sala de estar, pero mis padres aún no habían llegado. Debía de ser mi hermano pequeño.
–¿Joseph? –gritó Daniel por encima del estruendo.
–¿Daniel? –gritó él a su vez.
–¿Dónde está mamá?
–Salió a comprar algo para la cena, hoy papá viene temprano.
–¿Ya has hecho los deberes? –Daniel revolvió en el correo que había encima de la mesa de la cocina.
–¿Y tú? –preguntó Joseph sin levantar la vista.
–Los voy a hacer ahora mismo, pero en cualquier caso, yo no estoy pasmado viendo… ¿Qué estás viendo?
–La CNBC.
Daniel se detuvo.
–¿Por qué?
–Hacen un resumen de las tendencias de los mercados –contestó Joseph sin apartar la vista de la tele.
Daniel y yo nos miramos. Luego agarró un sobre increíblemente gordo que no tenía remitente.
–¿De dónde ha salido esto?
–Lo trajo el cliente nuevo de papá dos minutos antes de que llegarais.
La cara de Daniel cambió de expresión.
–¿Qué pasa? –le pregunté.
La nueva expresión desapareció.
–Nada.
Se dirigió a su habitación, y un minuto más tarde yo me fui a la mía, dejando que Joseph se enfrentase solo a las consecuencias de que lo pillaran viendo la tele antes de haber hecho los deberes. Pero con su encanto seguro que se libraba de ellas en cinco segundos.
Un rato después, un golpe fuerte en la puerta me rescató inesperadamente de las profundidades de mi libro de español, que ya había decidido que era la asignatura que más odiaba. Incluso más que las matemáticas.
Mi padre asomó la cabeza por la puerta entreabierta.
–¿Mara?
–¡Papá! ¡Hola!
Mi padre entró en mi habitación, visiblemente cansado, aunque impecable a pesar de haberse pasado el día entero con el traje puesto. Se sentó en la cama a mi lado, y su corbata de seda brilló con la luz.
–Bueno, ¿qué tal tu nuevo colegio?
–¿Por qué todo el mundo me pregunta por el colegio? –dije–. Hay más cosas de que hablar.
Fingió asombro exagerado.
–¿Como qué?
–Como el tiempo, o los deportes.
–Pero tú odias los deportes.
–Ya, pero odio el colegio todavía más.
–Entendido –dijo mi padre con una sonrisa. Y se puso a contarme una historia de su trabajo, y justo cuando me estaba describiendo cómo un juez había arremetido contra una empleada por llevar «zapatos de prostituta» ese día, mi madre nos llamó para cenar. Era mucho más fácil reír cuando mi padre estaba en casa, y aquella noche me quedé frita en cuanto me acosté.
Pero no permanecí dormida mucho tiempo.
ANTES
Abrí un ojo cuando los golpes en la ventana se hicieron demasiado fuertes como para ignorarlos. La figura de la ventana acercó su rostro al cristal e hizo esfuerzos por ver el interior de mi habitación. Sabía quién era, y no me sorprendí al verlo. Me escondí bajo las mantas calientes con la esperanza de que se marchase.
Volvió a llamar. No había habido suerte.
–Estoy dormida.
Golpeó el cristal aún más fuerte, y la vieja ventana vibró en su marco de madera. O la rompía, o despertaba a mis padres. Y ninguna de las dos posibilidades era deseable.
Me acerqué a la ventana con lentitud y la entreabrí.
–No estoy en casa –susurré lo suficientemente alto para que me oyese.
–Qué graciosa. –Jude abrió la ventana del todo y me sobresaltó una ráfaga de aire frío–. Se me está quedando el culo helado ahí fuera.
–Ese problema tiene fácil solución. –Crucé los brazos encima de mi camiseta sin mangas.
Jude parecía desconcertado. Sus ojos estaban casi ocultos por la visera de su gorra de béisbol, pero era obvio que estaba inspeccionando mi indumentaria nocturna.
–Dios mío. Pero si ni siquiera estás vestida.
–Estoy vestida. Estoy vestida con el pijama. Estoy vestida con el pijama porque son las dos de la madrugada.
Me miró con ojos burlones y abiertos de par en par.
–¿Te has olvidado?
–Sí –mentí. Me asomé ligeramente a la ventana y miré el camino de entrada a mi casa–. ¿Están esperando en el coche?
Jude negó con la cabeza.

–Ya están en el psiquiátrico. Solo quedamos nosotros. Vámonos.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Lun Nov 24, 2014 11:24 am

hola, no hubo capis el fin de semana, pero aquí se viene una mini maraton para compensarlos. Very Happy

11
Me desperté a medianoche con un grito a punto de brotar de mi garganta y una opresión en el pecho, empapada en sudor y miedo. Recordaba. Recordaba. Y el torrente de recuerdos resultaba casi doloroso.
Jude junto a mi ventana, para recogerme y llevarme al lugar donde me esperaban Rachel y Claire.
Así fue como llegué allí aquella noche. El recuerdo no me provocaba escalofríos de terror, pero el hecho de que existiera sí, o casi. O quizá no eran escalofríos de terror, sino de emoción. Estaba completamente segura de que no era fruto de los sueños. Rebusqué en cada rincón de mi consciencia para intentar encontrar algo más, pero no había nada; no tenía ni idea de por qué habíamos ido allí.
La adrenalina corría a raudales por mis venas y no era capaz de quedarme dormida de nuevo. El sueño –el recuerdo– se repetía sin cesar una y otra vez, y me alteraba más de lo que debería. ¿Por qué ahora, tan de repente? ¿Qué podía hacer yo? ¿Qué debía hacer? Tenía que recordar la noche en que perdí a Rachel, por su propio bien. Por el mío. Aunque mi madre no estuviera de acuerdo; mi mente se protegía del trauma, decía. Si trataba de forzarlo sería «insano».
Tras la segunda noche con el mismo sueño, el mismo terror, comencé a darle la razón en silencio.
Aquel día en el colegio estuve hecha un trapo, y al día siguiente igual. La brisa de Miami era cálida, pero aun así sentía en mis brazos el aire gélido de Nueva Inglaterra. Veía a Jude junto a mi ventana cada vez que cerraba los ojos. Pensaba en Rachel y Claire, que estaban esperándome. En el psiquiátrico. En el psiquiátrico. Pero con todo el trabajo que tenía en Croyden necesitaba, más que nada en el mundo, relajarme. Y así fue como aquella mañana de viernes comencé a fijarme en pequeños detalles. La columna de mosquitos en continuo movimiento que estuve a punto de tragarme cuando salí del coche de Daniel en el aparcamiento. El aire cargado de humedad. Cualquier cosa para evitar volver a pensar en el nuevo sueño, o recuerdo, o lo que fuese, que había pasado a formar parte de mi repertorio nocturno. Me alegré de que
Daniel tuviese cita con el dentista aquella mañana. No me apetecía hablar.
Cuando llegué al colegio, el aparcamiento estaba todavía vacío. Tardé mucho menos en llegar de lo que había calculado pensando en el tráfico. Se veían fogonazos de relámpagos entre nubes lejanas de color púrpura que se extendían sobre el cielo como una colcha oscura. Iba a llover, pero yo no podía estarme quieta. Tenía que hacer algo, tenía que moverme y sacudirme de encima el recuerdo que seguía angustiándome.
Abrí la puerta del coche y eché a andar; dejé atrás varios solares desiertos y abandonados y algunas casas destartaladas. No sé cuánto tiempo llevaba caminando cuando oí el gemido.
Me detuve y esperé a oírlo de nuevo. Ante mí se alzaba una alambrada de tela metálica reforzada con alambre de espino. No había hierba, solo tierra compacta de color marrón claro y barro donde el suelo se había mojado con la lluvia que había caído la noche anterior. Había chatarra tirada por todas partes: piezas de maquinaria, trozos de cartón y basura. Y una pila enorme de madera. También clavos desperdigados por el suelo.
Me acerqué al alambre de espino sin hacer ruido y me puse de puntillas para intentar tener una visión total del terreno. Nada. Me agaché, con la esperanza de conseguir una mejor perspectiva. Mis ojos captaron la panorámica de un montón de piezas de coches y recorrieron la chatarra desperdigada por todas partes hasta llegar a la pila de madera. La piel de la perra, de pelo corto y color beis, se camuflaba entre el polvo debajo de las tablas precariamente amontonadas. Estaba esquelética y se le marcaban todos los huesos bajo el pellejo maltrecho. Acurrucada y hecha una bola, estaba temblando a pesar del calor sofocante. Tenía el hocico oscuro cubierto de cicatrices y las orejas, que casi no se le veían, rasgadas y echadas hacia atrás.
Se hallaba en un estado verdaderamente lamentable.
Busqué la manera de entrar en el solar, pero no la encontré. Me agaché y llamé a la perra con el tono de voz más alto y a la vez cariñoso que fui capaz de articular. Salió reptando de debajo de la pila y se acercó a la valla con paso indeciso y vacilante mientras intentaba ver lo que había al otro lado de la alambrada con sus húmedos ojos marrones.
Jamás en mi vida había visto una imagen tan patética. No podía dejarla allí, no en ese estado. Iba a tener que saltarme las clases y sacarla de aquel sitio.
Entonces me fijé en el collar.
El collar de cuero estaba cerrado con un candado y unido a una cadena tan pesada que era increíble que la perra pudiese tan siquiera tenerse en pie. Ni siquiera era necesario asegurarla a una estaca clavada en el suelo; así no podía ir a ningún sitio.
Le acaricié el hocico desde el otro lado de la alambrada e intenté averiguar si podría quitarle el collar sin abrirlo, pasándolo alrededor de la cabeza alargada y huesuda. La llamé con mimo para que se acercara más y así poder comprobar si lo tenía muy apretado, pero justo cuando lo estaba consiguiendo, una voz con acento nasal rompió el silencio unos pasos detrás de mí.
–¿Qué coño te crees que estás haciendo con mi perra?
Levanté la vista. El hombre estaba del mismo lado de la valla en el que me encontraba yo, y además muy cerca. Demasiado cerca. Debería haberlo oído acercarse. Llevaba una camiseta interior de tirantes y unos vaqueros rotos, y tenía el pelo largo y graso con enormes entradas.
¿Qué se le dice a alguien a quien estás intentando robarle el perro?
–Hola.
–Te he preguntado qué estás haciendo con mi perra.
Me miró con unos ojos de color azul clarísimo inyectados en sangre; intenté tragarme mis deseos de apalearle hasta la muerte con la rama de un árbol y me puse en pie. Mis opciones, dada mi condición de adolescente y sin saber si aquel gañán gilipollas tenía una pistola o una navaja en el bolsillo, eran muy limitadas.
Puse la voz más inocente y bobalicona que pude.
–Iba de camino a clase y vi a su perro. ¡Es una monada!, ¿qué raza es? –Confiaba en que fuera suficiente para que no acabara siendo su desayuno. Contuve la respiración.
–Es un pitbull, ¿es que nunca habías visto uno? –Escupió, y su boca arrojó al suelo una flema de una sustancia asquerosa.
Tan esquelético, no. Jamás había visto un animal ni una persona tan en los huesos.
–No. ¡Qué preciosidad de perrita! ¿Come mucho?
Una pregunta descaradamente tonta. Mi falta de tacto me iba a causar la ruina cualquier día. Quizá aquel mismo día.
–¿Y a ti qué te importa?
Muy bien. Juégatela o escápate.
–Está muerta de hambre, y esa cadena que lleva al cuello pesa demasiado. Tiene mordiscos en las orejas y cicatrices en la cara. ¿Es que no puede cuidarla mejor? –dije con una voz cada vez más chillona–. No se merece esto. –Comencé a flaquear.
Tensó la mandíbula, y al mismo tiempo todos los músculos de su cuerpo. Se acercó hasta que su cara quedó a unos centímetros de la mía. Contuve la respiración, pero no me moví.
–¿Quién coño te crees que eres? –preguntó entre dientes con voz áspera–. Lárgate. Y si te vuelvo a ver por aquí, la próxima vez no seré tan amable.
Tomé aire sin querer, y con él una bocanada de olor irrespirable. Miré a la perra, estaba encogida como si intentara protegerse de su dueño. No quería dejarla allí, pero no tenía manera de sortear los obstáculos: la alambrada de púas, el collar con el candado y la gruesa cadena. Y su dueño. Así que aparté la vista y eché a andar.
Entonces oí un grito.
Cuando me di la vuelta como un rayo, la perra se había encogido de miedo de tal manera que estaba pegada al suelo. A su lado estaba el dueño con la cadena en la mano. Seguramente le había dado un tirón fuerte.
El pedazo de cabrón me sonreía.
Noté cómo crecía dentro de mí un sentimiento de odio que me desbordaba. Jamás había aborrecido a nadie como a ese hombre en aquel momento; me temblaban las manos por el acto violento que querían realizar pero no podían. Así que me di la vuelta y eché a correr para aliviar un poco el temblor provocado por la furia que dominaba mis brazos y mis piernas y que surgía de algún lugar oscuro que yo ni siquiera sabía que existía. Mis pies golpeaban el suelo con fuerza y deseaban poder aplastar la sonrisa de aquella cara de mierda. Y mientras esa idea me taladraba el cerebro, lo vi. El gañán tenía el cráneo abierto, con un hueco grande y carnoso a un lado de la cabeza. Una densa nube de moscas le taponaba la boca. La sangre manchaba el suelo color arena junto a la pila de madera y formaba un gran charco cada vez más oscuro en torno a su cuerpo.
Merecía morir.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Lun Nov 24, 2014 11:25 am

12
Sin aliento y empapada en sudor, rodeé el aparcamiento pasando junto a la puerta de entrada y miré el reloj. Siete minutos para la clase de inglés. Saqué mi cartera del coche a toda prisa, salí disparada y logré llegar a clase un minuto antes de que sonara el timbre. Genial.
La señorita Leib cerró la puerta nada más entrar yo y me instalé en el primer pupitre que había libre.
Allí estaba Noah, con el mismo aspecto indolente, aburrido y descuidado de siempre. Estaba sentado en el pupitre sin libros ni cuaderno, pero eso no le impidió contestar a todas y cada una de las preguntas que le hizo la señorita Leib. Pedante.
Mi mente revoloteaba sobre el telón de fondo de la clase. Tenía que hacer algo por aquella perra.
Ayudarla de alguna forma. Estaba empezando a visualizar un tenebroso plan que incluía un cortaalambres, un pasamontañas y una maza cuando sonó el timbre. Me dirigí a la puerta, ansiosa por llegar a la clase siguiente, pero ya se había formado un grupo de alumnos delante de la puerta que taponaba la salida.
Cuando por fin escapé de los confines del aula, me encontré cara a cara con Anna. Arrugó la nariz con cara de asco.
–¿Es que no te duchas?
Es posible que oliera un poco a tigre después de la carrera de aquella mañana, pero no estaba de humor para aguantar sus tonterías. Hoy no. Abrí la boca, dispuesta a permitir que fluyera con toda libertad una sarta de insultos.
–Prefiero mil veces la ausencia de ducha que el exceso de perfume, ¿tú no, Anna?
Aquella voz solo podía ser la de Noah. Me giré. Estaba detrás de mí con una sonrisa casi imperceptible.
Anna abrió de par en par sus ojos azules. La expresión de su rostro se trasformó de malvada a inocente. Como por arte de magia, solo que más perverso.
–Si son las únicas opciones supongo que sí, Noah. Pero no me inclino por ninguna de las dos.
–Pues parecía que sí –dijo él.
No debía de ser el comentario que Anna esperaba.
–Por… por cualesquiera de ellas –balbució al tiempo que volvía a clavar su mirada en mis ojos como si me estuviera lanzando puñales antes de alejarse. Fabuloso. Ahora sí que no había ninguna duda de que entre ella y yo iba a haber más que palabras.
Me giré para enfrentarme a Noah. Me sonrió con insolencia y me enfurecí.
–No tenías por qué haber dicho nada –le dije–. Lo tenía yo bajo control.
–Sería suficiente un simple «gracias».
Las primeras gotas de lluvia comenzaron a repiquetear en el tejado del pasillo cubierto.
–Voy a llegar tarde a clase –dije, y eché a andar a paso rápido. Noah comenzó a caminar al mismo ritmo.
–¿Qué tienes ahora? –preguntó en tono suave.
–Álgebra II.
Lárgate. Huelo mal. Y tu compañía me fastidia que ni te imaginas.
–Te acompaño.
Fatal. Cambié la mochila de hombro y me mentalicé para caminar incómoda y en silencio. De pronto y sin venir a cuento, Noah tiró de mi cartera y me obligó a detenerme bruscamente.
–¿Eso lo has dibujado tú? –preguntó mientras señalaba el dibujo que decoraba mi cartera.
–Sí.
–Tienes talento –dijo. Lo miré a la cara. Ni rastro de sarcasmo. Ni de burla. ¿Era posible?
–Gracias –respondí, desarmada.
–Ahora te toca a ti.
–¿Me toca hacer qué?
–Dedicarme un cumplido.
No le hice ni caso.
–Mara, podemos seguir andando en silencio o puedes preguntarme algo hasta que lleguemos a clase.
De verdad que me sacaba de quicio.
–¿Y qué te hace pensar que siento alguna curiosidad por ti? –pregunté.
–Nada –contestó–. De hecho, estoy completamente seguro de que no sientes ninguna curiosidad. Es fascinante.
–¿Por qué?
Mi aula estaba justo al final del pasillo. Ya faltaba poco.
–Porque la mayoría de las chicas que he conocido aquí me preguntan de dónde soy cuando notan mi acento. Y normalmente les encanta disfrutar del placer de mi conversación.
Oh, qué arrogancia.
–Por cierto, es inglés.
–Ya, hasta ahí llego.
Solo quedaban tres metros.
–Nací en Londres.
Poco más de dos metros. Y no pensaba responder.
–Mis padres se vinieron a vivir aquí hace dos años.
Metro y pico.
–No tengo un color favorito, aunque me horroriza el amarillo. Es un color espantoso.
Medio metro.
–Toco la guitarra, me encantan los perros y odio Florida.
Noah Shaw no jugaba limpio. Sonreí, muy a mi pesar. Y entonces llegamos al aula.
Me dirigí como una flecha al fondo de la clase y me instalé en un pupitre en uno de los rincones.
Noah me siguió. Y ni siquiera estaba matriculado en esa asignatura.
Se sentó en el pupitre al lado del mío, y deliberadamente no presté ninguna atención a lo bien que le sentaba la ropa con esa constitución tan delgada cuando se sentó. Jamie entró, se sentó en el pupitre que tenía al otro lado y me dirigió una larga mirada antes de sacudir la cabeza. Saqué el papel milimetrado y me dispuse a hacer unas operaciones. Lo cual significa que estuve haciendo garabatos hasta que se acercó el señor Walsh para recoger los deberes que había mandado el día anterior. Se detuvo junto al pupitre que ocupaba Noah.
–¿En qué puedo ayudarlo, señor Shaw?
–Voy a asistir como oyente a su clase de hoy, señor Walsh. Necesito desesperadamente refrescar mis conocimientos de álgebra.
–Ajá –dijo el señor Walsh muy seco– . ¿Y trae usted la autorización?
Noah se levantó y salió del aula. Regresó cuando el señor Walsh estaba corrigiendo los deberes del día anterior, y, como era de esperar, entregó una nota al profesor. El señor Walsh no dijo nada, y Noah volvió a sentarse a mi lado. ¿Qué clase de colegio era ese?
Cuando el señor Walsh comenzó a hablar de nuevo, me puse a garabatear furiosamente en mi cuaderno sin hacerle caso. La perra. Noah me había distraído y tenía que pensar cómo iba a rescatarla.
Me pasé la mañana pensando en ella. No pensé en Noah, aunque se quedó mirándome fijamente durante toda la hora de álgebra con la misma determinación que un gatito cuando juega con un ovillo. No lo miré ni una vez mientras tomaba apuntes, y no me fijé ni por un momento en su insistente expresión socarrona mientras me movía inquieta en la silla.
Ni en cómo se pasaba la mano por el pelo cada cinco segundos.
Ni en cómo se rascaba una ceja cada vez que el señor Walsh me hacía una pregunta.
Ni en cómo apoyó su firme mejilla en una mano y…
Se me quedó mirando.
Cuando por fin acabó la clase, Anna parecía a punto de cometer un asesinato; Jamie tomó nota de ello antes de que yo pudiera decir una palabra, y Noah esperó mientras yo recogía mis cosas. Él no tenía cosas. No tenía cuadernos. Ni libros. Ni mochila. Era surrealista. Y se me debía de notar la perplejidad en la cara, porque ahí estaba otra vez esa sonrisita maliciosa.
Decidí que la próxima vez que lo viese tenía que llevar puesto algo amarillo. Amarillo de la cabeza a los pies, a ser posible.
Caminamos en silencio hasta que me fijé en una puerta batiente.
El baño. Genial idea.
Cuando llegamos a la altura de la puerta, me volví hacia Noah.
–Voy a tardar un rato. No creo que quieras esperarme. –Llegué a atisbar ligeramente su expresión de horror antes de empujar la puerta con una fuerza incontenible. Juego para mí.
En el baño había unas cuantas chicas de edad imprecisa, pero no me prestaron ninguna atención cuando salieron. Me alegré de haberme librado de Noah, así fui capaz de mantener a raya la parte de mí que quería saber cuál era la canción que más le gustaba tocar con la guitarra. Jamie ya me había advertido sobre estas tonterías: Noah estaba jugando conmigo, y sería idiota si lo olvidaba.
Y nada de todo aquello era importante. La perra sí lo era. Durante la clase de álgebra, mientras estaba concentrada sin hacer caso a Noah, había decidido llamar al departamento de maltrato animal y presentar una denuncia contra el Cretino Maltratador. Saqué mi móvil. Seguramente enviarían a alguien a investigar mi denuncia, y vería que la perra se hallaba al borde de la muerte. Y entonces se la llevarían de allí.
Llamé a información, pedí el número y me lo apunté en la mano a toda prisa. El teléfono sonó tres veces antes de que una voz femenina contestara:
–Departamento de maltrato animal. Le habla la agente Díaz, ¿en qué puedo ayudarle?
–Sí, hola, llamo para presentar una denuncia sobre un perro maltratado.
Me resultó imposible permanecer tranquila el resto del día, sabiendo que después del colegio tenía que acercarme a ver a la perra para asegurarme de que estaba bien. Me revolví inquieta en la silla en todas las clases, y en la de español me gané trabajo extra.
Cuando acabaron las clases, bajé volando las escaleras, que estaban resbaladizas, y casi me desnuco.
Ya no llovía, al menos de momento, pero se había filtrado agua por la cubierta de los corredores, con lo cual resultaba peligroso andar. Estaba a medio camino del aparcamiento cuando sonó mi teléfono; no era un número conocido, y además tenía que prestar atención a cómo caminaba. No contesté y eché a correr en dirección a la casa de la perra. Cuando doblé la esquina vi luces intermitentes. Me dio un vuelco el estómago. Quizá era una buena señal. Quizá habían detenido al tipo. De todos modos, comencé a andar con paso más lento, mientras rozaba con los dedos el muro a punto de desmoronarse que había enfrente de la valla, cerrada con una cadena. Escuché las voces y el sonido metálico de la radio de la policía que tenía ante mí. Mientras me acercaba a la casa, vi un coche patrulla con la luz de emergencia encendida y un coche particular. Y una ambulancia. Se me erizó el vello de la nuca.
Cuando llegué al patio, la puerta de la casa estaba abierta. Había gente junto a los coches y la ambulancia, que estaba en silencio. Mis ojos escudriñaron el terreno en busca de la perra, pero cuando llegaron a la pila de madera se me heló la sangre.
No se le veía la boca debido a la cantidad de moscas que zumbaban y bullían sobre ella y sobre el lateral del amasijo carnoso que había sido el cuero cabelludo del hombre. El suelo estaba completamente negro bajo su cabeza abierta, pero la mancha aparecía roja en los bordes de la camiseta sucia.

El dueño de la perra estaba muerto. Exactamente como yo lo había imaginado.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Lun Nov 24, 2014 11:43 am

13
Los árboles, la acera y las luces intermitentes comenzaron a girar a mi alrededor cuando me di cuenta: el primer desgarro incuestionable en el delicado tejido de mi salud mental.
Me reí. Estaba loca.
A continuación vomité.
Unas manos grandes me sujetaron los hombros. Con el rabillo del ojo vi acercarse a una mujer con traje y a un hombre con uniforme oscuro; pero aparecían desenfocados y prácticamente fuera de mi campo visual. ¿De quién eran las manos que me estaban agarrando?
–Muy bien, fantástico. ¡Sácala de aquí, Gadsen! –dijo la voz femenina. Sonaba muy lejana.
–Cállate, Foley. Podías haber marcado un perímetro de seguridad creo yo –dijo la voz masculina a mi espalda. Me giró mientras me limpiaba la boca. También llevaba traje–. ¿Cómo te llamas? –preguntó con voz autoritaria.
–M… Mara –tartamudeé. Casi no podía oír mi propia voz.
–¿Podéis decirle a los sanitarios que vengan? –gritó. Quizá haya sufrido un shock.
Pegué un respingo. Sanitarios no. Hospitales no.
–Estoy bien –dije, y deseé que los árboles dejaran de bailotear. Inspiré varias veces para calmarme.
¿De verdad estaba ocurriendo?–. Es que nunca había visto un cadáver.
Lo dije antes de darme cuenta de que era cierto. No había visto a Rachel, ni a Claire ni a Jude en sus funerales. No quedaron restos suficientes como para poder verlos.
–Es solo para echarte un vistazo –dijo el hombre– mientras te hago unas preguntas, si no tienes inconveniente. – Hizo una seña al sanitario.
Sabía que era una batalla perdida.
–De acuerdo –le dije. Cerré los ojos, pero seguía viendo la sangre. Y las moscas.
Pero ¿dónde estaba la perra?
Abrí los ojos y la busqué, pero no la vi por ninguna parte.
El sanitario se acercó e intenté concentrarme para no parecer trastornada. Respiré despacio y a ritmo regular mientras me examinaba los ojos con una linterna. Me hizo un reconocimiento general, y justo cuando parecía que estaba terminando, oí por casualidad la voz de la detective:
–¿Dónde coño está Díaz?
–Dijo que venía enseguida. –La voz pertenecía al hombre que había hablado conmigo un minuto antes.
–¿Quieres ir a atar al perro como es debido?
–Eeeh, no.
–No he querido tocarlo –dijo la mujer–. Está plagado de pulgas.
–Damas y caballeros, con ustedes, la persona más delicada de Miami.
–Vete a la mierda, Gadsen.
–Tranquilízate. El perro no se va a escapar. Apenas puede andar así que como para correr. Tampoco importa. Es un pitbull, lo que harán será ponerle una inyección letal.
¿Qué?
–Es imposible que lo haya hecho el perro. El tipo tropezó y se abrió la cabeza con la estaca que hay junto al montón de madera, ¿la ves? Ni siquiera hace falta que nos lo confirmen los peritos.
–No he dicho que lo hiciera el perro. Lo único que he dicho es que le van a poner una inyección letal de todos modos.
–Qué pena.
–Al menos dejará de sufrir.
Después de todo lo que había soportado, iban a poner una inyección a la perra. Iban a matarla.
Por mi culpa.
Volví a tener náuseas. Me temblaba la mano mientras el sanitario me tomaba el pulso.
–¿Cómo te encuentras? –preguntó con voz suave. Su mirada era amable.
–Bien –mentí–. En serio. Ahora estoy perfectamente. –Tenía la esperanza de que estas palabras bastaran para convencerlo de que era verdad.
–Entonces ya hemos terminado. ¡Detective Gadsen!
El detective y la mujer del traje se acercaron, y el hombre, el detective Gadsen, dio las gracias al sanitario mientras se dirigía a la ambulancia. Había una pequeña cuadrilla inspeccionando el lugar, algunos llevaban uniforme y otros no, y acababa de llegar un camión con las palabras «MÉDICO FORENSE» escritas en la parte trasera. Notaba la lengua cubierta de una viscosa capa de miedo.
–Mara, ¿verdad? –me preguntó el detective Gadsen mientras su compañera sacaba su cuaderno de notas; asentí con la cabeza–. ¿Cómo te apellidas?
–Dyer –respondí. Su compañera lo apuntó. Su traje color canela tenía manchas de sudor bajo la zona de las axilas. El hombre también las tenía. Pero por primera vez desde que estaba en Miami, yo no tenía calor. Estaba temblando.
–¿Qué fue lo que te trajo aquí esta tarde, Mara? –preguntó.
–Eeeh… –Tragué saliva–. Yo fui la persona que llamó para denunciar el estado del perro–. No tenía ningún sentido mentir sobre eso. Había dado mi nombre y mi número de teléfono al departamento de maltrato animal de la Policía.
No apartó los ojos de mi rostro, pero percibí un cambio en su expresión. Esperó a que continuase.
Carraspeé.
–Solo quería acercarme después de clase para comprobar si lo habían recogido.
Al oírlo, hizo un signo de asentimiento.
–¿Viste a alguien más cuando estuviste aquí esta mañana? –Negué con la cabeza–. ¿A qué colegio vas?
–A Croyden. –La detective también lo apuntó. Odié que lo hiciera.
Me hizo unas cuantas preguntas más, pero yo no podía evitar buscar a la perra con la vista todo el tiempo. Debieron de llevarse el cuerpo mientras me reconocían, porque ya no estaba allí. Se oyó el ruido de una puerta metálica al cerrarse de golpe y me sobresalté. No me había dado cuenta de que el detective Gadsen se había quedado en silencio. Estaba esperando a que yo dijese algo.
–Lo siento –dije mientras comenzaban a caer gotas gruesas sobre la chatarra metálica como si fuesen balas. Iba a caer otro chaparrón, y además enseguida–. No le he oído.
El detective Gadsen me miró escrutador.
–He dicho que mi compañera te acompañaría hasta el colegio. –Parecía que la detective quería pasar al interior de la casa.
–Estoy perfectamente –sonreí para demostrar lo perfectamente que estaba–. Queda aquí cerca. Pero gracias de todos modos –dije.
–Me quedaría mucho más tranquilo si…
–Ya te ha dicho que está bien, Vince. ¿Puedes venir a ver esto?
El detective Gadsen me observó con atención.
–Gracias por dar parte.
Me encogí de hombros.
–Tenía que hacer algo.
–Por supuesto. Y si recuerdas algo más –añadió el detective mientras me entregaba su tarjeta–, llámame a cualquier hora.
–Lo haré. Gracias.
Eché a andar, pero, en cuanto doblé la esquina, me apoyé en el fresco muro de estuco y me quedé escuchando.
Un par de pies crujieron al caminar sobre la gravilla, y pronto se oyeron otras pisadas. Los detectives hablaban entre ellos, y a continuación se les unió una tercera voz que yo no recordaba haber oído. Debía de haber alguien dentro de la casa desde antes de que yo llegase.
–Lo más probable es que haya muerto hace unas siete horas.
–¿Sobre las nueve de la mañana, entonces?
Las nueve. Solo unos minutos después de que yo me fuese. Era incapaz de tragar de lo seca que tenía la garganta.
–Eso es lo que yo deduzco. El calor y la lluvia no ayudan. Ya sabes lo que pasa.
–Ya sé lo que pasa.
Les oí hablar de temperatura, lividez, caídas y trayectorias sobre el torrente de sangre que latía en mis oídos. Cuando los pasos y las voces se dejaron de oír, me arriesgué a echar un vistazo al otro lado del muro.
Ya no estaban allí. ¿Quizá habían entrado en la casa? Y desde ese ángulo podía ver a la perra. Estaba atada con una cuerda larga a un neumático, en el otro extremo del patio, y su piel casi se confundía con el color suelo. La lluvia ya caía con fuerza, pero ni se inmutaba.
Corrí hacia ella sin pensármelo dos veces. Mi camiseta se empapó al instante. Fui esquivando porquería y piezas de coches, y avanzando con la mayor cautela posible, agradecida a la lluvia por enmascarar el sonido de mis pasos. Pero si había alguien atento en el interior de la casa, probablemente me oiría. Y desde luego me vería. Cuando llegué junto a la perra, los cielos se abrieron inmisericordes al tiempo que me arrodillaba y la desataba. Tiré de ella con suavidad.
–Ven –le susurré al oído.
La perra no se movió. Quizá ni podía hacerlo. Tenía el cuello húmedo e irritado por donde habían cortado el grueso collar y no quería hacerle daño. Pero entonces las voces comenzaron a elevarse, a medida que se aproximaban. No había tiempo.
Pasé un brazo por debajo de las costillas de la perra y la ayudé a levantarse. Estaba débil, pero se mantuvo en pie. Volví a susurrarle al oído y le di un empujoncito suave en un flanco para que se moviese.
Dio un paso, pero ninguno más. Todas mis células zumbaban presas de pánico.
Así que la cogí en brazos. No pesaba tanto como debería, pero aun así pesaba. Avancé tambaleándome y a largas zancadas hasta que salimos del patio. Tenía el pelo empapado de lluvia y sudor que me chorreaban por la cara y el cuello. Cuando doblamos la esquina de la casa estaba jadeando.
Me temblaban las rodillas cuando la deposité de nuevo en el suelo.
No estaba segura de poder llevarla todo el camino hasta el coche de Daniel. ¿Qué podía hacer? No me había parado a pensarlo, pero ahora me veía superada por la envergadura del lío en el que me había metido. La perra necesitaba un veterinario. No llevaba dinero. Mis padres no eran demasiado amantes de los animales. Y yo había cometido un robo en el escenario de un crimen.
El escenario de un crimen. De nuevo apareció en mi mente la imagen de la cabeza despanzurrada del hombre, roja y brillante como una sandía, sobre el suelo. Desde luego, estaba muerto. Solo unas horas
después de que yo hubiese deseado su muerte. Y de la misma manera que yo había imaginado.
Una coincidencia. Tenía que serlo.
Tenía que serlo.
La perra lloriqueó y me devolvió a la realidad de golpe. Me agaché para acariciarla e intenté que diese un paso, con cuidado de que la correa no le rozase el cuello. Tenía pinta de dolerle mucho.
Insistí para que avanzase y busqué mi móvil en el bolsillo. Tenía un nuevo mensaje de voz. De mi madre, desde su nueva consulta. No podía llamarla en aquel momento, tenía que llevar a la perra a una clínica. Llamaría al 411 para preguntar por algún veterinario cercano. Luego ya pensaría cómo iba a dar a mis padres la noticia –¡sorpresa! de que teníamos un perro. Tendrían que compadecerse de la chiflada de su hija y de su infortunada compañera. Estaba más que dispuesta a explotar la tragedia por un buen fin.
La lluvia cesó tan bruscamente como había empezado, y dio paso a una estela de tenue neblina. Y cuando doblamos la esquina previa al aparcamiento, reconocí el andar particular de un capullo particular que caminaba hacia nosotras. Se pasó los dedos por el pelo empapado como si fuesen rastrillos y rebuscó algo en el bolsillo de la camisa. Intenté esconderme detrás del primer coche que vi aparcado para zafarme de él, pero justo en ese mismo instante la perra ladró. Pillada.
–Mara –dijo al acercarse. Inclinó la cabeza y el atisbo de una sonrisa hizo que se le marcaran unas arruguillas en los ojos.
–Noah –repliqué con el tono de voz más inexpresivo que fui capaz de poner. Seguí caminando.
–¿No me vas a presentar a tu amiguito? –Clavó su mirada clara en la perra. Su mandíbula se fue tensando a medida que fue captando los detalles (su piel ajada, la columna que se le marcaba en el lomo, las cicatrices…) y durante un segundo su expresión fue de rabia fría y silenciosa. Pero su gesto desapareció con la misma rapidez con que había aflorado.
Intenté parecer natural, como si saliese todas las tardes a dar un paseo bajo la lluvia acompañada de un animal escuálido.
–Tengo otras cosas que hacer, Noah. –Y ninguna de su incumbencia.
–¿Adónde vas?
Hubo algo en su tono de voz que no me gustó.
–Dios mío, Noah, eres como la peste.
–¿Una parábola épica magistralmente diseñada, poderosamente simple y con una repercusión moral atemporal? Caramba, muchas gracias. Es una de las cosas más bonitas que me han llamado en mi vida –dijo con cínica satisfacción.
–La enfermedad, Noah, no el libro.
–Pasaré por alto esa aclaración.
–¿Te importaría pasarla por alto mientras te apartas de mi camino? Tengo que buscar un veterinario.
–Miré a la perra; tenía la vista fija en Noah y movió el rabo débilmente cuando él se inclinó para acariciarla–. Para este perro que me he encontrado.
Mi corazón latió con fuerza cuando mi boca verbalizó la mentira.
Noah levantó una ceja, después miró el reloj.
–Hoy es tu día de suerte. Conozco a un veterinario que está a seis minutos de aquí.
Vacilé.
–¿En serio? –Qué casualidad.
–En serio. Ven. Yo te llevo.
Valoré la situación. La perra necesitaba ayuda, y con urgencia. Y la obtendría mucho, muchísimo antes si Noah conducía. Con mi sentido de la orientación podría terminar dando vueltas por South Miami hasta las cuatro de la madrugada.
Iría con Noah.
–Gracias –le dije, y acompañé mis palabras con una inclinación de cabeza.
Sonrió, y los tres nos encaminamos a su coche. Un Prius. Abrió la puerta trasera, tomó la correa y, a pesar de su pelaje ajado y de que estaba plagada de pulgas, cogió a la perra en brazos y la depositó en el asiento.
Si se meaba, me moría. Tenía que avisar.
–Noah –dije–, me la he encontrado hace un par de minutos. Es… está abandonada, y no sé nada de ella, ni si está adiestrada, ni ninguna otra cosa, y no quiero que te estro…
Noah puso su índice sobre mi labio superior y el pulgar bajo mi labio inferior para formar una pinza y ejerció una delicadísima presión, haciéndome callar. Noté una sensación de mareo y como si mis párpados aleteasen mientras estaban cerrados. Qué vergüenza. Casi me daban ganas de suicidarme.
–Cállate –dijo con suavidad–. No importa. Vamos a que le echen un vistazo, ¿vale?

Asentí dócilmente y en silencio mientras mi pulso galopaba desbocado en mis venas. Noah rodeó el coche para abrir la puerta del acompañante y dejarme entrar. Subí al coche.
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Re: La Fiesta del Té - la evolución de Mara Dyer

Mensaje por Akari Kreuz el Mar Nov 25, 2014 11:30 am

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Me acomodé en el asiento, plenamente consciente de lo cerca que estábamos uno del otro. Noah rebuscó en su bolsillo y sacó un paquete de tabaco, y después un mechero. Hablé antes de que me diera tiempo a pensarlo.
–¿Fumas?
Una sonrisa pícara brilló como un destello.
–¿Quieres uno? –preguntó. Cada vez que arqueaba las cejas de ese modo se le marcaban las arrugas de la frente de una manera que resultaba de lo más atractiva.
Desde luego, algo me estaba pasando. Lo achaqué a mi salud mental, cada vez más deteriorada, y evité mirarlo a los ojos.
–No, no quiero. El tabaco es apestoso.
Noah volvió a guardar el paquete en el bolsillo de su camisa.
–No fumo si te molesta –dijo, pero su manera de decirlo me sacó de quicio.
–No es que me moleste a mí –repliqué–. Si a ti no te importa aparentar cuarenta años cuando tengas veinte, oler a cenicero ni tener cáncer de pulmón, ¿por qué me iba a importar a mí?
Las palabras salieron de mi boca como un torrente. Una impertinencia, pero no pude evitarlo. Me sentí un poco mal y volví los ojos hacia él para comprobar si le había molestado.
Por supuesto que no. Parecía divertido.
–Me hace muchísima gracia que cada vez que enciendo un cigarro, los americanos me miren como si me fuese a mear encima de sus hijos. Y gracias por tu preocupación; pero no he estado enfermo ni un solo día en toda mi vida.
–Pues mejor para ti.
–Sí, desde luego. Bueno, ¿te importa que lleve a este perro famélico que tengo en el asiento de atrás al veterinario?
Y dejé de sentirme mal. Una oleada de calor se extendió desde mis mejillas hasta los hombros.
–Perdona, ¿te resulta difícil conducir y hablar a la vez? No hay problema, ya me callo.
Noah abrió la boca como si fuese a decir algo, luego la volvió a cerrar e hizo un gesto con la cabeza.
Salió del aparcamiento y permanecimos en un incómodo silencio durante nueve minutos, gracias a un atasco.
Cuando llegamos a la consulta del veterinario, Noah salió del coche y se dirigió a la puerta del acompañante. La abrí de golpe por si acaso tenía pensado abrírmela él. No alteró su paso resuelto; por el contrario, abrió la puerta trasera y sacó a la perra en brazos. Afortunadamente, el tapizado estaba libre de fluidos caninos. En lugar de dejarla en el suelo, Noah la cargó hasta la entrada del edificio. Ella se acurrucó contra su pecho. Traidora.
Según nos acercábamos a la puerta, me preguntó cómo se llamaba. Y me encogí de hombros.
–No tengo ni idea. Ya te lo dije, me la encontré hace diez minutos.
–Sí –respondió Noah, y ladeó la cabeza–, me lo dijiste. Pero van a necesitar un nombre para hacerle la ficha.
–Bueno, pues escoge tú uno.
Me moví nerviosa haciendo bascular el peso de mi cuerpo de un pie al otro, cada vez más nerviosa.
No tenía ni idea de cómo iba a pagar la consulta del veterinario, ni de qué iba a decir cuando nos atendiesen.
–Mmmm… –murmuró Noah; miró a la perra con expresión seria–. ¿Cómo te llamas?
Eché la cabeza hacia atrás, desesperada. Lo único que quería era que aquello acabara cuanto antes.
Noah no me hizo el menor caso y se tomó su tiempo. Después de lo que me pareció una eternidad, sonrió.
Mabel. Te llamas Mabel –le dijo a la perra. Ella ni siquiera lo miró; seguía cómodamente acurrucada en sus brazos.
–¿Podemos entrar ya? –pregunté.
–Eres un caso –afirmó–. Y ahora, por favor, pórtate como un caballero y ábreme la puerta. Tengo las manos ocupadas.
 Obedecí sin alterar mi gesto de enfado.
Cuando entramos, la recepcionista abrió unos ojos como platos al ver el estado en que se hallaba la perra. Salió a buscar al veterinario de inmediato, y mi mente se puso a funcionar a toda máquina, intentando idear algo que decir, y arreglármelas para que me dieran el tratamiento sin tener que pagarlo.
Una voz alegre procedente del otro extremo de la gran sala de espera interrumpió mis pensamientos.
–¡Noah! –Una mujer menudita salió de una de las salas de consulta. Tenía un rostro agradable, iluminado por la sorpresa–. ¿Qué estás haciendo aquí? –preguntó con una sonrisa al tiempo que él se inclinaba y la saludaba con dos besos en las mejillas. Curioso.
–Hola, mamá –dijo Noah–. Esta es Mabel –señaló a la perra que aún llevaba en brazos con la cabeza–. Mi compañera Mara se la encontró cerca del colegio.
Me costó un serio ejercicio de voluntad hacer un gesto con la cabeza. La sonrisa de Noah revelaba que era perfectamente consciente de mi desconcierto y que se estaba divirtiendo.
–Me la llevo para pesarla. –Le hizo una señal a una auxiliar, que cogió a la perra de los brazos de
Noah con delicadeza. Noah y yo nos quedamos en la sala de espera. Solos.
–Bueno –comencé a decir–. ¿Y no se te ocurrió decirme que el veterinario era tu madre?
–No me lo preguntaste –contestó. Y tenía razón, desde luego. Pero aun así.
Cuando su madre volvió, nos explicó los distintos tratamientos que le iban a aplicar y que incluían dejar a la perra en observación el fin de semana. Di gracias a Dios en silencio. Eso me daría algún tiempo para pensar qué iba a hacer con ella.
Cuando terminó de desgranar la lista de dolencias de Mabel, la madre de Noah me miró expectante.
Supuse que no podía seguir posponiendo la cuestión del pago de la factura.
–Eeeh… doctora Shaw. –Me horrorizó el tono de mi propia voz–. Lo siento, no… no llevo dinero encima, pero si la recepcionista hace un cálculo aproximado, puedo ir al banco y…
La doctora Shaw me interrumpió con una sonrisa.
–No es necesario, Mara. Gracias por… ¿recogerla, habéis dicho?
Tragué saliva y mi mirada se posó momentáneamente en mis zapatos antes de enfrentarme a la suya.
–Sí, la encontré.
Parecía algo escéptica, pero sonrió.
–Gracias por traerla. No habría durado mucho.
Si ella supiera… La imagen del gañán tendido sobre el suelo oscurecido por la sangre apareció de nuevo en mi mente como un fogonazo e intenté que no se reflejase en mi rostro. Di las más efusivas gracias a la madre de Noah y a continuación él y yo nos dirigimos al coche. La zancada de Noah era tan larga como dos de las mías y llegó antes que yo, así que me abrió la puerta del acompañante.
–Gracias –dije antes de alzar la vista y encontrarme con su expresión petulante y autosuficiente–. Por todo.
–De nada –dijo con voz engolada y un odioso tono triunfal; tal como me lo imaginaba–. Bueno, ¿y ahora me vas a contar la verdad de cómo encontraste a la perra?
Aparté la vista.
–¿De qué estás hablando? –Confiaba en que no se diese cuenta de que no era capaz de mirarlo a los ojos.
–Cuando te vi llevabas a Mabel sujeta con una correa corredera. Por las heridas que tiene en el cuello, es imposible que la hubiese usado. ¿De dónde la sacaste?
Al verme atrapada, hice lo que haría cualquier mentiroso que se precie. Cambié de tema. Me fijé en su ropa.
–¿Por qué siempre parece que te acabas de caer de la cama?
–Porque normalmente eso es lo que pasa. –El modo en que arqueó las cejas hizo que me sonrojase.
–Qué estilo.
Noah apoyó la espalda en el respaldo del asiento y se echó a reír. Hizo un ruido escandaloso.
Me encantó esa reacción, y al instante comencé a flagelarme mentalmente por haberlo pensado. Pero se le marcaban las arruguitas junto a los ojos y su sonrisa iluminaba todo su rostro. La luz cambió, y
Noah, que aún seguía riéndose, soltó el volante, se llevó una mano al bolsillo y sacó el paquete de tabaco. Condujo con la rodilla mientras cogía un cigarrillo, abría un pequeño encendedor de plata y lo encendía con un movimiento ágil.
Intenté hacer caso omiso del modo en que curvó los labios en torno al cigarrillo, cómo lo sujetó entre el pulgar y el dedo corazón y se lo llevó a la boca con gesto casi reverente.
Esa boca. Fumar era un mal hábito, sí. Pero estaba tan guapo cuando fumaba…
–Odio los silencios incómodos –dijo Noah, y con ello interrumpió mis nada limpios pensamientos; inclinó ligeramente la cabeza hacia atrás y unos mechones de su pelo rebelde y ondulado resplandecieron bajo un rayo de sol que se filtraba por la ventanilla del coche–. Me ponen nervioso –añadió.
Ese comentario provocó que pusiera los ojos en blanco con gesto de incredulidad.
–Me cuesta trabajo creer que haya algo que te pueda poner nervioso.
Y lo dije de corazón. Era imposible imaginar que Noah no se sintiese cómodo en cualquier situación.
Y no solo cómodo: aburrido. Aburrido, guapísimo, arrogante, apuesto. Y yo estaba sentada a su lado.
Muy cerca. Mi pulso se aceleró y se puso al mismo ritmo que mis pensamientos. Estaba tramando alguna fechoría, seguro.
–Es cierto –continuó–. Yo también pierdo los papeles cuando la gente se me queda mirando.
–Menuda chorrada –dije mientras los sonidos de Miami se colaban por la ventanilla.
–¿Cómo? –Noah me miró, la viva imagen de la inocencia.
–No eres tímido.
–¿No?
–No –dije entornando los ojos–. Y aparentar que lo eres te hace parece un idiota.
Noah fingió haberse ofendido.
–Me has herido en lo más hondo con tu grosera descripción.
–Pásame los pañuelos de papel.
Noah dibujó una amplia sonrisa mientras lo coches que teníamos delante avanzaban a trompicones.
–Vale. Quizá «tímido» no sea la palabra más apropiada –dijo–. Pero sí me siento… inquieto… cuando hay demasiada gente alrededor. No me gusta ser el centro de atención. –Me observó detenidamente–. Un vestigio de mi oscuro y misterioso pasado.
Me costó trabajo no echarme a reír.
–En serio.
Dio otra larga calada al cigarrillo.
–No. Pero es que fui un niño un poco raro. Recuerdo que, cuando teníamos unos doce o trece años, todos mis amigos tenían sus noviecitas. Y yo me iba a la cama sintiéndome un perdedor y deseando hacerme mayor y presentable algún día.
–¿Presentable?
–Sí. Presentable. Atractivo. Y así fue.
–¿Así fue qué?
–Una mañana me desperté, fui al colegio, y las chicas se fijaron en mí. Algo bastante inquietante, la verdad.
Su sinceridad me pilló con la guardia baja. Procuré que no se me notara.
–Pobre Noah –dije con un suspiro.
Noah sonrió satisfecho y mantuvo la vista al frente.
–Al final me di cuenta de cómo podía aprovecharlo, pero no hasta que nos vinimos a vivir aquí. Por desgracia.
–Estoy segura de que te las arreglaste perfectamente.
Se giró hacia mí y alzó una ceja.
–Aquí las chicas son muy aburridas.
Y volvió a aparecer la arrogancia.
–Los americanos somos muy paletos.
–Los americanos no. Solo las chicas. Aquí en Croyden.
Me di cuenta de que habíamos llegado al aparcamiento. Y de que habíamos aparcado. ¿Cómo había sucedido?
–Bueno, la mayoría –concluyó Noah.
–Pues parece que te las apañas bastante bien.
–Sí, pero esta semana las cosas van especialmente bien.
Qué horror. Moví la cabeza despacio, sin molestarme en ocultar mi sonrisa.
–Tú no eres como las demás chicas.
Di un respingo acompañado de risa.
–¿En serio?
Y Jamie decía que era delicado.
–En serio –contestó sin darse cuenta de mi sarcasmo. O sin hacerle caso. Noah dio una última calada a lo poco que le quedaba del cigarrillo, expulsó el humo por las fosas nasales, ahora dilatadas, y tiró por la ventanilla los restos de aquel bastoncillo cancerígeno.
Me quedé boquiabierta.
–¿Eso que acabo de ver eras tú tirando basura?
–Conduzco un coche híbrido. Una cosa compensa la otra.
–Eres horrible –dije sin convicción.
–Lo sé –dijo Noah, con ella.
Puso una sonrisa traviesa, luego se giró hacia mi asiento para abrirme la puerta, rozando mi brazo con el suyo al inclinarse sobre mi cuerpo. Abrió la puerta, pero no se movió. Su cara estaba a pocos centímetros de la mía, y vi tonos dorados en su sempiterno atisbo de barbita. Olía a sándalo y a océano, y ligeramente a tabaco. Apenas era capaz de respirar.
Cuando sonó mi móvil, pegué tal bote que me di con la cabeza en el techo del coche.
–¿Qué co…?
El teléfono siguió sonando, desconocedor del daño que me había hecho. La melodía de «Dear mama», de Tupac, que Joseph había asignado al tono de llamada, delataba a la culpable.
–Lo siento, tengo que…

–Espera –comenzó a decir Noah. Mi corazón latía a un ritmo frenético, y solo en parte debido a la sorpresa. Los labios de Noah estaban a solo unos centímetros de mi cara, mi teléfono protestaba en mi mano y yo estaba metida en un buen lío.
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